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Donde no me llaman

Vidas ejemplares

Escribí esto sobre el 94, creo que influenciado por cierta famosa novela que acababa de leer. ¿Alguien adivina cuál? El protagonista es la mejor pista.

A la cárcel.
Francisco García de la Rosa iba a ir a la cárcel, y era incapaz de asimilarlo.
La cárcel era un lugar apropiado para asesinos, ladrones, homosexuales, ateos, comunistas, y demás escoria social, diseñado con el fin de que fueran acostumbrándose en este mundo al infierno que el Señor les tiene, con toda justicia, reservado en el otro; pero no para ciudadanos modélicos como él, quien, hijo de una buena familia, había sido educado en el respeto a los Mandamientos de Dios, y a los valores tradicionales.
Claro que no era raro que este tipo de injusticias y aberraciones sucedieran en un país que, a la espera de la gloriosa vuelta al poder de sus legítimos dirigentes, estaba gobernado por anarquistas irrespetuosos que estaban corrompiendo los ancestrales fundamentos de la Patria. Sólo los rojos podían permitir que una buena persona fuera encarcelada por ejercer su legítimo derecho a la defensa propia. Era cierto que aquel negro había resultado muerto, sí, pero no era menos cierto que, de no haber actuado así Francisco y sus cinco amigos cuando aquel energúmeno se les acercó con la, sin duda, falsa excusa de preguntarles una dirección, Dios sabe lo que hubiera sucedido. Con toda seguridad hoy formarían parte de las estadísticas de sucesos, sobre todo teniendo en cuenta la corpulencia del africano, de la que García podía dar fe, ya que él mismo había colaborado a sujetarle los brazos.
Francisco, de talante tolerante, podía comprender que el público en general, ignorante de los detalles del caso, pudiera reprocharle cierta vehemencia a la hora de defender su amenazada vida, pero comprendió que la decencia ya no tenía lugar en la Nación al ser decretado su encarcelamiento por aquel tribunal que, sin duda manipulado por elementos que buscan la desintegración social, dio a entender con su veredicto que un delincuente extranjero vale más que un buen patriota de contrastada honestidad. De nada sirvió su trayectoria de total rectitud, desde sus años de servicio a la Iglesia actuando como monaguillo, hasta el momento actual, en el que se dedicaba a cuidar de su anciana madre. Prefería vivir con ella, merced a la pensión de viudedad que percibía desde el fallecimiento de su padre, el cual había dejado un tremendo hueco entres sus compañeros allí en la dirección de las Fuerzas de Seguridad del Estado, en lugar de disfrutar de un relevante puesto que, fruto de una educación superior, hubiera alcanzado con toda justicia dentro del mercado laboral.
Pero si había algún elemento del que se sentía particularmente orgulloso dentro de su, ya de por sí, sobresaliente biografía, era el capítulo referente a su relación con Maruchi Espliú. Se conocieron durante el curso preparatorio para la Confirmación, y en aquel crisol de almas argentinas se descubrieron como espíritus gemelos. Allí comenzó una relación que duró ocho años, y Francisco podía proclamar orgulloso que durante todos ese tiempo el contacto físico entre ellos se había limitado a algún tímido y casto beso en la mejilla, o a algún sincero estrechamiento de manos. Habíanse prometido el uno al otro no ceder a las alienantes tentaciones de la carne hasta que el sagrado sacramento del matrimonio bendijera aquellas prácticas, las cuales, en otro ámbito, reducen al ser humano a una piltrafa sin dignidad, desprovista de espiritualidad y respeto al prójimo.
Fueron años duros, años en los que Francisco se vio obligado a tomar frecuentes duchas de agua fría, con el consiguiente ahorro de butano, ahorro que llegó a tales extremos que la compañía del gas creyó en varias ocasiones que la familia García se había mudado de domicilio dado que el consumo registrado era prácticamente nulo, situación en la que colaboraba su madre, quien, tras décadas de religiosidad y purificación espiritual, había trascendido de la pecaminosa envoltura física, no requiriendo ya ningún tipo de higiene terrenal, con lo cual su contacto con el líquido elemento se limitaba a una tímida y semanal inmersión digital en la pila del agua bendita.
Pues bien, toda una vida de rectitud no había influido en aquel tribunal herético, y se veía condenado a sufrir la insufrible vida dentro de prisión. Pero Francisco se tomó aquello como una muestra más de que, sin duda, Dios le contaba entre sus elegidos y trataba así de probar su valía.
A lo largo de su vida había sufrido, por dos ocasiones, tremendos reveses que había sobrellevado con ejemplar entereza. El primero fue su exclusión del servicio militar a causa de sus agudos problemas visuales, lo que le privó de lo que siempre había sido uno de sus grandes anhelos: el servicio a la Patria. El segundo golpe del destino fue la renuncia de Maruchi a continuar su noviazgo, decisión motivada por la posibilidad, que ella estaba sopesando, de ingresar en alguna orden religiosa. Aunque la cercanía espiritual que experimentó respecto a los mártires de la Iglesia, y las conmovedoras razones de su compañera, hicieron que Francisco recuerde con gozo aquel momento, e incluso se sintió orgulloso de tener a Dios como rival en el corazón de una mujer. Claro que tal vez se sintiera menos ufano si supiera que mientras Maruchi le contaba aquella historia estaba liada con un macarra que trabajaba de guía en una excursión a Lourdes y que le cayó muy bien a la chica porque sabía el día del año en el que se glorificaba a cada santo, y aceptó que él la invitara a una cena íntima porque la muy idiota pensaba que aquello era “ver mundo”. Y cuando después, en el hotel, las cosas fueron a más, y ella dijo que quería ser fiel a su novio y llegar virgen al matrimonio, el macarra respondió que le parecía muy bien, pero que se diera prisa en quitarse las bragas. Después de media hora de gritos y suspiros, los dos se reían como locos. ¿De qué se reían? De Francisco.
Así que, aunque García de la Rosa aceptaba con gran entereza aquella nueva prueba divina, temía que la dantesca vida en prisión modificara su cándido carácter. Temía que la continuada convivencia con individuos de tan baja catadura moral pudiera desviar, aunque fuera un ápice, su inmaculada trayectoria vital. Temores que se revelaron fundados pues, la primera noche que pasó en prisión, Francisco violó a su compañero de celda.

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Comentarios

  1. Por el ritmo endiablado me recuerda a Gabriel García Márquez. Muy divertido. De qué me suena esa historia del butano... jeje. Un abrazo.

    Comentario de Andolini hace 2 años y 28 meses


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