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Donde no me llaman

Putos cobardes

Al principio de Stardust memories, Woody Allen nos ofrece una metáfora sobre su propia vida con la que muchos espectadores se sentirán seguramente identificados. La secuencia nos muestra al actor-director a bordo de un tren detenido en una estación, dentro de un vagón deprimente, repleto de gente triste y gris. A través de la ventana, el personaje de Allen observa que en la vía contigua existe otro tren, también detenido, pero éste abarrotado de personas alegres y atractivas que celebran una gran fiesta en la que todos lo pasan estupendamente. La voz en off del personaje reflexiona acerca de lo lamentable que es su vida en comparación con la de sus semejantes, que parece siempre mucho más divertida que la suya.
¿Quién no ha tenido alguna vez la misma sensación?
Muchas veces envidiamos lo que los demás tienen, o la forma en la que los demás viven. O, aunque no tengamos referencias directas, siempre existen cosas que nos gustaría cambiar de nuestra vida. Quien más quien menos, todos deseamos vivir de forma distinta a cómo lo hacemos, dejar nuestros trabajos por otros que no nos hagan sentir miserables, declararnos a la mujer que amamos, y, en definitiva, conseguir cosas que no tenemos.
Todos tenemos sueños.
Pero son pocos quienes reúnen el valor suficiente para luchar por conseguirlos, ya que este empeño supone muchas veces arriesgarse a perder la posición social o económica que se posee, sufrir decepciones, ser rechazado, arriesgarse a la burla y al rechazo social, o, simplemente, afrontar el fracaso. Por todo esto, son pocos los que se arriesgan y se lanzan sin red para conseguir aquello que desean.
Los demás nos limitamos a mirar desde la barrera, quejándonos por la situación que nos toca vivir, y dedicándonos al mismo tiempo a racionalizar nuestros temores, a inventar excusas que nos permitan justificar nuestra pasividad, nuestra falta de coraje para tratar de cambiar lo que no nos gusta.
Cuando alguien nos pregunta por qué no luchamos por conseguir lo que deseamos, recurrimos a los tópicos más patéticos: “Tu lo ves todo muy fácil”, “Las cosas son más complicadas de lo que parecen”, “Eres muy joven para entenderlo”, “Las cosas se ven muy distintas desde fuera”... Frases escritas con la tinta amarilla de la cobardía tras las cuales nos refugiamos mientras seguimos rumiando nuestras miserias. Y envidiando.
Envidiando a quienes sí tienen las pelotas para hacer lo que hay que hacer.
Envidiamos a quienes dejan la oficina para crear su propia empresa o dedicarse al mundo de la canción. A quienes se divorcian porque no son capaces de seguir fingiendo más tiempo, y quieren vivir con la persona que aman realmente. A quienes se fugan con su novia y se dedican a recorrer el mundo con una mochila a la espalda. A quienes, en definitiva, inician el viaje, dejándonos en el andén llenos de temor.
¿Temor a qué? Sobre todo, temor a que lo consigan.
Por esta razón, cada vez que alguien fracasa tratando de alcanzar un sueño los demás nos alegramos. Tal vez no lo hacemos conscientemente, pero nos alegramos. El fracaso de los demás nos reconforta, ya que refuerza nuestras posturas. Demuestra que no merece la pena arriesgarse en quimeras, que lo más inteligente es conformarse con lo que se tiene, y no jugarse lo que se ha conseguido en la persecución de unas metas que nunca podremos alcanzar.
Por otra parte, si alguien tiene éxito, inventamos excusas para impedir que podamos aplicarnos sus ejemplos: “Para él era muy fácil: no tenía hijos”, o “Tenía a sus padres que le apoyaban”, o “Si yo tuviera la pasta que él tenía, también lo hubiera hecho”. En definitiva “Me hubiera gustado verle en mi situación, a ver qué hubiera hecho”. Todo con tal de alejar la idea de que tal vez debiéramos seguir sus pasos, tratando de demostrar que nuestra situación es mucho más difícil que la de esos triunfadores. Tonterías, ya que todos conocemos casos de personas que han luchado y vencido frente a las condiciones más adversas.
Pero esa realidad no nos hace cambiar de opinión: hay que enterrar los sueños para evitar que oculten la realidad, y te hagan arruinar tu vida.
¿Vida? ¿Puede llamarse vida a esto?
Tal vez deberíamos replantearnos esta definición.
Continuamente se nos trata de convencer de que la forma madura y responsable de conducir nuestra vida consiste en seguir la corriente marcada por la sociedad, y no tratar de luchar contra ella. Una filosofía que supone, en la práctica, no afrontar quién se es en realidad, ni lo que se quiere llegar a ser. Si esa es la forma inteligente de vivir, me temo que habrá que concluir que la inteligencia está sobrevalorada. O, simplemente, tal vez estén equivocados quienes nos tratan de convencer de que nos quedemos quietos donde estamos.
Tal vez lo inteligente sea tratar de exprimir al máximo nuestras posibilidades y dejar de quejarnos para pasar de una puta vez a la acción. Tal vez debamos dejar de quejarnos de lo que tenemos, y debamos luchar para conseguir lo que queremos. Por supuesto que el riesgo existe, y que no todos llegan a la meta, pero resulta mucho más frustrante y empobrecedor no haberlo intentado siquiera. La felicidad no está sólo en el objetivo, sino, sobre todo, en el camino que nos lleva hasta él.
Si lo pensamos bien ¿qué alternativa queda? Las opciones son, o bien resignarnos a una vida de frustración y de continua queja, o aceptar de una vez quiénes somos, y trabajar para vivir de acuerdo con ello. En realidad no existe elección. O, al menos, no debería existir.
En la maravillosa Cadena perpetua, escrita y dirigida por Frank Darabont, el personaje de Tim Robbins hacía una simple pero profunda declaración de principios: todo se reduce a “empeñarse en vivir, o empeñarse en morir”.
Deberíamos pensar en ello, ya que parece que, aunque todos deseamos ser felices, en realidad nos da miedo serlo.
Volvamos a la secuencia de Stardust memories. Woody Allen se pregunta por qué a él le ha tocado ese vagón, y no el otro, una cuestión que, como he comentado, todos nos hemos planteado alguna vez. El director plasma la triste estampa de forma bastante deprimente, como si se tratara de una condena irreversible fijada por el destino, ese inexistente destino que muchos utilizamos como coartada para no intentar cambiar las cosas. Allen nos cuenta la historia como si aquello no tuviera solución, como si su eterno pesimismo impidiese a su inteligencia llegar hasta una solución que resulta obvia, aunque muchos seamos incapaces de verla. ¿Por qué, simplemente, no apearse y cambiar de tren?
Seguramente no será fácil, pero ya sabemos lo que nos espera si no lo intentamos.

Referencias

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Comentarios

  1. Tan duro resulta estar en el vagón de Woody Allen como estarlo en el otro, tan solo cambia el punto de vista, por que después de toda fiesta viene siempre la resaca. La vida está llena de idas y venidas de un vagón a otro.
    ¿Cuantos vagones has ido dejando pasar tras de ti?, seguro que has estado más de una vez en el otro.

    Comentario de AMANDA hace 2 años y 34 meses

  2. Muy interesante entrada.

    Saludos.

    Comentario de MARIANA hace 2 años y 34 meses

  3. Hola de nuevo. Hacía meses que no entraba a leerte porque estaba ocupada cambiando de vagón. Cuando he leído esto último me he quedado un pelín sorprendida. A mis 31 años he cambiado 3 veces de tren (de vida) de una forma radical, lanzándome sin red y, aunque en ocasiones me he dado un buen trompazo ( para estos casos se agradece un buen psicólogo aunque las cicatrices se queden de por vida), no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Prefiero arriesgarme a quedarme como estoy, si es que no estoy bien. Lo que me ha sorprendido es lo que dices de que los demás se alegran de que te la pegues. Eso sí que no lo entiendo. Sé que ha habido ocasiones que alguien sí que se ha alegrado por dentro, pero siempre he creído que era por ser malas personas. No sé. Me da igual lo que piensen, a mí que me quiten lo "bailao", pero sí que me dejas pensando si es un sentimiento general.
    Un saludo e intentaré leerte más a menudo (qué bonita expresión: a menudo, a chiquito, ...)

    Comentario de Lerenda hace 2 años y 30 meses

  4. interesante refLexiOn.

    Comentario de clarkito hace 2 años y 30 meses


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