Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Donde no me llaman

Ojalá algún día leas esto

Cuando la criada que se ocupaba de la limpieza llegó aquella mañana a la casa de Binguen, se encontró con una horrible sorpresa: el cadáver de su jefe. Es curioso que, aún sabiéndola inevitable, la muerte siga sorprendiéndonos.
La mujer llevaba trabajando allí casi dos años. Aunque no tenía ninguna queja de su jefe, un joven amable y educado, pensaba que era un hombre algo raro. Era escritor, o algo así, y siempre estaba en casa, con aspecto desaliñados, aunque no sucio. Nunca le vio recibir visitas, ni encontró señales de que las recibiera cuando ella no estaba en la casa. Diríase que se pasaba la vida voluntariamente encerrado en aquella gran habitación que era al mismo tiempo dormitorio y despacho, contemplando con aspecto ausente las fotos que lo decoraban, fotos de una mujer que la asistenta nunca había visto, y que se multiplicaban por las cuatro paredes del cuarto; frente a la cama estaba la imagen más grande, de casi un metro de ancho.
En una de las mesillas adosadas a aquella cama de matrimonio que acusaba la huella de un solo cuerpo, se encontró, entre otros efectos personales, un recorte de prensa y una carta.
El recorte informaba acerca del enlace nupcial entre Marta Turio y Alberto Sanz, celebrado, según la fecha, hacía dos semanas. La fotografía que ilustraba la noticia mostraba los felices rostros del nuevo matrimonio. La Sra. Sanz era la misma mujer que decoraba la habitación de Binguen.
La carta que se hallaba junto al recorte estaba fechada hacía más de dos años, no tenía sello, como si nunca hubiera sido enviada, y aparecía muy manoseada, como si hubiera sido extraída y vuelta a introducir en el sobre en numerosas ocasiones, en el que sólo se leía una palabra: Marta.
Este era el contenido de la carta:

Ojalá algún día leas esto.
Significará que al fin te has dado cuenta de lo que sientes y habrás dejado a Alberto para reunirte conmigo. Me he jurado a mí mismo que no te la daré hasta que seas libre, pues no quiero confundirte más de lo que ya estás, ni hacerte más daño del que ya te he hecho.
Siempre te he querido, Marta, desde el principio. Incluso durante esa época en la que creía que no era así. Cuando te conocí yo no era nada, sólo un joven inseguro e inexperto. Nunca había conseguido interesar a ninguna mujer a pesar de haberlo intentando en muchas ocasiones, y ya había perdido la esperanza de conseguirlo. Y ocurrió que cuando mi autoestima estaba a punto de desaparecer, apareciste tú.
Fue un flechazo. Ya había experimentado otros anteriormente, pero aquel fue el más fuerte, y aquel, increíblemente, salió bien.
Pasamos unos meses perfectos, y me hiciste sentir como nunca antes; aquello debía de ser la felicidad. Sin ningún esfuerzo curaste todas las heridas de mi corazón, convirtiéndome en una persona nueva, en alguien capaz de enfrentarse otra vez a la vida.
Pero fue ese cambio, el enorme bien que tu amor me hizo, lo que, paradójicamente, nos separó.
¡Me sentí tan fuerte!
Que una mujer tan maravillosa estuviera a mi lado me confirió tal confianza en mi mismo que me volví estúpido y vanidoso. Si podía conquistarte a ti ¿por qué no a todas las demás? ¿Por qué conformarme con ser el número uno para una mujer, pudiéndolo ser para muchas?
Y así fue como decidí dejarte. Dejar una relación que me ahogaba y limitaba mi capacidad de experimentar. Y aunque sabía que te haría mucho daño, en aquel momento pensaba que era la única opción que tenía.
Pero no fue hasta meses después, tras algunas experiencias penosas y frustrantes, cuando comprendí el tremendo error que había cometido. Un día me di cuenta de que no había dejado de pensar en ti durante todo el tiempo que estuvimos separados, de que no había dejado de quererte. Durante ese periodo, con palabras inventadas para ti, había expresado mi amor por ti a otras mujeres, creyendo que lo sentía por ellas.
Te busqué, te llamé, traté de hablar contigo. Pero tú me evitaste, no querías saber nada de mí.
Era lógico. En aquel momento ya estabas saliendo con Alberto, y estabas confundida, pues aunque seguías enamorada de mí, quizás no te dabas cuenta de ello. Así que decidí esperar sin atosigarte, darte el tiempo que necesitabas para aclararte.
Así que ahora paso los días en casa, confiando en que de un momento a otro vas a llamarme por teléfono. A diario espero que lo hagas por la mañana temprano para que podamos citarnos a la hora del almuerzo; luego confío en que lo harás a la hora de comer, para pedirme que te invite a cenar. Después, si llega la noche y no has llamado, comprendo que habrás estado muy ocupada y que lo harás al día siguiente. O al otro.
Sé que llamarás.
Sé que todo acabará bien.
Sólo es cuestión de tiempo.
Incluso tengo preparado el traje que voy a ponerme para la ocasión.

Pero a veces es muy duro soportar la soledad sabiendo que podríamos estar juntos. Pero comprendo cuál es el problema: que no estás segura de que yo sienta lo mismo por ti, no estás segura de que siga queriéndote. Pero en cuanto me des la oportunidad de demostrártelo, lo sabrás sin ninguna duda. Lo sabrás sólo mirándome a los ojos.
Hasta entonces debo tener paciencia.
Cuando comprendí que quería volver contigo, mis amigos me dijeron que tratara de olvidarte. Para ellos (¿es posible que haga ya casi un año que no los vea?) todo era muy sencillo, porque no sentían lo mismo que yo. ¿Cómo olvidarte? Es fácil apartar la mano de una llama que te quema, pero cuando lo que te destroza está dentro de tu mente ¿cómo sacarlo de ahí?
Paso los días recordando todas las cosas que viví contigo, y hago planes de todo lo que aún nos queda por compartir. Me estremezco pensando lo maravilloso que será volver a abrazarte, y en lo felices que seremos cuando te des cuenta de que me quieres tanto como yo a ti.
Y así, entre el impulso de llamarte y el convencimiento de que eres tú quien debe dar el primer paso, transcurre el tiempo, y rezo a un Dios en quien no creo para que ese momento llegue cuanto antes.
Lo peor son las noches. Las noches en las que la droga del sueño me hace sufrir terribles alucinaciones, imaginar cosas que no existen. Algunas veces me despierto pensando que soy un loco por esperar que suceda algo que nunca va a ocurrir, sencillamente porque tú no me quieres; y después me duermo llorando, avergonzado por desconfiar de ti. Pero en otras ocasiones es aún peor, porque dudo de mí; dudo de mi amor, y de que realmente tenga autoridad moral ni derecho a intentar convencerte de que vuelvas conmigo, porque lo que siento por ti es pura imaginación, un imposible al que me aferro para no afrontar el vacío que es mi vida.
Cuando esas voces me acosan me veo obligado a levantarme y encender la luz, y miro tus fotografías que me devuelven de nuevo al mundo real, ese mundo en el que nuestro amor hace inevitable que tarde o temprano volvamos a estar juntos.
Las noches son duras, sí, pero cuando vuelvas se acabarán las dudas de ambos, y podremos continuar desde donde lo dejamos.

Aún no sé cómo te haré llegar esta carta cuando dejes a Alberto. Si te la mando por correo, llámame y en un segundo correré a tu lado. Si te la doy en persona y en este momento estoy frente a ti, abrázame; lo estaré necesitando desde hace tiempo.

Besos.
Te quiere, Binguen



Nadie pudo determinar la causa de la muerte de Binguen.
En su cuerpo no se apreció ninguna señal de violencia, y la autopsia tampoco pudo revelar ningún dato que pudiese aclarar el misterio.
Por extraño que parezca, murió porque sí, sin ninguna causa.
Como único consuelo para sus pocos allegados se citó el hecho de que, según todas las evidencias, todo parecía indicar que, a pesar de tener los ojos abiertos, Binguen había muerto mientras dormía.

Referencias

Dirección para referencias

Comentarios

  1. Es un relato precioso, la verdad es que hacia mucho que no escribias algo así, lo único que no puedo comprender es porque siempre que escribes algo bonito, tienes que acabarlo en tragedia, no podría ser que acabase como en los cuentos, ya sabes... vivieron felices y comieron perdices... o algo así, es triste leer como todos los personajes o mueren o están con una tremenda depresión, mira la vida de forma más alegre, hombre, el amor tiene su lado positivo y su lado negativo, pero no siempre es tan malo como lo pintas, aunque ya se que me vas a decir, que tú no crees en el amor, pero no podemos entrar en ese tema porque sino seria discutir, vamos a dejarlo como que me ha parecido tremendamente bonito, triste, y a la vez encantador, me ha gustado mucho.Enhorabuena. Besos.

    Comentario de Marta hace 1 año y 21 meses

  2. Me alegro mucho de que te haya gustado, Marta.
    Es una cosa que escribí hace mucho, y que al final me he decidido a poner aquí.
    Por cierto, yo nunca he dicho que no creo en el amor.
    Un beso, guapa.

    Comentario de Iñaki hace 1 año y 21 meses

  3. No había leído este relado.
    Da que pensar. Y desazón, y cierta pena.

    Comentario de diqueSi hace 1 año y 19 meses


Recordar datos


Donde no me llaman © Todos los derechos reservados al autor
Sindica este sitio usando: RSS 1.0, RSS 2.0, Atom.
Esta bitácora se mantiene con Bitacoræ.