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Donde no me llaman

Cocidos en nuestro propio jugo

Vuelvo a meterme en temas que, seguramente, me vienen grandes, pero, como decía el conde de Valmont, "Lo cierto es que no puedo evitarlo".

Recuerdo los días 6 de enero de mi infancia.

Recuerdo el desagrado que me producía, cuando salía a la calle, observar la soberbia con la que los niños exhibían sus juguetes recién recibidos ante los demás, como restregándoselos por la cara en una versión infantil del tan masculino “a ver quién la tiene más grande”.

Igual de molestas me resultan ahora las personas que alardean de sus conocimientos recién adquiridos. Como ese portero, que sólo te ha dirigido la palabra para hablar sobre el Atlético de Madrid, pero que dado que ayer tarde se durmió viendo un documental sobre Stephen Hawkins hoy te aburre con conceptos como agujeros negros u horizonte de sucesos, sin saber muy bien de qué está hablando. O esa compañera de trabajo a quien sólo le preocupan las nominaciones de Gran Hermano y que hoy, basándose en un Fotogramas que ojeo ayer en la peluquería, te explica que “Asistiendo a sus inicios en el mundo de la interpretación, pocos habrían apostado que Clint Eastwood llegaría a convertirse en uno de los directores más interesantes del panorama mundial, habiendo asimilado las lecciones de maestros como Howard Hawks o John Ford.”

Ese tipo de comportamientos, que demuestran una gran ignorancia previa sobre la materia, resultan bastante patéticos, y por eso intento no protagonizarlos. Lo que ocurre es que a veces resulta difícil no ceder a la tentación de hacerlo, sobre todo cuando uno tiene la suerte de toparse con escritoras como Naomi Klein, y con libros como La doctrina del shock, del que sólo he leído 150 de sus 700 páginas, pero que me está resultando tan irresistiblemente interesante que siento deseos de recomendárselo a todo el mundo y de compartir con todos lo que en él se cuenta.

Naomi Klein trata en este libro, como ya hizo en su anterior y muy interesante No Logo, del poder de las grandes corporaciones. O, al menos, trata de ello en parte. “La doctrina del shock”, que lleva por subtítulo “El auge del capitalismo del desastre” cuenta cómo estados y corporaciones han conspirado para establecer en distintos países un sistema económico salvaje, basado en el liberalismo más absoluto. Estas teorías económicas, procedentes de los Estados Unidos, surgieron a mediados del siglo pasado como respuesta a los sistemas social-democráticos que, al basarse en un reparto más equitativo de las riquezas y en el aumento de la inversión pública, reducían los márgenes de beneficios de las grandes empresas. Los defensores del sistema liberal, liderados por Milton Friedman, abogaban por la desaparición del estado, el cual debería echarse a un lado sin interferir en el sistema económico, dejando que el mercado se autorregulase.

En la práctica existen dos problemas básicos para aplicar esta políticas: primero, que al requerir una ausencia total de intervencionismo gubernamental, no se pueden implementar en ninguna sociedad ya constituida, ya que todas cuentan, en mayor o menor grado, con sus sistemas de control y regulación ya establecidos; y, segundo, que las repercusiones de dichas medidas resultan tan impopulares y traumáticas para la población, que jamás pueden ser aceptadas en un marco democrático.

Para solucionar estos dos problemas, los profetas del liberalismo absoluto, animados y financiados por las empresas (las más interesadas en que dicha política sea aplicada), y apoyadas por las correspondientes fuerzas armadas (necesarias para aplastar a la población y poder así actuar con libertad), han conspirado a través de las décadas para arrasar sociedades enteras (Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Indonesia...), convirtiéndolas en cobayas para aplicar en ellas sus teorías que, a la postre, sólo sirvieron para enriquecer mucho a unos pocos, y hacer sufrir a millones.

Esta teoría olvida que detrás de las cifras macroeconómicas están los millones de personas que sufren cuando las cosas van mal, entiende que la economía de un país va bien cuando los ricos se enriquecen, arrebata los recursos de las naciones a la mayoría de la masa social y se los entrega a un puñado de empresarios sin escrúpulos para hacerlos aún más ricos, y no muestra ningún rubor en reconocer que ése es, precisamente, su objetivo.

El libro debería incluir una bolsa para el mareo, porque cuando uno lee estas cosas le entran ganas de vomitar.

Pero estos ideólogos del golpismo no sólo participan activamente en destruir naciones por medio de golpes de estado o guerras (como el caso de Irak), sino que también recomiendan aprovechar grandes desastres naturales (tsunamis, inundaciones o terremotos), o incluso atentados (como el 11-S) para sacar beneficios. En unos y otros casos el principio es similar: aprovechar esos momentos en los que la sociedad se encuentra aterrada para conseguir firmar contratos o modificar leyes que, en condiciones normales, no serían aceptadas por la población.

Pero no quiero extenderme sobre el libro y ponerme tan pesado como las personas que criticaba al principio del texto, añadiré simplemente, por si alguien quiere saber más del tema, tres links muy interesantes:

Reseña del libro.

Entrevista con Naomi Klein.

Web de Naomi Klein.

El mensaje central de este artículo es que, cuando leo libros tan reveladores como éste, lo hago con mucho interés y satisfacción, pero también con sorpresa, tristeza y preocupación.

¿Por qué? Porque, a la postre, no sirven para casi nada.

Uno podría creer que cuando un periodista airea cómo un individuo, un partido político, un grupo de presión, una empresa, o una nación, han conspirado y cometido crímenes semejantes, la gente debería reaccionar de alguna forma.

Parecería que un libro como el de Naomi Klein debería iniciar una revuelta social, pero no es así.

No salimos a la calle con antorchas para pedir la cabeza de quienes envenenan los ríos, aceptan sobornos a cambio de favores urbanísticos, amañan unas elecciones, organizan un golpe de estado, apoyan a asesinos y torturadores, se enriquecen explotando a niños, trafican con mujeres, se forran con las drogas, rebajan las prestaciones sociales, machacan a los trabajadores...

No hacemos nada.

Experimenté el mismo desagradable cóctel de sensaciones (más acentuado, incluso) tras ver el documental Sicko, de Michal Moore. En él se exponía la penosa situación de la sanidad pública en EEUU, y lo que allí se contaba era tan terrible e indignante que no puedo entender que, tras su estreno, los millones de estadounidenses que carecen de cobertura sanitaria no pusieran el país patas arriba, y averiguasen si aún se conservaban en alguna parte los planos de la revolucionaria guillotina.

Nada de eso sucedió.

Estas obras, en el mejor de los casos, generan algún breve debate en los medios, y poco más. Mientras tanto, los ciudadanos, los auténticos afectados por todo esto, sacudimos la cabeza, y murmuramos “qué barbaridad...”, mientras cambiamos de canal con el mando a distancia.

Casi que nos merecemos lo que nos pase.

Observando esta triste sociedad, y dejando aparte el que da título al libro, hay otro shock que a me interesa mucho, y del que no sé si Klein hablará en alguna de las muchas páginas que aún me quedan por leer. Me refiero al shock que sería necesario para que reaccionásemos de una puta vez, porque lo cierto es que gobiernos y empresas hacen lo que quieren y nos putean sin que hagamos nada.

Puede que esto se deba a que los cambios son paulatinos, claro, de poco a poco, nada drásticos, y por eso vamos cediendo milímetro a milímetro lo que quiero creer que no aceptaríamos de golpe. Sucede como con la historia (seguramente falsa pero adecuada) de la rana que escapa si se la echa en agua hirviendo, pero que permanece tranquila hasta cocerse si se la introduce en agua fría que paulatinamente se va calentando hasta entrar en ebullición.

Pues ahí estamos todos, cociéndonos poco a poco en nuestro propio jugo porque sólo nos putean un poco, y, de momento, aún vivimos bastante bien.

Aún.

Y es que la sociedad del bienestar es un arma de doble filo. Nos aletarga, y anestesia nuestra capacidad de rebelión, de protesta; nadie quiere mojarse ni implicarse, ni sufrir ninguna molestia... todos vamos a lo nuestro.

Pero si no tenemos un poco de visión a medio plazo, este bienestar se puede acabar dentro de no mucho. Y ya nos están preparando para ello.

En este sentido hay un ejemplo que me indigna sobremanera: el tema del sistema de pensiones. Llevamos años escuchando que va a colapsarse en un futuro no muy lejano, y que a partir de ese momento no podrán pagarse las jubilaciones.

Bien.

En primer lugar no tengo posibilidades de acceder a la información necesaria para saber si esto es así o no. Pero admitiendo que sea cierto, admitiendo que, tal y como están las cosas, la hucha se vaya a agotar dentro de X años, el que lleven años repitiéndonos esto sólo tiene, a mi entender, dos objetivos: facilitar que los bancos “vendan” fondos de pensiones, y condicionarnos para que cuando el gobierno correspondiente se cargue los subsidios por jubilación no nos quejemos porque “Ya llevaban años advirtiéndonos”.

Pues protesto. Me opongo de lleno a este planteamiento.

¿Qué dicen? ¿Que se van a acabar las pensiones? Pues que no se acaben, y punto.

Es decir: si creemos que el sistema de pensiones es un gran logro social, un puntal del tipo de país que queremos tener, y que se trata algo irrenunciable, no renunciemos a él ya de antemano, y si es necesario reformar los sistemas contributivos, fiscales o los que hagan falta, para salvarlo, que se haga, pero no nos resignemos así, sin más, y luchemos por conservarlo.

Y hagamos saber a quien nos amenaza con el derrumbe de este pilar de la sociedad del bienestar (y de otros, como la cobertura sanitaria gratuita y universal) que no vamos a caer en la trampa, y que no vamos a tolerar escuchar mensajes negativos, sino soluciones, porque detrás de esas advertencias se esconde una estrategia encaminada a preparar el terreno para abolir el pago de las pensiones.

Claro que, llegando a este punto, los lectores avispados dirán: “Vale, tío ¿y qué coño se hace para cambiar el mundo? ¿Dónde se apunta uno?”.

Entiendo la pregunta, porque yo también me la hago, sin encontrar respuesta. Al menos no una respuesta clara.

Creo que es evidente que el ciudadano tiene que recuperar el poder. Todos pagamos y sostenemos la sociedad, nos pertenece, y aunque deleguemos la tarea de gobernar en los políticos, eso no significa que les entreguemos nuestros títulos de propiedad.

Ellos trabajan para nosotros, y nosotros somos los jefes.

Sé que esto es una perogrullada, pero conviene recordarlo de vez en cuando.

Pero ¿qué herramienta nos queda para ejercer nuestro supuesto poder? ¿El voto? ¿La manifestación popular?

No son suficientes.

Creo que, dado que la economía es la que manda, y que, generalizando, los países que no están dirigidos por gobiernos financiados por empresas, están dirigidos directamente por las propias empresas, nuestra principal fuerza como ciudadanos ya no reside en nuestra condición de votantes, sino en nuestra condición de consumidores.

Si existiese auténtico consenso, creo que sería sencillo presionar a determinadas empresas o sectores. ¿Ejemplos? Pensemos en Iberia, un auténtico desastre de empresa, que, sin ir más lejos, se ha granjeado el odio de millones de viajeros estas últimas Navidades. ¿No tomarían medidas si realmente nadie cogiera uno de sus vuelos en durante unos días? Yo creo que sí.

Otro ejemplo: el precio de los combustibles. ¿Y si nadie acudiera a una estación de servicio en el momento en el que la gasolina pase de un determinado precio? ¿No ajustarían dichos precios las petroleras? Yo creo que sí.

Pero esta táctica no sólo sirve para presionar a las empresas, sino también podría utilizarse para mostrar nuestro desacuerdo con determinadas políticas.

Por ejemplo, la tendencia de la Comunidad de Madrid de permitir a los comercios abrir cuantas horas quieran, los días que quieran (es evidente que Esperanza Aguirre es una ardiente seguidora de las teorías liberales de Milton Friedman). Yo, que trabajo en el sector servicios y (como ya he comentado en algún otro artículo) me opongo completamente a esta política ya que afecta a la calidad de vida de muchos trabajadores, y además perpetúa un consumismo muy pernicioso, considero que sería muy fácil revertir esta normativa. ¿Qué las tiendas abren los domingos? Pues vale, que abran; pero nosotros vamos a ponernos de acuerdo para no ir a comprar nada ese día.

Como se ve resulta fácil establecer sistemas para presionar a distintos estamentos. El problema real consiste en que no parece que nos podamos poner de acuerdo acerca de la dirección en la que hay que presionar.

Habrá quien prefiera pagar lo que sea por la gasolina a cambio de no tener que renunciar al sagrado derecho de usar el coche (“Y qué le vas a hacer...” dirá resignado mientras llena el depósito), y quien no se plantee que tal vez la vida le obligue a trabajar en un comercio y sufrir esos terribles horarios, y será incapaz de renunciar a la posibilidad de comprar a todas horas (“¡Es tan guay poder comprarte un bolso un domingo a las diez de la noche!”).

Como digo, he aquí el problema: para establecer programas de presión realmente eficaces primero sería necesario que un significativo grupo de personas estuviera de acuerdo acerca de lo que es o no importante; y creo que habría discrepancias.

Y me temo que la mayoría de la sociedad cada vez considera más importante cosas que, en realidad, no lo son en absoluto.

No voy a entrar en detalles, pero los valores actuales (si es que pueden llamarse así), parece que derivan hacia zonas que en las que la solidaridad y la conciencia social no parece arraigar. Cada uno vamos a lo nuestro, y mientras podamos ir de copas el sábado y de compras el domingo, no habrá problema.

Y así seguiremos, quejándonos un poco, sí, pero con moderación, a destiempo, y sin efectividad.

¿Es que no nos damos cuenta?

Pasamos horas criticando a nuestro jefe porque que se enfada si dejamos el puesto de trabajo a nuestra hora, y somos tan idiotas que no comprendemos que si todos los trabajadores nos fuéramos a la vez, poco podrían hacernos.

“¿Qué le vamos a hacer?” -decimos resignados. “Las cosas son así”.

Y claro, así seguimos, cociéndonos en nuestro propio jugo.

Referencias

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Comentarios

  1. “Vale, Iñaki, “¿y qué coño se hace para cambiar el mundo? ¿Dónde se apunta uno?”. Yo me hago las mismas preguntas, pero no solo en este sentido, en muchos otros, ¿crees que realmente hay solución?, cada uno vamos, como tú dices, a lo nuestro sin pensar en los demás, sin darnos cuenta si nuestro “compañero” o nuestro “amigo” lo está pasando mal, si le podemos echar una mano, aunque solo sea escucharle en determinados momentos, si no hacemos cosas así, que en teoría tenemos a nuestro alcance, ¿crees tú, que cosas mucho más importantes y que no son tan fáciles de cumplir las podremos solucionar algún día?, sabes… me gustaría tener una respuesta a todas las preguntas que tengo y que día a día me hago, pero incluso las más simples, o eso creo yo, me cuesta encontrar una respuesta que me parezca razonable, ó lógica…
    Un beso.

    Comentario de Marta hace 5 meses y 22 dias

  2. Interesante y suscribible.

    La mayoría de logros que ha conseguido la humanidad fueron sueños imposibles en su origen. Como decía un gran icono del siglo XX ... "seamos realistas, pidamos lo imposible".

    Al leer tu artículo me he acordado de un video muy cortito que ví el otro día:
    http://www.youtube.com/watch?v=mqpmisNtoVo&eurl=ht...

    Leeré el libro. Un abrazo.

    Comentario de Ramón hace 5 meses y 21 dias


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