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Donde no me llaman

Una de las veces en que hice el gilipollas

Cuando Richard y Ramón llegaron a Laredo aquella madrugada de agosto del 92 fueron testigos de una escena sorprendente: las farolas instaladas en el paseo de la playa, camino de su casa, aparecían dobladas, como si alguien las hubieran golpeado con un gigantesco mazo.
Eran más de las cuatro de la mañana cuando los dos amigos entraron en el piso tratando de hacer el menor ruido posible, suponiendo que Iñaki estaría durmiendo a esas horas. Se equivocaban. Nada más cerrar la puerta se encendió la luz de uno de los dormitorios, e inmediatamente apareció Iñaki en calzoncillos en el umbral de la puerta. Antes de que Richard o Ramón pudieran preguntar algo a su amigo, éste, bastante alterado, comenzó a llamarse idiota, gilipollas, y, por añadidura, a cagarse en Dios.
Los recién llegados estaban cansados. Era viernes, habían trabajado durante todo el día, y su plan era acostarse lo antes posible para poder aprovechar el sábado al máximo. Pero el recibimiento de Iñaki había despertado su curiosidad. Tal vez no era la persona más convencional del mundo, pero no tenía por costumbre ponerse a blasfemar de madrugada mientras se paseaba medio en pelotas por la casa de un amigo. Debajo de aquello había una historia, y no estaban dispuestos a esperar hasta el día siguiente para conocerla.
Consiguieron que Iñaki se sentara. Acompañados de varias Coronitas, y con el ruido de las olas nocturnas entrando por el balcón abierto, se dispusieron a descubrir de qué demonios iba aquello.
-Como sabéis de sobra, el catálogo de estupideces que puede cometer un hombre es variado y extenso -comenzó Iñaki su relato-. Esta noche he cometido una de las más grandes.
Cogió la botella de cerveza y la vació de un sólo trago. Sus amigos, sumamente respetuosos con el narrador, guardaron silencio.
-”Si quieres lo dejamos” -continuó Iñaki-. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas de preguntarle eso? ¡Soy subnormal profundo!
A esas alturas los oyentes ya intuían de qué iba la película, y pidieron a Iñaki que comenzara por el principio. Para facilitar la narración abrieron otras tres cervezas. El sistema dio resultado.
El apartamento era de la familia de Richard. A finales de julio los tres amigos habían ido allí para pasar las vacaciones. Salvo las de Iñaki todas habían acabado, de modo que éste se quedaba entre semana solo en el piso, disfrutando de los últimos días del verano, y esperando que sus amigos llegaran el viernes para salir de farra el fin de semana. Una noche de agosto habían conocido a un grupo de amigas que presentaban diversos grados de atractivo, y también diversos nombres. A pesar de que a lo largo de la noche se los habían recordado varias veces, al día siguiente Iñaki sólo podía recordar, en medio de la resaca producida por un glorioso kinito, el nombre de una de ellas.
Nuria le parecía preciosa. Lo creía entonces y sin duda seguirá creyéndolo ahora, por mucho que aquellos de sus amigos que la conocieron, y que estuvieron menos implicados emocionalmente en el tema, puedan discrepar con mayor o menor intensidad de esta valoración. Tenía 18 años. Era bastante alta, aproximadamente 1,70, tenía el pelo rubio y ensortijado, unos ojos azules navegables, una sonrisa sincera e ingenua, un escote que producía vértigo... No estaba delgada. No estaba gorda. Estaba buenísima. Iñaki, un duro de todo-a-cien, pero en el fondo un gilipollas, pronto se quedó bastante pillado.
Pese a su juventud Nuria ya era empresaria. Junto a una amiga suya llevaban un puesto de helados en el puerto de Laredo. Era heladera. El frío y la pasión parecen incompatibles. Aquello parecía un mal presagio.
Helados Frigo. Los favoritos de Iñaki. Aquello parecía un buen presagio.
La heladera de Laredo. Aquello parecía un trabalenguas.
Chicos y chicas comenzaron a quedar.
Por el día ellos iban al puerto a visitarlas. Pasaban allí horas. Se convirtieron en sus mejores clientes. Comían helados por toneladas.
Por las noches salían juntos. Eran pandilla. Iban a bailar, jugaban kinitos, se reían mucho. Por las noches ellos no se comían nada.
Aquel verano del 92 fue la polla. La Expo de Sevilla. Madrid capital cultural. Las Olimpiadas de Barcelona. Medallas de oro a patadas. Somos los mejores en fútbol, en ciclismo, en atletismo... Nos sentíamos orgullosos de ser españoles. Pero en lo referente a dar en la diana Iñaki se estaba quedando bastante por debajo del amigo Rebollo. Nuria se le resistía. Aunque era evidente que él le gustaba (no ponía pegas para quedar todos los días, y parecía pasarlo muy bien en su compañía) presentaba los lógicos reparos de las macizas de pueblo. Están hartas de que en verano llegue el guapito de fuera, de quedarse colgadas con él, y de que a finales del verano, “si te he visto, no me acuerdo”. Nuria era una tía muy guapa (sin duda lo seguirá siendo), y a esas alturas, a los 18 años, con ese cuerpo y esa cara, con ese pelo rubio natural, era como un potente faro para los ligones de agosto. Estaba cansada de que se le acercasen barcos de todos los tamaños, e Iñaki era tan sólo un paquebote más. ¿O no?
Ya se acercaba el final de agosto. Aunque a Iñaki todavía le quedaban varias semanas de vacaciones, su plan original consistía en marcharse por esas fechas de Laredo para asistir a las fiestas de Peñafiel (un pueblecito de Valladolid que merecería todo un libro), como había hecho durante todos los agostos de su vida.
Era viernes. El último viernes que iba a pasar allí según su plan inicial. Y el tema con Nuria continuaba congelado. Su vida sexual, a la sazón, presentaba la temperatura de un puto “Capitán Cola”, y la rubia le producía tal efecto que llevaba quince días dándose duchas frías. El apartamento de Richard tenía un calentador eléctrico, es decir, si te tocaba ducharte después de alguien te podías dar por jodido porque siempre se acababa el agua caliente. Salvo que ese alguien fuera Iñaki. El cabrón se duchaba con agua helada y, aún así, si entrabas después en el baño, aquello estaba lleno de vapor (años después le sucedió algo parecido en su casa de Bilbao: gastaba tan poco butano que el Servicio de Atención al Cliente de Repsol le llamó para averiguar si se había mudado de domicilio).
Pero centrémonos. Aquel viernes Iñaki decidió echar el resto, utilizar todos sus recursos, y, si era preciso, jugar sucio. Entonces el muy hijoputa escribió una carta.
Aquella noche no habían quedado con las chicas. Ellas habían salido por su cuenta, pero Laredo es pequeño, así que sólo fue cuestión de tiempo que coincidieran en un bar. Cuando eso sucedió Iñaki, en plan Bogart, le entregó la carta a Nuria, le dijo que la leyera, y después se marchó con sus amigos. No vamos a facilitar el contenido de la misiva, pero basta decir que, tras leerla, Nuria se fue en busca de Iñaki. A los cinco minutos la parejita se estaban dando unos muerdos de escándalo. Iñaki podía ser un cabronazo, pero joder, escribiendo cartas el tío era un puto maestro.
Llegó el domingo. Ramón y Richard se marcharon, ya que el lunes tenían que volver a trabajar. Iñaki cambió de planes y decidió prorrogar su estancia en Laredo. ¿No se iba a marchar ahora, no?
Como un buen amigo Richard le había dejado el piso a su disposición, y, hasta el viernes, cuando volvieran sus amigos, Iñaki estaría allí sólo. Sólo con Nuria.
Siguió frecuentando el kiosko de helados por las mañanas, saliendo con ella por las tardes, y acompañándola pronto a casa por las noches (la chica tenía que madrugar al día siguiente). En la puerta de su casa se despedían cien veces cada noche, y se daban cien besos por cada despedida.
A Iñaki realmente le encantaba besar. Desde pequeño había oído hablar de besos y sexo. En general los primeros le habían decepcionado menos que lo segundo, y. aunque sólo fuera por esa razón, los besos le merecían todo el respeto del mundo. Pero no sólo era eso. Los primeros besos señalan el principio del temblor, el principio del vértigo, el principio del sueño y, desde luego, la parte más maravillosa. Esa es la esencia del amor, esos primeros momentos. Lo que viene después, lo que la gente confunde, son sólo secuelas. El bajón del subidón.
Pero los principios son mágicos. Los primeros besos son mágicos.
Pero aunque Iñaki creía firmemente en todo eso, no estaría diciendo la verdad si asegurase que no pensaba en “algo más” aquellas noches, cuando Nuria desaparecía dentro de su portal.
Pero no tenía prisa.
Después regresaba al apartamento caminando por el paseo paralelo a la playa. Durante el trayecto, que recorría como flotando, se alegraba, y a la vez se asustaba, de lo bien que puede hacer sentir una mujer a un hombre.
Iñaki estaba feliz. Y pensaba en la cena del viernes.
Había invitado a Nuria a cenar al apartamento de Richard, y ella había aceptado.
El viernes por la mañana salió a la compra. Compró varias cosas, entre ellas carne de buey en una carnicería donde, como buen bilbaíno, compró dos chuletas monstruosas (tan grandes que ni siquiera pudieron cenarse una entre los dos; la otra se la desayunaron Richard, Ramón, el propio Iñaki, y otros amigos a las 7 de la mañana del domingo, antes de meterse a la cama tras una noche de juerga. Pero eso, parafraseando al que lo dijo, es otra historia).
Viernes noche. Iñaki preparó una cena estupenda y la sirvió en la terraza, aprovechando que hacía una temperatura perfecta. Nuria apareció guapísima. Por su parte, el anfitrión, inmune al ridículo, la recibió con una camisa de lunares medio desabrochada. No es que tuviera un cuerpo Danone (bueno sí: de natillas Danone), pero en la cocina hacía un calor tremendo y, dado que ella estaba bastante colgada por él, supuso que aquella pequeña libertad no iba a estropear nada.
No lo hizo. La camisa no.
Cenaron poco. Hablaron mucho. Bebieron algo.
Si los momentos pudieran embotellarse como el vino para poder saborearse cuando se quisiera, aquella sería una de las reservas que Iñaki sin duda guardaría en su bodega. Pero las cosas no son así, y seguramente ahora sólo conserve un recuerdo difuso de aquella noche. Eso no es lo peor: ha vivido momentos de los que no recuerda absolutamente nada, y eso si que le pone de mala hostia.
Pero volvamos al recuerdo difuso.
Los dos estaban felices. Sus miradas se habían rendido. Las mentes se habían rendido. Ahora le tocaba el turno al resto de los cuerpos.
Se abrazaron con fuerza, y los besos pasaron de los labios a los ojos, de allí a las orejas, y luego al cuello. Iñaki se colocó detrás de Nuria, y sin abandonar el cuello metió las manos debajo de la blusa de la joven, recorriendo su sujetador (ella siempre llevaba una lencería deslumbrante). Nuria era sorprendente. Tenía un cuerpo duro como una piedra. Si todas las mujeres fueran así el inventor del WonderBra no hubiera podido dejar su otro trabajo.
Las manos de Iñaki bajaron por su cuerpo.
Pero entonces se produjo la separación definitiva entre cuerpo y mente. Ciertas zonas de su anatomía presentaban la querencia natural en esas circunstancias, pero a su cabeza le dio por pensar. De pronto, como si fuera un firme creyente en la reencarnación y estuviera convencido de que las más cándidas de sus anteriores personalidades hubieran sido Jack el destripador y el estrangulador de Boston, sintió que la culpa le embargaba. No podía hacer aquello (¿el qué?); no podía aprovecharse de Nuria (¿comorr?). La educación matriarcal le había jodido bien. La época que le había tocado vivir, otro tanto. De repente tenía la obligación de pedir perdón en nombre de todos los hijos de puta que habían existido, como si él fuera responsable de lo que habían puteado a las mujeres durante siglos.
Antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo, dijo”Si quieres lo dejamos”.
Tal vez esperaba que ella valorase su consideración. Lo hizo.
Tal vez esperaba que aquello le hiciera sentirse segura con él. Lo hizo.
Tal vez esperaba que aquello la convenciera de que era importante para él, de que la respetaba. Lo hizo.
Tal vez esperaba que ella dijera “No cariño. Continúa”.
¿Lo hizo? Estamos hablando de Iñaki. Las cosas no funcionan así para él.
Nuria prefirió dejarlo. El ambiente se relajó, aunque continuó siendo totalmente agradable.
Charlaron durante un buen rato, tomaron unas copas, y después Iñaki la acompañó hasta casa, como un caballero. Un caballero con un caballo blanco y una armadura reluciente en la que se había hecho grabar “Soy un hombre. Soy despreciable”.
De vuelta a casa tuvo tiempo para pensar en lo que había sucedido. Tiempo para enfadarse consigo mismo por ser tan “educado”, por ser tan complicado. Estaba al rojo, y no a causa de la excitación sexual precisamente. Hacía una hora estaba abrazando a una rubia estupenda medio desnuda en un apartamento en primera línea de playa, y ahora estaba paseando sólo de camino a una casa vacía. Lo único que podía abrazar ahora era la idea de acercarse hasta el kiosco de los helados de Nuria y joderle todo el género con su simple e incandescente cercanía. Hubiera podido hacerlo. Hubiera podido evaporar la mitad del agua del Cantábrico si se hubiera bañado. Hubiera podido cristalizar toda la arena de la playa sólo con tocarla.
Ese verano todo cristo ganaba medallas menos él. Unas semanas antes un tío había acertado con una flecha ardiendo a una antorcha que estaba a mil kilómetros. Él había tenido a Nuria a cero centímetros y había sido incapaz de acostarse con ella. Rebollo parecía un pringado, pero en realidad el pringado era él. En cuanto volviese a Bilbao iba a apuntarse a clases de tiro con arco.
Pero eso era el futuro. En el presente, en lugar de alterar el ecosistema con su calentón de supernova se limitó a recorrer todo el trayecto dándose de cabezazos contra todas las farolas del paseo. Llegó a casa, se desnudó, se aseguró de que el calentador estuviera apagado, y se metió en la ducha. Eran más o menos las dos de la mañana cuando se acostó. Unas dos horas más tarde llegaron Ramón y Richard.
Iñaki seguía despierto, dándole vueltas a lo único en lo que podía pensar, tratando de averiguar cómo había podido ser tan idiota. De modo que se levantó para intentar relajarse contándolo todo a sus amigos. Y para aclararles, de paso, a qué se debía el nuevo diseño de las farolas.
Les explicó la historia al completo, repitiendo el final varias veces.
Si quieres lo dejamos”, “Si quieres lo dejamos”... ¿cómo puedo ser tan gilipollas?
Aunque aquella no hubiese sido una pregunta retórica, los amigos de Iñaki no hubieran podido responderle. Ellos tampoco entendían cómo podía ser tan gilipollas. Pero, como suele decirse, “algún día nos acordaremos de esto y nos reiremos”. No tuvieron que esperar tanto: a los pocos minutos ya se estaban riendo, aunque Ramón y Richard empezaron primero. Después se les unió Iñaki. En el fondo no se sentía del todo mal por lo que había hecho.
Pasó esa noche. Pasó la chuleta para desayunar. Pasó el fin de semana (de hecho ya han pasado muchos años, pero no hace falta que vayamos tan lejos). Iñaki siguió saliendo con Nuria, y, afortunadamente, lo que tenía que pasar pasó. Desgraciadamente, lo que tenía que pasar después, también pasó.
Hubo otros veranos. Hubo otras juergas. Hubo otras chuletas. También hubo otros amigos, aunque, por suerte para Iñaki, los de entonces siguen estando ahí.
También, cómo no, hubo otras mujeres. Pero eso, recurriendo al tópico, es otra historia.

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