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<title>Donde no me llaman</title>
<link>http://dondenomellaman.bitacoras.com</link>
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<title>El hombre que amaba el cine</title>
<link>http://dondenomellaman.bitacoras.com/archivos/2009/11/20/el-hombre-que-amaba-el-cine</link>
<description><![CDATA[ <p><strong>En lugar de dormir, me pongo a escribir cosas como &eacute;sta. </strong><strong>Y, por favor, antes de sacar conclusiones precipitadas, no olvid&eacute;is que se trata de un relato de <u>ficci&oacute;n</u>.</strong></p><p><strong>Saludos.</strong></p><br /><br />&nbsp; He o&iacute;do hablar de personas que pasan d&iacute;as y d&iacute;as sin sexo, y, mi pregunta, es: &iquest;c&oacute;mo pueden aguantar sin volverse locos? Aunque tal vez lo est&eacute;n ya, pues parece no preocuparles demasiado esa falta de actividad sexual. <p>A m&iacute; me resultar&iacute;a imposible soportarlo, y, afortunadamente, no tengo que hacerlo: las mujeres han desfilado sin interrupci&oacute;n por mi vida (y por mi cama), durante los &uacute;ltimos 20 a&ntilde;os. Yo no dir&iacute;a que me resulta f&aacute;cil ligar, o que se me dan bien las mujeres. Evidentemente todo eso es cierto, claro, pero hay algo m&aacute;s; en realidad es como si, de alguna manera, las mujeres <em>vinieran a m&iacute;</em>.</p><p>Pero aunque contempl&aacute;ndome ahora resulte casi imposible de creer, esto no siempre fue as&iacute;. La adolescencia fue dura, y tuve que desarrollar un afinado e ingenioso sentido del humor como arma de seducci&oacute;n, y compensar as&iacute; un atractivo f&iacute;sico que, aunque latente, a&uacute;n no se hab&iacute;a manifestado en toda su magnitud. Despu&eacute;s, cuando mi carga gen&eacute;tica se impuso, y finalmente despleg&oacute; todo su potencial, un f&iacute;sico superior se conjug&oacute; con una mente brillante para convertirme en ese admirable esp&eacute;cimen que soy hoy en d&iacute;a.</p><p>A las mujeres les atrae mi aspecto, claro est&aacute;, pero me sigue gustando utilizar mi ingenio para seducirlas y hacerlas re&iacute;r. Para m&iacute; pocas cosas hay tan sexys como una mujer que, tras escuchar una de mis ocurrencias, se r&iacute;e a carcajadas mientras sacude la cabeza diciendo &quot;Qu&eacute; idiota eres...&quot;, a la vez que se arrodilla y me desabrocha los pantalones dispuesta a chup&aacute;rmela.</p><p>Como dec&iacute;a aquel periodista deportivo &quot;La vida puede ser maravillosa&quot; (aunque, a juzgar por c&oacute;mo acabaron las cosas para &eacute;l, resulta evidente que no hablaba desde la propia experiencia).</p><p>Pero no estoy aqu&iacute; para hablar de m&iacute; mismo. Podr&iacute;a, claro, y resultar&iacute;a sin duda interesante, ya que podr&iacute;a tratar de ense&ntilde;ar a los hombres, por ejemplo, que el secreto para llevarse a una mujer a la cama consiste, en muchas ocasiones, en algo tan simple como mirarlas de la forma adecuada. Pero mi esfuerzo ser&iacute;a in&uacute;til: de sobra s&eacute; por experiencia que los hombres en general prefieren pensar de m&iacute; que soy un fantasma y un fanfarr&oacute;n, y evitar as&iacute; tener que aceptar lo pat&eacute;tico de sus propias existencias (las mujeres, por su parte, me desprecian en p&uacute;blico, pero fantasean conmigo en la intimidad, mientras se preparan un ba&ntilde;o con perlas de aceite, y hacen tiempo colocando en los bordes de la ba&ntilde;era trescientas velas de Ikea, y un patito de goma vibrador de Ann Summers).</p><p>C&oacute;mo digo, s&eacute; perfectamente que los perdedores se sienten mejor leyendo historias de perdedores para no sentirse as&iacute; inferiores, y, por lo tanto, voy a hablaros de Evaristo.</p><p>&nbsp;</p><p>Aquella noche, Evaristo, a sus 35 a&ntilde;os, pensaba &quot;C&oacute;mo pasa el tiempo...&quot;.&nbsp; Le parec&iacute;a que hab&iacute;a sido ayer cuando hab&iacute;a perdido la virginidad, y ya hab&iacute;an transcurrido casi dos meses. Hab&iacute;a necesitado todo ese tiempo para ahorrar el dinero suficiente para volver a visitar a Tania, su primera y &uacute;nica amante hasta la fecha.</p><p>&nbsp;Mientras pensaba en la fugacidad del tiempo, y vestido &uacute;nicamente con un ra&iacute;do b&oacute;xer de los Transformers, observaba c&oacute;mo la prostituta se desabrochaba su liguero. Cuatro minutos y treinta segundos despu&eacute;s, ya en la cima del &eacute;xtasis, y ante el inminente orgasmo, Evaristo bramaba:</p><p>- &iexcl;Te quiero! &iexcl;Te quiero!</p><p>- &iexcl;Deja de berrear y c&oacute;rrete de una puta vez, puto tarado! -le respondi&oacute; Tania.</p><p>Evaristo era un tipo pat&eacute;tico.</p><p>Hab&iacute;a sido un hijo de los ochenta, pero no su hijo predilecto precisamente. No un primog&eacute;nito de esos a los que se les rodean los hombros con el brazo y, se&ntilde;alando un vasto imperio, se les promete &quot;Alg&uacute;n d&iacute;a, hijo m&iacute;o, todo esto ser&aacute; tuyo&quot;. Tampoco hab&iacute;a sido como esos hijos peque&ntilde;os, traviesos pero cari&ntilde;osos, torpes pero simp&aacute;ticos, decepcionante a veces pero conmovedoras otras, dif&iacute;ciles pero, en definitiva, encantadores. Hab&iacute;a sido un hijo de los ochenta, s&iacute;, pero m&aacute;s bien del tipo de hijo que se dejan olvidados en una gasolinera en el viaje de regreso de las vacaciones.</p><p>Hab&iacute;a desperdiciado la d&eacute;cada intentando, sin &eacute;xito, adaptar el estilo Sonny Crockett a su complicada anatom&iacute;a; grabando cintas de cassette con temas rom&aacute;nticos para compa&ntilde;eras de estudios que, inevitablemente, pasaban de &eacute;l; cargando juegos en el Spectrum; midi&eacute;ndose el pene; ajustando el tracking de su reproductor de VHS para intentar ver con un m&iacute;nimo de calidad las pel&iacute;culas pirata que alquilaba por contendores; escribiendo un diario pat&eacute;tico y autocomplaciente; comprobando como, una vez m&aacute;s, otra caja de condones volv&iacute;a a caducar sin haber sido estrenada siquiera... en definitiva, se hab&iacute;a pasado la d&eacute;cada enamor&aacute;ndose perdidamente de cualquier humano portador del gen doble X que se cruzaba en su camino, y compadeci&eacute;ndose de s&iacute; mismo ante la indiferencia que despertaba en dichas criaturas.</p><p>Pero era en el cine donde m&aacute;s tiempo hab&iacute;a pasado durante aquellos a&ntilde;os. En la oscuridad de las salas ya no se ve&iacute;a sometido a las miradas, generalmente desaprobatorias, de los dem&aacute;s. All&iacute; era &eacute;l quien observaba sin ser visto, y pod&iacute;a transmutarse en los protagonistas de las sagas de Spielberg o Lucas, identificarse con esos adolescentes que sufr&iacute;an por amores imposibles que poblaban las primeras obras de John Hugues, o gozar con romances con finales dram&aacute;ticos, como el narrado en <em>Impacto</em>, de Brian de Palma.</p><p>-&iquest;Por qu&eacute; la vida no puede ser como las pel&iacute;culas? -se preguntaba una y otra vez.</p><p>A finales de aquella d&eacute;cada, y principios de la siguiente, intent&oacute; explotar las noches de los fines de semana para intentar ligar. Ante la carencia de aut&eacute;nticos amigos, se auto-invitaba a salir con cualquier conocido, y, a fuerza de ingerir alcohol para vencer su ineptitud, trataba de &quot;contactar&quot; con mujeres, con lastimosos resultados. Como resultado de sus salidas nocturnas, llegaba a casa al amanecer completamente borracho, para pasar todo el d&iacute;a durmiendo. Aquello desesperaba a su madre, pero su padre, como hombre, lo entend&iacute;a perfectamente: los feos tienen que salir hasta tarde si quieren comerse algo.</p><p>Yo, por ejemplo, puedo dejar mi casa a las once, llegar a la disco a y media, chasquear los dedos y, veinte minutos despu&eacute;s, estar follando con una t&iacute;a impresionante. Para los feos (y las feas), las cosas no funcionan exactamente as&iacute;. Ellos tienen que esperar a que la noche haya avanzado y a que la gente se encuentre lo suficientemente borracha como para que les d&eacute; igual enrollarse con casi cualquiera.</p><p>Pero, en el caso de Evaristo, la noche no ten&iacute;a suficientes horas, ni exist&iacute;a suficiente alcohol en el mundo como para que ni la mujer menos escrupulosa pudiera emborracharse lo suficiente como para ser capaz de liarse con &eacute;l.</p><p>As&iacute;, esta especie de Ignatius Reilly, lleg&oacute; a los noventa convertido en un inadaptado social, en un tarado emocional, y en un in&uacute;til profesional. Hab&iacute;a abandonado ya toda esperanza en el terreno femenino, salvo espor&aacute;dicos, y no del todo satisfactorios, episodios con profesionales, como el compartido con Tania, y se hab&iacute;a volcado exclusivamente en el cine, &uacute;nico terreno en el que se mostraba competente y seguro. Era tal su especializaci&oacute;n, que le bastaba con ver un s&oacute;lo fotograma de una pel&iacute;cula para acertar el t&iacute;tulo. Era casi un mago para el cine, pero un desastre para cualquier otra cosa.</p><p>Afortunadamente, un conocido de su padre dirig&iacute;a un peque&ntilde;o peri&oacute;dico local, y le consigui&oacute; un modesto trabajo como cr&iacute;tico cinematogr&aacute;fico, empleo que le permit&iacute;a costearse sus gastos mientras segu&iacute;a viviendo en casa de sus padres.</p><p>Y as&iacute; fue tirando una temporada.</p><p>Una noche, en un bar, conoci&oacute; a una chica que, parad&oacute;jicamente teniendo en cuenta su aspecto, se llamaba Linda. De alguna forma ella se convenci&oacute; de que Evaristo, gracias a su trabajo, se relacionaba con actores y personajes famosos, lo que le result&oacute; sumamente emocionante, y salieron juntos en varias ocasiones.</p><p>En la segunda cita &eacute;l le solt&oacute; &quot;Eres lo mejor que me ha pasado en la vida&quot;, frase que hab&iacute;a deseado pronunciar desde que escuch&oacute; como Michael Douglas se la dec&iacute;a a Kathleen Turner en <em>Tras el coraz&oacute;n verde</em>.</p><p>Una noche ella le invit&oacute; a su casa a comer una pizza. En la tele pon&iacute;an <em>Superman II</em> y, mientras &eacute;l glosaba las virtudes del film (uno de sus favoritos), ella le desnud&oacute;. Hicieron el amor con bastante torpeza. Mientras montaba a Evaristo, Linda imaginaba que aquel polvo le aseguraba una invitaci&oacute;n, cuando menos, a la entrega de los Goya. &Eacute;l, mirando por encima del oscilante hombro de la chica, se esforzaba por no perderse ninguna de las andanzas del hombre de acero. Evaristo se corri&oacute; en el momento en que Superman, tras recuperar sus poderes, aparece en la ventana del Daily Planet, para enfrentarse al General Zod y sus secuaces (&quot;General, &iquest;le importar&iacute;a salir aqu&iacute; fuera?&quot;)</p><p>Aquello fue excesivo, incluso para un esp&eacute;cimen como Linda, y jam&aacute;s volvi&oacute; a aceptar quedar con &eacute;l.</p><p>Destrozado al haber perdido a la que &eacute;l cre&iacute;a la mujer de su vida, Evaristo se hundi&oacute; a&uacute;n m&aacute;s en el pozo en el que ya habitaba. </p><p>-&iquest;Por qu&eacute; la vida no puede ser como las pel&iacute;culas? -continuaba pregunt&aacute;ndose.</p><p>Se refugi&oacute; en el cine con m&aacute;s intensidad. Pel&iacute;culas en el trabajo, y pel&iacute;culas en su tiempo libre. Incluso, cuando volv&iacute;a a casa en coche por las noches, se dedicaba a practicar uno de sus juegos favoritos: adivinar las pel&iacute;culas que iban viendo los pasajeros de los autobuses que adelantaba por la autopista. La tarea era complicada, porque los monitores eran peque&ntilde;os. De modo que a veces adelantaba al bus y, si no adivinaba el t&iacute;tulo, frenaba hasta que el bus le adelantaba &eacute;l, y as&iacute; una y otra vez, hasta que daba con el t&iacute;tulo.</p><p>Los conductores le odiaban, claro, pero &eacute;l siempre acababa acertando. </p><p>Pero, una noche, la tarea se complic&oacute;: la fina lluvia que ca&iacute;a dificultaba ver con nitidez el monitor del autob&uacute;s, consiguiendo desesperarle. Su nerviosismo colabor&oacute; con una carretera deslizante, dirigi&eacute;ndolo directamente a la cuneta, donde dio varias vueltas de campana. Fue &eacute;se el &uacute;nico momento en la vida de Evaristo en el que dese&oacute; que las cosas no fueran como en el cine, y que su coche no explotase con la misma facilidad con la que lo hacen los autom&oacute;viles en las pel&iacute;culas. Pero, cruelmente, la vida decidi&oacute; elegir precisamente ese instante para imitar al arte.</p><p>Durante los segundos previos a la explosi&oacute;n, toda la vida de Evaristo pas&oacute; ante sus ojos, lo cual hizo que el momento resultar&aacute; a&uacute;n m&aacute;s dram&aacute;tico y angustioso.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]></description>\n</item>
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