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Donde no me llaman

La visita al urólogo

-¿Sabes en qué se parece ir a la consulta del urólogo y subirte a un ring de boxeo?
Durante un segundo no comprendí que aquel idiota estaba hablando conmigo.
-Perdone ¿Cómo dice?- Le pregunté cuando me di cuenta de que sus ojitos de cerdo risueño me miraban directamente.
-Que si sabes en qué se parece ir a la consulta del urólogo y subirte a un ring de boxeo.
El tipo insistía en tutearme pese a que yo le había tratado de usted deliberadamente. Sin duda estaba tan entusiasmado ante la idea de explicarme la gracia del chiste que había olvidado cualquier protocolo referente al trato con los pacientes, suponiendo que aquel lugar tuviese algo parecido. Lo cierto es que yo no estaba para bromas. Había perdido toda la mañana entre atascos de tráfico y colas de sufridos pacientes que, como yo, tan sólo necesitaban una cita para un reconocimiento médico. Como todos los años la empresa se preocupaba por nuestro estado de salud, obligada, claro está, por la compañía de seguros. Nada nuevo. Pura rutina.
O casi.
Este iba a ser mi primer chequeo como cuarentón, categoría que había obtenido seis meses atrás. Yo me sentía igual de bien que el año pasado, pero las estadísticas parecían augurar todo tipo de males al haber entrado en mi quinta década. Por lo vistos los riesgos se habían multiplicado desde mi último cumpleaños, de forma que había que someterme a más pruebas que antes ya que las enfermedades que podría sufrir ahora también serían muchas más. Entre las pruebas obligatorias a las que ahora debería someterme estaban aquellas encaminadas a descartar cualquier problema con mi próstata o mi colon, regiones de la anatomía muy poco elegantes, que parecen no existir hasta esta edad, pero cuya mala leche parece desatarse al cumplir los cuarenta.
Por todo esto me encontraba ahora solicitando una cita para el urólogo, y tenía que aguantar a este funcionario imbécil, y sus imbéciles chistes, mientras mostraba una enorme sonrisa en su sonrosada y oronda cara, seguramente convencido de que era el tipo más gracioso del universo. Evidentemente no iba a poder marcharme de allí sin librarme del segundo acto de aquella divertidísima adivinanza, entre otras cosas porque no acababa de decirme la hora de mi cita. Tenía el dato como rehén, y no estaba dispuesto a soltarlo hasta que aceptase sus condiciones de secuestrador: escuchar el puto chistecito.
Finalmente, con los ojos en blanco, tuve que ceder.
-Me rindo. ¿En qué se parece ir al urólogo y subirse a un ring de boxeo?
El tipo me lo dijo, casi sin poder esperar a terminar para estallar en carcajadas, mirando a su alrededor, como esperando que sus compañeros y el resto de los pacientes estallaran en aplausos, le hicieran la ola, o algo por el estilo. Por supuesto, nada de eso pasó.
La broma no tenía ninguna gracia, pero me vi obligado a esbozar una sonrisa y murmurar un falso “Muy bueno” para poder enterarme de cuándo me tocaba la consulta. Imaginaba que uno tenía que bajarse los pantalones para ir al urólogo, pero no suponía que tendría que hacerlo incluso para conseguir la cita. Cita que se produjo un par de días después.
Soy un hombre bastante ocupado, así que no me extenderé demasiado en dar detalles de cómo se produjo. Tan sólo contaré lo esencial para que el lector pueda hacerse una idea de cómo me sentí allí. Supongo que algunos se sentirán identificados. Otros, los que aún no hayan pasado por la experiencia, tal vez tengan ahora otro motivo más para sufrir insomnio ante semejante perspectiva de futuro.
Nada más entrar en la consulta, tras casi cuarenta minutos de espera, sin darte tiempo siquiera a dar los buenos días, ya te están diciendo “bájese los pantalones y los calzoncillos, y tiéndase en la cama”. Eso te lo dice una tía buena, y te frotas los ojos de incredulidad, pero viniendo de un tío calvo y con gafas, la cosa cambia. Además ¿dónde está la sensibilidad, el romanticismo? Con razón se nos critica a los hombres por ir directamente al grano.
“Relájese”, dice, una vez te tiene donde quería. Es fácil de decir, pero claro, en la práctica no es tan sencillo. Estás enseñando el culo a un desconocido que se está aplicando grandes cantidades de lubricante en la mano... por decirlo de alguna manera, no es la situación ideal para relajarse. Dan ganas de decir “es mi primera vez”, como una especie de petición de clemencia.
Y entonces, mientras te someten a una humillante exploración, viene la pregunta trampa: “¿Siente alguna molestia?”... ¿Qué coño contestas? Digas lo que digas la has cagado. No hay forma de ganar. Si te duele, estás jodido porque significa que algo te pasa, y estamos hablando de una zona en la que no deseamos que nos pase nada, claro. Pero tampoco sabes qué decir si no te duele. En principio es un alivio, claro, pero tienes el dedo de un desconocido metido en el culo: asegurar en esas condiciones que no sientes ninguna molestia puede resultar muy sospechoso.
Una vez que termina el tacto rectal comienza la necesaria exploración de los testículos. El doctor se sienta frente a ti, y comienza a toquetearte sin ninguna contemplación. Parece que no se dieran cuenta de lo violento que resulta estar delante de un desconocido con los pantalones bajados, mientras te mete mano. Te explora sin ninguna emoción, y eso también resulta molesto. Ya sabes que no eres Nacho Vidal, y que tus medidas no causan sensación, pero coño, siempre esperas cierto entusiasmo cuando exhibes tus genitales. De hecho, más que indiferente, el médico parece mosqueado. Entonces reparas en que este tipo, seguramente, será un amargado.
Un doctor en medicina siempre es una persona respetable, por supuesto, pero claro, hay especialidades y especialidades. Y no es que unas sean menos dignas que otras, pero hay que tener en cuenta cómo afecta cada una a la imagen del doctor. Uno se dedica a esto por vocación, claro. Se ve así mismo salvando vidas, haciendo operaciones a corazón abierto, trasplantando órganos, salvando niños, curando el cáncer... Uno quiere ser cirujano, pediatra, cardiólogo... Nadie tiene como vocación ser urólogo. Cuando a los niños se les pregunta en el colegio acerca de sus vocaciones, ninguno se levanta en mitad de la clase y dice en voz alta “Yo de mayor quiero explorar culos y huevos”. Bueno, hubo alguno que sí lo dijo, pero hablamos de otras profesiones; ahora todos esos trabajan en programas de televisión.
Y cuando piensas en todo esto, te acojonas aún más. El tipo que te tiene literalmente cogido por los huevos es, seguramente, un tío amargado y frustrado, que seguramente siempre está de mala hostia. Te mira con cara de odio, como si tu fueras el culpable de su situación. Coño, ¿qué culpa tengo yo? Haber estudiado más y podrías haber elegido otra especialidad. Ahora estarías operando a corazón abierto y salvando vidas, y no tocándome los huevos a mí.
Silencio tenso.
Entonces entra la enfermera, que no tiene nada que ver con las de los especiales de lencería de Playboy, claro. Es una señora al borde de la jubilación, con un aspecto tan poco atractivo que genera una especie de onda expansiva de impotencia a su alrededor, un arma de destrucción masiva de la líbido, uno de esos escollos que la Viagra no puede superar.
Ahí estás tu, con los pantalones por las rodillas, con un médico amargado agarrándote los huevos, y, en la puerta, dejándola entreabierta para que toda la sala de espera sea testigo de tu penosa situación, y con las medias caídas, la enfermera de Misery. Si alguna vez habías fantaseado con un trío, desde luego no se parecía a esto. Un psicópata amargado tocándote los huevos y una enfermera gorda mirándote con cara de mala leche. Como fantasía erótica es una puta mierda, desde luego.
Todo es muy raro y te sientes muy confundido, como si todo eso le estuviera sucediendo a otra persona. Te das cuenta de que tras una consulta de urología debería haber una de psicología para poder superar la experiencia. Has vivido una especie de trailer de “Bienvenido a una prisión turca”; y cuando todo acaba te largan de allí, sin otra explicación que “le mandaremos los resultados a su médico”.
Sin un abrazo.
Sin un beso.
Sales humillado, sintiéndote sucio, culpable por que no te doliese demasiado, cuestionándote tu identidad sexual. Preguntándote si, ya que tienes el culo lleno de lubricante, no deberías sacarte un sobresueldo pidiendo trabajo en una sauna.
Entonces te acuerdas del gordo imbécil que te dio la cita con el urólogo, y de su puto chistecito que ahora tiene aún menos gracia que entonces.
-¿Sabes en qué se parece ir a la consulta del urólogo y subirte a un ring de boxeo?
Pues en que los dos sitios te espera un tipo con guantes dispuesto a hacerte algo que no te va a gustar.

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Comentarios

  1. jaja muy bueno

    Comentario de jose hace 1 mes y 11 dias


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