La prótesis maldita
Iñaki Bahon - 17-06-2005 12:00:35 | Categoria: Narrativa
Aquel sábado estábamos en el Lek (cuando recuerdo aquella época de mi vida, me parece como si siempre estuviéramos allí). Estaba con Fernando, Enrique, Julio, y creo que Javi. Además habían venido un par de compañeros de clase de Julio que no conocíamos.Estábamos tomando las primeras cervezas de la tarde. Eran poco más de las siete, y el sábado estaba apenas empezando. Las expectativas eran muy altas, las esperanzas estaban en su plenitud, y la convicción de que “hoy sí” estaba instalada en todas nuestras cabezas. Las experiencias negativas de sábados anteriores se habían olvidado (tiempo habría de recordarlas sí a las cuatro de la mañana la cosa iba mal). La vida empezaba hoy, y el último fin de semana había sido hace años. Habíamos aprendido mucho desde entonces.
Todos habíamos pasado de largo los veinte, pero para algunas cosas no se crece nunca. Al menos nosotros no parece que lo hayamos hecho.
El Lek aún no estaba lleno, pero ya había bastante gente. En su mayoría chicos más jóvenes que nosotros, entre 17 y 20 años, con las hormonas totalmente amotinadas a causa de la edad y del alcohol. Nosotros, que ya éramos veteranos y sabíamos cómo funcionaba aquello, habíamos llegado pronto para coger sitio.
Nuestra mesa estaba cubierta de círculos líquidos (sí alguno de nosotros hubiera creído en esas cosas tal vez los hubiéramos tomado por un presagio) producidos por los vasos, ahora vacíos. Enrique había ido a por otra ronda, y ya empezábamos a comentar cuánto tardaba en pedir, cuando llegó con otras dos enormes jarras de cerveza bien fresquita. Venía quejándose de que la barra estaba llena de gente, y de que no había quien se acercara. Al parecer los menores estaban en plena euforia alcohólica, pidiendo todo tipo de combinados asquerosos y antinaturales (no entro en detalles para no resultar desagradable).
Enrique podría haberse embarcado en una disertación acerca del futuro que le esperaba a esa generación y a la sociedad en general, pero claro, nosotros no éramos el Centro de Estudios Sociológicos. Era sábado e íbamos a lo que íbamos. Por eso prefirió dedicarse a glosar las virtudes de una rubia con la que había compartido barra. Entre las principales se encontraban unas tetas, si debemos fiarnos de su criterio, impresionantes.
-¡Os lo juro tíos! ¡Al darme la vuelta para venir hacía aquí con las jarras le he pegado sin querer en una teta y casi me rompo el codo! ¡Las tiene de piedra! ¡Para llevar algo así se debería exigir licencia de armas!
En ese punto la conversación se animó. Todos empezamos a hablar de tetas y de los tamaños, texturas y características que preferíamos. Pronto se llegó a un consenso respecto a que unas tetas tan duras como las que Enrique había descrito tenían que ser postizas.
-¿Habéis tocado alguna teta operada?- pregunté.
Todos se apresuraron a decir que sí. Yo, personalmente, dudaba que todos mis amigos hubieran pasado por aquella experiencia. De hecho, hubiera apostado algo a que un par de los allí presentes, ni operadas ni no operadas. Pero bueno, hice como que me lo creía (al fin y al cabo somos hombres, y ser hombre consiste, en parte, en no andar jodiendo a los compañeros y creernos batallas que sabemos que jamás se han librado) y continué. El rumbo de la conversación comenzaba a aburrirme, y decidí dar un volantazo.
-Bueno, cada vez son más comunes, así que es normal: he oído casos de tías que piden a sus padres una operación de pecho como regalo de cumpleaños. Pero...-hice una pausa-, ¿alguna vez habéis tocado una polla operada?
Silencio.
-Yo sí.
Primero hubo sorpresa, luego risas, y luego las lógicas bromas acerca de mis preferencias sexuales. Sabía que si entraba al trapo aquello se convertiría en una espiral sin fin, de modo que decidí aguantar estoicamente hasta que se aburrieron y entonces comencé con la historia.
Sucedió un sábado por la noche de un par de años atrás. Estaba de copas con Fernando, David y Carlos, tres amigos de otra pandilla distinta a la que ahora me escuchaba.
En realidad ya era domingo. Eran como las seis de la mañana, y la noche había sido bastante desastrosa. Estábamos desayunando en una de esas cafeterías deprimentes que no cierran nunca, rodeados de otros desgraciados como nosotros que habían comprendido que era mejor tomarse un cola-cao y un bollo, es decir, asumir dignamente la derrota, antes que seguir bebiendo cubatas hasta la hora de misa, haciendo el ridículo, y poniendo carita de gilipollas (el propio borracho cree que está exhibiendo una sonrisa totalmente atractiva, pero, en realidad, todo lo que se consigue es una carita de gilipollas) a tías que, a medida que pasan las horas, cada vez son más feas. Es maravillosa la sabiduría de la noche que, a medida que el cruel paso del tiempo impone su selección natural haciendo que las tías realmente buenas vayan desapareciendo poco a poco (hay cabrones con suerte) y que ya sólo queden cazos, consigue por otra parte que, gracias al alcohol y la desesperación, el bajo nivel nos importe una mierda.
Pero retomemos. Estábamos tomando algo caliente (sin segundas lecturas), cuando vi que Acebo estaba sentado en una mesa que había en un rincón.
Acebo había sido un compañero de instituto nuestro. Y una muestra de lo equilibrada que puede ser una persona. Tenía todo lo que el dinero puede comprar (sus padres tenían mucha pasta), y nada de lo que no se puede comprar con dinero.
Era alto, desgarbado y bastante feo. En el instituto siempre estaba solo; no hablaba con nadie, y a nadie le interesaba. En definitiva, podría decirse que era, merecidamente, el tío menos popular del instituto. Personalmente, aunque había estado en mi clase un par de cursos, no creía haber hablado con él más de media docena de veces.
Después de dicho todo esto, resultará difícil de comprender que decidiéramos ir a sentarnos con él. Pero lo decidimos, precisamente, por todo lo dicho: la noche nos había ido tan mal y nos sentíamos tan pringados que lo que más necesitábamos en ese momento era acercarnos a alguien que nos pareciera más patético que nosotros.
Acebo se sorprendió al vernos, y sobre todo al ver que nos sentábamos en su mesa (en el instituto apenas le dirigíamos la palabra), y tras los pertinentes saludos y el bla bla bla introductorio de rigor, le instamos a que nos contase qué había sido de su vida, y qué hacía por allí tan sólo.
El principio de la historia ya lo conocíamos: al acabar el instituto había empezado a salir con Vanessa, una pijita que también iba a estudiar con nosotros. Era una tía espectacular, el sueño de cualquier tío: rubia, ojos azules, un cuerpo de escándalo, y medio tonta. ¿Que qué hacía con Acebo una tía tan impresionante? Vamos a ver... ¿He dicho ya que la familia de él estaba forrada? Pues eso.
Pues nada, que la historia de ambos duró unos meses, y luego terminó de repente. Al parecer, según nos contó el muchacho, tenían algunos problemas sexuales que podrían definirse utilizando el término científico adecuado: a él no se le levantaba. Nos sorprendió que nos revelara algo tan íntimo cuando en el pasado lo más personal que nos había dicho era “¿Me dejas el sacapuntas?” (sin segundas lecturas).
Según nos dijo, cuando comenzó a salir con Vanessa, él aún era virgen. Nos lo contó como si aquello fuera una gran revelación, como si no se le notara desde Wisconsin. ¿Quién coño se iba a acostar con aquel tío? Ella tenía algo más de experiencia (que nos lo dijeran a nosotros), y, lógicamente, no iba a tener un novio sin cepillárselo ¿Qué iba a ser de su reputación? Pues bien, el pobre Acebo nos confesó que la primera vez que lo hicieron fue horrible. Él se demostró todo lo torpe, inexperto y falto de habilidad que se pueda imaginar, y aquello terminó por aniquilar la poca autoestima que le quedaba. Después, las pocas veces que volvieron a intentarlo, él se demostró prácticamente impotente.
Menudo dramón.
En aquel punto, casi con lágrimas en los ojos, nos preguntó si no creíamos que la culpa podía ser de ella, que fuera ella la que no funcionaba del todo bien. Nosotros le dijimos que podía ser, que quién sabía (a esas alturas, por corporativismo, estábamos conmovidos, y no queríamos decirle que no, que ella no era el problema, que el instituto nos la habíamos follado todos, y que la tía era una bomba).
Pues eso, que, resumiendo, ella se había hartado de la historia, y pese a que sus padres le habían recomendado que no dejara escapar a un chico de “tan buena posición”, ella le había mandado al carajo. Supongo que pensaba que en la posición en la que a ella más le interesaban los chicos Acebo deslucía bastante. Y es que, a la hora de follar, el dinero que tengan tus padres no cuenta demasiado.
Pero el muchacho no pensaba igual.
Nos contó que tras ser abandonado pasó una época muy dura (sin segundas lecturas), y que empezó a beber como un cosaco. Un día, en un estado de embriaguez total, se le ocurrió la solución. Si la impotencia era un problema, se podía solucionar.
Fue a visitar a su padre, y con la historia de que quería hacer un master de algo, le sacó doce mil euros. Con esa pasta se fue a una clínica, e hizo que le implantarán la prótesis de pene más moderna del mercado.
El cola-cao y los bollos que nos habíamos desayunado nos habían despejado bastante, pero aquello hizo que se nos pasara lo que nos quedaba de la borrachera de una noche que ya nos parecía lejana.
¿Una prótesis? Joder, qué dentera. ¡Si sólo tenía 20 años!
Al parecer se había operado hacía un mes, y aquella era la primera noche que salía después de la intervención. El pobre era tan pardillo que pensaba que su problema consistía únicamente en su lamentable capacidad eréctil, y que, por tanto, ya estaba todo solucionado. Pensaba que con la prótesis podía salir por la noche vestido de Tony Manero y ligar como un loco. Pensaba que por haberse metido lo último en alta tecnología médica la vida iba a ser una juerga.
Más hubiera valido que se operara la cabeza. Por dentro y por fuera.
Como se quedó callado, no tuvimos más remedio que preguntarle qué tal le había ido la noche, aunque no había más que ver la cara que tenía para saber que ligar ligar, lo que es ligar, más bien poco. Y nos contó lo que ya podíamos imaginar, que había sido un desastre, que seguía siendo tan tímido y torpe que era incapaz de acercarse a una mujer, y que ellas tampoco se le tiraban al cuello. Y para más inri, la prótesis no dejaba de molestarle.
Sacó algo del bolsillo. “¿Qué es eso, la llave del coche?” Desde luego lo parecía, con sus botoncitos para abrir y cerrar las puertas. Pero no. Según nos dijo aquella cosa era el mando a distancia de la prótesis.
¡Joder!, ¡Acebo era un pozo de sorpresas y nos estaba salvando la noche! Ya se nos había olvidado el muermo.
Vamos a ver... ¿el mando a distancia de la prótesis? ¿Quieres decir que si le das a un botoncito se te levanta, y cuando terminas lo bajas como quien baja la antena del coche? Estremecedor. Me temía que a partir de ese momento el impotente iba a ser yo.
Pero aún había más. Acebo nos contó que, al parecer el mando tenía algún fallo, algún contacto o algo así, y se activaba cada dos por tres, de modo que se empalmaba de forma descontrolada. Irónico, ¿no? Antes no se le levantaba cuando lo necesitaba, y ahora lo hacía aunque no quisiera. Si es que nunca estáis contentos.
De modo que, para evitar ir por ahí como si fuera Pinocho versión X, decidió quitar la pila al maldito cacharro, y dar la noche por perdida.
Y así había ido a parar allí, para tomarse un par de copas más y poder sentirse como un idiota.
Todos nos quedamos callados. ¿Qué coño se puede decir en esas circunstancias? Por muy poco sensible que se sea, uno se queda conmovido después de oír algo así. Salvo que se sea como David, claro, uno de mis amigos allí presente. David era bastante bruto, la verdad. David, quien tras escuchar a sus padres haciendo el amor varias noches, un día le comentó a su padre que, a juzgar por los sonidos, no le parecía que su madre disfrutara mucho con todo aquello, y que, si lo deseaba, él estaba dispuesto a darle algún consejo si quería. Un auténtico animal, vamos.
-¿Y qué se siente con eso ahí dentro?- preguntó David.
Acebo dijo que nada en especial, que no se notaba nada raro. Pero aquella respuesta no nos dejó satisfecho a ninguno de los cuatro. Todos estábamos seguros de que debería notarse algo raro.
Acebo insistió en que no. Nosotros insistimos en que sí. Él que no. Nosotros que sí. Que no. Que sí.
-¿Queréis comprobarlo?
Debo decir, llegado a este punto, que no recuerdo muy bien lo que sucedió en los siguientes minutos. No tengo muy claro cómo llegamos a aquello (en circunstancias normales, jamás hubiera sucedido, pero aquello no eran circunstancias normales), pero de repente estábamos los cinco metido en una de las cabinas del lavabo de caballeros. Acebo subido en la taza, y nosotros cuatro abajo, alrededor de él. Se bajó los pantalones y los calzoncillos, y nos enseñó el tema.
Dado la posición de los cinco, nosotros de pie en el suelo y él subido en el water, tenía la polla a la altura de nuestras caras. Evidentemente, esa nos es, ni mucho menos, la situación ideal en la que desean encontrarse la mayoría de los hombres heterosexuales. Vamos que, cuando sales un sábado, no es así como esperas acabar la noche. Pero dado que nosotros solitos nos habíamos metido en aquella situación, teníamos que echarle valor y llegar hasta el final (sin segundas lecturas). Estoy seguro que los demás, al igual que yo, echaban de menos seguir borrachos. Hubiera facilitado las cosas.
Dani, a mi izquierda, fue el primero que se decidió a tocar aquello. Palpó un poco, apretó con dos dedos, sopesó el asunto, y parece que quedó satisfecho con la exploración. Pero el muy cabrón no dijo nada definitivo. Podría haber confirmado que no se notaba nada raro, o que, por el contrario, aquello pareciera el pito del hombre de hojalata. Cualquiera de las dos cosas hubiera bastado para los demás, y hubiéramos dado por buena su versión, evitándonos así pasar por ese trago. Pero no dijo nada definitivo. Se limitó a decir.
-No sé, parece que se nota algo raro, pero no estoy seguro.
Así que no nos quedó más remedio que tantear nosotros también. Parecíamos un grupo de niños compitiendo a ver quién escupe más lejos: una guarrada de competición de la cual nadie quiere retirarse para no quedar como un gallina. Sólo que, dada nuestra edad, aquello era un poco más ridículo.
Después de David me tocó a mí. Y lo cierto es que era verdad, no se notaba nada extraño. Estaba casi seguro de que iba a parecer como si Acebo tuviera una polla fabricada por Ray Harrihausen, con alambres flexibles en su interior que permitían doblarla y mantenerla en la posición deseada, pero no, en absoluto. La prótesis debía de ser bastante delgada, y a no ser que se apretase mucho seguramente no se notaría su rigidez (y yo no estaba dispuesto a apretar tanto, desde luego: las mujeres se abrazan, se dan besos, comparan sus estrías post-embarazo, y se palpan las tetas para ver a quién le han implantado mejor la silicona, pero los hombres no somos así: sólo hay una polla que un heterosexual quiera tocar: la propia). Estaba claro que Acebo se había colocado el mejor producto del mercado.
Después fue el turno de Carlos, pero se negó a tocar. Después me comentó que Acebo siempre le había dado grima, que jamás le había dado siquiera la mano cuando estudiábamos juntos, como para andar ahora intimando.
Lo cierto es que la cosa estaba volviéndose aburrida, y yo estaba deseando poder salir de allí. La situación era absurda y puede que a priori divertida: cuatro tíos de pie alrededor de un water, inspeccionando a otro con los pantalones bajados. Pero ya se había pasado la novedad. Así que esperé a que Fernando, el único de los cuatro que quedaba por ejercer de tocólogo, pasara por el trámite para poder marcharme a casa cuanto antes.
Fernando levantó la mano con solemnidad, y acercó el dedo índice lentamente (no pude evitar pensar en el cartel de E.T., y casi suelto una carcajada). Cuando estaba a punto de establecer contacto, algo sucedió. Acebo experimentó la erección más repentina que jamás he contemplado. Si aquello fuera un coche, con esa aceleración de cero a cien no tendría rival en la pista.
Fernando saltó hacia atrás, como si le hubiera atacado una cobra, se golpeó contra la puerta del water, y todos comenzamos a reírnos de su cara de susto. Aquello sirvió para aliviar un poco la tensión que se había ido acumulando en aquella cabina. Nos miramos entre nosotros, y luego a Acebo. Ahora le entendíamos. Nos había dicho que aquella maldita prótesis le había amargado la noche, y no nos extrañaba, tenía que resultar muy molesto que te pasara eso continuamente a causa de un mando a distancia defectuoso. Había hecho bien en quitarle las pilas.
Un momento... Era imposible que el mando funcionara mal. Era imposible que funcionara de cualquier forma. ¡Nos había dicho que le había quitado las pilas!
Dejamos de reírnos, y pareció como si todos hubiéramos llegado a la misma conclusión en el mismo momento. Subimos la vista hacia la cara de Acebo. Con una extraña expresión, a medio camino entre la sorpresa y la satisfacción, nos miró. Primero a uno, luego a otro. Y cuando llegó a mí, me lanzó un besito.
Germán era el camarero del bar en el que habíamos ido a desayunar. Estaba acostumbrado a tratar a todo tipo de clientes borrachos sin inmutarse. Pero seguro que le sorprendió vernos a los cuatro salir corriendo del servicio de caballeros. Nos lanzamos a la calle gritando y riéndonos a la vez.
No sé muy bien por qué gritábamos, tal vez de asco. Pero estaba claro de qué nos reíamos. Nos reíamos al imaginar a Acebo aún de pie en la taza del water. Con los pantalones bajados y comprendiendo varias cosas. Primero, que no era impotente; segundo, que era gay; y tercero, que su padre se podría haber ahorrado dos millones de pesetas.
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Si esta historia es real me parto de risa, pero si la has inventado te doy la enhorabuena por contarla y ambientarla tan bien. Muy buen relato Iñaki
Comentario de Lerenda hace 3 años y 36 meses
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Pues es inventado, Lerenda. Muchas gracias por tu comentario.
Comentario de Iñaki Bahón hace 3 años y 36 meses
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Iñaki,
Me dí cuenta muy tarde que era incierto, pero sólo imaginar una situación así me hizo desternillarme de risa. Escucha, estamos en mi empresa diseñando una propuesta para un cliente y he propuesto una colaboración contigo. Eres un crack.
Mai.
PD: Pon una foto tuya en el blog para el deleite de las chicas.Comentario de Mai hace 3 años y 36 meses
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Mejor aún, pon una foto de alguna prótesis fálica. Le dará un toque de realismo que terminará por convencer a muchos de que la historia es real. Quién sabe, puede que te suceda lo mismo que con aquella "sinopsis" de Matrix revealed. Bueno, al tema: una historia muy divertida Iñaki, con detalles que están en el subconsciente de cualquier adolescente o directamente grabados en su memoria. Es fácil sentirse identificado, y ahí es donde le veo el mayor mérito. Un abrazo. (¿Se admiten links comerciales? Joer cómo está el patio).
Comentario de Andolini hace 3 años y 36 meses
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