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Donde no me llaman

Camisetas

El año pasado sucedieron en el mundo cosas muy importantes y transcendentales, como, por ejemplo... esto... si hombre, aquello que pasó..., bueno..., muchas cosas. Si queréis datos concretos consultad uno de esos anuarios que hay por ahí. A ver si leemos un poco y nos cultivamos, joder.
Personalmente también tuve un buen año. Sellé con éxito el paro un par de veces, conseguí un buen trabajo, conocí a una chica estupenda, batí el record de inmersión a pulmón libre (de hecho, sigo batiéndolo mientras escribo esto), dividí el átomo (bueno, un átomo), y claro, también está lo de transplante de cerebro.
Pero aparte de todos estos hechos notables también tuvieron lugar dos acontecimientos clave, ambos relacionados con la moda.
Primero, las zapatillas.
El año pasado vivimos una especie de explosión creativa en el mundo del calzado deportivo, que rompió las fronteras del que hasta ese momento era su ámbito natural: el vestir sport. De pronto las zapatillas se llenaron de color, y todo el mundo se calzó unas, independientemente de su clase social, o estilo de vestir. Ya no sólo se combinaban con vaqueros, o ropa “casual”, a partir del 2005 ya se pueden llevar zapatillas deportivas de colores incluso con traje. Todo el mundo se calzó en plan deportista, aunque vistiera traje y corbata. Un calzado que antes era para jóvenes informalmente vestidos, se ha universalizado, y cualquier ocasión parece adecuada para exhibir unas.
Lo que antes era considerado, en ciertos entornos, poco elegante y hasta un poco hortera o macarra, ha pasado a estar superdemoda. Antes eran cutres, y ahora resulta que son lo más y molan mazo.
Con decirte que antes no te dejaban entrar con zapatillas en Pachá, y ahora es obligatorio...
Hay zapatillas de todos los colores y combinaciones de colores, e incluso hay modelos de zapatillas que son asimétricas, es decir, que la izquierda es distinta de la derecha. Lo gracioso de todo esto, es que yo fui pionero en esto de la asimetría.
Cuando estaba en los primeros años de instituto, mi madre me compró varios pares de zapatillas en la tienda de una amiga, que le había hecho un buen descuento. ¿Por amistad? Y una mierda. La rebaja se debía a que las playeras (entonces las llamábamos así) en cuestión eran de las que habían estado expuestas en el escaparate de la tienda, bueno, en realidad una de cada par. Una zapatilla de cada uno de aquellos pares había estado semanas y semanas tras el cristal de la tienda, expuesta al sol. Y todos sabemos el efecto que produce el sol sobre los colores: se los come. Como resultado, aquellos pares tenían una zapatilla de cada color.
Y así iba yo al instituto, avergonzado, con un pie de cada color, lo cual no contribuía a reforzar mi por entonces maltrecha autoestima. Todo mi afán consistía en evitar que mis pies estuvieran juntos demasiado tiempo, para que la discrepancia cromática no cantase demasiado. Estaba en continuo movimiento, haciendo que corría como el correcaminos (para que mis pies pareciesen un borrón de movimiento), o dando saltos en plan Billy Elliot. Así, si alguien señalaba que mis zapatillas eran de colores diferentes, siempre podía atribuirlo al efecto Doppler (chiste técnico).
Pues ya veis, yo sintiéndome ridículo durante tanto tiempo para que luego vengan los diseñadores actuales con su calzado asimétrico, como si fuera lo más moderno del mundo... ¡Pero si eso ya lo inventó mi madre en la época de Naranjito!

¿Cómo se consigue transformar un tipo de calzado marginal en lo más in del momento? ¿Innovando en diseño y calidad? Por supuesto. ¿Invirtiendo en márketing? Sin duda. Pero, lo más importante es subir los precios. Esto es como el arte moderno: se puede discutir la calidad de un cuadro barato, pero una obra que cuesta cien millones de euros tiene que ser buena por pelotas. Con las zapatillas pasa igual: a 150 euros el par, a ver quién es el guapo que discute que son súper fashion.
Y es que este tipo de calzado es muy caro ¿no? El otro día vi un par en una tienda que costaban más de 200 euros ¡Por un par de playeras?
Estamos locos.
Luego te dicen, “Sí, cuestan caras, sí, pero eso es porque para fabricarlas se usa tecnología espacial”... Tecnología espacial... ¿Y eso qué quiere decir? Debe de significar es que los de Puma tienen un satélite espacial para vigilar que los niños coreanos no dejen de coser. Y claro, eso les tiene que costar una pasta. O te cuentan “Es que son como las que usan los conductores de Fórmula 1. Son como las que lleva Fernando Alonso”. Claro, estupendo. Pero Alonso va sentadito en su monoplaza, con los piececitos en los pedales. Alonso no tiene que caminar por la calle expuesto a que le pisen, a joderse los pies paseando por el enguijarrado casco antiguo de la ciudad. Alonso no corre el peligro de atravesarse la fina suela de su cómoda y carísima zapatilla (y de paso el pie) con una botella rota de Heineken. “Piensa en verde”, te dicen mientras te desangras. “¿Piensas en verde, tío?”. Lo dudo, salvo que tu puta madre sea verde.

Pero lo caro que sale utilizar este tipo de calzado no se debe únicamente al precio individual de cada par. El problema es que no basta con tener un solo par de estas zapatillas. Hay tantos modelos, y se pasan tan rápido de moda, que tienes que comprar más. Son de colores tan cantosos que corres el riesgo, si te las pones demasiado, de que tu o los demás os aburráis de verlas. A esto se suma que, como son tan delicadas, enseguida se te ensucian, y tienes que renovar tus existencias.
Uno está tan contento porque se acaba de comprar unas maravillosas zapatillas de un hermoso azul turquesa, pero no encuentra el momento de ponérselas (¿Verdad, Richard?). ¿Y si llueve? ¿Y si me tiran encima una coca cola? ¿Y si me pisan? Para sacarlas a la calle tienes que contratar a un equipo de guardaespaldas que formen a tu alrededor un perímetro de seguridad que evite que nadie se te acerque. Y si esto ya te sale carísimo, la cosa ya se vuelve insostenible si pretendes ir a Pachá. Allí, como ya he dicho, ya es obligatorio ir en zapatillas para poder entrar, por lo que tus guardaespaldas tienen que llevar también calzado deportivo, y por lo que ellos requieren de su propio perímetro de seguridad, que a su vez también debe llevar zapatillas y perímetro de seguridad, y así hasta el infinito. Así vas por la calle, siendo el centro de un interminable número de círculos concéntricos de seguratas, como si fueras Neo en Matrix Reloaded, rodeado de miles de agentes Smith (en este caso, agentes John Smith). Vas tu solo a Pachá, y lo llenas con tu séquito.
Aforo completo.
¿Hay mucha gente?”
No, sólo un tío con zapatillas turquesa. Y sus machacas.
Salir en ese plan te cuesta un pico. Y además, así no hay quien ligue.

Además de esta “revolución de las zapatillas”, el otro hecho importante relacionado con la moda al que aludía al principio de este artículo tiene que ver con unas de esas camisetas con frasecita. Hay miles, como sabéis, pero sólo citaré tres ejemplos que me llegaron especialmente.
La primera camiseta rezaba “I’m an icon” (“Soy un icono”, traducido literalmente). Nunca entendí muy bien qué quería decir, pero viendo con que chulería la portaban principalmente gays y metrosexuales (del griego “metro” –estar a punto de-, y “sexual” –volverse maricón-), aquello quería decir algo así como “Soy más chulo que un ocho”. Aquel despliegue de humildad hizo que se me ocurriera que tal vez sería divertido y, ¿por qué no? económicamente lucrativo, crear una contrapartida a aquella camiseta, y diseñar otra con una frase ingeniosa como respuesta a semejante arrogancia. Puse manos a la obra, y cuando tuve el texto decidido contacté con varias empresas de moda para averiguar si estarían dispuestos a confeccionar camisetas con la frasecita de marras. ¿Resultado? Casi tengo que abandonar el país. Fui víctima de una fatwa que ríete tú de la de Shalman Rushdie, y me vi obligado a cambiar de nombre y operarme la cara para no ser reconocido.
¿Por qué todo esto? Pues porque cometí un grave error de cálculo, La frase que escribí como respuesta al “I’m an icon” era “What you are is a mar-icon” (“Lo que tú eres es un ...” bueno, el resto no requiere traducción, ¿verdad?). Y claro, se prestaba a que fuera mal acogida por el colectivo gay. Y como quiera que la industria de la moda está, casi por entero, en poder de los gays, se comprenderá que cuando me puse en contacto con ellos fue como si yo mismo me pusiera el cañón de la pistola en el pecho.
Los gays están por todas partes. En la moda, en el espectáculo, en las artes, en la Iglesia... Parece como si ahora lo raro fuera ser hetero (ya veréis como al final será obligatorio ser gay para entrar en Pachá). Y esta situación me lleva a otra camiseta contundente que gustó tanto que no tuve más remedio que comprar una. La camiseta (negra), con una tipografía sencilla (blanca), decía “Por favor, cierren ya el armario”.
Sin más comentarios.
De lo que posiblemente sí hable en otra ocasión será de la tienda en la que compré esta prenda.

Pero la frase que más me dio que pensar fue, sin duda, una que vi estampada en una camiseta de tirantes que llevaba una tía moderadamente maciza: “I have the pussy, so i make the rules”, decía, lo que, traducido libremente, vendría a ser algo así como “El coño es mío, así que aquí mando yo”.
Aquellas líneas me impactaron. ¿Cuántos tomos tiene la Enciclopedia Británica? ¿Cien? Allí estaba, sobre las tetas de aquella tía, todo lo que un hombre necesita saber sintetizado en una sola frase.
Genial.
Y es que así es la realidad. En cuestiones de sexo, ellas mandan. Ellas tienen el pussy, así que marcan las reglas, y nosotros estamos a su merced, dispuestos a hacer cualquier cosa por conseguirlo, como depilarnos, bailar, ir a Pachá...
Siempre ha sido así, y siempre lo será. Ellas lo saben. Y cada vez lo saben antes.
Ahora ves a las niñas de 13 años (vestidas como si tuvieran 18), y notas en su mirada que lo saben. Lo notas observando cómo se ríen de sus amigos que hacen el gilipollas delante de ellas para llamar su atención. Pobres chicos. Lo que les queda por sufrir.
Desde aquí lanzo un ruego a todas las mujeres, para que tengan un poco de consideración con nosotros. Si no por caridad, sí por cierta deuda histórica que la humanidad tiene contraída con el género masculino. Las mujeres saben de nuestros instintos sexuales y, según la camiseta, se aprovechan de ellos para dominarnos. Es muy fácil decir despectivamente “Es que los tíos pensáis con la polla”. Y puede que sea cierto, pero es que la naturaleza nos ha diseñado así, Implantó ese impulso en nosotros para que, por encima de cualquier otra consideración, intentásemos cepillarnos a una tía a toda costa. Y ha sido ese fuerte instinto el que ha servido para que nuestra especie se perpetuase.
Si pensáramos con otra cosa que no fuera la polla, los sábados por la tarde de la prehistoria nos hubiéramos quedado a salvo metidos en nuestra cueva, o encaramados a nuestro árbol, en lugar de arriesgarnos a que un dientes de sable se nos merendase al salir a intentar echar un casquete.
No era fácil ser un cro magnon.
Ni resulta fácil ser un homo sapiens.
No lo olvidéis, chicas, gracias a ese instinto que tanto os molesta ahora, hoy seguimos existiendo. Gracias a él hemos llegado hasta donde estamos. Gracias a él existe Sexo en Nueva York y Mujeres desesperadas. Así que, por favor, unos momentos de reflexión antes de escupirnos cuando intentamos ligar con una de vosotras, porque también nosotros tenemos un límite. Algún día nos cansaremos de esta situación, y comenzaremos a ignoraros, a pasar de vosotras, y entonces lloraréis y suplicaréis.
Ahora vienes en plan humilde ¿no? Después de haberme humillado, despreciado y avergonzado, después de todo lo que me has hecho a lo largo de estos años vienes hasta mí, tan tranquila ¿y pretendes que lo olvide todo, no? Así, sin más. ¿Pretendes que te invite a una copa, como si no hubiera pasado nada, no? ¿Pues sabes lo que te digo, guapa? Que venga. ¿Qué quieres tomar?

Referencias

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Comentarios

  1. Buenísima definición del sexo masculino, y en este caso del hetero, del que estoy ya bastante curtida de aprender, pocas sorpresas me podría llevar de vosotros. Me reitero; increible imaginación, nunca hubiera dicho que se podría escribir tanto sobre el tema de camisetas y playeras. De todas formas, estoy segura, que te pongas lo que te pongas, tú nunca perderás tu encanto. ¿Para cuándo unas copitas en el Pachá?

    Comentario de Susana hace 2 años y 27 meses

  2. La polla tí. Muy bueno. Llego con un poco de retraso a este post me temo, pero ha valido la pena.

    Yo tengo un decálogo (o mejor, treinta y tantos-cálogo) sobre los modos de comportamiento de las \\\\\\\\\\\\\\\\

    Comentario de miguel hace 11 meses y 3 dias


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