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Donde no me llaman

Nostalgia I: Alien

Un pequeño recuerdo acerca de cóm viví el estreno de Alien, el octavo pasajero, a finales de los setenta.

El cartel original de la película resultaba bastante enigmático. Aquello podría parecer una extraña fotografía de temática gastronómica. ¿Un nuevo restaurante exótico? ¿El nuevo menú de una cadena de comida rápida? La foto no revelaba mucho, y parecía más bien abstracta: algo así como un huevo dramáticamente iluminado flotando sobre un gofre. Y el nombre, Alien, tampoco aclaraba nada. ¿Un nuevo desayuno supernergético? Eso sucedía cuando se estrenó la película, hace más de un cuarto de siglo, claro: dudo que en la actualidad exista alguien tan desinformado como para reconocer ese cartel: el cartel de una de las películas más influyentes de la historia, no sólo dentro de su género, sino del cine en general.
Para todos los amantes de la ciencia-ficción, sobre todo para aquellos que vivimos su estreno, Alien es algo más que una película (algún listo dirá que claro, que en realidad son cuatro, pero no me refiero a eso), y creo que todos recordamos cómo nos impactó la primera vez que la vimos, el juego que ha dado desde entonces, las imitaciones que ha originado, etc. Para los amantes del género pensar en Alien es evocar muchos recuerdos y sensaciones. Aqui van algunos de los míos.

Si en 1979 yo tenía noción de que alguien se encargaba de dirigir las películas, desde luego era una noción muy vaga. Era una cuestión que no me preocupaba. El cine me apasionaba, pero no me detenía en cuestiones tan etéreas. Lo que me importaba era la historia que me contaban, de qué iba la peli, y mi interés por su ficha técnica no pasaba de recordar los nombres de algún intérprete. En este contexto de desinformación las películas se te echaban encima de repente. Ahora, aparte de que procuro estar al día de la actualidad cinematográfica, el bombardeo promocional al que nos vemos sometidos deja poco lugar a las sorpresas, pero en aquel entonces no tenía información acerca de ningún estreno hasta que lo anunciaban en la tele pocos días antes de su puesta en circulación.
Al menos esto es lo que sucedía con la mayoría de las películas. Pero había excepciones, claro. Había casos, como por ejemplo el de Superman, en los que la película venía precedida por noticias acerca de su estreno en EEUU, y sus resultados en taquilla. Lo mismo pasó con Alien. Comentarios acerca de terror sin límites e infartos en las salas ya habían llegado hasta mí. Ahora suelo recibir con sonoros bostezos estas burdas técnicas comerciales, pero hace 25 años este tipo de cosas me dejaban huella, y disparaban mis deseos de ver la película. Más tarde, el trailer me puso los dientes totalmente largos. No es que mostrase gran cosa (de hecho, el único bicho amenazante que aparecía por allí era un gato que enseñaba los dientes), pero esa ambientación claustrofóbica que se intuía, esa iluminación tan agobiante, ese no saber cuál era la amenaza ni cómo era el monstruo le metían a uno el miedo en el cuerpo. Y, como colofón, esa brillante frasecita que ya ha pasado a la historia del marketing cinematográfico: “En el espacio nadie puede oír tus gritos”. Es que ya te morías de impaciencia. ¡Pero por qué gritan los protagonistas? ¡Qué es lo que les asusta?
Como uno aprende en esta vida (aunque entonces no lo pareciera), todo llega. Y llegó el estreno de Alien, el octavo pasajero.
Me acerqué a los cines Avenida, en Bilbao, y saboreé las fotos promocionales de la película sin apenas poder creer que ya estuviera a punto de ver tan ansiado filme. Me acerqué a la taquilla, y entonces vi aquel maldito cartel: “Película no tolerada para menores de 16 años”. Bilbao no es el espacio exterior, de modo que allí sí se pudieron oír mis gritos.
Sé que a los más jóvenes esto les resultará extraño, pero entonces te podían impedir entrar en un cine si no tenías la edad adecuada. Las clasificaciones actuales son orientativas, pero no prohibitivas. Es decir, un menor puede entrar a ver cualquier película (salvo las clasificadas “X”). Pero entonces no. Si ponía “No tolerada para menores de 16 años”, es que no podías entrar si no tenías 16 años. Algunas veces a la clasificación se le añadía la coletilla de “y menores acompañados”, lo que significaba que, a pesar de no tener la edad requerida, se podía entrar a ver la peli siempre que te acompañase un adulto. Con poca convicción pregunté al taquillero sobre la posibilidad de entrar “acompañado”, pero tampoco hubo suerte. La película debía de ser tan dura que ni solo ni acompañado, como si el menor fuera a sufrir graves trastornos psicológicos ante sus imágenes. Menuda putada: una película potencialmente letal para mi psique cuasi-infantil, y yo sin poder verla. Estaba tan aturdido que no sabía qué hacer. Me moría de ganas por ver la película, pero era imposible.
Para entender bien la causa de mi desolación debo hacer un inciso. Muchos de vosotros sois jóvenes que se han criado rodeados de la sofisticación tecnológica de la que hoy disfrutamos, y esto hace perder la perspectiva histórica. Para quienes estén convencidos de que cuando los cavernícolas salían de caza se llamaban los unos a los otros al móvil para decirse “El mamut va para allá. Cuando vaya a llegar a tu altura te hago una llamada perdida”, unos pequeños apuntes históricos. Las cosas se inventan en un determinado momento, y antes de eso la gente tiene que vivir sin ellas, por extraño que les parezca a las generaciones que vienen detrás. En la actualidad es más difícil que alguien se desespere por no poder ver una película en el cine, ya que las opciones son mucho mayores. Imaginad que los padres modernos tuvieran alguna autoridad sobre sus hijos adolescentes, y que uno de estos progenitores prohibiese a uno de sus vástagos asistir a ver determinada película. El chaval bien podría tomarse esta prohibición al estilo “norteamericano”, es decir, realizando prácticas de tiro utilizando a sus compañeros de instituto como blancos móviles, o bien reaccionar de forma más pragmática. El chaval no tendría más que conectarse a internet y, gracias a su conexión ADSL, descargarse la película en un par de días. De acuerdo que no es lo mismo que verla en casa que en un cine, pero es mejor que nada.
Imaginemos que el chaval no tiene conexión a internet, ni, ya puestos, ordenador. ¿Hay alguna posibilidad de que no tenga un amigo que disponga de dicho equipamiento y que le permita verla? Sabemos que no existe prácticamente ninguna posibilidad. Pero imaginemos que sí, que el chaval pertenece a una pandilla de analfabetos informáticos que aún no han descubierto que los ordenadores comprados para “ayudarlos en sus estudios” son inagotables fuentes de placer onanista (puede que en los últimos años haya descendido el volumen de espermatozoides, pero estoy seguro de que, a causa del porno que se descargan los chavales y los chats eróticos, se produce más esperma que nunca). ¿Qué pasaría entonces con ese pobre chaval que no puede conseguir la película en internet? Pues que tendría que esperar entre 3 y 6 meses para poder alquilar la película en vídeo o DVD. Hay que esperar, pero tampoco es una tragedia. Bueno, pongamos que sí es una tragedia y el tío no tiene vídeo, ni DVD, ni sus amigos tampoco; esto sólo puede suceder si nuestro chaval pertenece a los Amish, al Opus, o alguna otra secta blanquea-cerebros, y claro, en ese caso, el no poder ver una película es el menor de sus problemas.
Lo que quiero decir es que, en la actualidad, y salvo en algunos casos excepcionales, hoy te puedes ver casi cualquier película dentro de un plazo razonable. Pero no era así en el 79. No había internet, por supuesto, salvo tal vez en el pentágono, y allí sólo debían de tener películas de John Wayne, de Ronald Reagan o Charlton Heston. Ni siquiera había vídeos, ni los habría en el ámbito doméstico hasta bastante tiempo después (en mi casa tuvimos el primero en 1982, y fuimos bastante precoces). Tampoco había plataformas digitales en las que confiar en ver Alien dentro de un par de años. No había esperanza, porque tampoco sabíamos que todas estas innovaciones fueran a llegar. Salvo que la película fuera repuesta años después, cuando uno ya fuera mayor de edad, la cosa pintaba muy mal. La quitarían de los cines en unos meses, y no podría verla.
A joderse tocaban.
Sin saber muy bien cómo, pude seguir adelante con mi vida.
Pasaron los meses y, efectivamente, Alien desapareció de las pantallas de Bilbao.
Un tiempo después fui con mis padres a Madrid a visitar a un tío que tenía allí. Una tarde paseábamos por la ciudad cuando, al pasar frente a un cine, me quedé parado ante su puerta: allí aún estaban poniendo la película de Ridley Scott. Le expliqué a mi tío que me moría de ganas por entrar, pero que no me iban a dejar por la edad. Mi mirada debió de conmoverle, así que me dejó allí con mis padres, y se fue directo a hablar con el portero del cine. No sé lo que le contaría a aquel señor, pero conociendo a mi tío no me extrañaría que le explicase que me hacía mucha ilusión ver la película, pero que seguramente no llegaría a cumplir los 16 años exigidos a causa de un terrible cáncer. Fuera lo que fuera, le convenció, y diez minutos después estábamos sentados en la sala a punto de ver, por fin, Alien, el octavo pasajero. Huelga decir que mi tío se convirtió inmediatamente en mi héroe personal.
Como podréis imaginar, la película me entusiasmó, y me enamoré inmediatamente de Sigourney Weaver. Pero también comencé a comprender que los comentarios sensacionalistas que preceden a los estrenos no siempre se ajustan a la realidad: la película era inquietante, pero no parecía que pudiera producir un infarto a nadie. Lo cierto es que no me dio demasiado miedo, ni los sustos me sobresaltaron excesivamente. Pero no porque la película no fuera angustiosa, sino porque para entonces ya me había leído como 40 veces la adaptación al cómic que Bruguera editó poco después de estrenarse el filme. Ya que no pude ver la película no paré hasta conseguir el cómic, y cuando lo conseguí lo devoré con ansiedad. Todos sabemos que la mayoría de las adaptaciones al comic de películas de éxito son bastante mediocres. No suelen funcionar como obra independiente, y normalmente no tienen mucho que ver con lo que luego se ve en la pantalla, supongo que porque los responsables del comic no suelen tener acceso al guión, ni los escenarios, ni los diseños de vestuario definitivos. Pero la adaptación de Alien es una excepción. La obra de Archie Goodwin y Walter Simonson no sólo es un excelente comic por si mismo, sino que la fidelidad narrativa y estética a la película es casi absoluta. Y fue esta fidelidad la que hizo que ya me supiera de memoria la película cuando la vi, por lo que no me quedaba lugar para la sorpresa. Pero ¿qué importaba? Eso no me impidió disfrutarla por fin: me encanta volver a ver mis películas favoritas aunque las conozca de memoria, y ya no llevo la cuenta de las veces que he visto a Ripley freír al alien con los propulsores del Narcissus.

El estreno de Aliens, el regreso, me cogió más desprevenido que el de su predecesora. Por supuesto corrí a verla junto con un gran amigo mío también enamorado de la obra de Ridley Scott, Andoni Gracia (premio al mejor actor en el Festival de cine de Locarno por A la revolución en un dos caballos, y futura estrella televisiva y cinematográfica). La película nos agarró y no nos soltó hasta el final. Babeamos con el diseño de producción (el robot de carga manejado por Ripley nos hizo mirarnos boquiabiertos); nos hicimos amigos de los personajes (el bocazas Hudson, el fascinante Bishop, y esa Vazquez...); y el frenético ritmo creado por James Cameron nos dejó sin respiración. Aquí había más bichos, más armas, y aunque la narración era, si se quiere, menos sutil, en lo referente a poner nervioso al personal esta segunda entrega no desmerecía a su predecesora. Yo, personalmente, pasé bastante más miedo viendo la secuela que el original, y cuando al final de la película los protagonistas regresan a la Sulaco creyéndose a salvo, sólo para encontrarse con la reina alien, mis nervios, por utilizar un término futbolístico, ya estaban “pidiendo la hora”. Pocas veces lo he pasado tan mal viendo una película. Aliens nos pareció soberbia, magnífica, angustiosa... ¿Qué más puedo decir? Nos encantó, y al día siguiente volvimos de nuevo a verla.
Ahora no me preguntéis cuál de las dos películas prefiero.

Luego llegaron la tercera y la cuarta entrega. Pero ni la peli de David Fincher (Alien 3), ni mucho menos la de Jean-Pierre Jeunet (Alien: Resurrection) han hecho otra cosa que testimoniar el declive de la saga. Hace años que se escuchan periódicos rumores acerca de una quinta entrega que pudiera estar centrada en una hipotética llegada de los letales xenomorfos a la tierra. Pero si tenemos en cuenta que, primero el personaje de Ripley (el auténtico eje de la saga, incluso por encima de los aliens), ha ido perdiendo interés a medida que se le ha ido clonando y mezclando genéticamente con otras especies; y, segundo, Sigourney Weaver, ya está un poco mayor para estos trotes, pocas esperanzas quedan de una nueva entrega mínimamente interesante. Dado lo rentable de la franquicia la Fox seguramente no dudará en sacarle partido a la saga, como ya hizo con ese Aliens Vs. Predator, pero estos inventos, aunque puedan resultar rentables para la productora, casi nunca dejan satisfecho al buen aficionado.
Pero al buen aficionado, aquel que disfruta revisando una y otra vez sus películas favoritas, siempre le queda, por supuesto, la posibilidad de viajar en el tiempo y el espacio para adentrarse, como hizo hace muchos años, en los pasillos de la sobrecogedora Nostromo.

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