Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Donde no me llaman

Mario y el corazón mágico

[Ahora que llegan las Navidades, aquí van un cuento infantil cuya idea nació una noche en la que trataba de inventar alguna historia para dormir a mi sobrina Claudia]

Capítulo I
En el porche de la casa de Mario, Ana, la madre de Mario, esperaba a que Mario regresara.
Apoyada en el marco de la puerta, la mujer contemplaba la intensa lluvia que caía aquella tarde de verano mientras abrazaba una toalla grande y esponjosa.
– Llévate un paraguas –, le había recomendado antes de que el niño saliera a jugar con sus amigos –parece que va a llover.
– ¿Otra vez? –Se quejó Mario–. Lleva toda la semana lloviendo. ¿Es que va a llover todos los días?
– No lo sé, pero está muy nublado.
– Qué raro. Siempre está nublado –se quejó Mario–. Odio este pueblo.
– No digas eso –le regañó su madre.
–¡Pero es cierto! Siempre está nublado. ¡Nunca vemos el sol! Ni siquiera ahora que es verano sale el sol. Hasta tú te quejas de que no puedes tender la colada en el patio. ¡Siempre está lloviendo o a punto de llover!
– Sí. Y por eso deberías llevarte el paraguas.
– ¡Pues no quiero llevarlo!. ¡Es un incordio!.
– Como quieras –dijo Ana–. Pero luego no te quejes si te mojas.
Y Mario salió corriendo a reunirse con sus amigos; con su balón de fútbol, pero sin su paraguas.
Por eso, viendo lo mucho que llovía, la madre de Mario esperaba a su hijo para secarle con una toalla. Con una toalla y una sonrisa. Mario era muy testarudo, y le estaba bien empleado mojarse por no haberla hecho caso. Sabía que el niño volvería enfadado porque la lluvia le había estropeado el juego, pero sin correr, para demostrar a su madre que en realidad no le importaba mojarse, que no se arrepentía de no haberse llevado el paraguas.
Unos minutos después Mario apareció en el camino que conducía a su casa. Llevaba el balón bajo en brazo izquierdo, y la mano derecha en el bolsillo. Y, como Ana esperaba, caminaba despacio, como si en realidad le encantara pasear bajo la lluvia.
–¡Qué testarudo! –pensó Ana mientras sonreía.
Y extendió la toalla para recibir a su hijo.

Capítulo II
Después de que su madre le hubo secado cariñosamente, Mario se puso ropa limpia. Mientras Ana trataba de domar el cabello de su hijo, totalmente revuelto tras haberlo frotado con la toalla, el niño comió un bocadillo. Tenía que merendar rápidamente, pues tenía la intención de ir al pueblo antes de que las tiendas cerrasen; ya que se le había estropeado el partido de fútbol quería aprovechar para comprobar si a la librería del Sr. Sanz habían llegado nuevos libros de aventuras. Hacía meses que no llegaba ningún ejemplar nuevo, y ya estaba harto de releer una y otra vez las mismas aventuras.
Su colección favorita era la del Capitán Constanza, un pirata italiano que surcaba los mares en busca de su hermano que había sido raptado por unos malvados. Número tras número, Constanza continuaba su búsqueda, enfrentándose por el camino con todo tipo de enemigos y monstruos. A pesar de su corta edad, Mario sospechaba que el Capitán tardaría mucho en encontrar a su hermano, y que la búsqueda era sólo una excusa para alargar la serie, al menos mientras sus seguidores siguieran comprando los libros. Pero, a pesar de esto, disfrutaba con las aventuras del Capitán, y sufría con él cada vez que sus intentos de reunirse con su querido hermano volvían a fracasar.
El problema es que, aunque su héroe consiguiera dar por fin con su hermano, Mario estaba seguro de que tardaría mucho en enterarse. Al pueblo apenas llegaban libros nuevos, y las colecciones se recibían desordenadas e incompletas. Si seguía las aventuras de Constanza era en gran medida gracias a su primo Darío. Él vivía en la ciudad, y allí sí podían encontrarse todos los números de las colecciones, por lo que Darío podía comprar cuantos quisiese. Cuando su primo venía a visitarle le traía los últimos episodios de Constanza para que se pusiera al corriente de todo lo que había sucedido en los meses en los que no había podido seguir sus aventuras. Pero este sistema tampoco era del todo satisfactorio; las visitas de Darío eran escasas por la misma razón por la que los tebeos llegaban de forma tan irregular: la situación del pueblo. El pueblo de Mario se encontraba en una gran montaña, y la única forma de subir hasta él, y de atravesar los valles que la rodeaban, era utilizar un camino largo, estrecho, retorcido y peligroso. Por este motivo en aquel lugar no se recibían muchas visitas, ni de familiares, ni de turistas, ni de repartidores de libros. Saber que los niños de la ciudad disfrutaban de las nuevas aventuras de su héroe mientras él tenía que conformarse con releer una y otra vez los episodios antiguos, ponía a Mario muy furioso.
Así que, esa tarde, con la esperanza de conseguir algún libro nuevo, Mario se dirigió al pueblo. Por el camino se detuvo a recoger a Claudia, su mejor amiga. La niña tenía nueve años, uno menos que Mario, acudía a la misma clase que él, y eran inseparables dentro y fuera del colegio. Claudia no entendía la fascinación que su amigo sentía por las aventuras de Constanza, ni por los libros de aventuras en general; ella prefería leer historias de detectives, y su héroe era, sin duda, Sherlock Holmes. Pero no le importaba acompañar a Mario a la librería del Sr. Sanz; mientras él buscaba nuevas entregas de las aventuras del pirata, ella curioseaba entre los demás libros. Además, aunque en aquel lugar no hubiese habido nada que a ella le pudiera interesar, hubiera seguido acompañando a Mario; pensaba que en eso consistía la amistad: en hacer cosas que no te apetecen por hacer felices a tus amigos.
Lo malo es que Mario rara vez parecía estar feliz. Él siempre parecía tener motivos para quejarse, y aquel día no fue una excepción: en la librería no encontró ningún nuevo capítulo de Constanza, por lo que salió de allí refunfuñando como de costumbre, repitiendo una vez más lo que parecía ser su frase favorita:
–¡Odio este pueblo!

Capítulo III
Pero lo cierto es que Mario no odiaba su pueblo. En realidad le gustaba mucho.
Le encantaba vivir en un sitio rodeado de bosques, campos, riachuelos y animales; le gustaba escuchar los sonidos de la naturaleza que llegaban a su cuarto en verano a través de la ventana abierta; le gustaba corretear con sus amigos por las calles sin que el tráfico les molestase... . La lista de cosas que le gustaban era muy larga, por lo que ni él mismo entendía muy bien porque pensaba tan a menudo “¡Odio este pueblo!”
Pero, unos meses atrás, cuando cumplió 10 años, como si con esa edad se hubiera vuelto más sabio de repente, lo había entendido todo. Había comprendido por qué tenía esa sensación: era cierto que le gustaba casi todo de su pueblo, pero las pocas que odiaba lo estropeaban todo, como una diminuta miguita de pan puede arruinarte una noche en la cama más cómoda del mundo.
Y con el tiempo Mario había confeccionado una especie de lista negra, una lista con todas las cosas que no le gustaban de su pueblo.
En primer lugar odiaba el clima. Siempre estaba nublado, y prácticamente nunca se veía el sol. Como mucho, en verano, y sólo de vez en cuando, aparecía un rayo de luz entre las nubes, el cual era recibido como un auténtico acontecimiento por los vecinos. Pero más intensa que la alegría de ver esa pequeña muestra de sol, era la tristeza que les producía saber todo lo que se les estaba negando el resto del año. Y todo por culpa del “microclima”, o al menos eso decía su padre.
–Y ese microclima... ¿no puede cambiarse? –preguntaba de vez en cuando a su padre.
–No hijo, ya te he dicho muchas veces que no puede cambiarse.
Ese tipo de clima afectaba de diversas formas al pueblo: las gentes eran pálidas, las flores eran escasas, y los colores de las viviendas y de las ropas de los vecinos eran tristes... todo resultaba muy gris, incluso el humor de los habitantes del pueblo. Hasta las propias casas eran deprimentes, todas blancas y sucias, mostrando las marcas de las frecuentes lluvias. Tras mucho insistir Mario había convencido a sus padres para que pintasen su casa de azul; y, aunque el resultado había sido bueno, el resto de las casas, en comparación, parecían aún más grises y tristes que antes.
A Mario tampoco le gustaba nada vivir tan aislado de la ciudad. No le gustaría vivir en la ciudad, pero sí le apetecía ir de vez en cuando, o que sus parientes vinieran de visita más a menudo. Pero el único camino era muy dificultoso, y se tardaba mucho en recorrerlo, por lo que su familia iba en pocas ocasiones. Además, eso impedía que llegaran al pueblo los juguetes o los dulces de los que sí disfrutaban los niños de la ciudad. Y claro, tampoco llegaban otras cosas.
–¿Por qué no traen más libros, papá?
–Porque el camino es largo y peligroso, Mario
–¿Y si hubiera una carretera mejor? ¿Entonces traerían más cosas y vendría más gente?
–Seguro que sí
–¿Y por qué no construyen una carretera nueva? –insistía Mario.
–Porque resultaría muy caro –explicaba su padre–. Habría que levantar puentes y excavar túneles; eso cuesta mucho dinero y éste es un pueblo pobre.
–¿Y eso no puede solucionarse? –insistía Mario
–Es muy difícil, hijo.
Otra de las cosas que a Mario le molestaba del pueblo se encontraba en el prado donde él y sus amigos jugaban a la pelota. El prado tenía el tamaño y la forma aproximada de un campo de fútbol, y estaba cubierto de suave hierba verde, por lo que era ideal para jugar con el balón. Allí pasaba Mario muchas tardes con sus amigos, y, sobre todo en verano, aquel era su lugar de juego favorito. Pero existía un problema: en el medio del campo se alzaba una gran piedra negra de más de un metro de altura. Aquella roca era un obstáculo para poder jugar, porque obligaba a los niños a tener cuidado cuando corrían de un lado a otro del campo para evitar chocar contra ella. En alguna ocasión se producían accidentes, y algún niño se golpeaba contra la piedra. El propio Mario tenía una pequeña cicatriz en la barbilla, causada por un tropiezo con la maldita piedra negra.

Capítulo IV
A pesar de que las aventuras del Capitán Constanza llegaban al pueblo con poca frecuencia, Mario no perdía la esperanza y visitaba la librería del Sr. Sanz todas las semanas. Era uno de los clientes habituales, y aunque casi nunca compraba nada, el dueño le tenía simpatía. Cuando le veía entrar en su tienda, con los ojos abiertos de expectación, ansioso por encontrar algún nuevo libro, se acordaba de las sensaciones que él mismo tenía de pequeño cuando buscaba sus colecciones favoritas. Era precisamente su amor por la lectura lo que le había motivado a abrir una librería en su pueblo, a pesar de que no se trataba de un negocio demasiado productivo.
Uno de los días en los en que Mario apareció por la librería, el Sr. Sanz trató de animarle a que buscara otro tipo de libros. Llevaba semanas sin recibir ningún nuevo capítulo de las aventuras del pirata italiano, y le daba pena que el chaval volviera a marcharse con las manos vacías y enfadado, como casi siempre. Así que le aconsejó que visitara el resto de la librería, al igual que hacía su amiga Claudia.
Sin demasiadas ganas, Mario accedió a echar un vistazo al resto de la tienda, sin encontrar nada que le atrajera demasiado. Hasta que se tropezó con dos libros grandes y viejos. Dos libros titulados, simplemente, “Libro de Magia I”, y “Libro de Magia II”. Cogió el primero de ellos, el cual apenas podía sujetar por lo pesado que era, y comenzó a pasar sus páginas, donde se explicaba cómo hacer todo tipo de hechizos. Al contemplar todas aquellas recetas y pociones se le ocurrió una idea: sus padres le habían explicado una y otra vez que era imposible cambiar todas las cosas que no le gustaban del pueblo, era cierto. Pero también era cierto que él había visto a magos de circo capaces de hacer cosas que parecían imposibles. Por lo tanto, si él aprendía magia, tal vez podría cambiar todas esas cosas que tanto le molestaban.
Mario preguntó al Sr. Sanz el precio de aquellos libros, totalmente decidido a comprarlos. El librero le dijo que costaban cuarenta monedas, veinte cada uno, y le explicó que uno de los libros enseñaba a hacer hechizos, y el otro a deshacerlos, por lo que se necesitaban los dos volúmenes para conocer bien la magia y poder practicarla. Por desgracia Mario sólo tenía ahorradas veintitres monedas, pero estaba ansioso por comenzar a practicar como mago, y pensó que en realidad sólo necesitaba uno de los libros para cambiar las cosas. Se dijo que el primer volumen le bastaría, por ejemplo, para hacer desaparecer la piedra del campo de fútbol que le había causado aquella herida en la barbilla. Pero el Sr. Sanz le advirtió de que, aunque podría aprender a hacer cosas con un solo libro, si algo saliese mal no podría solucionarlo sin el segundo tomo.
A pesar de todo Mario siguió insistiendo en que quería comprar el libro, y el librero, viendo que era imposible disuadir al niño, aceptó vendérselo, pero con una condición:
–Tienes que prometerme que no lanzarás ningún hechizo antes de tener el segundo volumen y haber aprendido a solucionar los errores que puedas cometer.
Mario lo pensó unos segundos, y finalmente, frotándose la cicatriz de la barbilla, aceptó el trato.

Capítulo V
Nada más llegar a su casa, Mario leyó con ansiedad el libro de Magia, estudiando especialmente los conjuros que servían para hacer desaparecer las cosas. En su mayoría no parecían muy difíciles, y enseguida se puso a buscar los ingredientes necesarios para preparar las pócimas correspondientes. Mario le explicó sus planes a Claudia, y aunque la niña no se mostraba muy entusiasmada con todo el asunto de la magia, aceptó ayudar a su amigo.
La pócima para hacer desaparecer cosas no requería sustancias complicadas, y todas eran fáciles de conseguir. Uno de los ingredientes más importantes era la sal común, y el libro insistía en que debía añadirse un grano por cada kilo de material que se quisiera hacer desaparecer: por ejemplo, para hacer desaparecer algo que pesara un kilo, debía usarse un grano de sal.
Mario preguntó entonces a su padre cuánto creía él que podía pesar la piedra del campo.
–¿Vas a intentar arrancarla? –preguntó el padre de Mario–. No creo que puedas.
–¿Por qué? ¿Crees que pesa mucho?
– No lo sé –reconoció el hombre–, pero lo más posible es que el trozo que se ve sea tan sólo una pequeña parte de una gran piedra que está enterrada.
–¿Y cuánto podría pesar? –insistió Mario–.
–Pues depende de lo grande que sea. Podría ser tan grande como una montaña y pesar un millón de toneladas.
–¿Un millón de toneladas? ¿Y eso cuánto es?
–Mil millones de kilos.
–¡Vaya! ¡Mil millones de kilos!.... –se asombró Mario–. ¡Gracias, papá!
Se dirigió entonces a la cocina, donde su madre le descubrió un rato después mientras el niño observaba atentamente una cuchara llena de sal que sujetaba en la mano.
–¿Qué haces, Mario?
–Mamá ¿cuántos granos de sal crees que habrá aquí?
–No lo sé, hijo. Puede que más de mil
–¿Sólo?
–No lo sé. Tal vez más ¿Por qué?
–Son pocos –dijo Mario, como pensando en voz alta–. Creo que usaré todo un kilo. ¿Crees que un kilo habrá mil millones de gramos?
–Bueno, eso son muchos granos. En un kilo habrá muchos, pero no sé si tantos.
–Vaya –dijo Mario contrariado.
–¿Y a qué viene tanto interés con la sal? –preguntó Ana–. ¿Es para algún trabajo que te han mandado en el colegio?
–Sí, algo parecido.
Mario fue entonces a buscar a Claudia para ver si su amiga podía ayudarle con su problema: ¿cómo conseguir mil millones de granos de sal para hacer desparecer la gran piedra?
En realidad nadie sabía cuánto pesaba la roca –le dijo la niña–. Su padre le había dado una cifra para que se hiciera a la idea de que tal vez fuera muy grande, pero la verdad es que nadie podía estar seguro de su tamaño.
–Pero ese no es el verdadero problema –le explicó Claudia.
–¿Por qué no? –preguntó Mario.
–Pues porque tu no quieres hacer desaparecer toda la roca. Te basta con que desaparezca la parte de la piedra que sobresale en el campo.
–¡Claro! ¡Tienes razón! ¡Entonces, con un kilo de sal seguro que habrá más que suficiente!
–Bueno, más que suficiente –continuó la niña–. Ese es precisamente el problema.
–¿Problema?
–Claro. Imagina que la roca es pequeña, que no hay nada enterrado, que la mayor parte de ella es lo que se ve en la superficie, y que pesa, por ejemplo, 200 kilos. Podría ser ¿no?
–Sí, podría ser –reconoció Mario–.
–Entonces bastaría con echar una poción con sólo 200 granos de sal. Si echas una con, por ejemplo, cien mil granos... ¿desaparecerá sólo la piedra? –Claudia miró fijamente a su amigo–. ¿Qué es lo que harán desaparecer los restantes 99.800 granos?
Mario se quedó pensativo, con expresión muy seria, meditando acerca de lo que le acababa de decir su amiga. Claudia le miró durante unos instantes, y luego se echó a reír.
–¡Qué cara de susto has puesto! –se burló la niña–. ¡Vamos, no seas tonto!. ¡Echa toda la sal que quieras, y no te preocupes, hombre!.
–¿Y por qué no tendría que preocuparme?
–¡Pues, porque no va a funcionar, tonto! ¡La magia no existe!
Pero Mario, a pesar de las burlas y la falta de fe de Claudia, completó la poción. Y Claudia, a pesar de todo, acompañó a su amigo a probarla.
Juntos se fueron hasta el campo de fútbol. Mario se colocó frente a la roca negra, destapó el frasco de la poción, e hizo lo que indicaba el libro: cerró los ojos con fuerza, se concentró en lo que quería que sucediese, y derramó el líquido poco a poco.
En cuanto la primera gota tocó la piedra, ésta comenzó a desaparecer.

Capítulo VI
Las clases de Ciencias eran las favoritas de Mario.
Allí había aprendido que todas las cosas y todos los seres vivos que existen, sea cual sea su tamaño, están formados por partes más pequeñas. Todo lo que hay en el mundo, incluso el propio mundo, está compuesto por millones de diminutas moléculas y átomos. Viendo cómo se esfumaba la roca ante sus ojos, Mario recordó aquellas clases, porque la gran piedra no desapareció “de golpe”, sino que se desvaneció “por partes”. Los pequeño fragmentos que componían la roca desaparecieron, comenzando a partir del punto en el que la poción había caído sobre ella. De alguna manera era como una vela que se va consumiendo desde el extremo en el que se encuentra la llama, sólo que el proceso se produjo a gran velocidad. Pero aunque toda la roca se desintegró en menos de un segundo, Mario y Claudia pudieron observar cómo cada pequeño fragmento de roca desaparecía de forma independiente. Pudieron verlo y escucharlo, porque cada molécula de piedra, al desaparecer, producía un “plop”, como el sonido que hace una pequeña pompa de jabón al explotar.
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”
Adiós piedra.
Mientras Mario saltaba como loco y daba gritos de entusiasmo, Claudia estaba paralizada a su lado, con los ojos como platos, sin poder creer lo que veía: después de todo la poción había funcionado, la roca ya no estaba, y en su lugar apareció un gran agujero. Pero el sonido no se detuvo. Procedente del interior del agujero se escuchaba un sonido siniestro: una sucesión ininterrumpida de “plops”, como si el proceso de desaparición aún no hubiese terminado.
Mario dio un paso adelante con la intención de asomarse a mirar por el hueco, pero Claudia le detuvo sujetándolo por el brazo, como si temiese que algo malo pudiera sucederle a su amigo. En ese momento una mosca pasó volando junto a los dos amigos, y cuando el insecto se acercó al lugar en el que antes estaba la roca negra... “plop”: el bicho desapareció. Los niños saltaron hacia atrás, asustados al darse cuenta de que el agujero comenzaba a ensancharse al ir desvaneciéndose todo lo que había alrededor. Cada brizna de hierba, cada piedra, cada ramita... todo hacía “plop” al desaparecer.
Aterrados, los niños echaron a correr en dirección al pueblo mientras el mundo comenzaba a desvanecerse a sus espaldas.
–¡Páralo! –gritó Claudia sin dejar de correr– ¡Echaste demasiada sal, y todo va a desaparecer! ¡Páralo!
–¡Y tú dijiste que no iba a funcionar! –se quejó Mario.
–¡Ahora eso no importa! ¡Tienes que arreglarlo antes de que todo desaparezca!
–¡No sé cómo! ¡No tengo el otro libro! ¡Necesitamos el segundo libro!
–¡Tenemos que ir a la librería! ¡Tenemos que averiguar cómo pararlo!
El efecto de desaparición se extendía como la onda que produce una piedra en un estanque, avanzando como una ola que hacía desvanecerse todo aquello que tocaba.
Pero las cosas no desaparecían simplemente, sino que lo hacían de una forma particular. El efecto de desaparición se “desplazaba” por el suelo. Cuando alcanzaba, por ejemplo, un árbol, este comenzaba a desvanecerse por su parte inferior: primero se esfumaba la corteza y las capas exteriores, dejando al descubierto durante unos instantes las zonas internas; parecía que el árbol se pelase como una cebolla. Luego, cuando la magia alcanzaba la copa, primero desaparecían las hojas, “Plopplopplop”, quedando expuestas las ramas desnudas, que finalmente también se esfumaban con un “plop”.
Cuando los niños llegaron al pueblo con la ola mágica pisándoles los talones, pudieron comprobar cómo este efecto mágico actuaba sobre edificios, vehículos y personas. Lo primero que desaparecía de las casas eran las plantas bajas, dejando los cimientos y la estructura a la vista durante un segundo; luego todo esto se volatilizaba, y sus habitantes quedaban flotando en el aire durante un instante, tras lo cual, también se esfumaban.
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”
Farolas, buzones, aceras, bancos, señales de tráfico, bocas de incendios... todo se evaporaba sin dejar rastro.
Los vehículos también se volatilizaban a partir de su carrocería, quedando al aire el chasis. Mario se quedó paralizado contemplando cómo un coche se veía afectado por su poción: el vehículo desapareció, dejando a su conductor suspendido en el aire un segundo; luego voló la ropa del pobre hombre, que quedó desnudo. El niño cerró los ojos en ese momento porque le asustaba contemplar la forma en que su poción afectaría a un ser humano. Le aterraba la posibilidad de que primero desapareciese la piel, y ver cómo los huesos y los músculos de su vecino quedaban a la vista.
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”
Cuando Mario abrió de nuevo los ojos, el hombre ya no estaba.
Claudia agarró a su amigo por la mano, y le obligó a seguir corriendo hasta la librería. Una vez allí descubrieron que la tienda estaba cerrada, y comenzaron a aporrear la puerta. El anciano Sr. Sanz les abrió, asustado ante el griterío, y sin entender lo que pasaba. La onda se acercaba cada vez más, pero el librero, lógicamente, no sabía qué estaba ocurriendo. Los dos niños gritaban a la vez, organizando un barullo en el que el hombre era incapaz de comprender nada. Ante el embrollo, Claudia optó por coger al Sr. Sanz de la mano y arrastrarlo hacia las escaleras del interior de la tienda.
–¡Corra! ¡Tenemos que subir a la azotea!
Antes de correr detrás de ellos, Mario cogió el segundo libro de magia de su estantería y comenzó a pasar las páginas frenéticamente mientras corría, tratando de encontrar una solución a la situación.
Jadeando, los tres llegaron a la azotea. Desde allí contemplaron cómo el paisaje que les había rodeado toda su vida había sido sustituido por la nada. Todo era un gran vacío negro, un vacío cuyo centro era el lugar en el que los dos amigos habían vertido la poción mágica.
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”
Mientras los “plops” se acercaba cada vez más a donde ellos estaban, el Sr. Sanz contempló el panorama con los ojos muy abiertos, sin poder creer lo que veía. Miró hacia el vacío, y luego a Mario.
–No puedo creerlo... ¿Tú has hecho esto?
–Sí... lo siento... –reconoció el niño, bajando la cabeza avergonzado.
–¡No hay tiempo para charlar ni lamentarse! –gritó Claudia–. ¡Tenemos que encontrar la forma de deshacer el hechizo, o todo va a desaparecer, incluidos nosotros!
La niña arrancó el libro de las manos de Mario y se lo tendió al anciano.
–¡Tome! ¡Usted tiene que saber en qué página viene la forma de solucionar todo esto!
–¿Solucionar? –murmuró el librero.
–¡Sí! ¡Tenemos que buscar el hechizo para que esto pare!
–¡Pero no hay tiempo! –se lamentó Mario– ¡No hay tiempo para preparar otra poción!
¿Poción? –preguntó el Sr. Sanz– ¡Un momento! ¡Tengo una idea! –y corrió de nuevo escaleras abajo.
–¿Pero dónde va? –gritó Claudia–. ¡No puede marcharse ahora! ¡El vacío se acerca!
Los niños se asomaron al borde de la terraza, y gritaron espantados al ver cómo la primera planta de la torre, la librería, comenzaba a evaporarse.
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”
Un minuto después, el Sr. Sanz volvió con un frasco verde lleno de líquido.
¿Qué es eso? –preguntó Mario.
–¡Por suerte tenía guardada esta poción para deshacer el hechizo, por si pasaba algo así! –explicó el librero.
–¡Entonces láncela! –ordenó Claudia–. ¿A qué espera?
–¡No puedo!
–¿Por qué? –preguntó Mario.
–Porque eres tú quien debe hacerlo. –el hombre se agachó junto al niño, poniéndole la mano en el hombro y mirándole fijamente a los ojos–. Tú has empezado esto, y tu tienes que arreglarlo.
Mario tomó el frasco, dudando.
–¡Vamos! ¡Lánzalo! –ordenó de nuevo Claudia.
Mario desenroscó la tapa del frasco.
–¿No hay que utilizar ninguna palabra mágica?
–No –dijo Sanz–. Sólo concéntrate en deshacer tu hechizo y lánzalo.
Mario se acercó hasta el borde de la terraza, extendió el brazo, y respiró profundamente.
–Hazlo –dijo el librero, viendo por el rabillo de ojo cómo las baldosas del suelo de la terraza comenzaban a desaparecer..
“Plopplopplopplopplopplopplopplopplopplopplop”
Mario cerró los ojos con fuerza y, cuando la negrura estaba a punto de atrapar a Claudia, vertió el líquido...

Capítulo VII
Tras vaciar el frasco, Mario comprobó horrorizado que la pócima no había funcionado: todo había desaparecido, y ante sus ojos sólo había oscuridad.
–¡Abre los ojos, Mario!
Al escuchar el grito de su amiga, Mario comprendió lo que pasaba: seguía con los ojos cerrados, y por eso no podía ver nada, por eso creía que el mundo había desaparecido.
Abrió los ojos lentamente, y un intenso brillo le cegó, de modo que tuvo que cerrarlos de nuevo. Poco a poco volvió a abrirlos y descubrió lo que le había deslumbrado: el sol, un sol brillante en un cielo azul intenso, sin rastro de nubes.
–¡Hace sol! –gritó alborozado el niño–. ¡Ya no está nublado!
–¡Mira Mario! –gritó Claudia, señalando hacia abajo–. ¡Mira las casas!
Mario obedeció a su amiga, y vio su pueblo, hermoso como jamás lo había visto. La brillante luz del sol hacía que pareciese un lugar distinto. Pero había algo más: las casas; ahora todas las casas aparecían pintadas con preciosos colores: azul, verde, amarillo, naranja, violeta... Juntas formaban un arco iris de fantásticos colores.
Mario y Claudia se miraron radiantes, y se abrazaron gritando de alegría.
Mario se giró hacia el librero.
–¡Ha funcionado! ¡Ha funcionado! –exclamó el chaval, abrazando al librero–. ¡Qué suerte que tuviera preparada esa poción!
El viejo le miró con una leve sonrisa, y apoyó sus manos en el hombro del niño.
–Sí... una gran suerte.
Claudia tiró del brazo de Mario.
–¡Vamos, corre! ¡Quiero ver si han cambiado más cosas!
Los dos niños corrieron escaleras abajo, en dirección a la calle, gritando de entusiasmo. Claudia iba delante. Abrió la puerta, y vio que Mario se había quedado atrás, atónito, con los ojos abiertos como platos, mirando hacia una de las estanterías de la librería.
–¿Qué ocurre? –preguntó la niña.
Claudia siguió la mirada de Mario y descubrió la razón de la reacción de su amigo. En la estantería, perfectamente ordenadas, en fila, se veían todas las novelas editadas de las aventuras del Capitán Constanza, desde la primera hasta la última.
–Están todos... – murmuró Mario acariciando suavemente los lomos de los libros.
–Increíble –dijo Claudia acercándose al niño– ¿No ves lo que ha pasado, Mario? ¡El mundo no sólo ha vuelto a aparecer, sino que ahora es mejor que antes!
–Están todos... –repitió Mario, como sino hubiese escuchado a su amiga–. Lástima que ya no me quede dinero tras haber comprado el libro de magia.
–No te preocupes, Mario –la voz del librero, que había bajado las escaleras detrás de ellos, sonó a sus espaldas–. Acabas de salvar el mundo, así que creo que lo menos que puedo hacer es regalarte la colección completa.
–¿En serio? ¡Gracias! Aunque no sé si me merezco regalos, la verdad... –dijo Mario moderando su entusiasmo–. Al fin y al cabo ha sido su poción la que ha solucionado el problema que yo causé. En realidad no creo que me merezca un premio.
El viejo miró hacia la calle, y respiró profundamente.
–Bueno, yo creo que sí has hecho algo. Como ha dicho Claudia, el mundo no sólo ha reaparecido: ahora es mucho más bello que antes. Id a verlo, niños –se giró hacia Mario–. Y cuando quieras, tu colección te estará esperando aquí.
Los niños corrieron a contemplar su “nuevo” pueblo. Las casas, ahora bellamente pintadas, lucían en sus balcones y fachadas toda clase de flores, flores alimentadas por el sol brillante, un sol que hacía que los vecinos lucieran ahora un saludable color de piel, y cuyas ropas también eran más alegres y coloridas que antes.
Un magnífico puente salvaba ahora el valle, y se prolongaba en una carretera que enlazaba el pueblo con la ciudad, gracias a ello habían llegado los libros, y otros muchos artículos de todo tipo que se exhibían en los escaparates de todas las tiendas, donde Claudia y Mario pudieron descubrir dulces y juguetes que jamás habían visto.
También el gran bosque se veía más bello que nunca, lleno de flores y árboles frondosos, con su gran campo de fútbol, ahora liso y sin rastro de la gran piedra negra.
Para Mario y Claudia fue un día maravilloso, un día en el que redescubrieron su pueblo, un pueblo que en cierta forma era el de siempre, pero, por otra parte, era un lugar completamente distinto.
Cuando comenzó a atardecer, los dos niños corrieron hacia la casa de Mario. Claudia nunca había visto a su amigo tan feliz, y el niño estaba deseando compartir con su madre la alegría por los cambios experimentados en el pueblo. Pero cuando entraron en el camino que llevaba hasta la puerta de la casa, se detuvieron sorprendidos: la madre de Mario estaba recogiendo la colada tendida en el jardín.
–¡Mamá! ¿Has visto el sol? ¿Has visto cómo calentaba? –gritó Mario.
La mujer miró al niño con extrañeza.
–Claro que lo he visto, hijo. Parece que nunca hubieras visto el sol –la mujer se giró, y entró en la casa con la cesta de la ropa.
Mario miró a Claudia sorprendido.
–¿Has visto? No se ha extrañado por lo del sol. Y además... ¡Ha tendido la ropa fuera, y además está morena, cuando esta mañana estaba muy blanca!
–Claro –dijo Claudia como pensando en voz alta–, ella no se ha enterado de nada. Me temo que salvo el Sr. Sanz, tú y yo, nadie sabe lo que ha pasado. Todos han desaparecido, han vuelto a aparecer de nuevo...
–¡Y no se han enterado de nada de lo que ha pasado! ¡Para ellos todo esto es lo normal!
Los dos amigos se sentaron en el césped durante un rato, para meditar acerca de todo lo que había sucedido. Después, se marcharon a sus casas; el día había sido largo y agotador, y ambos cayeron rendidos en la cama.

Capítulo VIII
A la mañana siguiente, mientras Mario desayunaba en la cocina, sonó el timbre de la puerta. Su madre fue a abrir, y el niño escuchó que hablaba con alguien, pero no pudo entender lo que decían. Poco después Ana entró en la cocina acompañada de Claudia.
–Mira quién ha venido a verte, Mario –anunció su madre.
– Hola Claudia –saludó el chaval–. ¡Vaya! ¡Qué mala cara tienes! –exclamó al ver las ojeras y la cara de cansancio de su amiga.
–Sí –respondió la niña–. Es que he dormido muy mal. He tenido pesadillas.
–Yo también se lo he notado –comentó Ana mientras sacaba la ropa de la lavadora y la metía en una cesta– ¿Quieres desayunar algo, bonita?
–No, gracias, ya he desayunado en casa.
–Bueno, entonces os dejo. Me voy a la compra.
Claudia siguió con la mirada a la mujer. Cuando salió, se giró hacia Mario y se le quedó mirando fijamente, como si tuviera que decirle algo, y no supiera cómo empezar.
–¿Qué? –preguntó el niño al ver que ella no decía nada.
–¿Tú has dormido bien? –preguntó al fin Claudia.
–Sí, como un tronco. Estaba agotado. Lo que no entiendo es que tú no hayas dormido. Ayer dijiste que estabas muy cansada.
–Y lo estaba. Pero no he podido dejar de pensar en todo lo de ayer... ¿No te parece que lo que pasó fue muy raro?
–¿Quieres decir que si me parece raro que hiciéramos una poción que casi hace desaparecer el mundo, y que luego todo volviera a aparecer siendo distinto a como era antes? Pues no, me parece del todo normal.
–No seas tonto –se quejó Claudia–. No me refiero a eso.
–Pues entonces no sé de qué me hablas –dijo Mario con la boca llena.
–¡Hombres! –exclamó la niña poniendo los ojos en blanco–. Acaba de desayunar. Tenemos que ir a ver al Sr. Sanz.
Tras terminar rápidamente su desayuno, Mario acompañó a Claudia a la librería del pueblo.
–Hola niños ¿Cómo estáis? –exclamó Sanz al verlos entrar en su tienda, vacía en ese momento–. Lo siento, Mario, pero aún no he tenido tiempo de preparar tu colección para que te la lleves.
–No se preocupe, en realidad no hemos venido por eso –contestó Mario.
–¿Ah, no? Entonces, qué puedo hacer por vosotros.
El niño no respondió. Se limitó a mirar a Claudia, esperando que ella dijera algo.
Tras unos instantes, la niña comenzó a hablar, mirando fijamente al librero.
Claudia confesó al anciano que había varias cosas que no entendía de lo sucedido el día anterior. En primer lugar le contó que ella había creído que los libros de magia eran un timo, y que no servían para nada, y que no podía comprender cómo unos libros que explicaban cómo fabricar pociones que realmente funcionaban y que podían hacer desaparecer el mundo pudieran venderse en una librería de pueblo por 20 monedas. Y, en segundo lugar, lo que menos comprendía la niña era que cuando ellos llegaron a la librería Sanz ya tuviera preparada la poción adecuada para solucionarlo todo, como si supiera lo que iba a suceder.
–Bueno, ya te expliqué que la tenía preparada por si acaso... –explicó el librero sin mucha convicción.
–No me convence –insistió Claudia–. Sigue pareciéndome que hay algo raro en todo esto.
El viejo miró durante unos instantes a la niña.
Después se acercó a la puerta de la tienda, colocó el cartel de “Cerrado”, y se giró hacia los dos jóvenes.
–¿Sabes? –dijo poniendo una mano en el hombro de la niña–. Eres una jovencita muy lista.
Sanz invitó a los niños a sentarse en un sofá viejo pero cómodo que decoraba la tienda. Cogió una silla, se sentó frente a ellos, y comenzó a hablar con mucha seriedad.
–Tienes razón, Claudia: todo lo que pasó ayer es muy extraño, y yo soy el más sorprendido. En primer lugar, has acertado en la cuestión esencial: los libros no valen para nada.
–¿Cómo que no valen para nada? –exclamó Mario–. ¿No recuerda lo que pasó ayer?
–Créeme Mario –Sanz sacudió la cabeza–, los libros no valen para nada. Evidentemente pasó algo increíble, algo mágico, pero la magia no estaba en la poción.
–¿Quiere decir que... ? –dijo Claudia con los ojos muy abiertos.
–Cuando vinisteis aquí ayer, y vi lo que estaba pasando, no podía creerlo. Esos libros no tienen ningún valor. Todos los años se publican muchos libros sobre magia, y las pociones que aparecen en ellos no tienen ningún efecto, así que no entendía lo que estaba pasando, hasta que me di cuenta de la verdad: si la poción no era realmente mágica, la magia tenía que proceder...
Claudia miró a su amigo con la boca abierta.
–¿De mí? –murmuró Mario sin poderlo creer–. Pero eso no puede ser.
–No hay otra explicación, Mario –dijo Claudia.
–Tú tenías fe en que la poción funcionaría, y fue tu magia la que hizo que una fórmula que no servía para nada, hiciera desaparecer las cosas. Por esa razón, cuando comprendí lo que sucedía, di con la solución: no necesitábamos un brebaje que hiciera que todo volviera a aparecer, bastaba con que tú creyeses que era auténtico. Bajé a la cocina, llené una botella de agua corriente, y te hice creer que era una auténtica poción mágica. Y, como recordaréis, funciono muy bien. Mucho mejor de lo que podía esperarse.
Los niños escuchaban asombrados.
Claudia miraba a su amigo llena de admiración; aquella historia era increíble, pero no tenía ninguna duda de que era cierta. Así que no le costaba imaginar que, tal vez algún día, en una librería como aquella, podría encontrarse un libro en el que se hablase de las hazañas que en el futuro iba a realizar de su amigo Mario.
Un libro que tal vez estuviera colocado entre las aventuras del Capitán Constanza y las de Sherlock Holmes.

Referencias

Dirección para referencias

Comentarios

  1. Eh, eh, eh... muy bonito tú cuento, Iñaki.
    Un beso.

    Comentario de Anonim@ hace 5 meses y 12 dias

  2. Muy chulo.

    Comentario de Ramón hace 4 meses y 28 dias


Recordar datos


Donde no me llaman © Todos los derechos reservados al autor
Sindica este sitio usando: RSS 1.0, RSS 2.0, Atom.
Esta bitácora se mantiene con Bitacoræ.