Laika y los hot dogs
Iñaki Bahon - 07-11-2006 20:18:56 | Categoria: General
[Juro que no tenía fiebre cuando sucedió todo esto]¿Cuántas veces te has sorprendido al descubrir la historia que cuenta una canción que habías escuchado mil veces, pero en cuya letra nunca habías reparado?
¿Cuántas veces has comprobado que los edificios frente a los cuales pasas todos los días muestran en sus fachadas elementos en los que jamás te habías fijado?
¿Nunca te has quedado asombrado al encontrar en el rostro de alguien muy cercano rasgos y detalles que desconocías?
Cuando creemos saber bien cómo es alguna cosa acostumbramos a decir que la conocemos "como la palma de la mano", pero tan sólo es una frase hecha; ¿cuántos de nosotros podríamos describir nuestra mano detalladamente?
Oímos sin escuchar.
Miramos sin ver.
Hablamos sin pensar.
Peor aún: vivimos sin pensar.
Esta modalidad de vida en piloto automático es aprovechada por políticos, religiosos, propagadores de leyendas urbanas de todo tipo, y esos camellos de bulos y rumores que componen los niveles más bajos del periodismo. Todos ellos saben que cualquier cosa que nos cuenten, por infundada que sea, calará profundamente en muchos de nosotros, ya que no nos pararemos a pensar si tiene algún sentido. Nos lo tragamos todo sin masticar.
Esta incapacidad nuestra para analizar lo que nos rodea es realmente preocupante en cualquier caso, pero resulta realmente grave cuando afecta a cosas capitales y de vital importancia. Como los perritos calientes.
El otro día me encontraba en la cocina de la casa de mis padres, fregando los cacharros de la comida mientras veía un concurso de televisión en el que los participantes tenían que acertar preguntas relacionadas con los perros. Poco podía imaginar yo que aquel intrascendente programa iba a conmocionarme de aquella manera.
Entre las cuestiones que allí se barajaron apareció Laika, la famosa perra astronauta rusa sacrificada en beneficio de la carrera espacial. Automáticamente pensé en la canción que Mecano compuso en honor al pobre animal, y en ese mismo instante me di cuenta de que, a pesar de haber escuchado y cantado un trillón de veces aquel tema, había estado fallando a la hora de recitar la letra: yo siempre empezaba con “Era rosa y se llamaba Laika...”. Puedo intentar argumentar en mi favor que mi error se debió a una pobre vocalización por parte de Ana Torroja, pero esto es tan sólo una pobre excusa. Muchas veces me había preguntado yo cómo era posible que una perra fuera rosa, pero, aunque sabía del origen soviético de Laika, jamás caí en que la letra, en realidad, decía “Era rusa y se llamaba Laika...”.
Una revelación de semejante calado es capaz de destruir a un hombre, pero yo aguanté el impacto, y continué fregando. No podía imaginar que lo peor aún estaba por llegar.
Aún me estaba recriminando por ser tan estúpido como para no haberme dado cuenta del error después de todos estos años, cuando de pronto otra de las preguntas del concurso me volvió a arrastrar al fondo del abismo; una pregunta que tenía que ver con los “perritos calientes”. En ese momento comprendí que, a pesar de lo habituales que son estos bocadillos, desconocía de dónde venía su nombre; en realidad ni siquiera me lo había preguntado.
Mientras comprobaba personalmente que los anuncios de Fairy son pura ciencia ficción, le di vueltas al asunto. ¿Por qué los “perritos calientes” se llaman así? Por algún motivo opté de forma instintiva por buscar una asociación visual, es decir, por tratar de encontrar qué similitud hay entre el aspecto de un bocadillo de salchichas y el de un perro.
Comencé a pensar en los típicos puestos ambulantes de salchichas americanos. Visualicé mentalmente su aspecto, sus ruedas, sus sombrillas... los pinchos metálicos en los cuales se clavan los panecillos con el fin de agujerearlos y poder así embutir las salchichas en su interior; en los clientes mordiéndolos ávidamente tras aderezarlos con ketchup, cebolla o demás... Y en ese momento lo comprendí todo, comprendí cuál era el origen del nombre, y el conocimiento me golpeó como un tsunami. Parecía increíble que nunca hubiera leído ni escuchado nada acerca de ello. ¿Me estaría equivocando? Podía ser, pero era una explicación tan lógica, todo encajaba tan bien... Aunque ¿cómo estar seguro? Internet hubiera sido una buena solución, pero estaba en el pueblo, sin ordenador a mi alcance, y no había forma de investigar el asunto.
Esa misma noche había quedado para cenar con unos amigos, y en cuanto pude hablé del tema con Ramón.
-¿Alguna vez te has preguntado por qué los perritos calientes se llaman así?.
Reconoció que no. Yo quería averiguar si mi conclusión le parecía acertada, pero en lugar de exponérsela sin más, le fui explicando cómo llegué hasta ella para ver si coincidía conmigo sin condicionarle demasiado.
-Piensa en el aspecto que tiene un perrito caliente –le dije-. Es un bollo de pan del que sobresale la punta sonrosada de una salchicha. Y ahora piensa en cómo es un chucho caliente (o excitado).
Al imaginar al animal, al perro caliente, un bicho de diferentes formas y tamaños, pero del que también sobresale una puntita sonrosada, Ramón se echó a reír ante la relación entre alimento y animal. Nunca lo había pensado así, pero estuvo de acuerdo conmigo en que era una explicación bastante lógica.
Entusiasmado ante el hecho de que Ramón coincidiera conmigo, no tardé en exponer la audaz teoría al resto de mis amigos. Richard no colaboró demasiado en el debate, ya que se encontraba muy ocupado encendiendo una y otra vez un Cohiba rebelde. En cuanto a Eva y a Raquel, ambas se manifestaron claramente en contra de mi explicación, argumentando que no podía ser que un alimento tan conocido deba su nombre a la polla de un perro (esto no es literal; ellas no dicen “polla” así como así).
Ramón y yo estuvimos dispuestos a aceptar cualquier otra explicación, pero no se nos ofreció ninguna alternativa que no fuera “eso no puede ser”. Incluso nos apostamos una cena con las dos chicas a la que estarán invitados aquellos que puedan demostrar que los “rivales” se equivocan.
Cuando llegué a Madrid no tardé en entrar en internet para investigar el origen de los hot dogs. En varias webs encontré algunas explicaciones que, tristemente, no coinciden con la mía (Ejemplo 1; Ejemplo 2). Uno no puede estar seguro de que lo que se publica en la red sea cierto al cien por cien, pero bueno, debo reconocer que lo que leí resultaba plausible.
Es posible que me equivocase, claro.
Es posible que todo fuera una idea descabellada que, pese a tener su lógica, sea falsa.
Es muy posible que tengamos que pagar una cena, Ramón, amigo mío.
Es posible que mi teoría sea tan sólo una estupidez, pero, aunque finalmente se descubra que es así, resulta tan divertida...
¿Qué opináis vosotros?
Espero opiniones.
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Que triste es cuando no tenemos nada en que pensar, yo estoy de acuerdo con tus amigas, prefiero no pensar que tu "ocurrencia" sea cierta, porque si no creo que no volveré a comer perritos calientes en la vida, de todas formas no te apuestes muchas cenas porque puedes perderlas, yo estoy más de acuerdo con el ejemplo 1 que contigo, ya sabes siempre tengo que llevarte la contraria, un besazo
Comentario de Marta hace 1 año y 20 meses
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Pues a mí me convence tu explicación, qué quieres que te diga, chico!
Me ha hecho gracia el tema de tu escrito, porque yo le suelo dar bastantes vueltas a este tipo de asuntos bastante a menudo.
Por cierto...yo llevo años intentando saber por qué a las radios les llaman TRANSISTORES, de dónde viene esa palabra? de transistir? de tránsito? Si alguien lo sabe que me lo diga, y que tenga una explicación convincente. Muchas gracias. Muacs
Comentario de Lerenda hace 1 año y 20 meses
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