Sandra
Un pequeño relato.
Ya me diréis...
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La joven abre el periódico.
Comprueba que, a falta de noticias frescas, la prensa vuelve a echar mano de un tema recurrente, el crimen de Sandra Del Moral.
La chica tenía 16 años y había desaparecido una noche cuando volvía a casa. Días después, su novio de 18, Sergio Ortega, confesó haberla asesinado.
Otro nuevo caso de violencia de género, con la peculiaridad de que, tres meses después del suceso, el cadáver aún no había aparecido. El joven Sergio, junto con su amigo Marcos Fernández (17 años), detenido posteriormente como cómplice del crimen, habían confesado haber arrojado el cuerpo en distintos lugares en diferentes interrogatorios.
La policía había invertido tiempo y dinero en complejos dispositivos de búsqueda, sin ningún resultado.
La opinión pública estaba indignada con aquellos adolescentes, capaces, no sólo de matar a sangre fría a una joven inocente, sino también de mentir a la policía acerca del paradero del cuerpo, aumentando así el sufrimiento de la familia de Sandra.
Pero la joven sabe que el cadáver no va a aparecer; no puede aparecer: ella es Sandra, la chica que, supuestamente, fue asesinada hace tres meses.
Sandra era hija única, y desde los seis años había sufrido abusos sexuales por parte de decenas de personas. En numerosas ocasiones sus padres la habían entregado a distintos personajes influyentes para que participase en secretas orgías en las que, al igual que a ella, se violaban a otros niños. A cambio de sus hijos los padres de las criaturas obtenían dinero, buenos empleos, viviendas, y todo tipo de contraprestaciones.
Esa había sido la vida que Sandra había conocido desde su más tierna edad, una vida de abusos y terror, hasta que, tres meses atrás, había decidido que no podría soportarlo más, y había huído de casa. Huyó movida por la más pura desesperación, sin ningún plan, y la única cosa que se le ocurrió hacer fue pedir ayuda a Sergio, un joven de su instituto con el que mantenía un incipiente romance.
Por primera vez en su vida Sandra contó a alguien su terrible historia y, milagros del amor adolescente, Sergio creyó hasta la última palabra. El joven insistió en que debían acudir a la policía, pero Sandra le convenció de que no era posible: entre los pedófilos habituales que acudían a sus "fiestas" se encontraban varios altos mandos de la Policía de la provincia. La opción de pedir ayuda resultaba muy arriesgada.
Sandra pasó esa noche escondida en el desván de la casa de Sergio.
A la mañana siguiente el joven telefoneó a su amigo Marcos, algo mayor que él, y en cuya inteligencia confiaba para encontrar una solución. No le dio muchos detalles por teléfono, y se citaron en un parque de la ciudad.
Sergio puso a su amigo al tanto de la situación, y cuando trataban de decidir qué hacer, una patrulla de la policía apareció en el lugar. Los agentes les interrogaron acerca de la desaparición de Sandra, la cual ya había sido denunciada por sus padres la noche anterior. Los dos amigos aseguraron no saber nada del caso, y los policías se marcharon, aparentando no estar muy convencidos de los testimonios de los chavales.
Los dos chicos estaban sorprendidos: jamás iban a aquel parque, por lo que les resultaba muy extraño que hubieran acudido a buscarles precisamente allí. Sólo se les ocurría una explicación: habían pinchado el teléfono de Sergio, y tal vez los de todo el entorno de Sandra. Era evidente que la chica no mentía: había personas importantes interesadas en que no hablase con nadie de la red de abusos de menores.
Los dos jóvenes se reunieron con Sandra, y trataron de decidir qué hacer. Eran conscientes de que la maquinaría de búsqueda estaba en marcha: personas poderosas querían encontrarla a toda costa. Desesperada, aterrada, la joven pensó en entregarse para no perjudicar a sus amigos, pero ellos se negaron a aceptar la idea.
Los dos chicos hablaron en privado, y trazaron un plan.
Trasladaron a Sandra a la casa de Marcos, cuyos padres estaban pasando unos días fuera, y Sergio hizo una llamada telefónica al móvil de Marcos dando a entender que discutió con la chica, y la mató: una locura de plan adolescente para desviar la atención, y transformar una desaparición en supuesto asesinato, para así dirigir la atención de la policía sobre sí mismo.
Para confirmar el pinchazo telefónico, en menos de dos horas se presentaron en casa de Sergio una docena de agentes que registraron toda la vivienda y encontraron rastros de Sandra (dejados a propósito), como alguna prenda o rastros de ADN.
Sergio fue detenido como sospechoso de asesinato y, tras unas horas de interrogatorio, "confesó" haber matado a Sandra y haber arrojado el cadáver a un pantano cercano.
La tontería del joven consiguió lo que quería: al menos por el momento, la policía se centró en la búsqueda del cuerpo en lugar de rastrear la ciudad buscando a la niña escapada. Además, el caso cobró tanto relieve, que para la organización de pederastas resultaría complicado desarrollar su particular búsqueda sin levantar sospechas.
Por el momento, Sandra estaba a salvo en su escondite.
Pero Marcos comprendió que esa calma era sólo temporal. Primero, no podía esconder a la chica indefinidamente; y, segundo, sabía que la organización no se dejaría engañar demasiado tiempo.
Necesitaban ayuda y, casi por primera vez en su vida, Sandra tuvo suerte.
Con ayuda de Marcos buscó en internet, en diversos diarios on-line, un periodista en quien poder confiar. Así dieron con Héctor Sandoval, especialista en periodismo de investigación, que había publicado distintos reportajes destapando escándalos de corrupción política, redes mafiosas, narcotráfico, etc.
Enviaron un email a Héctor:
-Soy Sandra del Moral. Mire la portada de su periódico y verá una foto mía; se supone que mi novio me ha asesinado. ¿Podemos hablar?
Adjuntaron una foto de ella sosteniendo un periódico del día. Diez minutos después recibieron una breve respuesta:
-Llámame ahora mismo-, decía, y acompañaba un número de teléfono.
Los jóvenes llamaron al periodista, y cuando le convencieron de la historia, acudió a la casa de Marcos.
Sandra, una vez más, volvió a contar en su historia.
El periodista, asombrado, no dejó de tomar notas. El relato de las terribles penalidades sufridas por la niña le estremecieron, pero el sacrificio de Sergio le causa una impresión casi mayor.
Cuando Sandra terminó de hablar, Héctor hizo una llamada. Habló con un contacto que tenía en el cuerpo de policía.
-Tranquilos, es de fiar.
El policía le puso en contacto con un agente especial, Diego Morales, miembro de un cuerpo especial dedicado a investigar grandes redes de explotación de menores, y pornografía infantil.
El periodista mantuvo una breve conversación con Morales, y a los quince minutos un todo terreno con cristales ahumados aparcó en la puerta de la casa de Marcos.
La puerta se abrió, y se apeó el agente Morales con otros dos hombres.
-Suban. Hay que sacar a la niña de aquí inmediatamente-, dijo, sin dejar de estudiar los alrededores con la mirada.
La niña abrazó a Marcos, le besó, le dio las gracias por todo, y se despidió.
Una vez a bordo del vehículo Diego Morales explicó todo a la joven y al periodista: existía un operativo puesto en marcha diez meses atrás para investigar la organización en la que estuvo Sandra; una red mucho más amplia y poderosa de lo que la chica era capaz de imaginar, y cuyas ramificaciones se extendían a varios países. Las investigaciones estaban avanzadas, pero aún no había pruebas para detener a los máximos dirigentes.
El testimonio de la niña podría ser muy útil, pero había que mantenerla oculta y protegida. La tapadera propiciada por Sergio, aunque descabellada, era ideal: todos la daban por muerta, y había que intentar que siguiera siendo así.
El agente pidió al periodista que no contase nada aún. Tendría la exclusiva a cambio de su paciencia.
Llevaron entonces a Sandra a un piso protegido. Tres mujeres del equipo especial cuidarían de ella en todo momento a partir de ese momento.
La chica había escapado por poco: al día siguiente la policía detuvo a Marcos como cómplice de asesinato.
El equipo de investigación estaba preocupado por lo que los jóvenes detenidos pudieran contar. Miembros del equipo especial se hicieron pasar por abogados y se entrevistaron con los chicos en la cárcel. Les contaron todo lo que podían contarles. Les garantizaron que Sandra estaría bien. Les explican que de momento había que seguir con la historia montada.
-¿Y nuestros padres?-. Preguntan ellos.
-Lo sentimos. No podemos contarles la verdad; el riesgo de filtración sería demasiado alto.
Los chicos aceptan la situación.
Los falsos abogados, curtidos por años de profesión, no pudieron evitar llorar al escribir sus informes. El coraje y la determinación de aquellos jóvenes, dispuestos a soportar el largo calvario que les aguardaba para proteger a su amiga, les conmovió hasta lo más profundo.
Así han pasado 3 meses.
Para seguir la impostura, Sergio y Marcos, asesorados por el equipo especial, han "mareado" a la policía durante ese tiempo, cambiando sus testimonios una y otra vez para ganar tiempo.
El cadáver, lógicamente, sigue sin aparecer.
Los ciudadanos no entienden que la policía sea incapaz de conseguir una confesión fiable de un par de chavales.
Sergio y Marcos aguantan como pueden.
La situación para ellos es terrible. Todo el país, incluidos sus padres y familiares, creen que son unos asesinos despiadados. La vida en la prisión preventiva es terrible, y la presión social ha imposibilitado conseguir la libertad bajo fianza.
Pero periódicamente reciben visitas de apoyo del grupo de operaciones especiales, quienes, además de instrucciones, les llevan mensajes de apoyo de Sandra.
Pero no son esas las únicas visitas que han recibido: otros personajes más siniestros han tratado de amenazarles y asustarles para que confiesen la verdad. Pero saber que su amiga está a salvo, que finalmente todo quedará aclarado, les sirve para mantenerse firmes.
Por su parte, Sandra sí se hunde a veces.
Mira las fotografías de sus amigos: para el mundo son unos crueles asesinos, para ella, dos jóvenes valientes a quienes nunca podrá agradecerles lo que están haciendo por ella. También observa las imágenes de sus padres. La gente alaba la entereza y dignidad con las que soportan la situación, pero ella reconoce esas expresiones; la misma mirada ausente que manifestaban cuando la entregaban a sus violadores.
Leyendo el reportaje, siente el irrefrenable deseo de salir corriendo a la calle y revelar que sigue viva, para que Sergio y Marcos sean liberados.
Marta, la agente que la cuida en ese momento, trata de calmarla, como ella y sus compañeras han hecho tantas veces a lo largo de los últimos meses.
-Ya queda poco, Sandra, créeme. En poco más de un mes la investigación habrá terminado, y podremos acabar con la organización; detener a todos para que ninguno de esos niños tenga que sufrir más.
Sandra llora. No entiende que se pueda permitir que suceda lo que se sabe que está sucediendo. ¿Por qué no detenerlo ya? ¿Por qué no impedir que los niños sigan sufriendo abusos, y que Sergio y Marcos sigan en prisión?
-Si ahora descubrimos la investigación-, dice Marta-, muchos de los culpables escaparán. Son enfermos, y volverán a hacer lo mismo a otros niños en otro lugar. Tenemos que encerrarles a todos, y asegurarnos de que nunca vuelvan a hacer daño a nadie más.
Con los ojos llenos de lágrimas, pero más tranquila, Sandra mira a Marta.
-Sólo un mes más, cariño; te lo prometo.
La niña cierra los ojos y asiente.
Marta le besa en la frente, y la abraza. No puede evitar llorar ella también.
Sandra se aprieta con fuerza a su protectora. Por encima del hombro de la agente echa otro vistazo al periódico, a las fotos de Sergio y Marcos.
-Aguantad un poco más, mis héroes -murmura-. Aguanta un poco más, mi amor.
Referencias
Comentarios
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Como siempre, Iñaki, un buen relato, me ha gustado muchísimo.
Enhorabuena.
Besos.Comentario de Marta hace 2 meses y 10 dias
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Acabo de leerlo y todavía estoy confusa. Creo que me gustaría más si no fuera porque efectivamente existe ése tipo de casos en la vida real. Chico¡ desde que fui madre, estas cosas me afectan en exceso, me lo tengo que mirar. A raíz de lo anterior, me ha parecido genial. Me he emocionado y todo. No dejes nunca de escribir. Un besotón.
Comentario de Nuria hace 20 dias y 9 horas
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