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Donde no me llaman

¿Y bien?

[Un relato biográfico escrito en los, para mi, oscuros inicios del 2000]

Es muy difícil definir qué es el tiempo, y yo, desde luego, no voy a intentarlo.
En realidad, lo que de verdad me interesa, no es lo que es su definición, sino sus efectos.
Tengo 32 años, y he cambiado tanto desde hace 20 que ni siquiera creo ser ya el mismo.
Hasta los 18 ó 19 todos mis recuerdos me resultan bastante difusos, mezclados, por lo que ahora no voy a hablar de esos años, tal vez en otro momento. La historia que voy a contar, comienza en 1988.

Existen numerosas pruebas de que, hasta el 87, yo era un completo gilipollas. Lo fui durante la mayor parte del 88, y también tuve mis momentos estelares en el 89. El periodo en el que se me pudo comenzar a considerar una persona normal, según se consulte a uno u otro experto en el tema, se sitúa entre los años 90 y 91. Personalmente, cuando echo la vista hacia atrás, no comienzo a reconocerme hasta 1992.
El tiempo pasa sin darnos cuenta, pero su efecto es realmente espectacular.

Entre el sábado 14 de junio de 1988 y el domingo 20 de febrero del 2000 han pasado casi doce años, y resulta increíble lo poco que han cambiado las cosas
Si creyera en el destino, mañana mismo comenzaría a ahorrar para un anillo de pedida.
El problema es que no creo, de modo que no sé que hacer.

Durante los ochenta yo era una rata de videoclub.
En casa compramos el primer reproductor en el 82, para poder grabarle a mi padre los Mundiales de España.
En aquel momento el pirateo estaba en su máximo apogeo, e ir a alquilar una película era toda una aventura. No había distribución oficial, ni lanzamientos programados. Lo mismo te encontrabas con un clásico de Hitchcock, que con En busca del arca perdida cuando aún la estaban poniendo en el cine.
Aquello era divertido, pero también era un caos. La calidad de las copias era una mierda, y, en pleno boom, cualquier pringao ponía un videoclub, convencido de que aquello era un chollo, aunque no tuviera ni puta idea de cine, aunque para él la mejor película de la década fuera Los bingueros.
Por eso, cuando descubrí el videoclub del El Corte Inglés, me pareció estar en el cielo. Todo lo que tenían era legal (creo que era el 85, y las productoras ya estaban sacando muchas cosas), lo tenían todo, y todo muy bien organizado.
La publicidad decía que El Videoclub de El Corte Inglés (Videcor) era “Algo más que buen cine”. Enseguida descubrí en qué consistía aquel “algo más”.
Arancha, Ana y Esther eran las encargadas de llevar el “negocio”, y eran tremendamente simpáticas (y, en su mayoría, bastante atractivas). Enseguida nos hicimos todo lo amigos que pueden hacerse un cliente y unas dependientas (en realidad, creo que bastante más), y yo pasaba allí horas enteras (tantas que me da casi vergüenza) hablando con ellas, con la excusa de esperar a que devolvieran la película que quería alquilar. Les colocaba las películas, les daba palique, les llevaba bombones... Era su niño, un poco como su “mascota”, en el mejor sentido de la palabra.
Mujeres y películas. Para mí no existe una combinación más potente, y aquello fue, durante mucho tiempo, casi como mi segunda casa.

En el 86 solicité una prorroga para la mili. En noviembre del 87, cuando estudiaba COU por segunda vez, se celebró el sorteo en el que se suponía que se iba a decidir mi destino. Acudí al Gobierno Militar para conocer dónde tendría que ir a cumplir con la patria el año siguiente, pero allí no aparecía mi nombre por ninguna parte. Nadie supo explicarme lo que pasaba, y me dijeron, lo mismo que a otros jóvenes que estaban en mi misma situación, que nos fuéramos a casa a esperar noticias. Y vaya si las recibí.
El día 23 me llegó una carta del Ministerio de Defensa. Al parecer mi prorroga no había sido aceptada, me habían sorteado en el 86, y me había tocado el sexto reemplazo. Resultado: tenía que incorporarme a filas en un cuartel de Logroño el día 29, seis días después. Aquello fue la guinda para un año maravilloso.

Pero algo tuvo bueno aquella repentina incorporación a filas, y es que ni mi familia ni yo tuvimos tiempo de agobiarnos con la cuenta atrás. De hecho, numerosos familiares y amigos no se enteraron de que me había ido hasta mucho después.
La despedida más emocionante tuvo lugar el sábado 28 en Videcor. Las chicas me compraron unos regalos, y me escribieron una carta de apoyo tan cariñosa que hizo que saliera de allí llorando.

Saltemos hasta mayo del 88. Uno de los fines de semana que vine a casa (que fueron, por suerte, casi todos), en mi indispensable visita al Corte, las chicas me dijeron que me habían encontrado una novia. Ya he dicho que para ellas yo era algo así como un hermano pequeño, y, ya que no me podían poner vestiditos, supongo que les divertía buscarme pareja.
La chica en cuestión se llamaba Ana, y cuando la conocí me gustó mucho. Dieciséis años, bajita, negrísimo pelo rizado (me encanta ese tipo de cabello, tal vez desde entonces) y bonitos ojos azules. Nos vimos un par de veces en el mismo videoclub y tomamos algo por Bilbao. Finalmente quedamos para salir un sábado con sus amigas.
Para mí aquello era casi totalmente nuevo (era un pardillo), y para cuando llegó el fin de semana en cuestión yo ya estaba bastante colgado con ella (puede que resulte absurdo; puede que lo sea). Fuimos a Munguía. Nos separamos de sus amigas y nos quedamos solos.
En el Koko’s nos besamos por primera vez. En realidad fue ella la que me beso a mí. Me preguntó si me gustaba el sitio, y le contesté que el sitio me daba igual, que había ido para estar con ella. Después me besó.

Me sorprendería ser objetivo en esto, pero no me da ningún reparo asegurar que en los 80 se hizo muy buena música.
Algunos de mis favoritos de los que triunfaban el 87-88 (momento en el que se sitúa esta historia) eran Los Christians, Los Housemartins, Tam Tam Go (cuyo primer éxito, Raquel Manuel, no podía hacernos prever horrores posteriores), Los Pogues (a quienes descubrí en la mili)... y, por supuesto, Black. Me encantaba (de hecho aún sigo escuchando sus viejos discos), y su Woderful life me ayudó mucho en mis primeras noches en el cuartel, allá por diciembre del 87.
Siguiendo con la música, aquel año, en Logroño, me sucedió algo importante. Conseguí comprar en una tienda de discos de importación la BSO de En algún lugar del tiempo. Mi hermana Maite, apasionada de las bandas sonoras, me había descubierto esta hermosa música (que pertenece a una menos hermosa película) compuesta por el conocido John Barry, pero ninguno de los dos habíamos conseguido encontrar una copia por ningún sitio. En aquel momento me costó 2.800 Ptas., una pasta, pero no me importó pagarlas. Todo lo contrario. Estaba encantado por haber conseguido aquel disco repleto de melodías tristes de cojones. Aquello era algo así como el himno de la Asociación de Maníacos Depresivos (“9 de cada 10 suicidas lo prefieren”, podía ser una buena frase publicitaria). Pero nos encantaba.
Años después lo volví a comprar, esta vez en CD, por 1.700 Ptas., y la verdad es que me sigue poniendo los pelos de punta.

Pero no todo era buena música. El 88 también fue el año en el que la “Asociación para la Promoción de la Cultura Griega” entregó su premio “Varón Dandi” al grupo español Danza Invisible, por su canción Sabor de amor, la cual todavía sigue dándonos por el culo años después.
Por lo que se refiere al otro galardón emblemático de la entidad, el “Varón Tomandi”, fue a parar al dúo La Dama se esconde. Aquellos dos sarasas conseguían que, además de la dama, se escondiese todo cristo.
También fue el año del Premio Hondas a la "Mayor Pedrada" para Enrique Búmburi de Héroes del Silencio.
Luego estaba aquel horterilla hawaiano que se llamaba Glenn Medeiros, y que cantaba aquella mierda no apta para diabéticos titulada Nothing is gonna change my love for you. La pena es que no pudo decirse lo mismo del amor del público hacia él. Su look de Sonny Crocket liliputiense aburrió al personal a los diez minutos.
Y luego, claro, también estaba el inefable Rick Astley, aquel ex-albañil de potente voz que fue el amo durante un par de años, y del que nunca volvió a saberse nada.
Ana y yo estábamos canturreando aquello de "Never gonna make you cry. Never gonna say goodbye” cuando ella me besó. Era el primer beso que nos dábamos, y era la primera vez que una mujer me besaba antes de que yo intentara hacerlo. Y, ahora que lo pienso, tampoco me ha vuelto a pasar desde entonces.
Fue una tarde estupenda.

Al día siguiente me volví a Logroño. Pero esta vez no fui en autobús. Hice el viaje en una nube.
Antes de ese momento estaba convencido de que era mucho mejor no tener novia mientras estás haciendo la mili. Suponía que lo horrible de las despedidas no compensaría lo bueno de los regresos.
Pero estaba equivocado. Aquel domingo no me importó demasiado volver al cuartel. Pronto regresaría, en una o dos semanas a lo sumo, y volvería a ver a Ana. Ella era un buen motivo para desear volver, y ella iba a hacer que no me sintiera sólo, a pesar de estar a 142 kilómetros.
Pensaba que en todo aquello había una especie de lógica, de justicia: yo había entregado mucho tiempo al cine y al vídeo a lo largo de toda mi vida, y, de alguna forma, a través de Videcor, estaba siendo recompensado por esa dedicación

El martes por la tarde, como casi todas las tardes, salí del cuartel con algunos compañeros de mi compañía. Recuerdo que ese día no nos quedamos en Logroño, sino que nos fuimos a un pueblo de los alrededores, aunque no recuerdo a cuál (creo que era Fuenmayor). Pero recuerdo claramente algunas cosas.
Íbamos varios militronchos, pero, por algún motivo, sólo recuerdo claramente a Foncea. Aquel riojano era una bestia, una especie de oso. Si Mahoma le hubiera conocido no le hubiera hecho falta acercarse a la montaña: podría haberse sentado cómodamente y haber esperado a que Foncea se la trajera a empujones.
Fonchi (en mi compañía había bastante pluma, de la que ya hablaré en otra ocasión, y le solíamos llamar así) nos hizo un gran favor a todos los de Veterinaria. Un día, jugando un partido de futbito, le hizo un placaje a nuestro teniente y le partió un brazo. La fractura se complicó bastante, y así nos libramos de Alonso durante varios meses. Fue magnífico. El teniente era un gilipollas, tanto que Foncea fue felicitado por su hazaña incluso por oficiales de otras compañías (totalmente verídico).
De aquella tarde también me acuerdo (de nuevo) de Los Christians. Estábamos en un bar y estaban poniendo aquel disco que incluía When the fingers point y Forgotten town. Yo estaba encantado. Volvía a librar el fin de semana, me gustaba mucho aquella música, y dentro de unos momentos iba a llamar por teléfono a Ana.

Pero el decorado no tardó en cambiar. En cuanto me dijo “Hola” noté que algo raro pasaba. Aquella chica no tenía nada que ver con la que me había besado tres días antes en Mungía.
Ésta trataba de escabullirse. Me decía que tenía que estudiar, que no iba a poder salir el próximo fin de semana, etc., etc., etc. Excusas, excusas, excusas.
Se me cayó el mundo encima.
Y para colmo, seguían cantando aquellos mierdas de Los Christians.

En el terreno de las citas existen diversas categorías.
Está la del sábado por la tarde-noche, que supone algo así como el premio gordo, la primera división de las citas, ya que si una mujer te reserva ese momento, cuando todos salimos con nuestros mejores amigos y amigas, suele significar que realmente está interesada en ti. La categoría de la cita va bajando a partir de ahí: domingos tarde, viernes noche (este orden puede cambiar), viernes tarde, días de diario por las tardes, diario para comer...
El fin de semana siguiente al de Munguía, "conseguí" una cita de las que no cuentan. El viernes por la tarde fui a buscar a Ana a la academia de decoración donde estudiaba (yo llevaba una ropa que me sonroja recordar), y la acompañé a la biblioteca del Museo de Bellas Artes de Bilbao, donde iba a consultar unos libros para un trabajo.
La conversación fue bastante superficial, y ella seguía esquivando mis intentos para vernos al día siguiente. Se marchó a casa muy pronto, ya que tenía que estudiar, y quedamos en que yo la llamaría el sábado a mediodía por si le apetecía salir.
El Sábado me explicó que una amiga suya se iba a quedar sola si ella iba conmigo, por lo que seguramente no nos íbamos a poder ver. De todas formas prometió llamarme si cambiaba de planes.
Esperé su llamada.
Los dinosaurios se extinguieron. Yo, por mi parte, acabé la mili. Y comencé a sospechar que no iba a llamarme.

Once años después. Mayo o junio de 1999. Sábado por la noche. Son las dos o las tres de la mañana, y, en compañía de unos amigo, atravieso esa sauna llamada Galerías Urquijo. Estoy moderadamente borracho, estado en el que pierdo bastante agudeza visual, y una chica me saluda antes de que yo la haya visto siquiera.
Es Ana.
Durante cinco minutos (tal vez menos) hablamos, nos preguntamos tonterías ("¿Te has casado?", "¿Qué haces ahora?", "¿Vienes mucho por aquí?"), y yo me esfuerzo en comparar lo que recuerdo con lo que veo. No encuentro muchas diferencias y, aunque ahora soy mucho más exigente que en los ochenta, ella sigue gustándome.
Casi sin darme cuenta, nos despedimos. A los diez segundos ya me estoy llamando gilipollas: durante todos esos años había pensado muchas veces en Ana, preguntándome qué es lo que habría pasado en el 88, y qué sería de ella ahora, y cuando la vuelvo a ver no trato de invitarla a una copa o de quedar otro día. Estaba convencido de haber evolucionado mucho en esos más de diez años, pero volví a ser el mismo imbécil de aquella tarde en el Koko´s.
Uno nunca deja de sorprenderse a sí mismo.

Al día siguiente, ya sereno, me alteré todavía más. ¿Cómo podía haber dejado escapar aquella oportunidad? Si al menos conservara su teléfono, podría llamarla...

Nochevieja del 99. Un amigo me recuerda una anécdota que nos había sucedido ocho años atrás, una anécdota que yo casi había olvidado. Para evitar que esto volviera a pasar, poco después escribo un pequeño relato acerca de aquello.
Me gusta como me queda, de modo que decido escribir cosas similares sobre experiencias reales, ya que me cabrea extraordinariamente el hecho de que se me olviden cosas que me han pasado, cosas importantes en muchas ocasiones.
Para recopilar información sobre mí mismo (tiene cojones el asunto) empiezo a releer cosas que he ido guardando a través de los años. Cosas como cartas o un diario que escribí durante un tiempo. El domingo 20 de febrero del 2000 encuentro en el diario, entre las anotaciones que hice en el 88, el número de teléfono de Ana.

¿Qué coño hago? Si la llamo a estas alturas, lo más lógico es que crea que estoy zumbado, y en todo caso no creo que le apetezca verme.
Lo más posible es que tenga novio (está en la edad en que todo el mundo tiene novio), e incluso es posible que ni siquiera exista ya el número de teléfono que yo tengo apuntado.
En esta dirección dirijo mis investigaciones.
Busco en la guía de teléfonos el número que tengo. Gracias a que sé en que barrio vivía, y éste es pequeño, no tardo en encontrarlo. Pero nunca supe su apellido, de modo que, aunque el número existe, ello no me garantiza que ahora no corresponda a otra familia. La guía más antigua de la que dispongo es del 96, por lo que tuvieron ocho años (desde el 88) para mudarse de casa o cambiar de teléfono.
Acudo a un locutorio de telefónica con la esperanza de que allí conserven guías antiguas. Una señora muy gorda y muy amable me dice que cree tener alguna, pero, tras buscar en el almacén, no encuentra nada. Me explica que unos días atrás fue un tipo con la misma petición que yo, y que se había llevado un directorio viejo, el último que le quedaba.
"¿Un tipo?" -me pregunto-."¿Tal vez otro idiota al que Ana conoció en los ochenta?"

Una vez en casa llamó a Ramón, el mismo amigo que me recordó aquella anécdota en Navidad, y le pregunto si tiene por casa alguna guía de teléfonos vieja. ¡Bingo! Encuentra una del 92.
Negándome cruelmente a explicarle de qué va todo aquello, le pido que busque determinado apellido en determinada población. Los datos coinciden. La misma dirección, el mismo teléfono, y el mismo apellido ahora que hace ocho años. Por supuesto no tengo la certeza absoluta, pero existen bastantes garantías de que Ana, o al menos sus padres, siguen viviendo allí.

Y pasamos ahora a la cuestión realmente importante de todo el asunto. ¿Por qué quiero llamarla?.
Al principio decía que me resultaba sorprendente lo poco que habían cambiado las cosas en doce años. Al igual que en el 87-88 ahora estoy atravesando una época, por decirlo de alguna manera, no demasiado feliz. En aquellos momentos casi me resultaban más interesantes los días de diario (en el instituto y después en el cuartel) que los fines de semana, ya que mi vida privada casi no existía. La situación es muy similar ahora.
Analizo todo este fenómeno de volver la vista atrás para estudiar mi pasado y pienso si no me estaré sintiendo viejo por primera vez desde hace muchos años, desde que tenía veinte.
¿Es eso lo que pretendo llamando (en caso de que la llame) a Ana? ¿Revivir el pasado para sentirme joven otra vez? Sinceramente, no lo creo. Sencillamente poco o nada hay nada que revivir. No se trata de intentar de recuperar Rosebud o empeñarse en volver a sobrevolar el País de Nuncajamás.
Se trata más bien de intentar cerrar aquel primer caso que terminó en juicio nulo. Entiendo que ella no volviera a llamar, pues en aquel momento yo era el tío más soso del mundo. Pero ahora creo que las cosas han cambiado un poco, y tal vez me gustaría demostrarme a mí mismo que puedo convencer al jurado.
No sé. No sé si es saludable siquiera que piense en ello, y tal vez debería olvidarme de todo, ya que en realidad es más bien una locura. Ha pasado tanto tiempo...
Pero ¿por qué no llamar? Aunque ya no vivan allí, aunque ella viva con un tío o se haya casado, aunque me mande a la mierda o llame a la policía... ¿qué tengo que perder?
¿Y si el destino estuviera ya escrito y no encontré el teléfono por casualidad? (Ojalá lo creyera, eso facilitaría mucho las cosas). ¿Y si la llamo y ella está encantada de que lo haga?

Cualquier cosa de las que puedan suceder si llamo será preferible a la duda de no hacerlo. Así que supongo que acabaré por llamar.
Pero menudo trago.

El 24 de febrero de 2000, más de una década después, vuelvo a marcar el número de teléfono de Ana.
Llamo desde el trabajo. Es poco más del mediodía, y supongo que ella estará trabajando (si trabaja). Prefiero que no esté en casa ahora, ya que me resultaría un poco incómodo hablar con ella desde la oficina.
En esta primera tentativa me conformo con comprobar si sigue viviendo allí.
Un hombre coge el teléfono (¿su padre?). Le pregunto por Ana y me dice que sí, que sigue viviendo allí. Ahora no está, pero que llegará a comer aproximadamente a las dos. Bien.

Yo también salgo de trabajar a las dos, y un compañero de trabajo me lleva a casa en coche. Volveré a llamar desde allí.
Durante el viaje escuchamos en la radio la versión de American pie de Madonna. El sol ha salido hoy por sorpresa, así que, como no he traído mis gafas, bajo el parasol del 206. A través de su espejo, una vez más, me pregunto qué estoy haciendo.
Pero me niego a contestarme. Estoy convencido de que en este caso lo importante no es por qué hacerlo, sin por qué no hacerlo.
Trato de hacer ver a ese tipo que me mira desde el cristal de que no tiene porqué sentirse acomplejado, que no tiene porqué pensar que llamar a Ana sea algo humillante, que no tiene motivos para sentir miedo. Pase lo que pase, no tiene porqué sentir miedo.
Intento reforzar su autoestima, convencerle de que es un tío de puta madre. Lo es ahora y lo será después de que hable con Ana. Y aunque todo salga mal (y lo más seguro es que salga mal), no será nada personal. Las cosas son como son, y no serían de otra forma aunque él fuera mil veces mejor (suponiendo que eso fuera posible).
Llego a casa teniendo claro que si me dan calabazas no será por mi culpa. No será culpa de nadie.

Estoy convencido. Puedo hacerlo. Soy capaz. Tengo todo el derecho del mundo a llamar.
Pero estoy nervioso.
Abro el buzón y me alegro de que la cerradura se resista. Voy a tirar unos folletos de publicidad a la basura y me alegro de que no haya bolsa en el cubo, y de tener que ponerla. Me descalzo y me alegro de que me cueste quitarme las botas. Me alegro de que suceda cualquier cosa que me haga perder unos segundos, y así retrasar lo más posible la llamada.
Sin saber todavía si finalmente voy a atreverme a llamar, cojo el teléfono. Rezo por que haya cien mensajes grabados en el contestador para perder tiempo escuchándolo, pero no hay ninguno.
Son las 14:30.
Sin dejarme esperar a decidirme a llamar, llamo.
Una mujer (¿su madre?), me dice que Ana ya se ha marchado. Al parecer tiene muy poco tiempo para comer. La señora insiste en que le explique quién soy. “Iñaki”, le digo (como si eso fuera una explicación). Sí, pero “¿Qué Iñaki?”. Tanto repite la pregunta que le digo, sabiendo que no va a servir de nada, que conocí a Ana hace muchos años en el videoclub de El Corte Inglés.
"¡Jesús!" -exclama la señora-"¡Si me acuerdo hasta yo!"
Más tranquilo al comprobar el gran vínculo que me une con esta señora, le explico toda la historia: el encuentro en Urquijo con su hija, el casual hallazgo del teléfono, mis dudas ante la posibilidad de que se hubieran mudado... La mujer me dice que vuelva a llamar por la noche: Ana vuelve a casa alrededor de las nueve.

Pasan las horas. Estoy bastante más tranquilo que por la mañana, pues creo que lo peor ya ha pasado. Pero eso no quiere decir que mi pulso se haya normalizado del todo. Si por la mañana era un genio de la mecanografía, ahora sólo tengo un nivel mediocre: unas cien pulsaciones por minuto.
Cuando llegue a casa, Ana sabrá que le he llamado, y su madre le explicará quién soy. Pueden darse dos escenarios: que le dé cien patadas la sorpresa, o que le haga ilusión. En cualquiera de los dos, tal vez sería una buena idea esperar unos días antes de llamarla: en el segundo caso podría ser incluso beneficioso.
Pero dejo de darle vueltas al tema. Tiro por la ventana el puto Stratego y comprendo que o llamo ahora, o tal vez no vuelva a reunir valor para hacerlo más adelante.
Hoy es el día D. El día de llamar.
Aún así, decido hacerle sufrir un poco. No llamo hasta las diez.
Coge ella directamente. Me reconoce (le han dicho que he llamado). Le explico que quería llamar para quitarme el mal sabor de boca de aquella noche en Urquijo. Me dice que su vida no ha cambiado demasiado, que se casa el año que viene (qué jodida, cómo las educan: no llevamos hablando ni dos minutos y ya me ha torpedeado la línea de flotación), que trabaja en un estudio de decoración... todo apasionante. Asegura que no le parece mal que le haya llamado, aunque está claro que tampoco le hace demasiado feliz. El tono de la conversación es cordial, pero nada más.
Evidentemente no hago ningún movimiento para intentar verla.
La cosa acaba rápidamente. Ella me larga su sinopsis, yo le largo la mía, nos deseamos suerte, etc., etc., etc.
Hasta siempre.

Si ella fuera Julia Roberts, y yo Hugh Grant, hubiéramos acabado casándonos (en el caso, poco probable, de que el hecho de ser Hugh Grant no me hubiera llevado antes al suicidio, claro). Pero esto es el mundo real, y lo que sucedió era lo más lógico.
Pero yo no estaba triste. Todo lo contrario: estaba encantado de lo que había hecho. El resultado era lo de menos, lo realmente importante era que algo se me había metido entre ceja y ceja, y que, a pesar de resultar desagradable, duro y, en cierta forma, ridículo, lo había hecho.
Lo había pasado mal, había estado nervioso, no había podía concentrarme en otra cosa... pero ya estaba hecho. Ya estaba tranquilo, podía cerrar el capítulo y olvidarme del tema. Dedicarme a pensar en la próxima tontería.

Tal vez llamar a Ana fuera una ridiculez, no lo discuto, pero fue muy positivo. Creí que debía hacerlo y lo hice, por absurdo que pareciera. Seguí mi propio criterio, fuera o no correcto. Fui valiente, y preferí arriesgar antes que no intentarlo.
Una de las cosas que más miedo me da en esta vida (¿hay otra?) es morirme creyendo que he perdido el tiempo, que no he aprovechado las oportunidades que he tenido. Aunque ya es tarde para volver atrás y tomar algunos trenes que se me escaparon, en éste viajé hasta el final. Aunque el destino no fuera el mejor.
Resulta absurdo basar la felicidad en lo que se consigue o en las metas que se alcanzan. Nunca se consigue nada que nos haga no volver a desear otra cosa. Nunca se llega a un lugar que nos satisfaga tanto como para no querer ir más allá.
La felicidad no está en encontrar. Está en buscar.
Fuera lo que fuera que buscaba en Ana (nunca lo tuve claro), no lo encontré al final. Pero sí lo encontré en el camino.

Además, siendo realistas, ¿qué futuro me esperaba con una mujer que, al intercambiar gustos cinematográficos en Videcor, allá por el 88, me recomendó que viera (y yo le hice caso) Una familia tronada?

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Comentarios

  1. Acaso hay algo más emocionante que arriesgarse? Muchas veces, la mayoría, hacemos las cosas por el mero hecho de haber tenido el coraje de hacerlas. El resultado es importante a veces, pero...y lo orgulloso que te sientes por haberlo intentado? eh? eso es lo mejor vivir.
    Un besazo

    Comentario de Lerenda hace 3 años y 37 meses


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