Pregúntate
Aviso: este artículo no es apto para demagogos, maniqueos y, en general, para personas incapaces de manejar pensamientos no binarios.
Mucho se habla de la crisis, pero apenas he escuchado referencia alguna acerca de una cuestión fundamental: la cuota de responsabilidad que en la situación actual tenemos los ciudadanos de “a pie”.
Conocemos la versión oficial según la cual el problema viene originado por la caída del mercado inmobiliario, la subida de los tipos de interés, el aumento del paro, etc. Y, una vez conocidas las causas, ahora lo que se exigen son soluciones.
Es evidente que la mayor parte de las medidas deben venir del gobierno, pero por desgracia ya llevamos demasiados años soportando un nivel político lamentable, y el rendimiento de nuestros gobernantes deja mucho que desear. Por un lado el PSOE perdió demasiado tiempo negando una crisis que resultaba evidente para todo el mundo menos para ellos; por su parte la oposición se ha dedicado a machacar sin piedad al gobierno, sin reconocer que el origen de lo que nos sucede viene del otro lado del atlántico, a pesar de que aquí también tengamos nuestra cuota de culpa.
Y así, unos y otros, ocupados en pelearse y obtener el mayor beneficio político, han perdido un tiempo precioso. Se han tomado medidas para tratar de mitigar las consecuencias de la crisis, pero no parecen satisfacer a casi nadie. Lo cierto es que no podemos esperar milagros, ya que no existen las medidas salvadoras ni mágicas; ni tampoco es lógico pretender que todas las soluciones vengan de “arriba”.Que no se me malinterprete: no quiero decir que el gobierno no tenga aún mucho trabajo por hacer, y que haya que exigirle que lo haga, incluso echándose a la calle si hace falta. La cuestión es que nadie, ni siquiera Obama (y así lo ha reconocido), tiene una varita mágica para hacer desaparecer todos los problemas, y es evidente que aunque nuestros gobernantes tomen las medidas adecuadas, estas necesitarán de un tiempo para surtir efecto, un tiempo durante el cual las pasaremos moradas. Y, en gran medida, nos lo merecemos. Resumiendo: nosotros también somos culpables de todo esto.
Por favor, no seamos demagogos: el reconocer que el gobierno, los bancos, y las inmobiliarias son los principales responsables de la crisis no significa que no existan otros culpables. Durante los años de vacas gordas todos hemos dado rienda suelta a esa vocación tan arraigada en nosotros: vivir por encima de nuestras posibilidades. Tomemos como ejemplo un tema mayor: la vivienda. Es cierto que los pisos acumularon unos terroríficos aumentos de precio en los últimos años, pero si subían era, evidentemente, porque la gente los compraba, y aunque criticamos (con justicia) a los bancos por conceder créditos con excesiva facilidad, lo cierto es que a nadie se le obligaba a solicitarlos.
Es bonito ser propietario de una casa, claro, pero al precio que estaban resultaba evidente que no todo el mundo se lo podía permitir. El problema es que nos resulta tan difícil resignarnos a renunciar a algo...
¿Y la opción del alquiler? Resulta mucho más asequible que comprar, y a menudo es la única opción de tener un techo. Y, por favor, no quiero escuchar esa idiotez de que “El dinero del alquiler es dinero tirado”. ¿Por qué? ¿Por qué no proporciona un beneficio, como, supuestamente, reporta la compra de una vivienda? Según ese razonamiento también se tira el dinero que gastas en comer, en vestir, en electricidad, en teléfono...
En cuanto a las hipotecas, reconozcamos que ha habido mucho suicida embarcándose en créditos que les ponía el agua tan al cuello que la más ligera subida de la marea les iba a ahogar irremediablemente. Y claro, la marea ha subido, y de qué manera.
Pero vamos por partes: cuando uno se plantea comprarse un piso (o cualquier otra cosa), hay que ser realista y conformarse con aquello que uno puede permitirse. Llegó a parecernos habitual que currantes normales se compraran pisos de 60 ó 70 millones de pesetas como si fueran baratos. Sin ahorros previos y con uno o dos sueldos “normalillos” la gente se embarcaba en la compra de viviendas que unos años antes estaban destinadas sólo a los millonarios. Y sí se planteaba alguna duda ante la compra, siempre teníamos aquel argumento de “Tú tranquilo: compra el piso más caro que puedas permitirte, que en el peor de los casos, lo vendes y siempre ganarás algo”. Veamos: el precio de los pisos subía un 15% todos los años, así que, en nuestro interior, sabíamos que el argumento de “siempre lo puedes vender ganando” era una gilipollez, ya que en algún momento aquella tendencia insostenible tendría que invertirse, machacando a quien acabase de comprar. Pero claro, era un argumento tan reconfortante que queríamos creerlo. Y decidimos creerlo.
Así que ya teníamos nuestro piso carísimo, comprado con un crédito del 100% (o más) que nos ahogaba de por vida. Y eso en el mejor de los casos, claro, porque si Euribor subía, aunque fuera sólo un poco...
Y llegamos al tema del interés. ¿Fijo o variable? Teniendo en cuenta la bajo que estaba el Euribor durante esos años, y que, por tanto, lo más lógico era que subiese, tal vez hubiera sido lo más acertado pedir el crédito a interés fijo, por lo que pudiera pasar. Pero no, ¿por qué pagar más, hombre? Bueno, más que nada porque nadie nos garantizó que el índice no fuera a subir.
Resumiendo: compramos un piso carísimo mediante un crédito que más bien era una cadena perpetua, a un interés que en cualquier momento podía subir y aniquilarnos, y confiamos en poder pagarlo gracias a un trabajo del que, tal y como estaban las cosas, podían despedirnos en cualquier momento. ¿Qué podía fallar? Varias cosas, claro; y han fallado todas a la vez. Es cierto que se ha dado una desafortunada conjunción de factores, y que los sucesivos gobiernos deberían haber regulado de alguna manera los precios de las viviendas, así como las actividades de bancos e inmobiliarias, pero no se puede negar que, aunque existen compradores conscientes y precavidos, otros muchos kamikazes se metieron sin pensarlo en la ratonera.
Es cierto que disfrutábamos de una buena época económica, pero debíamos saber que las cosas podían cambiar. Corrimos el riesgo, sí, pero no sé lo asumimos realmente.
Pero estamos ante un problema generalizado que no afecta únicamente a la compra de vivienda. Ojalá.
Vivimos en una sociedad absolutamente basada en el consumo. No somos nada si no compramos continuamente, y lo que compramos nos sirve como seña de identidad ante el resto de la sociedad. Si no tenemos dinero para comprar, sufrimos, y si el dinero nos sobra, nos devanamos los sesos en pensar en qué podemos gastárnoslo, aunque no necesitemos nada. Y es que el hecho de comprar ha pasado a ser una actividad lúdica en sí misma. Ya no se trata de ir de compras cuando queremos comprar algo, sino que la compra ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin. “¿Te aburres? Pues vamos de compras”.
Claro que este pasatiempo ha existido siempre, pero en la actualidad alcanza unos niveles realmente preocupantes.
Llegamos al extremo de que los gobernantes de determinadas comunidades autónomas aseguran que es necesario permitir que los comercios permanezcan abiertos a todas horas y todos los días. ¿Por qué? ¿Los consumidores van a sufrir convulsiones si no pueden comprar? Yo estoy absolutamente en contra de estas políticas. Puedo aceptar que esta liberalización de horarios suponga un aumento de facturación para los comercios, pero las consecuencias negativas de estas políticas me parecen tan importantes que no creo que la práctica compense.
En primer lugar me preocupan los empleados del sector, que sufren horarios cada vez más terribles teniendo que trabajar noches y festivos. Y por otro lado pienso en el interés social, un interés que va más allá de los posibles beneficios de los comercios, y me pregunto ¿No sería bueno que, al menos un día a la semana, los comercios estuvieran cerrados? ¿No resultaría saludable que, al menos un día a la semana, nos olvidásemos de comprar y nos dedicásemos a actividades más enriquecedoras como leer, andar en bicicleta, charlar con los amigos, o hacer el amor con nuestra pareja? ¿No parece sensato que se tomen medidas para limitar el consumismo que nos estupidiza? ¿O únicamente importan los beneficios comerciales? Seguramente sí, pero no debería ser así.
Estas medidas liberalizadoras dan a entender que el progreso de una sociedad tiene relación directa con la cantidad de horas en las que se puede ir de compras, como si la felicidad viniera dada por la amplitud de los horarios comerciales.
Me niego a aceptarlo. Mi felicidad no procede de lo que compro. Nada de lo que he comprado en la vida (haya sido a la hora que haya sido) me ha hecho feliz, y estoy seguro de que lo mismo le sucede al resto del mundo. Me encantaría que todos pudiéramos reflexionar respecto a este tema y nos diéramos cuenta de que la búsqueda de la plenitud personal a través de la posesión de artículos es una carrera agotadora, estresante, carísima y, en definitiva, irremediablemente frustrante.
Se me saltarían las lágrimas de la emoción si la sociedad se uniese para dar la espalda al consumismo, aunque fuera un solo día a la semana.
Pero no soy optimista en este sentido. Las marcas nos tienen bien pillados por los huevos, y no tienen intención de soltarnos, ni parece que nosotros tengamos mucha voluntad de escapar, porque, para sentirnos personas, sea cual sea nuestro nivel de ingresos, parece que necesitamos el iPhone, la PlayStation 3, la tele de plasma, la segunda residencia o el todo terreno. Necesitamos todo eso, y necesitamos poder comprarlo en cualquier momento del día o de la noche.
Hemos vivido a tope sin querer escuchar a quienes avisaban de que nos encontrábamos metidos en una espiral muy peligrosa, y echando a la calle a patadas al aguafiestas que se le ocurriese recomendarnos moderación y ahorro. Por favor, no molestar.
En cambio, ahora que se acabó la fiesta, todos miramos hacia arriba clamando auxilio. Uno se aburre de ver como se envían a diversos programas de televisión sms plagados de faltas de ortografía y absolutamente demagógicos en los que cada uno exige al gobernante de turno que arregle su problema en particular.
Por supuesto que reconozco que existen muchas situaciones desesperadas, y soy el primero en exigir que el gobierno se olvide de minimizar el déficit y que dedique el dinero que haga falta para ayudar a quienes lo necesiten; para eso está la sociedad, para ser solidaria, y para eso se pagan los impuestos que tanto nos jode pagar. Pero a lo que no puede aspirarse es a salir de esta situación sin pagar el precio, sea éste cual sea. Nos tocará apretarnos el cinturón y soltar alguna lágrima, y no es justo que culpemos a los políticos de todos nuestros sufrimientos.
Se especula mucho con la posibilidad de que esta crisis dé origen a un nuevo sistema económico alejado del capitalismo y de la economía de mercado. Personalmente no creo que sea así, y me conformaré con que, al menos, se endurezcan las medidas de control para que el liberalismo económico, que siempre beneficia a los mismos, se mantenga en libertad vigilada.
Pero sí sería estupendo que toda esta situación diera lugar a un nuevo sistema social y, si se me permite, vital y ético. Ahora que ya hemos comprobado a dónde nos lleva el consumismo y quiénes se beneficia realmente con él, esforcémonos por encontrar otros caminos hacia la felicidad. En primer lugar creo que deberíamos comenzar por reconocer nuestra parte de culpa en todo lo que está sucediendo, y aprender de los errores para no volver a cometerlos cuando la situación mejore, que lo hará. Así podremos dejar de perder el tiempo en culpar a los demás de lo que sólo es culpa nuestra.
Primer ejercicio práctico: moderación en Navidades. Esta es una fecha idónea para estudiar esa relación entre el gasto y la felicidad que antes comentaba. Son millones las personas que consideran que es muy triste no poder gastar dinero en estas fechas. ¿Qué decirles? No lo sé. No voy a entrar en hablar de los orígenes religiosos de las fiestas, pero estaría bien que, en la situación actual, todos demostrásemos que somos adultos sensatos, y recordásemos esa sensación de mal sabor de boca que hemos sentido otros años cuando, una vez pasadas las fiestas, comprendemos con cierto espanto que hemos despilfarrado más de lo que nos podíamos permitir. No volvamos a hacerlo, por favor, que nadie caiga en la tentación de pedir un crédito para pasar unas Navidades “como Dios manda”, porque eso sólo va a empeorar las cosas.
Por supuesto que para quien no tenga empleo lo primordial es encontrar uno, así que a ello; pero mientras no aparece le aconsejo que asista a todos los cursos posibles de los que organiza el INEM, de cara a mejorar su currículo y aumentar sus posibilidades.
También deberíamos empezar a trabajar en equipo. Dejemos de ir cada uno por nuestro lado esperando que alguien venga a solucionarnos la papeleta. Nos hemos individualizado de tal forma que resulta difícil encontrar grupos de ciudadanos que presionen al gobierno; es triste que los grupos de presión existan casi exclusivamente para representar intereses económicos de grandes empresas, aquellas que, ni siquiera en épocas de vacas gordas son capaces de repartir beneficios entre sus empleados (otra cuestión en la que el gobierno debería meter mano). Si realmente deseamos exigir soluciones debemos comprometernos y colaborar con distintas organizaciones en lugar de mandar mensajitos desde el sofá de nuestra casa.
También deberíamos apoyarnos desde un punto de vista humano. Existen muchas personas angustiadas por la situación y la incertidumbre que ésta genera, y seguro que todos conocemos casos así en nuestro entorno más cercano. Personas que, además de sentirse deprimidas por su situación, se ven inmersas en un clima informativo que habla poco menos del fin del mundo; si es duro encontrarse sin trabajo y sin dinero, tener la sensación de que el entorno va a impedirte salir del agujero es aún más demoledor. Deberíamos preguntarnos si podemos hacer algo por ellos, y no me refiero aquí a prestarles dinero; si se puede estupendo claro, pero hablo de un apoyo más emocional. Un conocido me dijo una vez que cuando se encontraba mal por la razón que fuera, su terapia consistía en darse a los demás, en hacer cosas por sus padres o sus seres cercanos, lo cual le hacía sentirse mucho mejor. No me parece una mala política, y ahora es un momento ideal para ponerla en práctica: muchos nos sentimos mal, y tenemos alrededor a otros comparten este sentimiento. A veces basta con tomarse un café con alguien e intentar que deje de ver las cosas tan negras para hacerle sentir mucho mejor. ¿Cuántas veces nos hemos sentido aliviados tras hablar con un amigo de un problema que nos angustia? Ahora ése amigo necesita que hablemos con él.
Resulta fundamental nuestro enfoque a la hora de afrontar los problemas, y desde ese pozo de pesimismo en el que nos sumergen los medios de comunicación todo se ve muy muy negro. Así que intentemos ser un poco más optimistas, y no olvidemos algo fundamental: nosotros también podemos tomar parte activa en la solución.
A veces tengo la impresión de que los ciudadanos somos un grupo de niños indefensos que esperan a que los dirigentes lo solucionen todo. Echo de menos que un político tenga el valor de decir que entre todos nos hemos metido en este agujero, pero claro, ninguno va a soltar un discurso tan políticamente incorrecto. Lo que sí podrían hacer es tener el acierto de apelar a la unidad de todos para trabajar en la dirección correcta para superar la crisis. Muy a menudo ridiculizamos el patriotismo estadounidense, pero en momentos difíciles como éste echo de menos un liderazgo enfocado a potenciar esa sensación de unidad que ha conseguido que los países hayan superado sus peores etapas a través de la historia.
Debemos asumir que el momento es difícil y que, por lo tanto, no podemos pretender superarlo sin renunciar a nada.
En estas situaciones creo que debemos recordar a Kennedy, y aquello de “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino que puedes hacer tú por tu país”. O, al menos, qué puedes hacer por ti.
Pues eso: pregúntate.
Referencias
Comentarios
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La autocrítica siempre es buena, supongo, pero mientras leía tu artículo me ha venido a la cabeza una gran película: "Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto". Quiero pensar que a estas alturas todos las hemos visto, pero por si acaso voy a intentar no destriparla más de lo necesario.
El protagonista es Jimmy "El Santo". Tiene que hacer un "trabajito" y forma un grupo de "colaboradores" entre los que se encuentra Bill "El Crítico". Sin entrar en más detalles, la cosa termina en desastre gracias a Bill "El Crítico".
Bien. Hay un diálogo entre Jimmy y Bill en el que "El Crítico" le dice lo siguiente a Jimmy (perdón por ponerlo en inglés pero mi memoría no da para tanto y en internet se habla inglés):
"I been wantin' to apologize to you, Jimmy, about that... what happened out on the highway the other night? You know, man, I just... Well, I kinda lost my shit out there, ya know? But, damn, Jimmy, it was kind of irresponsible of you to put me out on point in the first place, ya know? When you think about it, it really was sorta your fault. I mean, everybody knows... I'm out of my tits!"
Lo que yo le pido al gobierno es que no haga como Jimmy "El Santo". Si quieres que algo salga bien no mandes a Bill "El Crítico" a hacerlo, si quieres que la gente no haga locuras con su (falta de) dinero, impide que puedan hacerlo. Si montan un mercado financiero en el que se basa el sistema económico mundial, tendrán que asegurarse de que los límites no los ponemos nosotros. No quiero que me resuelvan los problemas, quiero que me impidan cometer los errores que originan esos problemas. Para eso sirven los gobiernos ¿no?
Los "hipotecados" pueden pedir perdón pero, la culpa, para mi, es de Jimmy.
Un abrazo.Comentario de Ramón hace 12 meses y 0 dias
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Sí, gran parte de la culpa es de Jimmy, claro, pero sí no recuerdo mal tú y yo nos reímos con ganas en esa escena, ante el cinismo de Bill cuando reprochaba a Jimmy que le hubiera encargado el trabajo, cuando, según él, todo el mundo sabía que estaba loco.
Además, me sorprende, conociéndote, que defiendas un sistema político que impida a los ciudadanos cometer errores... eso da un poco de miedo ¿no?
Un fuerte abrazo.Comentario de Iñaki hace 12 meses y 0 dias
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Hombre, yo nunca he sabido muy bien lo que es ser nazi (te animo a que escribas un día sobre ello ;-) pero, dejándome llevar por el sentir general, creo que lo que es un poco nazi es que puedas o no cometer errores en función de tu color de piel, "raza", condición sexual, etc.
Lo que ocurre es que, como avisabas al principio de tu artículo, no debemos ver el mundo en código binario. ¿Debe un gobierno evitar que las personas cometan errores? Pues, depende. Depende de qué entendamos por error, depende de quién decida que algo es un error, depende de que entendamos por evitar, depende.
Si una persona quiere poner fin a su vida, nadie debería tener autoridad para impedírselo, pero si una persona quiere poner fin a la vida de los demás, todos esperamos que alguien se lo impida o, al menos, lo intente.
De todas formas, el control y la responsabilidad que yo reclamo no es tanto para impedir que yo cometa un error, como para evitar que lo cometa el banco. Mis errores me afectan a mí y a mi círculo vital, pero los errores de los bancos no afectan a todos.
Si yo tengo una dolencia cardiaca y hay que evaluar la conveniencia o no de realizar una intervención quirúrgica, a mi me gustaría tener algo que decir pero, lamentablemente, mi decisión será, en general, la que me recomiende el médico especialista en base a un criterio técnico (o estará profundamente mediatizada por su recomendación), y espero que el estado realice un control sobre las personas que van a tomar esas decisiones.
Hay gente que reivindica su derecho a tener un arma como defensa propia y lo vende como ejemplo máximo de la libertad del individuo. Pues igual lo es, pero yo prefiero que antes de darle una pistola a alguien se realice un control y que se restrinja la "libertad" de las personas en lo referente a las armas.
Los precios de los pisos los ponen los bancos. Los bancos quieren ganar dinero. Cuanto más valgan los pisos más dinero ganan los bancos. Esto es más peligroso que repartir pistolas a la salida de un colegio, y espero que el gobierno prohíba a la gente tener armas y a los bancos construir y vender quimeras financieras que, en la práctica, es como vender pistolas. En este caso para suicidarse.
Quiero cometer mis propios errores pero con garantías del estado (y si es posible un aval de sus padres ;-).Comentario de Ramón hace 12 meses y 0 dias
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O trabajo demasiado o has editado tu comentario para hacer desaparecer de una vez por todas a los "nazis" y no me había percatado de ello.
Comentario de Ramón hace 12 meses y 0 dias
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¡Canalla! ¡Te me has adelantado por un segundo! Aunque no te lo creas, mientras escribías tu comentario yo estaba corrigiendo lo de "nazi", porque lo cierto es que no se ajustaba a lo que quería decir. Me refería a que eso del gobierno protector que vela para que los ciudadanos no cometamos errores, suena un poco a condescendencia dictatorial.
Totalmente de acuerdo en lo que dices; como ves ya apunto en el texto que el gobierno debería controlar más el funcionamiento de determinados sectores, además de asegurarse de que las empresas no puteen a los empleados incluso en épocas de grandes beneficios, ni aprovechen las crisis para "aligerar" la plantilla injustificadamente.
Un abrazo.
Comentario de Iñaki hace 12 meses y 0 dias
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Cómo me he sentido reflejado en parte de tu visión y cómo comparto palabra por palabra todo lo que has escrito. Eso sí, cuando cometemos errores creo que es justo que paguemos las consecuencias. Aunque suene fuerte. No hay mejor maestro que la experiencia...
Comentario de Nacho hace 11 meses y 24 dias
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Estoy de acuerdo en todo contigo. Como te conozco un poco y sé que no eres extremista, cuando dices "el Gobierno debería controlar más ciertos sectores", debes referirte a la reglamentación de su actividad, no hay a la propia actividad. De lo contrario nos acercamos peligrosamente a escollos en los que se han hundido flotas enteras. Como tú, Keynes decía que en ciertas situaciones es económicamente racional no gastar dinero, en contradiccoón de la teoría económica clásica que decía que si se ha producido algo, es que también se ha generado la capacidad para comprarlo (y así se establecía la relación entre demanda y oferta). Pues bien, parece que en tiempos de vacas gordas somos los suficientemente egoístas o imprudentes como para no acordarnos de que somos seres racionales. Es decir, cuando la economía va bien, somos liberales: privatizamos los aeropuertos, las telefónicas, las empresas energéticas... Todos queremos una rebanada del pastel. Y cuando las cosas van mal, queremos ser de nuevo keynesianos, pero ya es tarde y de los dos o tres años de crisis no nos salva nadie. El mundo ha sufrido tres grandes crisis económicas globales desde que se desarrolla la sociedad de naciones: la del 29 (financiera que se transmite a la economía), la de los setenta (energética que se transmite a la economía), y la actual (financiera, económica, energética y global). Espero que de esta aprendamos que hay que controlar más las políticas de los bancos; que hay que incentivar el ahorro de igual forma que el consumo; y que hay que desarrollar una conciencia ecológica global que impulse a los gobiernos a desarrollar energías renovables que no nos hagan tan dependientes del bendito carbón.
Comentario de Javi desde México hace 11 meses y 3 dias
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Yo solo os diría que la economia de un pais empieza en cada familia y únicamente yo soy responsable de mis decisiones, como bien dice Iñaki, a mi nadie me puso un arma en la sien para que firmara tantas hipotecas como me han sido necesarias, y aqui estoy, pese a la crisis, para nada malviviendo.
Comentario de ANGELINES hace 10 meses y 19 dias
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