Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Donde no me llaman

A punto

Resulta difícil saber si uno tiene un pene grande o pequeño.
Me explico: quiero decir que resulta difícil saber si uno tiene un pene grande o pequeño en relación a la media, ya que, aunque periódicamente se publican estadísticas a este respecto (que hablan de un tamaño medio de alrededor de 14 cms.), ¿cómo no dudar de sus resultados?.
En realidad no sé cómo se obtienen los datos para estos estudios, pero se me ocurren dos posibles métodos. Uno consistiría en enviar a la calle a una legión de actores y actrices porno, quienes se encargarían de facilitar erecciones a los anónimos voluntarios, que luego, tras las pertinentes medidas, se avendrían a ser incluidos en las estadísticas. Desgraciadamente, y pese a lo atractivo que resulta este sistema, dudo que sea el que realmente se emplea. Otra posibilidad consiste en preguntar a un número determinado de hombres acerca del tamaño de su miembro. Esta opción, a pesar de ser mucho más lógica y realista, genera grandes recelos acerca de sus resultados. ¿Por qué? Pues porque, suponer que un hombre no va a mentir acerca del tamaño de su pene, es como... no sé, como suponer que un hombre no va a mentir acerca del tamaño de su pene.
Por eso, cuando tomas tus propias medidas, apretando todo lo posible la regla contra el pubis para arañar unos milímetros más ¿cómo saber si estás o no bien dotado?.
Algo parecido sucede con las estadísticas que tratan sobre el número de parejas sexuales que el hombre medio tiene a lo largo de su vida. Aquí no queda más remedio que preguntar a los sujetos investigados, y claro, este es otro terreno en el que se tiende a exagerar un poquito. ¿Cómo evitar caer en la tentación de engordar un poco nuestro currículum como conquistador?
Pero dejemos a un lado las fanfarronadas masculinas habituales, y ciñámonos al tema: ¿con cuántas mujeres tiene que haberse acostado uno para no sentirse “estafado” por la vida? Pues no lo sé, la verdad. Según una estadística que leí en internet (y que, por lo tanto, debe ser cierta), en España los hombres tienen una media de 7 amantes a lo largo de su vida, cifra que, desde mi punto de vista, resulta algo pobre. Si uno empieza a ligar a los 18 (por ejemplo), y casca (como media) a los setentaytantos, tiene más de cincuenta años para acostarse con señoras. Pillar con sólo siete mujeres en este periodo de tiempo supone cantar bingo con una distinta cada ocho años, aproximadamente.
Triste ¿no?
Y si tenemos en cuenta que sólo Julio Iglesias se ha calzado a más de dos mil tías, el panorama es aún más desolador, ya que reduce el número de mujeres que nos quedan para los demás.
Es cierto que estos datos no hablan para nada de número de relaciones sexuales, ya que uno puede tener la misma pareja durante toda la vida y practicar mucho más sexo que alguien que se ha acostado con cien tías distintas.
Pero, aún así... ¿sólo siete mujeres?
Triste ¿no?
No me entendáis mal, no es que yo me las quiera dar de ligón, ni mucho menos: ahora mismo no sé cuántas parejas he tenido exactamente, pero si me pongo a ello puedo contarlas sin demasiado esfuerzo, y supongo que si se pueden contar, no serán demasiadas.
Pero aunque estoy seguro de que estoy muy lejos del record del mundo en amantes, creo que sí estoy cerca de obtener uno mucho más lamentable y patético: no soy el hombre que se ha acostado con más mujeres, eso seguro, pero tengo que estar muy cerca de alcanzar otra marca; la del panoli que más veces ha estado a punto de acostarse con una tía, sin llegar a hacerlo.
He estado en todo tipo de situaciones que parecían presagiar con bastante seguridad que iba a haber tema, sin que luego haya pasado nada. He tenido cenas íntimas con mujeres con las que luego no ha pasado nada, he desnudado a tías con las que luego no ha pasado nada, me he metido en la cama con tías con las que luego no ha pasado nada, he salido durante mucho tiempo con tías con las que no ha pasado (casi) nada (no creo en el zodiaco, y me da igual salir con chicas de cualquier signo: sólo me molestan las virgo que se resisten a dejar de serlo). Y no voy a dar más detalles, porque uno es un caballero (a pesar de todo). Baste decir que en ocasiones este tema ha sido desquiciante. Muchas veces me he sentido como Woody Allen en Sueños de un seductor, en esa escena da la velada en casa de la ninfómana en la que ésta le confiesa, con todo lujo de detalles, que se ha acostado con todos los tíos que se le han puesto por delante. Woody, creyendo que la situación parece muy propicia, se abalanza sobre la mujer, y ésta, indignada, le echa de su casa. “¿Por quién me has tomado?”, grita ella. “¿Cómo habré podido interpretarla tan mal?”, se pregunta él.
Pues eso, que a pesar de todas las señales, uno puede fracasar en el intento. Y, como digo, ha habido muchas ocasiones en las que he estado a punto, pero no.
Lo que voy a contar a continuación es el relato de una de esas ocasiones en las que estuve a punto de acabar en la cama con una chica, sin que al final pasara nada. Y si me centro en esta ocasión en particular, habiendo pasado por tantas experiencias frustrantes, es porque se trata de un ejemplo muy curioso. ¿Por qué? Pues porque no me enteré de lo cerca que había estado de consumar hasta varios años después.
¿Intrigados?
¿No? Por suerte para vosotros hay un montón de blogs para elegir.
¿Sí? Pues vamos allá.
Recuerdo los años ochenta con mucho cariño. Aquellos que me conocen lo saben, y quienes sean de mi quinta (nací en el 67), lo comprenderán. Supongo que es habitual recordar como especiales los años de la adolescencia, aquellos en los que vivimos cosas que luego nos influirían para siempre, aquellos que nos marcan tan profundamente. Y aunque no soy demasiado proclive a entregarme a la nostalgia (desde luego no creo que sea cierto que “cualquier tiempo pasado fue mejor”), me imagino que cierta dosis de añoranza por el pasado es inevitable, aunque sólo sea porque entonces la muerte se encontraba más lejos, y eso ya es mucho.
Como digo recuero los ochenta con mucho cariño, a pesar de que, objetivamente hablando, no fueron demasiado felices para mí. Pasé la mayor parte de la década deprimido y triste, sintiéndome fuera de lugar, inseguro, descontento conmigo mismo, y bastante solo. ¿Mujeres? ¡Ja! Prácticamente nada de nada. ¿Comprarme condones en aquella época? Bueno, sí, podría haberlo hecho, por supuesto. Y también podría haberme construido un refugio antinuclear, pero las posibilidades de necesitar cualquiera de las dos cosas eran tan escasas que no merecía la pena el esfuerzo.
En esta situación, agravada por mi timidez, yo me sentía incapaz de conseguir atraer a una chica, por lo que encamarme con alguna mujer se me antojaba como material de ciencia ficción. De hecho, la cuestión que me acosó durante casi toda aquella época fue “¿Habrá muerto alguien virgen, o voy a ser yo el primero?”.
No sé cuál es mi fantasía erótica actual; en realidad creo que no tengo ninguna; me gusta el sexo, pero soy bastante sencillito en mis ambiciones en este terreno. Pero si alguien me lo hubiera preguntado en los ochenta hubiera respondido sin dudar: “¿Una fantasía erótica? Follar, claro”.

Corría el año 1988. Aunque lo de “correr” es tan sólo una forma de hablar. Casi todo ese año lo pasé haciendo la mili, por lo que se me hizo bastante largo. Podría decirse que, más que correr, aquel año se arrastró.
No os alarméis; sé que cuando un hombre pronuncia la palabra “mili” uno siente el impulso de salir corriendo. Esta reacción es bastante comprensible, teniendo en cuenta lo pesados que se ponen algunos con el dichoso servicio militar, algo que, en su momento, duraba un año, pero de lo que algunos se pasaban hablando toda una vida.
Pues tranquilos, que no me extiendo. Sólo diré que yo cumplí con la patria en Logroño, que el patrón de Logroño es San Mateo, y que su festividad se celebra el 21 de septiembre.
El 21 de septiembre de 1988 fue miércoles. Dado que en Logroño era un día festivo, nos dieron fiesta en el cuartel. Los que disfrutaban de un pase pernocta (es decir, que tenían familia en la ciudad, o bien tenían un piso alquilado, por lo que tenían permiso para dormir fuera), no tenían que volver hasta el día siguiente, y los que dormíamos en el cuartel, teníamos permiso hasta la una de la madrugada.
Pues nada, que me fui con unos amigos a la Calle del Laurel, a tomar unas cervecitas como corresponde. Entre otros me acompañaban Emilio y Abel, ambos de Bilbao, como yo. El primero tenía alquilado un piso en la ciudad para poder dormir fuera del cuartel, un piso que compartía con unos cuantos compañeros y que, por servir de dormitorio de demasiados militares, estaba, por así decirlo, hecho un desastre. Emilio tenía, además, una amiga que venía de Vizcaya a pasar unos días a La Rioja. Tenía familia en no sé qué pueblo de los alrededores, y vino a Logroño para pasar allí una noche de fiesta, dormir en el piso de su amigo, y marcharse al día siguiente a casa de su tía.
Se llamaba Ana (ha habido unas cuantas Anas en mi vida; unas cuantas y, en realidad, ninguna). Y me gustaría poder describirla, pero lo cierto es que no la recuerdo muy bien. Sé que tenía gafas, y sé que no era ninguna belleza, pero después de unas horas bebiendo vinos ambos debimos de resultarnos lo suficientemente atractivos el uno al otro como para empezar a besarnos. Seguimos con los demás, pero dejábamos que ellos nos guiasen, sin saber bien en qué sitios entrábamos. Cualquier bar nos parecía bien, con tal de que tuviera una pared en la cual apoyarnos para seguir conociéndonos.
Pasado un rato Emilio nos ofreció las llaves de su piso, por si queríamos irnos allí. Se lo agradecí, pero rechacé la invitación; no me parecía correcto llevar a Ana a un piso en el que cada noche dormían media docena de tíos distintos.
Pues nada, que la noche continuó. Yo me arrepentí de no haber solicitado permiso para dormir fuera del cuartel aquella noche, pero claro ¿cómo imaginar que los acontecimientos iban a desarrollarse así? Me quedaban sólo unas dos para regresar al cuartel, así que Ana y yo decidimos separarnos del resto del grupo para estar a nuestro aire un rato. Quedamos con los demás a una hora determinada, y nos fuimos a perdernos solos por las calles de Logroño.
Pasó un rato, y seguí besándola, saboreando en su boca el vino que ella había tomado. Y seguí hasta que sucedieron dos cosas a cual más inesperada. Primero, Ana se puso a llorar. Aquello me desconcertó, claro: tal vez por aquel entonces yo no era el hombre que mejor besaba del mundo, pero tampoco era como para coger un berrinche. Pero aún más desconcertante fue lo que sucedió a continuación: ella me dijo algo.
Son muchas las cosas que uno no quiere escuchar cuando está intimando con una tía. Cosas como “¿Sabes? No siempre he sido una mujer”, o “Me pregunto si gonorrea lleva tilde”, frases que pueden asestar un golpe mortal a un momento que parecía bien encaminado.
Pero Ana no dijo nada por el estilo. Lo que me contó fue mucho más tremendo y sorprendente. “Mi padre está en la cárcel por mi culpa”, me soltó a bocajarro.
Yo me quedé atónito, sin saber qué decir. Lógico ¿quién puede reaccionar ante algo así, sobre todo estando borracho?. Claro que no lo estuve por mucho tiempo, porque la revelación me despejó bastante. Se me pasó la embriaguez y el calentón, y traté de consolar a la pobre chica, que seguía llorando sin poder parar.
No era para menos, claro.
Pasé el tiempo que me quedaba con ella tratando de animarla, de hacer que se le pasara el sofoco. Fuimos a tomar a un bar a tomar algo caliente, y al rato ya se sentía mejor. “El café está muy bueno, como tú”, me dijo. Seguramente me ruboricé; en aquellos tiempos yo no escuchaba piropos muy a menudo.
Así llego la hora en la que habíamos quedado con nuestros amigos. Ella se iría con Emilio a dormir al piso comunitario, y yo me volvería al cuartel. Al día siguiente (jueves) ella tenía que ir a ver a su tía, y le dije que, si a ella le apetecía, ya que el fin de semana yo no tenía guardia en el cuartel, me podía quedar en Logroño para pasar un par de días con ella. A ella la pareció bien, y quedamos en hablar el viernes.
Nos dimos un beso, y nos despedimos hasta dentro de dos días. Hasta siempre, en realidad, porque jamás volvimos a vernos.

El viernes salí del cuartel a mediodía. En lugar de coger el primer autobús para Bilbao, como hacía los fines de semana que tenía libres, me quedé a comer con Emilio en el piso hasta saber si Ana vendría o no a Logroño. Hablamos por teléfono y, como tantas veces me ha pasado, la conversación no fue lo que yo esperaba. Ella se mostró evasiva, me dio no sé que excusa, y comprendí que lo mejor que podía hacer era marcharme a Bilbao, porque allí no había nada que hacer.
Mientras esperaba a que saliera el bus traté de averiguar sutilmente si Emilio sabía algo del padre de Ana, pero, o no tenía mucha información, o no quiso dármela.
Hubo un cruce de cartas con Ana. Yo le escribí que contara conmigo si quería hablar de cualquier cosa, y ella me lo agradeció, y me explicó que si no había querido ir a Logroño a verme aquel fin de semana había sido por algún problema que había tenido con Emilio aquella noche, después de que yo me fuera al cuartel. Yo era tan tontito que ni siquiera lo vi venir.

Pasaron como siete años.
A mediados de los noventa yo salía con una chica de Oviedo, y cada quince días, más o menos, viajaba desde Bilbao a la capital asturiana. En alguno de aquellos viajes en autobús coincidí con Abel, aquel otro chico con el que hice la mili. No sé muy bien cuáles eran los motivos de sus viajes, pero bueno, ahora mismo eso no importa. Pasábamos la mayor parte del tiempo hablando de comics y superhéroes (como corresponde a dos hombres adultos), y poco más. En alguna ocasión le pregunté por Emilio, a quien yo no había vuelto a ver desde que me licencié, y a quien Abel seguía tratando en la vida civil. Me contó que tenía novia, que estaba trabajando, etc. Y claro, en uno de los viajes, acabó saliendo el tema de Ana. Yo le pregunté a Abel por aquella chica de aquel San Mateo del 88, tratando de aclarar alguna de las muchas dudas que me habían quedado pendientes aquella noche, por supuesto sin explicar a Abel nada de lo que ella me había confesado entonces. Hablamos de aquel día de septiembre, pero mi ex hermano de armas no me contó nada demasiado interesante, la verdad; bueno, nada interesante salvo el hecho de que Emilio había perdido la virginidad con Ana aquella noche. Toma ya.

Viéndolo en perspectiva, lo que más me sorprende de todo es que aquello jamás se me hubiera pasado por la cabeza en aquel momento: eran amigos, solos en un piso, ambos con copas de más...
Sería muy simple (y algo ruin) pensar que yo la puse a punto, y que Emilio aprovechó la coyuntura. Es más lógico suponer que, hubiera o no atracción previa entre ellos, aquella noche Ana necesitaba sentirse acompañada, y que fue su amigo Emilio quien le brindó el cariño y consuelo que necesitaba. Si eso sirvió para que ella se sintiera mejor, me alegro mucho de que fuera así.
En cuanto a lo que ella me contó, le he dado vueltas muchas veces, y se me han ocurrido teorías de todo tipo. Pero claro, son todo suposiciones que me temo jamás podré confirmar.
Lo que me resultó curioso fue descubrir lo que había sucedido aquella noche en Logroño tantos años después, cuando ya casi ni me acordaba del tema. Qué curiosa es la vida, y cuántas vueltas da. Tantas, que posiblemente ahora yo no reaccionaría como lo hice entonces.
Me imagino ahora mismo en la misma situación de aquella noche preguntándome: “¿Su padre está en la cárcel por su culpa? Vaya... ¿y cómo afecta eso a mis posibilidades de echar un polvo?”.
Dios santo ¿qué me ha pasado?

Referencias

Dirección para referencias

Comentarios

  1. Una historia un poco triste teniendo en cuenta que no lograste tú objetivo, la verdad es que es sorprendente que alguien te suelte semejante cosa precisamente en el momento menos oportuno, pregunto yo ¿no sería una forma de "huir" de la situación?, si es así da resultado, (siento decirlo), por cierto, ¡que tristeza no, solo siete mujeres por cada hombre! ¿A cuantos hombres tocamos cada mujer?, bueno prefiero no saberlo porque probablemente tampoco yo llegue a la media, los mios se pueden contar con los dedos de las manos, si quieres podemos formar un club, piensa tú el nombre, (es un poco patetico, no te parece), bueno Iñaki espero que tú suerte haya cambiado, realmente te lo mereces, porque en el "fondo" eres una persona estupenda, lo digo de corazón, Suerte y un Besazo.

    Comentario de Marta hace 1 año y 18 meses

  2. Buena introducción y peculiar historia, sin duda alguna.
    Empecemos por la introducción, eso que se considera la media, ¿sinceramente influye?, ¿tener más de 7 amantes o menos es positivo o negativo?. Conozco chicos que sólo han tenido un rollo, un rollo que perdura puesto que ya están casados y a los que realmente los veo muy feliz, otros tantos que no consiguen saber el número exacto con las chicas que han mantenido relaciones y mucho menos se acuerdan de su nombre, pero aún así, ni tan siquiera piensan si han cometido un error o si han robado algún “polvo”. En fin, eso de la media, es algo más que está ahí, pero que no le tendríamos que echarle mucha cuenta, somos lo que somos y actuamos como podemos y en el mejor de los casos, terminamos…
    Respecto a la historia de Ana, pues podría ser muy cruel, y como sabes que te tengo cierto cariño, el cual te has ganado sin duda, intentaré ser bastante empática y bueno, creo que es lo mejor que te ha podido pasar. Sin duda, y siendo mujer, creo que todo eso del padre era una farsa, una excusa, aunque gracias a ello te ganaste una bonita conversación, posiblemente no era lo que hubieras querido en ese momento y menos tal y como estabas, pero estoy segura que si hubiera pasado lo que pasó con Emilio, Ana se hubiera añadido a tu lista de esas 7 de la media sin más, además con su actitud no sólo consiguió aumentar la lista de tu amigo, que estoy segura que era mucho más baja que la tuya, no sé si en ese momento tú también eras virgen, sino que también consiguió que pasado todo este tiempo te acordaras de ella, aunque sólo sea por aquello que nunca llegaste a hacer.

    De nuevo gracias por leerte y recuperar la sonrisa.

    Comentario de Susana hace 1 año y 18 meses

  3. Buena introducción y peculiar historia, sin duda alguna.
    Empecemos por la introducción, eso que se considera la media, ¿sinceramente influye?, ¿tener más de 7 amantes o menos es positivo o negativo?. Conozco chicos que sólo han tenido un rollo, un rollo que perdura puesto que ya están casados y a los que realmente los veo muy feliz, otros tantos que no consiguen saber el número exacto con las chicas que han mantenido relaciones y mucho menos se acuerdan de su nombre, pero aún así, ni tan siquiera piensan si han cometido un error o si han robado algún “polvo”. En fin, eso de la media, es algo más que está ahí, pero que no le tendríamos que echarle mucha cuenta, somos lo que somos y actuamos como podemos y en el mejor de los casos, terminamos…
    Respecto a la historia de Ana, pues podría ser muy cruel, y como sabes que te tengo cierto cariño, el cual te has ganado sin duda, intentaré ser bastante empática y bueno, creo que es lo mejor que te ha podido pasar. Sin duda, y siendo mujer, creo que todo eso del padre era una farsa, una excusa, aunque gracias a ello te ganaste una bonita conversación, posiblemente no era lo que hubieras querido en ese momento y menos tal y como estabas, pero estoy segura que si hubiera pasado lo que pasó con Emilio, Ana se hubiera añadido a tu lista de esas 7 de la media sin más, además con su actitud no sólo consiguió aumentar la lista de tu amigo, que estoy segura que era mucho más baja que la tuya, no sé si en ese momento tú también eras virgen, sino que también consiguió que pasado todo este tiempo te acordaras de ella, aunque sólo sea por aquello que nunca llegaste a hacer.

    De nuevo gracias por leerte y recuperar la sonrisa.

    Comentario de Susana hace 1 año y 18 meses

  4. Buena introducción y peculiar historia, sin duda alguna.
    Empecemos por la introducción, eso que se considera la media, ¿sinceramente influye?, ¿tener más de 7 amantes o menos es positivo o negativo?. Conozco chicos que sólo han tenido un rollo, un rollo que perdura puesto que ya están casados y a los que realmente los veo muy feliz, otros tantos que no consiguen saber el número exacto con las chicas que han mantenido relaciones y mucho menos se acuerdan de su nombre, pero aún así, ni tan siquiera piensan si han cometido un error o si han robado algún “polvo”. En fin, eso de la media, es algo más que está ahí, pero que no le tendríamos que echarle mucha cuenta, somos lo que somos y actuamos como podemos y en el mejor de los casos, terminamos…
    Respecto a la historia de Ana, pues podría ser muy cruel, y como sabes que te tengo cierto cariño, el cual te has ganado sin duda, intentaré ser bastante empática y bueno, creo que es lo mejor que te ha podido pasar. Sin duda, y siendo mujer, creo que todo eso del padre era una farsa, una excusa, aunque gracias a ello te ganaste una bonita conversación, posiblemente no era lo que hubieras querido en ese momento y menos tal y como estabas, pero estoy segura que si hubiera pasado lo que pasó con Emilio, Ana se hubiera añadido a tu lista de esas 7 de la media sin más, además con su actitud no sólo consiguió aumentar la lista de tu amigo, que estoy segura que era mucho más baja que la tuya, no sé si en ese momento tú también eras virgen, sino que también consiguió que pasado todo este tiempo te acordaras de ella, aunque sólo sea por aquello que nunca llegaste a hacer.

    De nuevo gracias por leerte y recuperar la sonrisa.

    Comentario de Susana hace 1 año y 18 meses

  5. Lo siento Iñaki, pero esta vez... he empezado a leer el texto con unas expectativas y, después de una buena transición, la historia final no me ha llegado. Es un poco Simpson, no? me refiero a que empiezas con algo y luego terminas con otra cosa que no se parece en nada al principio. No es una crítica, es sólo un comentario: prefiero otros textos que has escrito a este. Y ya está. Eso sí, el principio me ha encantado.
    Un beso

    Comentario de Lerenda hace 1 año y 18 meses


Recordar datos


Donde no me llaman © Todos los derechos reservados al autor
Sindica este sitio usando: RSS 1.0, RSS 2.0, Atom.
Esta bitácora se mantiene con Bitacoræ.