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<title>Donde no me llaman</title>
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<description> <img src="lanz 07 (203).jpg" title="El autor en un muy buen día"/></description>
<copyright>Copyright 2008</copyright>
<pubDate>Tue, 19 Feb 2008 02:16:54 +0000</pubDate>
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	<title>Monstrouso</title>
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	<comments>http://dondenomellaman.bitacoras.com/archivos/2008/02/19/monstrouso#comentarios</comments>
	<pubDate>Tue, 19 Feb 2008 02:14:10 +0000</pubDate>
	<category>Películas</category>
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	<content:encoded><![CDATA[<b>Un breve comentario sobre uno de los últimos fenómenos comerciales del cine estadounidense.</b><br /><br />En 1993 el guionista <b>Kurt Busiek </b>y el dibujante <b>Alex Ross</b> publicaron <i>Marvels</i>, un comic que tenía como principal premisa la modificación del punto de vista habitualmente utilizado en los comics de superhéroes. Los lectores estábamos acostumbrados a volar con Superman o balancearnos por los tejados con Spider-Man, pero los protagonistas de <i>Marvels </i>eran personas normales, ciudadanos de Manhattan que veían pasar fugazmente a los superseres sobres sus cabezas, o que asistían impotentes y asustados a los enfrentamientos entre héroes y villanos, sin saber con certeza lo que realmente estaba pasando; el lector pasaba de ser omnisciente a recibir la información de forma limitada.<br />
No era la primera vez que se hacía algo así, claro, pero nunca se había hecho de forma tan brillante. La colección recreaba momentos clave de la historia de los personajes de la editorial Marvel, muy conocidos por sus lectores habituales y que distintos autores ya habían narrado una y otra vez a lo largo de los años. Pero el novedoso punto de vista subjetivo y, sobre todo, el talento de Busiek y Ross, convirtieron a <i>Marvels </i>en una obra maestra del género.<br />
Esta alteración del punto de vista habitual ha llegado ahora al cine por exitosa partida doble. Si hace unos meses se estrenaba la española y eficaz <i><a href="http://www.imdb.com/title/tt1038988/" target="_blank">[REC]</a></i>, película que unía un punto de vista subjetivo y una narrativa estilo <i>cámara en mano</i>, con resultados realmente aterradores a pesar de contarnos una historia nada brillante ni original ya vista en numerosas películas de zombies, ahora nos llega la estadounidense <a href="http://www.imdb.com/title/tt1060277/" target="_blank"><i>Monstruoso</i></a>, obra que cuenta con muchas similitudes con la obra de <b>Jaume Balagueró</b> y <b>Paco Plaza</b>. <br />
La película de <b>Matt Reeves</b> (que supone su debut en el cine, aunque en televisión ha dirigido numerosos capítulos de diferentes series) narra cómo una criatura de origen desconocido ataca Manhattan, argumento que ya ha sido utilizado en muchas veces en el cine. En esta ocasión el público no se sitúa como privilegiado espectador a quien se le ofrece toda la información de lo que sucede, sino que se ve obligado a permanecer en la ignorancia, al igual que esos protagonistas a quienes seguimos en su desesperado intento por abandonar la isla y salvar así la vida a lo largo de secuencias que evocan irremediablemente a las imágenes de Nueva York que todos pudimos ver tras los atentados del 11-S.<br />
Se podría decir que <i>Monstruoso </i>es una especie de versión de <i>Godzilla </i>rodada por <b>Lars Von Trier</b>, con aspecto de grabación de vídeo doméstico, punto de vista subjetivo, (teóricamente) sin montaje, con actores aficionados (dada su escasa capacidad interpretativa bien podrían serlo), y (casi) sin guión. Y es esta originalidad, además de sus excelentes efectos especiales, lo que hace de ella una película interesante de ver.<br />
Pero ¿se trata de una buena película? Para mí, no, la verdad.<br />
Es cierto que <i>Monstruoso </i>ha cosechado un éxito notable en la taquilla de EEUU, y que su productor,  <b>J. J. Abrams</b>, creador de series tan interesantes y exitosas como <i>Alias </i>o <i>Perdidos</i>, y director de la tercera entrega de Misión: Imposible (para mí la mejor de la serie), ha vuelto a demostrar su gran olfato comercial.<br />
El género fantástico parece no pasar de moda, y este tipo de títulos es muy del agrado de los jóvenes (público mayoritario en las salas de cine), pero la verdadera clave del éxito de <i>Monstruoso </i>radica en una inteligente y misteriosa campaña publicitaria, basada en una calculada distribución de intrigantes informaciones a través de internet, la cual logró que millones de espectadores casi no pudieran contener la impaciencia por ver la película.<br />
Pero una cosa es atraer al público al cine, y otra muy distinta conseguir que salgan contentos. Y, en este sentido, me temo que el resultado no es del todo satisfactorio.<br />
Paradójicamente, aquello que más ha beneficiado a la película comercialmente es lo que más le ha perjudicado cinematográficamente: me refiero, por una parte, a la información previa. Hubiera sido fantástico acudir a ver la película vírgenes, sin saber nada de antemano, y asistir a esa historia de enredos amorosos en la fiesta de despedida que se nos presenta al principio creyendo que esa es la base del argumento, para luego vernos sorprendidos por el ataque del monstruo. Pero la realidad es que el informado espectador sabe de qué va aquello desde hace meses, y durante todo ese prólogo de 20 minutos se aburre y se impacienta, ya que sólo desea que aparezca el bicho de una vez.<br />
Además, otro elemento que hacía atractiva a priori la película, sus aspecto de documental, también actúa en contra de su calidad como obra cinematográfica. Es cierto que el punto de vista subjetivo, bien utilizado, añade tensión e intriga a la narración, y que el sistema de vídeo doméstico, al dar ese toque realista (desmentido por la aparente indestructibilidad de sus protagonistas), potencia esta sensación. Pero el hecho de renunciar deliberadamente al montaje (auténtica esencia del lenguaje cinematográfico), deja al realizador bastante desvalido a la hora de construir una trama interesante y, en definitiva, una película sólida.<br />
Como resultado, tenemos una película escasamente entretenida (mínimo exigible para este tipo de obras), y que difícilmente invita a un segundo visionado.<br />
Pero, a pesar de lo expuesto, y como se ha dicho, <i>Monstruoso </i>ha sido un éxito; y me temo que eso no es una buena noticia para el cine.<br />
Cuando las películas duraban meses en cartel, cuando su recaudación dependía de las críticas profesionales y de los comentarios de los espectadores, sólo triunfaban las pelis que gustaban. Hoy las cosas no funcionan así. El grueso de la taquilla se cosecha, como mucho, en dos fines de semana, y aunque la película sea un pestiño, para cuando se corre la voz ya es demasiado tarde, porque todo el mundo ha pasado ya por caja. Por esa razón toda la maquinaria de la industria se concentran en llevar al cine a la mayor cantidad de público el día del estreno. Tanto es así que en muchos casos se dedican más recursos a la promoción de las películas que a su producción, y eso es peligroso: el producto pasa a importar menos que la forma en que se vende.<br />
Y así se llega a la <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Publicidad_viral" target="_blank">márketing viral</a>, y demás sistemas promocionales basados, sobre todo, en la red. Evidentemente las nuevas tecnologías aplicadas a la promoción cinematográfica no garantizan el triunfo, claro, pues si bien fue arrollador el éxito de <i>El proyecto de la Bruja de Blair</i> y su innovadora promoción, las cosas no le fueron tan bien a <i>Serpientes en el avión</i>, cuyos productores se las prometían muy felices basándose en la expectativa generada en internet antes de su estreno.<br />
Pero, con fundamento o no, una vez generada la tendencia, la industria la seguirá mientras crea que puede sacarle algo más de jugo. Es de suponer que tras el éxito de <i>Monstruoso </i>el márketing cinematográfico del futuro irá en esta dirección, y, también, que asistiremos a nuevas películas de este estilo de vídeo doméstico. Por ejemplo, ya se está rodando la versión norteamericana de <i>[REC]</i>, <i><a href="http://www.imdb.com/title/tt1082868/" target="_blank">Quarantine</a></i>, y se han anunciado secuelas de la propia <i>Monstruoso</i>, las cuales parece que van a contar la misma historia de la primera parte, sólo que desde el punto de vista de otras personas, recurso narrativo que Abrams ya ha utilizado, por ejemplo, en Perdidos.<br />
No sé si esto me gusta demasiado, la verdad, y es que las modas, en general, suelen ser un asco.<br />
]]></content:encoded>
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<item>
	<title>Iñaki y las chicas (continuación)</title>
	<link>http://dondenomellaman.bitacoras.com/archivos/2007/12/17/inaki-y-las-chicas-continuacion</link>
	<comments>http://dondenomellaman.bitacoras.com/archivos/2007/12/17/inaki-y-las-chicas-continuacion#comentarios</comments>
	<pubDate>Mon, 17 Dec 2007 23:56:03 +0000</pubDate>
	<category>General</category>
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	<description></description>
	<content:encoded><![CDATA[<b>Para entender mejor de qué va todo esto, recomiendo que primero leais un comentario que mi buen amigo Ramón publicó en su blog, y luego seguimos:<br />
<a href="http://baldinbada.blogspot.com/2007/10/iaki-y-las-chicas.html" target="_blank">http://baldinbada.blogspot.com/2007/10/iaki-y-las-chicas.html</a></b><br /><br />Sinceramente, no tenía ninguna intención de revivir un debate nacido aquella fantástica semana que pasé con mis amigos en Lanzarote. Pero dado que mi querido Ramón ha tenido la iniciativa de rememorar aquello, pues nada, que no he podido resistir la tentación de seguir echando leña al fuego.<br />
Como habréis visto quienes hayáis visitado su blog habréis comprobado que su comentario utiliza aquella polémica como punto de partida para reflexionar sobre algunos temas algo alejados de ella. Mi intención es recuperar la esencia de la discusión, y añadir alguna cosa que en aquel momento, o bien no se me ocurrió, o bien preferí no decir.<br />
Para poner en antecedentes a quienes no estuvieron allí, diré que la dialéctica  estalló entre los presentes (todos heterosexuales) cuando una de las chicas comentó que no descartaba la posibilidad de que algún día se pudiera sentir atraída por otra mujer. Yo, en cambio, dije que estaba absolutamente convencido de que jamás me podría atraer un hombre, y que si hay algo de lo que estoy absolutamente seguro en esta vida es de mi heterosexualidad.<br />
Varias voces femeninas se levantaron entonces para, primero, cuestionar el que alguien pudiera estar seguro de semejante cosa, y, segundo, para afirmar que enrollarte con alguien de tu sexo no te convierte automáticamente en gay.<br />
Insistí en mantener el primer punto, y rechacé el segundo, mientras que ellas, como un único ser, siguieron oponiéndose a mi postura, cada vez con más vehemencia.<br />
Aseguraban que creían firmemente en la posibilidad de encontrarse con una mujer con la que sintieran una total afinidad, hasta el punto de desear estrechar lazos con ellas, sin que ello les convirtiera necesariamente en homosexuales.<br />
Yo discrepaba por completo: creo que si una mujer se siente físicamente atraída por otra, está claro que debería pensar en ella misma como homosexual o bisexual. Pero mi argumento les molestaba, ya que, como parece que habitualmente hacemos los hombres, yo estaba centrándome únicamente en el sexo. ¿Podría culpárseme por ello cuando estábamos hablando de conductas sexuales?<br />
Para ilustrar mi postura me puse como ejemplo: <i>“¿Y si tengo una relación de pareja durante un año con otro hombre, con el que vivo, me beso, me acuesto? ¿No pensaríais que soy gay u homosexual?”</i>. Ellas insistieron en que no, y yo me quedé bastante desconcertado, teniendo en cuenta que mis amigas son personas razonables.<br />
Lo cierto es que ambos bandos nos exaltamos más de la cuenta tratándose de una conversación entre amigos, pero... reconozco que una de las pocas cosas que me sacan de quicio es que alguien se niegue a aceptar lo que para mí es un argumento irrebatible.<br />
Viendo que el entendimiento era imposible, decidimos que lo mejor sería dejar el tema. Y lo dejamos.<br />
Hasta que Ramón publicó el artículo en su blog.<br />
Así que voy a aprovechar la coyuntura para decir un par de cosas que no dije entonces.<br />
<br />
Para empezar quiero decirte, querido Ramón, que por muchos meandros etimológicos que uno quiera recorrer, todo el mundo sabe de qué se habla cuando se habla de homosexualidad, y creo que la inmensa mayoría de la población estará de acuerdo en que, si te excita alguien de tu sexo, resulta evidente que manifiestas una conducta homo o bisexual.<br />
Estoy de acuerdo en que uno puede experimentar en esas épocas en las que aún no tiene definidos sus gustos, pero si a un tío maduro le excitan los tíos, aunque nunca se acueste con otro, para mí está claro lo que es.<br />
Por otro lado, aquel encendido debate sacó a relucir dos costumbres femeninas que me resultan algo irritantes. Por un lado esa costumbre de establecer distingos morales, o al menos cualitativos, cuando se habla de las diferencias entre hombre y mujer; para las mujeres, con demasiada frecuencia, las características propias de los hombres, no sólo son diferentes a las suyas, sino también “<i>inferiores</i>”: ¿Que nosotros tendemos a complicarnos la vida menos que ellas? Es porque somos simples, mientras que ellas son sofisticadas. ¿Que nosotros nos fijamos primero en las tetas de las tías, y ellas en el culo de los tíos? Somos unos salidos, mientras que ellas sólo siguen su programación primigenia que las motiva a buscar el espécimen más apto para co-procrear. Etc.<br />
Así, en el debate de Lanzarote, me resultó desconcertante que, como he dicho, se me acusara de centrarme únicamente en la parte sexual del tema. ¿No era absolutamente lógico que lo hiciera? ¡Estábamos hablando de conductas sexuales!<br />
Pero allí apareció otra característica femenina, maravillosa en ocasiones, y también irritante en otras: la de no distinguir la fantasía de la realidad. ¿Nunca habéis escuchado a una mujer explicar que sería mucho más fácil para ella mantener una relación con otra chica, ya que se entenderían mejor que con un hombre, y que todo sería más fácil? Claro que lo sería, pero ¿cómo se hace eso? ¿Se pone una el interruptor en modo Jodie Foster? En la práctica las cosas no son así de fáciles.<br />
 En el caso que nos ocupa, las chicas hablaban una y otra vez de la posibilidad de encontrarse con una mujer con la que pudieran conectar a nivel intelectual, emocional, espiritual, y no sé qué más. Evidentemente yo estaba de acuerdo en que a mí también podía sucederme lo propio con un hombre: ¿quién no ha conocido o conoce un pariente o un amigo con el que siente una gran afinidad, con cuya compañía disfruta enormemente?<br />
Pero no hablábamos de eso.<br />
Y así llegamos al meollo de todo el asunto: que ellas se negaban a seguir con su exposición, y se detenían ahí. La cuestión es que, como he dicho, hablamos de sexo, no (al menos no sólo) de espíritus afines, de mentes parejas, de almas en comunión, o de conjunciones cósmicas. Hablamos, y perdonadme la grosería, de que te apetezca comerle el coño a otra mujer, y de que te mueras porque ella te lo coma a ti.<br />
Así de crudo.<br />
Así de simple.<br />
Así de masculino.<br />
Ahora, replantearé el tema de aquella cuestión, queridas amigas: ¿Realmente sopesáis la posibilidad de que algún día os pueda apetecer realizar este tipo de prácticas con otra mujer?<br />
Por mi parte, ante la pregunta equivalente, tengo muy claro que paso y siempre pasaré.]]></content:encoded>
</item>
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	<title>Mario y el corazón mágico</title>
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	<pubDate>Mon, 03 Dec 2007 01:24:30 +0000</pubDate>
	<category>Narrativa</category>
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	<content:encoded><![CDATA[[Ahora que llegan las Navidades, aquí van un cuento infantil cuya idea nació una noche en la que trataba de inventar alguna historia para dormir a mi sobrina Claudia]<br /><br /><b>Capítulo I</b><br />
En el porche de la casa de Mario, Ana, la madre de Mario, esperaba a que Mario regresara.<br />
Apoyada en el marco de la puerta, la mujer contemplaba la intensa lluvia que caía aquella tarde de verano mientras abrazaba una toalla grande y esponjosa.<br />
– Llévate un paraguas –, le había recomendado antes de que el niño saliera a jugar con sus amigos –parece que va a llover.<br />
– ¿Otra vez? –Se quejó Mario–. Lleva toda la semana lloviendo. ¿Es que va a llover todos los días?<br />
– No lo sé, pero está muy nublado.<br />
– Qué raro. Siempre está nublado –se quejó Mario–. Odio este pueblo.<br />
– No digas eso –le regañó su madre.<br />
–¡Pero es cierto! Siempre está nublado. ¡Nunca vemos el sol! Ni siquiera ahora que es verano sale el sol. Hasta tú te quejas de que no puedes tender la colada en el patio. ¡Siempre está lloviendo o a punto de llover!<br />
– Sí. Y por eso deberías llevarte el paraguas.<br />
– ¡Pues no quiero llevarlo!. ¡Es un incordio!.<br />
– Como quieras –dijo Ana–. Pero luego no te quejes si te mojas.<br />
Y Mario salió corriendo a reunirse con sus amigos; con su balón de fútbol, pero sin su paraguas.<br />
Por eso, viendo lo mucho que llovía, la madre de Mario esperaba a su hijo para secarle con una toalla. Con una toalla y una sonrisa. Mario era muy testarudo, y le estaba bien empleado mojarse por no haberla hecho caso. Sabía que el niño volvería enfadado porque la lluvia le había estropeado el juego, pero sin correr, para demostrar a su madre que en realidad no le importaba mojarse, que no se arrepentía de no haberse llevado el paraguas.<br />
Unos minutos después Mario apareció en el camino que conducía a su casa. Llevaba el balón bajo en brazo izquierdo, y la mano derecha en el bolsillo. Y, como Ana esperaba, caminaba despacio, como si en realidad le encantara pasear bajo la lluvia.<br />
–¡Qué testarudo! –pensó Ana mientras sonreía.<br />
Y extendió la toalla para recibir a su hijo.<br />
<br />
<b>Capítulo II</b><br />
Después de que su madre le hubo secado cariñosamente, Mario se puso ropa limpia. Mientras Ana trataba de domar el cabello de su hijo, totalmente revuelto tras haberlo frotado con la toalla, el niño comió un bocadillo. Tenía que merendar rápidamente, pues tenía la intención de ir al pueblo antes de que las tiendas cerrasen; ya que se le había estropeado el partido de fútbol quería aprovechar para comprobar si a la librería del Sr. Sanz habían llegado nuevos libros de aventuras. Hacía meses que no llegaba ningún ejemplar nuevo, y ya estaba harto de releer una y otra vez las mismas aventuras.<br />
Su colección favorita era la del Capitán Constanza, un pirata italiano que surcaba los mares en busca de su hermano que había sido raptado por unos malvados. Número tras número, Constanza continuaba su búsqueda, enfrentándose por el camino con todo tipo de enemigos y monstruos. A pesar de su corta edad, Mario sospechaba que el Capitán tardaría mucho en encontrar a su hermano, y que la búsqueda era sólo una excusa para alargar la serie, al menos mientras sus seguidores siguieran comprando los libros. Pero, a pesar de esto, disfrutaba con las aventuras del Capitán, y sufría con él cada vez que sus intentos de reunirse con su querido hermano volvían a fracasar.<br />
El problema es que, aunque su héroe consiguiera dar por fin con su hermano, Mario estaba seguro de que tardaría mucho en enterarse. Al pueblo apenas llegaban libros nuevos, y las colecciones se recibían desordenadas e incompletas. Si seguía las aventuras de Constanza era en gran medida gracias a su primo Darío. Él vivía en la ciudad, y allí sí podían encontrarse todos los números de las colecciones, por lo que Darío podía comprar cuantos quisiese. Cuando su primo venía a visitarle le traía los últimos episodios de Constanza para que se pusiera al corriente de todo lo que había sucedido en los meses en los que no había podido seguir sus aventuras. Pero este sistema tampoco era del todo satisfactorio; las visitas de Darío eran escasas por la misma razón por la que los tebeos llegaban de forma tan irregular: la situación del pueblo. El pueblo de Mario se encontraba en una gran montaña, y la única forma de subir hasta él, y de atravesar los valles que la rodeaban, era utilizar un camino largo, estrecho, retorcido y peligroso. Por este motivo en aquel lugar no se recibían muchas visitas, ni de familiares, ni de turistas, ni de repartidores de libros. Saber que los niños de la ciudad disfrutaban de las nuevas aventuras de su héroe mientras él tenía que conformarse con releer una y otra vez los episodios antiguos, ponía a Mario muy furioso.<br />
Así que, esa tarde, con la esperanza de conseguir algún libro nuevo, Mario se dirigió al pueblo. Por el camino se detuvo a recoger a Claudia, su mejor amiga. La niña tenía nueve años, uno menos que Mario, acudía a la misma clase que él, y eran inseparables dentro y fuera del colegio. Claudia no entendía la fascinación que su amigo sentía por las aventuras de Constanza, ni por los libros de aventuras en general; ella prefería leer historias de detectives, y su héroe era, sin duda, Sherlock Holmes. Pero no le importaba acompañar a Mario a la librería del Sr. Sanz; mientras él buscaba nuevas entregas de las aventuras del pirata, ella curioseaba entre los demás libros. Además, aunque en aquel lugar no hubiese habido nada que a ella le pudiera interesar, hubiera seguido acompañando a Mario; pensaba que en eso consistía la amistad: en hacer cosas que no te apetecen por hacer felices a tus amigos.<br />
Lo malo es que Mario rara vez parecía estar feliz. Él siempre parecía tener motivos para quejarse, y aquel día no fue una excepción: en la librería no encontró ningún nuevo capítulo de Constanza, por lo que salió de allí refunfuñando como de costumbre, repitiendo una vez más lo que parecía ser su frase favorita:<br />
–¡Odio este pueblo!<br />
<br />
<b>Capítulo III</b><br />
Pero lo cierto es que Mario no odiaba su pueblo. En realidad le gustaba mucho.<br />
Le encantaba vivir en un sitio rodeado de bosques, campos, riachuelos y animales; le gustaba escuchar los sonidos de la naturaleza que llegaban a su cuarto en verano a través de la ventana abierta; le gustaba corretear con sus amigos por las calles sin que el tráfico les molestase... . La lista de cosas que le gustaban era muy larga, por lo que ni él mismo entendía muy bien porque pensaba tan a menudo “¡Odio este pueblo!”<br />
Pero, unos meses atrás, cuando cumplió 10 años, como si con esa edad se hubiera vuelto más sabio de repente, lo había entendido todo. Había comprendido por qué tenía esa sensación: era cierto que le gustaba casi todo de su pueblo, pero las pocas que odiaba lo estropeaban todo, como una diminuta miguita de pan puede arruinarte una noche en la cama más cómoda del mundo.<br />
Y con el tiempo Mario había confeccionado una especie de lista negra, una lista con todas las cosas que no le gustaban de su pueblo.<br />
En primer lugar odiaba el clima. Siempre estaba nublado, y prácticamente nunca se veía el sol. Como mucho, en verano, y sólo de vez en cuando, aparecía un rayo de luz entre las nubes, el cual era recibido como un auténtico acontecimiento por los vecinos. Pero más intensa que la alegría de ver esa pequeña muestra de sol, era la tristeza que les producía saber todo lo que se les estaba negando el resto del año. Y todo por culpa del “microclima”, o al menos eso decía su padre.<br />
–Y ese microclima... ¿no puede cambiarse? –preguntaba de vez en cuando a su padre. <br />
–No hijo, ya te he dicho muchas veces que no puede cambiarse.<br />
Ese tipo de clima afectaba de diversas formas al pueblo: las gentes eran pálidas, las flores eran escasas, y los colores de las viviendas y de las ropas de los vecinos eran tristes... todo resultaba muy gris, incluso el humor de los habitantes del pueblo. Hasta las propias casas eran deprimentes, todas blancas y sucias, mostrando las marcas de las frecuentes lluvias. Tras mucho insistir Mario había convencido a sus padres para que pintasen su casa de azul; y, aunque el resultado había sido bueno, el resto de las casas, en comparación, parecían aún más grises y tristes que antes.<br />
A Mario tampoco le gustaba nada vivir tan aislado de la ciudad. No le gustaría vivir en la ciudad, pero sí le apetecía ir de vez en cuando, o que sus parientes vinieran de visita más a menudo. Pero el único camino era muy dificultoso, y se tardaba mucho en recorrerlo, por lo que su familia iba en pocas ocasiones. Además, eso impedía que llegaran al pueblo los juguetes o los dulces de los que sí disfrutaban los niños de la ciudad. Y claro, tampoco llegaban otras cosas. <br />
–¿Por qué no traen más libros, papá?<br />
–Porque el camino es largo y peligroso, Mario<br />
–¿Y si hubiera una carretera mejor? ¿Entonces traerían más cosas y vendría más gente?<br />
–Seguro que sí<br />
–¿Y por qué no construyen una carretera nueva? –insistía Mario.<br />
–Porque resultaría muy caro –explicaba su padre–. Habría que levantar puentes y excavar túneles; eso cuesta mucho dinero y éste es un pueblo pobre.<br />
–¿Y eso no puede solucionarse? –insistía Mario<br />
–Es muy difícil, hijo.<br />
Otra de las cosas que a Mario le molestaba del pueblo se encontraba en el prado donde él y sus amigos jugaban a la pelota. El prado tenía el tamaño y la forma aproximada de un campo de fútbol, y estaba cubierto de suave hierba verde, por lo que era ideal para jugar con el balón. Allí pasaba Mario muchas tardes con sus amigos, y, sobre todo en verano, aquel era su lugar de juego favorito. Pero existía un problema: en el medio del campo se alzaba una gran piedra negra de más de un metro de altura. Aquella roca era un obstáculo para poder jugar, porque obligaba a los niños a tener cuidado cuando corrían de un lado a otro del campo para evitar chocar contra ella. En alguna ocasión se producían accidentes, y algún niño se golpeaba contra la piedra. El propio Mario tenía una pequeña cicatriz en la barbilla, causada por un tropiezo con la maldita piedra negra.<br />
<br />
<b>Capítulo IV</b><br />
A pesar de que las aventuras del Capitán Constanza llegaban al pueblo con poca frecuencia, Mario no perdía la esperanza y visitaba la librería del Sr. Sanz todas las semanas. Era uno de los clientes habituales, y aunque casi nunca compraba nada, el dueño le tenía simpatía. Cuando le veía entrar en su tienda, con los ojos abiertos de expectación, ansioso por encontrar algún nuevo libro, se acordaba de las sensaciones que él mismo tenía de pequeño cuando buscaba sus colecciones favoritas. Era precisamente su amor por la lectura lo que le había motivado a abrir una librería en su pueblo, a pesar de que no se trataba de un negocio demasiado productivo.<br />
Uno de los días en los en que Mario apareció por la librería, el Sr. Sanz trató de animarle a que buscara otro tipo de libros. Llevaba semanas sin recibir ningún nuevo capítulo de las aventuras del pirata italiano, y le daba pena que el chaval volviera a marcharse con las manos vacías y enfadado, como casi siempre. Así que le aconsejó que visitara el resto de la librería, al igual que hacía su amiga Claudia. <br />
Sin demasiadas ganas, Mario accedió a echar un vistazo al resto de la tienda, sin encontrar nada que le atrajera demasiado. Hasta que se tropezó con dos libros grandes y viejos. Dos libros titulados, simplemente, “Libro de Magia I”, y “Libro de Magia II”. Cogió el primero de ellos, el cual apenas podía sujetar por lo pesado que era, y comenzó a pasar sus páginas, donde se explicaba cómo hacer todo tipo de hechizos. Al contemplar todas aquellas recetas y pociones se le ocurrió una idea: sus padres le habían explicado una y otra vez que era imposible cambiar todas las cosas que no le gustaban del pueblo, era cierto. Pero también era cierto que él había visto a magos de circo capaces de hacer cosas que parecían imposibles. Por lo tanto, si él aprendía magia, tal vez podría cambiar todas esas cosas que tanto le molestaban.<br />
Mario preguntó al Sr. Sanz el precio de aquellos libros, totalmente decidido a comprarlos. El librero le dijo que costaban cuarenta monedas, veinte cada uno, y le explicó que uno de los libros enseñaba a hacer hechizos, y el otro a deshacerlos, por lo que se necesitaban los dos volúmenes para conocer bien la magia y poder practicarla. Por desgracia Mario sólo tenía ahorradas veintitres monedas, pero estaba ansioso por comenzar a practicar como mago, y pensó que en realidad sólo necesitaba uno de los libros para cambiar las cosas. Se dijo que el primer volumen le bastaría, por ejemplo, para hacer desaparecer la piedra del campo de fútbol que le había causado aquella herida en la barbilla. Pero el Sr. Sanz le advirtió de que, aunque podría aprender a hacer cosas con un solo libro, si algo saliese mal no podría solucionarlo sin el segundo tomo.<br />
A pesar de todo Mario siguió insistiendo en que quería comprar el libro, y el librero, viendo que era imposible disuadir al niño, aceptó vendérselo, pero con una condición:<br />
–Tienes que prometerme que no lanzarás ningún hechizo antes de tener el segundo volumen y haber aprendido a solucionar los errores que puedas cometer.<br />
Mario lo pensó unos segundos, y finalmente, frotándose la cicatriz de la barbilla, aceptó el trato.<br />
<br />
<b>Capítulo V</b><br />
Nada más llegar a su casa, Mario leyó con ansiedad el libro de Magia, estudiando especialmente los conjuros que servían para hacer desaparecer las cosas. En su mayoría no parecían muy difíciles, y enseguida se puso a buscar los ingredientes necesarios para preparar las pócimas correspondientes. Mario le explicó sus planes a Claudia, y aunque la niña no se mostraba muy entusiasmada con todo el asunto de la magia, aceptó ayudar a su amigo.<br />
La pócima para hacer desaparecer cosas no requería sustancias complicadas, y todas eran fáciles de conseguir. Uno de los ingredientes más importantes era la sal común, y el libro insistía en que debía añadirse un grano por cada kilo de material que se quisiera hacer desaparecer: por ejemplo, para hacer desaparecer algo que pesara un kilo, debía usarse un grano de sal.<br />
Mario preguntó entonces a su padre cuánto creía él que podía pesar la piedra del campo.<br />
–¿Vas a intentar arrancarla? –preguntó el padre de Mario–. No creo que puedas.<br />
–¿Por qué? ¿Crees que pesa mucho?<br />
– No lo sé –reconoció el hombre–, pero lo más posible es que el trozo que se ve sea tan sólo una pequeña parte de una gran piedra que está enterrada.<br />
–¿Y cuánto podría pesar? –insistió Mario–.<br />
–Pues depende de lo grande que sea. Podría ser tan grande como una montaña y pesar un millón de toneladas.<br />
–¿Un millón de toneladas? ¿Y eso cuánto es?<br />
–Mil millones de kilos.<br />
–¡Vaya! ¡Mil millones de kilos!.... –se asombró Mario–. ¡Gracias, papá!<br />
Se dirigió entonces a la cocina, donde su madre le descubrió un rato después mientras el niño observaba atentamente una cuchara llena de sal que sujetaba en la mano.<br />
–¿Qué haces, Mario?<br />
–Mamá ¿cuántos granos de sal crees que habrá aquí?<br />
–No lo sé, hijo. Puede que más de mil<br />
–¿Sólo?<br />
–No lo sé. Tal vez más ¿Por qué?<br />
–Son pocos –dijo Mario, como pensando en voz alta–. Creo que usaré todo un kilo. ¿Crees que un kilo habrá mil millones de gramos?<br />
–Bueno, eso son muchos granos. En un kilo habrá muchos, pero no sé si tantos.<br />
–Vaya –dijo Mario contrariado.<br />
–¿Y a qué viene tanto interés con la sal? –preguntó Ana–. ¿Es para algún trabajo que te han mandado en el colegio?<br />
–Sí, algo parecido.<br />
Mario fue entonces a buscar a Claudia para ver si su amiga podía ayudarle con su problema: ¿cómo conseguir mil millones de granos de sal para hacer desparecer la gran piedra?<br />
En realidad nadie sabía cuánto pesaba la roca –le dijo la niña–. Su padre le había dado una cifra para que se hiciera a la idea de que tal vez fuera muy grande, pero la verdad es que nadie podía estar seguro de su tamaño.<br />
–Pero ese no es el verdadero problema –le explicó Claudia.<br />
–¿Por qué no? –preguntó Mario.<br />
–Pues porque tu no quieres hacer desaparecer toda la roca. Te basta con que desaparezca la parte de la piedra que sobresale en el campo.<br />
–¡Claro! ¡Tienes razón! ¡Entonces, con un kilo de sal seguro que habrá más que suficiente!<br />
–Bueno, más que suficiente –continuó la niña–. Ese es precisamente el problema.<br />
–¿Problema?<br />
–Claro. Imagina que la roca es pequeña, que no hay nada enterrado, que la mayor parte de ella es lo que se ve en la superficie, y que pesa, por ejemplo, 200 kilos. Podría ser ¿no?<br />
–Sí, podría ser –reconoció Mario–.<br />
–Entonces bastaría con echar una poción con sólo 200 granos de sal. Si echas una con, por ejemplo, cien mil granos... ¿desaparecerá sólo la piedra? –Claudia miró fijamente a su amigo–. ¿Qué es lo que harán desaparecer los restantes 99.800 granos?<br />
Mario se quedó pensativo, con expresión muy seria, meditando acerca de lo que le acababa de decir su amiga. Claudia le miró durante unos instantes, y luego se echó a reír.<br />
–¡Qué cara de susto has puesto! –se burló la niña–. ¡Vamos, no seas tonto!. ¡Echa toda la sal que quieras, y no te preocupes, hombre!.<br />
–¿Y por qué no tendría que preocuparme?<br />
–¡Pues, porque no va a funcionar, tonto! ¡La magia no existe!<br />
Pero Mario, a pesar de las burlas y la falta de fe de Claudia, completó la poción. Y Claudia, a pesar de todo, acompañó a su amigo a probarla. <br />
Juntos se fueron hasta el campo de fútbol. Mario se colocó frente a la roca negra, destapó el frasco de la poción, e hizo lo que indicaba el libro: cerró los ojos con fuerza, se concentró en lo que quería que sucediese, y derramó el líquido poco a poco.<br />
En cuanto la primera gota tocó la piedra, ésta comenzó a desaparecer. <br />
<br />
<b>Capítulo VI</b><br />
Las clases de Ciencias eran las favoritas de Mario.<br />
Allí había aprendido que todas las cosas y todos los seres vivos que existen, sea cual sea su tamaño, están formados por partes más pequeñas. Todo lo que hay en el mundo, incluso el propio mundo, está compuesto por millones de diminutas moléculas y átomos. Viendo cómo se esfumaba la roca ante sus ojos, Mario recordó aquellas clases, porque la gran piedra no desapareció “de golpe”, sino que se desvaneció “por partes”. Los pequeño fragmentos que componían la roca desaparecieron, comenzando a partir del punto en el que la poción había caído sobre ella. De alguna manera era como una vela que se va consumiendo desde el extremo en el que se encuentra la llama, sólo que el proceso se produjo a gran velocidad. Pero aunque toda la roca se desintegró en menos de un segundo, Mario y Claudia pudieron observar cómo cada pequeño fragmento de roca desaparecía de forma independiente. Pudieron verlo y escucharlo, porque cada molécula de piedra, al desaparecer, producía un “plop”, como el sonido que hace una pequeña pompa de jabón al explotar.<br />
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”<br />
Adiós piedra.<br />
Mientras Mario saltaba como loco y daba gritos de entusiasmo, Claudia estaba paralizada a su lado, con los ojos como platos, sin poder creer lo que veía: después de todo la poción había funcionado, la roca ya no estaba, y en su lugar apareció un gran agujero. Pero el sonido no se detuvo. Procedente del interior del agujero se escuchaba un sonido siniestro: una sucesión ininterrumpida de “plops”, como si el proceso de desaparición aún no hubiese terminado.<br />
Mario dio un paso adelante con la intención de asomarse a mirar por el hueco, pero Claudia le detuvo sujetándolo por el brazo, como si temiese que algo malo pudiera sucederle a su amigo. En ese momento una mosca pasó volando junto a los dos amigos, y cuando el insecto se acercó al lugar en el que antes estaba la roca negra... “plop”: el bicho desapareció. Los niños saltaron hacia atrás, asustados al darse cuenta de que el agujero comenzaba a ensancharse al ir desvaneciéndose todo lo que había alrededor. Cada brizna de hierba, cada piedra, cada ramita... todo hacía “plop” al desaparecer. <br />
Aterrados, los niños echaron a correr en dirección al pueblo mientras el mundo comenzaba a desvanecerse a sus espaldas.<br />
–¡Páralo! –gritó Claudia sin dejar de correr– ¡Echaste demasiada sal, y todo va a desaparecer! ¡Páralo!<br />
–¡Y tú dijiste que no iba a funcionar! –se quejó Mario.<br />
–¡Ahora eso no importa! ¡Tienes que arreglarlo antes de que todo desaparezca!<br />
–¡No sé cómo! ¡No tengo el otro libro! ¡Necesitamos el segundo libro!<br />
–¡Tenemos que ir a la librería!  ¡Tenemos que averiguar cómo pararlo!<br />
El efecto de desaparición se extendía como la onda que produce una piedra en un estanque, avanzando como una ola que hacía desvanecerse todo aquello que tocaba. <br />
Pero las cosas no desaparecían simplemente, sino que lo hacían de una forma particular. El efecto de desaparición se “desplazaba” por el suelo. Cuando alcanzaba, por ejemplo, un árbol, este comenzaba a desvanecerse por su parte inferior: primero se esfumaba la corteza y las capas exteriores, dejando al descubierto durante unos instantes las zonas internas; parecía que el árbol se pelase como una cebolla. Luego, cuando la magia alcanzaba la copa, primero desaparecían las hojas, “Plopplopplop”, quedando expuestas las ramas desnudas, que finalmente también se esfumaban con un “plop”.<br />
Cuando los niños llegaron al pueblo con la ola mágica pisándoles los talones, pudieron comprobar cómo este efecto mágico actuaba sobre edificios, vehículos y personas. Lo primero que desaparecía de las casas eran las plantas bajas, dejando los cimientos y la estructura a la vista durante un segundo; luego todo esto se volatilizaba, y sus habitantes quedaban flotando en el aire durante un instante, tras lo cual, también se esfumaban.<br />
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”<br />
Farolas, buzones, aceras, bancos, señales de tráfico, bocas de incendios... todo se evaporaba sin dejar rastro.<br />
Los vehículos también se volatilizaban a partir de su carrocería, quedando al aire el chasis. Mario se quedó paralizado contemplando cómo un coche se veía afectado por su poción: el vehículo desapareció, dejando a su conductor suspendido en el aire un segundo; luego voló la ropa del pobre hombre, que quedó desnudo. El niño cerró los ojos en ese momento porque le asustaba contemplar la forma en que su poción afectaría a un ser humano. Le aterraba la posibilidad de que primero desapareciese la piel, y ver cómo los huesos y los músculos de su vecino quedaban a la vista.<br />
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”<br />
Cuando Mario abrió de nuevo los ojos, el hombre ya no estaba.<br />
Claudia agarró a su amigo por la mano, y le obligó a seguir corriendo hasta la librería. Una vez allí descubrieron que la tienda estaba cerrada, y comenzaron a aporrear la puerta. El anciano Sr. Sanz les abrió, asustado ante el griterío, y sin entender lo que pasaba. La onda se acercaba cada vez más, pero el librero, lógicamente, no sabía qué estaba ocurriendo. Los dos niños gritaban a la vez, organizando un barullo en el que el hombre era incapaz de comprender nada. Ante el embrollo, Claudia optó por coger al Sr. Sanz de la mano y arrastrarlo hacia las escaleras del interior de la tienda.<br />
–¡Corra! ¡Tenemos que subir a la azotea!<br />
Antes de correr detrás de ellos, Mario cogió el segundo libro de magia de su estantería y comenzó a pasar las páginas frenéticamente mientras corría, tratando de encontrar una solución a la situación.<br />
Jadeando, los tres llegaron a la azotea. Desde allí contemplaron cómo el paisaje que les había rodeado toda su vida había  sido sustituido por la nada. Todo era un gran vacío negro, un vacío cuyo centro era el lugar en el que los dos amigos habían vertido la poción mágica.<br />
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”<br />
Mientras los “plops” se acercaba cada vez más a donde ellos estaban, el Sr. Sanz contempló el panorama con los ojos muy abiertos, sin poder creer lo que veía. Miró hacia el vacío, y luego a Mario.<br />
–No puedo creerlo... ¿Tú has hecho esto?<br />
–Sí... lo siento... –reconoció el niño, bajando la cabeza avergonzado.<br />
–¡No hay tiempo para charlar ni lamentarse! –gritó Claudia–. ¡Tenemos que encontrar la forma de deshacer el hechizo, o todo va a desaparecer, incluidos nosotros!<br />
La niña arrancó el libro de las manos de Mario y se lo tendió al anciano.<br />
–¡Tome! ¡Usted tiene que saber en qué página viene la forma de solucionar todo esto!<br />
–¿Solucionar? –murmuró el librero.<br />
–¡Sí! ¡Tenemos que buscar el hechizo para que esto pare!<br />
–¡Pero no hay tiempo! –se lamentó Mario– ¡No hay tiempo para preparar otra poción!<br />
¿Poción? –preguntó el Sr. Sanz– ¡Un momento! ¡Tengo una idea! –y corrió de nuevo  escaleras abajo.<br />
–¿Pero dónde va? –gritó Claudia–. ¡No puede marcharse ahora! ¡El vacío se acerca!<br />
Los niños se asomaron al borde de la terraza, y gritaron espantados al ver cómo la primera planta de la torre, la librería, comenzaba a evaporarse.<br />
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”<br />
Un minuto después, el Sr. Sanz volvió con un frasco verde lleno de líquido.<br />
¿Qué es eso? –preguntó Mario.<br />
–¡Por suerte tenía guardada esta poción para deshacer el hechizo, por si pasaba algo así! –explicó el librero.<br />
–¡Entonces láncela! –ordenó Claudia–. ¿A qué espera?<br />
–¡No puedo!<br />
–¿Por qué? –preguntó Mario.<br />
–Porque eres tú quien debe hacerlo. –el hombre se agachó junto al niño, poniéndole la mano en el hombro y mirándole fijamente a los ojos–. Tú has empezado esto, y tu tienes que arreglarlo.<br />
Mario tomó el frasco, dudando.<br />
–¡Vamos! ¡Lánzalo! –ordenó de nuevo Claudia.<br />
Mario desenroscó la tapa del frasco.<br />
–¿No hay que utilizar ninguna palabra mágica?<br />
–No –dijo Sanz–. Sólo concéntrate en deshacer tu hechizo y lánzalo.<br />
Mario se acercó hasta el borde de la terraza, extendió el brazo, y respiró profundamente.<br />
–Hazlo –dijo el librero, viendo por el rabillo de ojo cómo las baldosas del suelo de la terraza comenzaban a desaparecer..<br />
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”<br />
Mario cerró los ojos con fuerza y, cuando la negrura estaba a punto de atrapar a Claudia, vertió el líquido... <br />
<br />
<b>Capítulo VII</b><br />
Tras vaciar el frasco, Mario comprobó horrorizado que la pócima no había funcionado: todo había desaparecido, y ante sus ojos sólo había oscuridad.<br />
–¡Abre los ojos, Mario!<br />
Al escuchar el grito de su amiga, Mario comprendió lo que pasaba: seguía con los ojos cerrados, y por eso no podía ver nada, por eso creía que el mundo había desaparecido.<br />
Abrió los ojos lentamente, y un intenso brillo le cegó, de modo que tuvo que cerrarlos de nuevo. Poco a poco volvió a abrirlos y descubrió lo que le había deslumbrado: el sol, un sol brillante en un cielo azul intenso, sin rastro de nubes.<br />
–¡Hace sol! –gritó alborozado el niño–. ¡Ya no está nublado!<br />
–¡Mira Mario! –gritó Claudia, señalando hacia abajo–. ¡Mira las casas!<br />
Mario obedeció a su amiga, y vio su pueblo, hermoso como jamás lo había visto. La brillante luz del sol hacía que pareciese un lugar distinto. Pero había algo más: las casas; ahora todas las casas aparecían pintadas con preciosos colores: azul, verde, amarillo, naranja, violeta... Juntas formaban un arco iris de fantásticos colores.<br />
Mario y Claudia se miraron radiantes, y se abrazaron gritando de alegría.<br />
Mario se giró hacia el librero.<br />
–¡Ha funcionado! ¡Ha funcionado! –exclamó el chaval, abrazando al librero–. ¡Qué suerte que tuviera preparada esa poción!<br />
El viejo le miró con una leve sonrisa, y apoyó sus manos en el hombro del niño.<br />
–Sí... una gran suerte.<br />
Claudia tiró del brazo de Mario.<br />
–¡Vamos, corre! ¡Quiero ver si han cambiado más cosas!<br />
Los dos niños corrieron escaleras abajo, en dirección a la calle, gritando de entusiasmo. Claudia iba delante. Abrió la puerta, y vio que Mario se había quedado atrás, atónito, con los ojos abiertos como platos, mirando hacia una de las estanterías de la librería.<br />
–¿Qué ocurre? –preguntó la niña.<br />
Claudia siguió la mirada de Mario y descubrió la razón de la reacción de su amigo. En la estantería, perfectamente ordenadas, en fila, se veían todas las novelas editadas de las aventuras del Capitán Constanza, desde la primera hasta la última.<br />
–Están todos... – murmuró Mario acariciando suavemente los lomos de los libros.<br />
–Increíble –dijo Claudia acercándose al niño– ¿No ves lo que ha pasado, Mario? ¡El mundo no sólo ha vuelto a aparecer, sino que ahora es mejor que antes!<br />
–Están todos... –repitió Mario, como sino hubiese escuchado a su amiga–. Lástima que ya no me quede dinero tras haber comprado el libro de magia.<br />
–No te preocupes, Mario –la voz del librero, que había bajado las escaleras detrás de ellos, sonó a sus espaldas–. Acabas de salvar el mundo, así que creo que lo menos que puedo hacer es regalarte la colección completa.<br />
–¿En serio? ¡Gracias! Aunque no sé si me merezco regalos, la verdad... –dijo Mario moderando su entusiasmo–. Al fin y al cabo ha sido su poción la que ha solucionado el problema que yo causé. En realidad no creo que me merezca un premio.<br />
El viejo miró hacia la calle, y respiró profundamente.<br />
–Bueno, yo creo que sí has hecho algo. Como ha dicho Claudia, el mundo no sólo ha reaparecido: ahora es mucho más bello que antes. Id a verlo, niños –se giró hacia Mario–. Y cuando quieras, tu colección te estará esperando aquí.<br />
Los niños corrieron a contemplar su “nuevo” pueblo. Las casas, ahora bellamente pintadas, lucían en sus balcones y fachadas toda clase de flores, flores alimentadas por el sol brillante, un sol que hacía que los vecinos lucieran ahora un saludable color de piel, y cuyas ropas también eran más alegres y coloridas que antes.<br />
Un magnífico puente salvaba ahora el valle, y se prolongaba en una carretera que enlazaba el pueblo con la ciudad, gracias a ello habían llegado los libros, y otros muchos artículos de todo tipo que se exhibían en los escaparates de todas las tiendas, donde Claudia y Mario pudieron descubrir dulces y juguetes que jamás habían visto.<br />
También el gran bosque se veía más bello que nunca, lleno de flores y árboles frondosos, con su gran campo de fútbol, ahora liso y sin rastro de la gran piedra negra.<br />
Para Mario y Claudia fue un día maravilloso, un día en el que redescubrieron su pueblo, un pueblo que en cierta forma era el de siempre, pero, por otra parte, era un lugar completamente distinto. <br />
Cuando comenzó a atardecer, los dos niños corrieron hacia la casa de Mario. Claudia nunca había visto a su amigo tan feliz, y el niño estaba deseando compartir con su madre la alegría por los cambios experimentados en el pueblo. Pero cuando entraron en el camino que llevaba hasta la puerta de la casa, se detuvieron sorprendidos: la madre de Mario estaba recogiendo la colada tendida en el jardín.<br />
–¡Mamá! ¿Has visto el sol? ¿Has visto cómo calentaba? –gritó Mario.<br />
La mujer miró al niño con extrañeza.<br />
–Claro que lo he visto, hijo. Parece que nunca hubieras visto el sol –la mujer se giró, y entró en la casa con la cesta de la ropa.<br />
Mario miró a Claudia sorprendido.<br />
–¿Has visto? No se ha extrañado por lo del sol. Y además... ¡Ha tendido la ropa fuera, y además está morena, cuando esta mañana estaba muy blanca!<br />
–Claro –dijo Claudia como pensando en voz alta–, ella no se ha enterado de nada. Me temo que salvo el Sr. Sanz, tú y yo, nadie sabe lo que ha pasado. Todos han desaparecido, han vuelto a aparecer de nuevo...<br />
–¡Y no se han enterado de nada de lo que ha pasado! ¡Para ellos todo esto es lo normal!<br />
Los dos amigos se sentaron en el césped durante un rato, para meditar acerca de todo lo que había sucedido. Después, se marcharon a sus casas; el día había sido largo y agotador, y ambos cayeron rendidos en la cama. <br />
<br />
<b>Capítulo VIII</b><br />
A la mañana siguiente, mientras Mario desayunaba en la cocina, sonó el timbre de la puerta. Su madre fue a abrir, y el niño escuchó que hablaba con alguien, pero no pudo entender lo que decían. Poco después Ana entró en la cocina acompañada de Claudia.<br />
–Mira quién ha venido a verte, Mario –anunció su madre.<br />
– Hola Claudia –saludó el chaval–. ¡Vaya! ¡Qué mala cara tienes! –exclamó al ver las ojeras y la cara de cansancio de su amiga.<br />
–Sí  –respondió la niña–. Es que he dormido muy mal. He tenido pesadillas.<br />
–Yo también se lo he notado –comentó Ana mientras sacaba la ropa de la lavadora y la metía en una cesta– ¿Quieres desayunar algo, bonita?<br />
–No, gracias, ya he desayunado en casa.<br />
–Bueno, entonces os dejo. Me voy a la compra.<br />
Claudia siguió con la mirada a la mujer. Cuando salió, se giró hacia Mario y se le quedó mirando fijamente, como si tuviera que decirle algo, y no supiera cómo empezar.<br />
–¿Qué? –preguntó el niño al ver que ella no decía nada.<br />
–¿Tú has dormido bien? –preguntó al fin Claudia.<br />
–Sí, como un tronco. Estaba agotado. Lo que no entiendo es que tú no hayas dormido. Ayer dijiste que estabas muy cansada.<br />
–Y lo estaba. Pero no he podido dejar de pensar en todo lo de ayer... ¿No te parece que lo que pasó fue muy raro?<br />
–¿Quieres decir que si me parece raro que hiciéramos una poción que casi hace desaparecer el mundo, y que luego todo volviera a aparecer siendo distinto a como era antes? Pues no, me parece del todo normal.<br />
–No seas tonto –se quejó Claudia–. No me refiero a eso.<br />
–Pues entonces no sé de qué me hablas –dijo Mario con la boca llena.<br />
–¡Hombres! –exclamó la niña poniendo los ojos en blanco–. Acaba de desayunar. Tenemos que ir a ver al Sr. Sanz.<br />
Tras terminar rápidamente su desayuno, Mario acompañó a Claudia a la librería del pueblo.<br />
–Hola niños ¿Cómo estáis? –exclamó Sanz al verlos entrar en su tienda, vacía en ese momento–. Lo siento, Mario, pero aún no he tenido tiempo de preparar tu colección para que te la lleves.<br />
–No se preocupe, en realidad no hemos venido por eso –contestó Mario.<br />
–¿Ah, no? Entonces, qué puedo hacer por vosotros.<br />
El niño no respondió. Se limitó a mirar a Claudia, esperando que ella dijera algo.<br />
Tras unos instantes, la niña comenzó a hablar, mirando fijamente al librero.<br />
Claudia confesó al anciano que había varias cosas que no entendía de lo sucedido el día anterior. En primer lugar le contó que ella había creído que los libros de magia eran un timo, y que no servían para nada, y que no podía comprender cómo unos libros que explicaban cómo fabricar pociones que realmente funcionaban y que podían hacer desaparecer el mundo pudieran venderse en una librería de pueblo por 20 monedas. Y, en segundo lugar, lo que menos comprendía la niña era que cuando ellos llegaron a la librería Sanz ya tuviera preparada la poción adecuada para solucionarlo todo, como si supiera lo que iba a suceder.<br />
–Bueno, ya te expliqué que la tenía preparada por si acaso... –explicó el librero sin mucha convicción.<br />
–No me convence –insistió Claudia–. Sigue pareciéndome que hay algo raro en todo esto.<br />
El viejo miró durante unos instantes a la niña.<br />
Después se acercó a la puerta de la tienda, colocó el cartel de “Cerrado”, y se giró hacia los dos jóvenes.<br />
–¿Sabes? –dijo poniendo una mano en el hombro de la niña–. Eres una jovencita muy lista.<br />
Sanz invitó a los niños a sentarse en un sofá viejo pero cómodo que decoraba la tienda. Cogió una silla, se sentó frente a ellos, y comenzó a hablar con mucha seriedad.<br />
–Tienes razón, Claudia: todo lo que pasó ayer es muy extraño, y yo soy el más sorprendido. En primer lugar, has acertado en la cuestión esencial: los libros no valen para nada.<br />
–¿Cómo que no valen para nada? –exclamó Mario–. ¿No recuerda lo que pasó ayer?<br />
–Créeme Mario –Sanz sacudió la cabeza–, los libros no valen para nada. Evidentemente pasó algo increíble, algo mágico, pero la magia no estaba en la poción.<br />
–¿Quiere decir que... ? –dijo Claudia con los ojos muy abiertos.<br />
–Cuando vinisteis aquí ayer, y vi lo que estaba pasando, no podía creerlo. Esos libros no tienen ningún valor. Todos los años se publican muchos libros sobre magia, y las pociones que aparecen en ellos no tienen ningún efecto, así que no entendía lo que estaba pasando, hasta que me di cuenta de la verdad: si la poción no era realmente mágica, la magia tenía que proceder...<br />
Claudia miró a su amigo con la boca abierta.<br />
–¿De mí? –murmuró Mario sin poderlo creer–. Pero eso no puede ser.<br />
–No hay otra explicación, Mario –dijo Claudia.<br />
–Tú tenías fe en que la poción funcionaría, y fue tu magia la que hizo que una fórmula que no servía para nada, hiciera desaparecer las cosas. Por esa razón, cuando comprendí lo que sucedía, di con la solución: no necesitábamos un brebaje que hiciera que todo volviera a aparecer, bastaba con que tú creyeses que era auténtico. Bajé a la cocina, llené una botella de agua corriente, y te hice creer que era una auténtica poción mágica. Y, como recordaréis, funciono muy bien. Mucho mejor de lo que podía esperarse.<br />
Los niños escuchaban asombrados.<br />
Claudia miraba a su amigo llena de admiración; aquella historia era increíble, pero no tenía ninguna duda de que era cierta. Así que no le costaba imaginar que, tal vez algún día, en una librería como aquella, podría encontrarse un libro en el que se hablase de las hazañas que en el futuro iba a realizar de su amigo Mario.<br />
Un libro que tal vez estuviera colocado entre las aventuras del Capitán Constanza y las de Sherlock Holmes.<br />
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	<title>Tatuajes</title>
	<link>http://dondenomellaman.bitacoras.com/archivos/2007/05/21/tatuajes</link>
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	<pubDate>Mon, 21 May 2007 23:05:25 +0000</pubDate>
	<category>General</category>
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	<content:encoded><![CDATA[Hace unas décadas, la única persona de <i>fiar </i>que llevaba tatuajes era Popeye. Por aquella época sólo los legionarios, presidiarios, marinos, u otras personas de vida desordenada, lucían en su cuerpo esas supuestas obras de arte cutáneas.<br />
Pero ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ahora, al igual que las camisetas del Ché, algo que era un símbolo de rebeldía, de cierta posición ante la vida, se han convertido en algo tan <i>revolucionario </i>como llevar vaqueros. Casi ningún tatuaje obedece ya a una actitud contestataria. Ya no quedan rebeldes por aquí; a todos nos gusta demasiado la vida cómoda.<br />
La cuestión es que personas de todas las ideologías y condiciones sociales lucen hoy en su cuerpo dibujos con diversos motivos, colores y tamaños, colaborando a crear una moda tan extendida que, como todas las modas excesivamente extendidas, resulta un tanto molesta.<br />
Personalmente, y gustos aparte, cuando veo a esos chicos y chicas con gran parte de sus cuerpos cubiertos de dibujos multicolores, suelo preguntarme si realmente saben lo que han hecho.<br />
Qué conste que los tatuajes en sí me gustan. O al menos alguno de ellos.<br />
Por ejemplo, encuentro que hay chicas tatuadas muy atractivas y sexys. Me gustan particularmente las que se graban leyendas o textos breves en la zona lumbar, ya que permiten compaginar dos edificantes aficiones, como son la lectura y el sexo anal.<br />
Y también hay tatuajes realmente útiles. Conozco, por ejemplo, el caso de dos hermanos gemelos que acostumbraban a intercambiarse las novias sin que ellas descubrieran que, en realidad, estaban con otro, hasta que ambos se cansaron del juego, y, para evitar futuras confusiones, acordaron tatuarse en el pubis, respectivamente, “<i>Polla A</i>” y “<i>Polla B</i>”.<br />
Incluso he pensado alguna vez en hacerme un tatuaje, claro. Estaría bien, por ejemplo, tatuarse en un hombro <a href="http://dondenomellaman.bitacoras.com/biohazard.jpg" target="_blank">el símbolo de “<i>Amenaza biológica</i>”</a>. Además de ser un tatoo (qué asco de palabra) original, las chicas me preguntarían qué significa, y al  explicar que las autoridades me han obligado a llevarlo como advertencia ya que he roto el corazón de innumerables mujeres, todas correrían a meterse en mi cama, empujadas por esa conocida predilección femenina por los hombres peligrosos.<br />
Pero, cuestiones sanitarias e higiénicas aparte, existe un problema, una pequeña cuestión que me frena siempre que fantaseo con esta posibilidad: los tatuajes son para siempre.<br />
Sí, sí, ya sé lo que van a decirme: que en realidad se pueden borrar con láser, o algo parecido. Esto es poco más que una excusa para justificar una decisión a menudo alocada; algo así como el que se fuma tres paquetes al día pero se miente a sí mismo diciéndose que puede dejarlo cuando quiera. La realidad es que la historia del láser es cierta sólo a medias. Por supuesto que sí uno tiene un tatuaje en el brazo puede cortárselo con un sable láser, y adiós al dibujito, pero no hablamos de eso ¿no? Lo que debería quedar claro es que <a href="http://www.consumer.es/web/es/salud/2002/08/13/50545.php" target="_blank">borrar un tatuaje requiere un proceso largo, costoso, y que en muchos casos dejará secuelas en la piel</a>.<br />
Así que ante esta perspectiva de compromiso a largo plazo, cuando me planteo tatuarme siempre me frena la visión de mí mismo dentro de unos años mirándose en el espejo y diciéndome <i>“¿Pero quién coño me mandaría hacerme esto?</i>”.<br />
Pero la realidad es que los jóvenes (y no tan jóvenes), se tatúan cada vez más.<br />
Y una cosa son esos dibujos más o menos discretos grabados en zonas que pueden ocultarse con facilidad. Pero cuando veo esos ostentosos estampados cutáneos cubriendo brazos enteros, piernas o cuellos, me pregunto si la persona que se oculta bajo esos pigmentos sabía lo que hacía. Por supuesto que no pasa nada por exhibir llamativos tatuajes si uno se dedica al rock, al diseño de moda, al boxeo... o a dirigir un negocio de tatuajes. Pero claro, estos sectores sólo tienen capacidad para absorber a una pequeña parte de la población. El resto, para bien o para mal, tenemos que dedicarnos a trabajos más mundanos, trabajos en los que ciertas modas no son precisamente algo bien visto.<br />
Es decir, <b><a href="http://dondenomellaman.bitacoras.com/clooney 2.jpg" target="_blank">George</a> <a href="http://dondenomellaman.bitacoras.com/clooney 1.jpg" target="_blank">Clooney</a></b> estaba muy guapo con su fantástico tatuaje tribal en <i>Abierto hasta el amanecer</i>, pero seguramente alguien que exhibiera un grabado similar tendría bastantes problemas para conseguir trabajo en el BBVA. Igualmente, lucir un dragón en el cuello, una calavera en el brazo, o un aforismo obsceno en los nudillos, no facilitan precisamente la inserción en el mercado laboral convencional. <br />
Temas laborales aparte, está también la cuestión de la forma en la que envejecen estos bonitos dibujos. Como es sabido, los tatuajes van degradándose con los años, los bordes se desdibujan, los colores pierden intensidad... Claro que esto puede paliarse sometiéndose a periódicos retoques, pero existe algo aún más difícil de mantener: el soporte del tatuaje; es decir, el propio cuerpo humano. Lo que en un momento fueron músculos duros y orgullosos, y pieles tersas y níveas, con el tiempo van perdiendo estas características. Con el paso de los años las carnes se ablandan, y las pieles se descuelgan y se llenan de manchas. Ya lo decía el sabio. “<i>¡Cómo se quedan los cuerpos!</i>”<br />
Resumiendo: a causa de la degradación del dibujo y del lienzo, el tatuaje puede cambiar de aspecto de manera bastante desagradable. Lo que ahora es una rosa roja y fresca, dentro de unos lustros puede convertirse en una especie de coliflor pardusca; la sirena de sensuales curvas se transformará en una especie de Gracia de Rubens con manchas y cola de cachalote; y el antiguo y orgulloso unicornio se asemejará más a una burra manchega. Perspectivas, como se verá, bastante poco alentadoras.<br />
Pero bueno, esto es sólo mi opinión, y en absoluto pretendo convencer a nadie de nada. Cada uno es libre de tomar sus propias decisiones, y de cometer sus propios errores. <br />
Y es que mi predicción para el futuro, en este tema en concreto, incluye arrepentimiento y calor. El arrepentimiento vendrá motivado por haber sucumbido a la tentación y a la moda del tatuaje. ¿Y el calor? ¿Por el calentamiento global? No: por verse obligado a llevar manga larga y cuello cisne incluso en pleno agosto.<br />
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</item>
<item>
	<title>Efectos secundarios</title>
	<link>http://dondenomellaman.bitacoras.com/archivos/2007/04/18/efectos-secundarios</link>
	<comments>http://dondenomellaman.bitacoras.com/archivos/2007/04/18/efectos-secundarios#comentarios</comments>
	<pubDate>Wed, 18 Apr 2007 00:27:03 +0000</pubDate>
	<category>General</category>
	<guid>http://dondenomellaman.bitacoras.com/archivos/2007/04/18/efectos-secundarios</guid>
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	<content:encoded><![CDATA[Si el amor fuera un producto inventado por el hombre, seguramente sería obligatorio disponer de una receta para poder consumirlo (eso suponiendo que las autoridades hubieran aprobado su comercialización y no prohibieran su consumo tal y como se hace con las drogas más peligrosas). Además, cuando se nos facilitara la receta para experimentar el amor se nos insistiría en que leyésemos con atención el prospecto que lo acompañaría, en el que se prevendría sobre los efectos secundarios que produce el consumo de este sentimiento.<br />
Por supuesto que el amor es algo maravilloso, sí, algo que te hace sentir vivo y feliz. Es fantástico estar enamorado, pero sólo cuando las cosas van bien, y todos sabemos que no siempre es así.<br />
Imagino a alguna de mis lectoras (a alguna de las tres) poniendo los ojos en blanco y pensando “<i>¡Ya estamos otra vez!</i>”. Como en otras ocasiones, se me acusará de insensible, de carecer de sentimiento, de no creer en el amor...<br />
No es cierto: incluso un solitario cínico como yo admite que nunca ha estado tan bien solo como cuando ha estado bien con alguien.<br />
Sería absurdo estar “<i>en contra</i>” del amor; de lo que sí estoy en contra es de esa imagen superficial, ingenua, infantil e idealizada del amor que nuestra cultura se empeña en defender. Miles de canciones, libros, películas... toda nuestra sociedad, nos han inculcado que el amor es lo más, que todo lo puede, que mueve montañas,,, algo que, lo siento mucho, pero no es cierto. <br />
Lo honesto sería contar la verdad, y no sólo la parte maravillosa de la historia. Hollywood miente, y las pelis de amor son unas tramposas, pues suelen acabar cuando el chico conquista a la chica, cuando empieza la relación. Esa es sólo la parte fácil y bonita. Los mayores problemas comienzan luego.<br />
Es verdad es que el amor hace felices a muchas personas. Pero también es verdad que hace infelices a por lo menos otras tantas. Hay tanta gente que sufre por ese amor que no llega, por ese amor que se ha ido, o por esa relación insatisfactoria, que, insisto, debería revisarse la magnánima idea que tenemos acerca de este potente sentimiento, y, tal vez, comenzar a temerlo un poco. Al menos temer sus efectos secundarios, ya que, en uno u otro momento de la vida, nos han afectado a todos.<br />
Personalmente conozco a mucha más gente que está jodida por que no disfruta de la relación que quiere, o porque no disfruta de ninguna relación en absoluto, que gente feliz con su pareja. Y si hacemos balance de nuestras vida, y miramos hacia atrás, la mayoría hemos pasado más tiempo puteados por amor, que felices por amor.<br />
Sé que decir estas cosas no son políticamente correctas, y que no está bien visto meterse con algo que está aceptado casi universalmente como el sentimiento más elevado que puede experimentar el ser humano.<br />
Incluso habrá quien se ofenda.<br />
Sobre todo las mujeres, quienes más se ponen de uñas cuando uno osa cuestionar las bondades del maravilloso amor, quienes más se ponen a la defensiva cuando se cuestiona el valor de ese sentimiento. Esto tiene cierta lógica, ya que en general son ellas quienes más intensamente lo viven. Para las mujeres el amor es un océano en el que ansían zambullirse, mientras que para la mayoría de los hombres es tan sólo una piscina hinchable en la que chapotear y mojar los pies.<br />
Esto hace que el amor sea más importante en general para ellas, y claro, por esta misma razón son ellas quienes más sufren por su causa. Pero chicas, sed sinceras: echad un vistazo a vuestras amigas, y decidme ¿Qué predomina? ¿Las mujeres felizmente emparejadas, o aquellas que sufren por amor?<br />
El amor no lo puede todo, nadie conoce una montaña que el amor haya podido mover ni siquiera un milímetro, y son numerosas las parejas para quienes el amor no es suficiente, quienes, pese a quererse mucho, no han logrado pode ser felices juntos. Por otra parte, la idea generalizada de que es poco menos que obligatorio tener una pareja, hace que el no tener una convierta la situación en doblemente dolorosa.<br />
Los celos, el desamor, el trauma que supone un divorcio... todo esto son secuelas del amor que, al menos desde mi punto de vista, justifican que uno maneje este sentimiento con bastante respeto, y que incluso se plantee si merece la pena embarcarse en una relación cuyo balance raramente es positivo.<br />
No quiero decir, por supuesto, que haya que odiar el amor, criticarlo, burlarse de él, o repudiarlo, pero tampoco deben cerrarse los ojos a la realidad, ni negar los hechos.<br />
Se trata, simplemente, de contar toda la verdad, de no mostrar sólo la cara de la moneda cuando la cruz puede ser tan dolorosa.<br />
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Alguien tenía que decirlo, ¿no?<br />
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