Todo es igual a cero
Iñaki Bahon - 10-05-2005 02:39:43 | Categoria: Narrativa
Cuando se preguntaba acerca de sus miedos, Carlos siempre ponía al principio de la lista el que le inspiraba la posibilidad de lamentar, momentos antes de morir de viejo, el haber perdido el tiempo, el haber desperdiciado su vida.Ahora, con apenas 35 años, consideraba aquel desenlace como prácticamente inevitable.
Su trabajo como redactor en la revista “Entropía”, dedicada a eso que se ha dado en llamar las paraciencias (los fenómenos "para anormales", como solía comentar en privado), no contribuía demasiado a mejorar sus perspectivas en ese terreno.
Eran las cinco de la tarde. Y se dirigía en metro a entrevistar a un lunático que aseguraba que el fin del mundo estaba próximo (otra vez).
El 2001 se acercaba, y, el tercer milenio iba a comenzar de nuevo. Cuando ya estaba olvidada la oleada de profecías y vaticinios catastróficos que se habían producido el año pasado, ahora todos los falsos profetas volvían a la carga para amargar el segundo semestre del año al resto de la humanidad. Por este motivo “Entropía” estaba preparando varios especiales sobre el tema. No es que la revista hubiera defendido en el 99, contra el resto del mundo, que el milenio no acababa hasta el año próximo. Por supuesto que no: habían llenado sus páginas con aquella mierda; de hecho, lo que iban a publicar ahora eran prácticamente fotocopias de los artículos de hace doce meses. El negocio es el negocio, y los lectores no eran demasiado exigentes.
Para Carlos no eran más que un rebaño de crédulos que no dejaban de sorprenderle. No podía entenderlos. Entre los forofos del deporte existen aquellos a los que les gusta el fútbol, pero no el tenis; entre los aficionados a la música aquellos que se pirran por el rock pero odian la salsa; entre los amantes de la literatura, quienes adoran a Borges pero no pueden con Dickens... Pero en el mundo en el que se movía Carlos, las reglas eran distintas. Le hubiera gustado encontrarse con alguien que dijera: “Creo en los OVNIS, pero no en la astrología”, o “La reencarnación es algo totalmente cierto, pero lo de la telepatía es una estupidez”. No comprendía como, a pesar de las numerosas y diversas “disciplinas” que confluían en este mundillo, todos los adeptos a lo sobrenatural se llevaban siempre, indefectiblemente, el pack completo. Era todo o nada. Respecto a lo paranormal, el mundo se dividía en dos grupos: los escépticos y los otros, los que se creían todo el lote.
Mientras trataba de inventar un enfoque original para que la entrevista que le esperaba se diferenciase en algo de las otras docenas que había hecho, se fijó en una joven que se encontraba de pie a unos pocos metros de él.
Tenía un buen lejos, pero un examen más detenido revelaba a una persona totalmente distinta. Sus ojos eran pequeños, sus labios demasiado finos, y su nariz demasiado grande para cualquiera que midiese menos de dos metros. Vestía ropa ajustada, a pesar de que le sobraban unos cuantos kilos, y, aunque sus cejas revelaban que era morena, llevaba el pelo rubio, casi blanco, de uno de esos colores que no existen en la naturaleza.
Era toda una demostración de lo patéticos que pueden ser los hombres, y de cómo las mujeres han descubierto las debilidades de la mayoría de ellos: una tía fea, gorda, morena, y desesperada, en la que nadie se ha fijado nunca, se tiñe el pelo en defensa propia, se viste con dos tallas menos de las que necesita, y, de repente, los tíos se giran para mirarla el culo, aunque su culo sea tan grande como para que no haga falta girarse para seguir viéndolo.
Pero no fue el aspecto físico de la joven lo que más le llamó la atención. Lo que realmente le hizo fijarse en ella detenidamente fue lo que llevaba bajo el brazo. Era una caja de cartón, algo más grande que una de zapatos, cerrada con cinta adhesiva. En sus laterales, en letras marrones, se podía leer una palabra: "Thagson". Carlos no pudo evitar sonreír: Thagson era, posiblemente, la mayor empresa de venta de películas por correo; de películas pornográficas. Lo sabía perfectamente porque él mismo era un buen cliente, y mensualmente recibía una catálogo con todas las novedades de tan estimulante género. Al pie del cupón de compra que se adjuntaba con dicho catálogo se incluía una nota: "Todos los pedidos se enviarán sin ningún indicativo exterior que pueda revelar la naturaleza de su contenido (¿?)".
Vaya confidencialidad de los cojones era aquella. La caja no daba pistas acerca de que contenía material pornográfico, salvo el nombre de la compañía, claro. Un sistema estupendo, teniendo en cuenta que todo cristo les compraba películas X por correo. Lo mismo que él, muchas personas sabían cuál era el contenido de aquella caja. Seguramente, incluso, algunas de las personas que viajaban en el metro en ese preciso momento. Carlos, en vez de pensar en la inminente entrevista, siguió dándole vueltas al asunto.
Se preguntó si la chica sabría que lo políticamente incorrecto de su paquete se revelaba tan claramente a los ojos del resto de los viajeros como si estos dispusieran de visión de rayos X (por otra parte, los rayos más apropiados para curiosear en este tipo de bultos). En un primer momento Carlos pensó que ella debería haberse dado cuenta, como cliente de Thagson, de que aquella inscripción en la (por lo demás) corriente caja de cartón, tendría que ser reconocida por cuantos viciosos se cruzaran en su camino. Pero enseguida admitió que, él mismo, al recoger sus propios pedidos, jamás había reparado en aquel detalle. Era ahora, al ver a otra persona en esa situación, cuando comenzaba a evaluar las posibles consecuencias de aquello.
Comenzó a imaginar que los avisados viajeros podían formarse una opinión acerca de aquella chica a partir de sus gustos cinematográficos. Que tal vez muchos de ellos pensarán que era una guarra. Personalmente Carlos no tenía prejuicios sobre casi nada, y, lógicamente, mucho menos sobre aquellas personas a quienes (como a él) les gustaba el porno. Pero no todo el mundo pensaba de la misma forma. Estaba seguro de que alguna persona de las presentes, alguna de las que sabían qué era lo que la rubia llevaba bajo el brazo, comenzaba a despreciar a la chica. Aquella reacción no tenía ningún sentido desde un punto de vista lógico: si alguien sabía lo que había en aquella caja era, casi sin lugar a dudas, porque él/ella mismo/a había recibido una igual en alguna ocasión; ¿por qué criticar entonces a alguien por sus aficiones, cuando estas coinciden con las tuyas? Pero claro, la lógica casi nunca tiene lugar en el terreno del comportamiento humano. Carlos estaba convencido de que todo el mundo, por horrible que fuera su conducta, era capaz de justificarse a sí mismo, de llegar a encontrar alguna atenuante para lo que sea que hubiera hecho (robar, violar, torturar o asesinar), pero no estaba tan seguro de que se fuera tan indulgente con los demás. Esa humana cualidad para ver la paja en el ojo ajeno a pesar de que el nuestro esté atravesado por una viga de acero, podría, llevando el asunto hasta sus extremos, acarrear graves consecuencias a la joven del pelo teñido.
En principio, aquello tal vez sonara demasiado dramático. Al fin y al cabo, ¿qué podía importarle a la joven que unos desconocidos, a los que seguramente jamás iba a volver a ver, creyesen que era una degenerada? ¿Acaso iba a vestir como lo hacía si le preocupase, aunque sólo fuera un poco, lo que pensaran los demás?
Pero, ¿y si no todos los presentes fueran desconocidos? ¿Y si entre los viajeros, entre todas aquellas personas anónimas, se encontrase, sin que ella le hubiera visto, el padre de su novio? ¿Qué pasaría si el hombre se escandalizase al descubrir que su futura nuera compartía su afición por el onanismo? ¿Y si se escandalizase tanto como para contárselo a su mujer y a su hijo, el cual podría ser tan gilipollas como su padre, y todo aquello desembocara en la anulación de la boda prevista?
¿Y si, además del suegro, también viajase en el metro el jefe de la chica? El tipo tal vez fuera el orgulloso poseedor la videografía completa de Andrew Blake, pero que el señor tuviera buen gusto para el cine X no significaba éste fuera acompañado de la virtud de la tolerancia, y tal vez decidiera que no le interesaba tener trabajando en su empresa a alguien de tan dudosa moral como aquella mujer.
En resumen: una mera anécdota sin importancia aparente podía desembocar en un auténtico drama humano: el ineficaz sistema de confidencialidad de Thagson, unido al despiste de la chica, podía costarle a ésta el trabajo y el novio.
Pero la cosa no terminaba ahí. ¿Y si la rubia no llevara realmente material pornográfico en la caja? Carlos observó que la cinta adhesiva que la cerraba no parecía demasiado bien pegada, como si hubiera sido abierta y vuelta a cerrar después. Aquello abría nuevas posibilidades. Tal vez no viniera de la oficina de correos. Tal vez hubiera estado visitando a una tía suya, y ésta le hubiera entregado unas latas de espárragos para su madre, utilizando como embalaje una caja "que andaba por allí".
-La ha dejado aquí tu primo. Es de unos libros que pidió por correo. Ya sabes lo mucho que le gusta leer-, explicó la orgullosa, y engañada, madre.
Es decir, que al niño le encantaba machacársela contemplando a las siliconadas porno-stars de moda (o, si tenía algo de buen criterio, a insuperadas clásicas como Tory Welles, Tracy Lords o, por supuesto, Amber Lynn), y, aquel inofensivo pasatiempo iba a arruinarle la vida a su prima.
La megafonía anunció que la próxima parada era la de Carlos.
Aquello le sacó un poco de sus elucubraciones. Rápidamente tomó en su cuaderno algunas notas sobre la situación y todo lo que había imaginado sobre ella. De aquello se podría sacar un buen relato.
El tren se detuvo. Se levantó de su asiento y, al salir del vagón, pasó por delante de la rubia. En ese momento tuvo ocasión de estudiar fugazmente su cara, no desde un punto de vista estético (ya sabía que era fea), si no intentando averiguar, a través de sus rasgos (si es que aquello fuera posible), qué demonios llevaba en la caja.
Una vez en el solitario andén, mientras ascendía por las escaleras que comunicaban con el exterior, Carlos descubrió que su estado de ánimo era un poco más sombrío de repente, como si algo pesado se acabara de instalar en su estómago, aunque en principio no supo a qué se debía aquella sensación. Se sentía como en esas ocasiones en las que te encuentras preocupado sin saber por qué, hasta que recuerdas que pasado mañana tu madre tiene que recoger los resultados de una biopsia que le hicieron hace unos días; realmente no lo habías olvidado, sólo que en ese momento no lo tenías presente. Pero lo que sí tienes presente es la angustiosa sensación de ansiedad que te produce la situación.
Pronto comprendió la causa de aquel sentimiento. Se detuvo en medio de las escaleras, extrajo su libreta de notas del bolsillo interior de la cazadora, y releyó lo que había apuntado apenas un minuto antes:
Rubia teñida en metro:
-Caja de Thagson : ¿es esto confidencialidad?
-¿Porno o espárragos?
-Comentarios de la gente (sonrisas, críticas...)
-La ve su jefe: despido
-Su futuro suegro: anulación de la boda
-¡¡¡Drama Humano!!! ¿culpa de su primo?
Estuvo a punto de reafirmarse en la opinión de que allí había un buen relato, pero no llegó a hacerlo. Por fin comprendió que ese tópico (“Aquí hay una buena novela”, "un buen cuento", "una buena película", o un buen lo que sea) era al menos tan falso como el que afirma que un corner es medio gol.
Allí no había un buen relato. En el mejor de los casos tal vez existiera el germen, pero el relato todavía tenía que escribirse. De momento todo se reducía a unas breves notas, unas notas que guardaría en su carpeta de notas, donde se reunirían con otros cientos de notas, cientos de ideas que, supuestamente, iban a dar lugar a otros tantos relatos. Proyectos, proyectos, proyectos... Si Carlos hubiera desarrollado simplemente la mitad de las ideas que se le habían ocurrido, su obra literaria podría compararse con la de los más prolíficos escritores de la historia.
Pero, por desgracia, las ideas no se transforman en obras por sí solas. Es necesario trabajar en ellas.
Hacía años que se escudaba con la arrogante y falsa presunción de ser escritor (no el escritor de revistucha que realmente era, si no escritor de verdad). Lo cierto era que aquella pedantería le resultaba útil. Las noches de sábado en las que las mujeres se le resistían (la mayoría de las veces), los días en que el trabajo le resultaba definitivamente insoportable, los momentos en los que la impotencia por no poder pagarse la vida que deseaba llevar le resultaba enloquecedora... en esas ocasiones se convencía a sí mismo de que no tardaría en escribir algo que por fin cambiaría su vida. Algo importante que le proporcionaría fama, dinero, prestigio, mujeres, y autoestima.
Aquel engaño le servía de consuelo en esos momentos de abatimiento, de tribuna en la que subirse y desde la que poder sentirse superior a los demás
En esos momentos, precisamente cuando no podía hacerlo, ardía en deseos de escribir. Pero cuando realmente disponía de tiempo, lo desperdiciaba en cualquier cosa, excepto en la literatura.
Cualquier cosa que le apetecía hacer le distraía de lo que creía querer hacer.
Se excusaba diciéndose que aún tenía mucho tiempo por delante, que algunos grandes escritores todavía no habían escrito nada a la edad que él tenía, que ya llegaría la inspiración... Pero, a sus casi 36 años, las excusas estaban perdiendo su efecto.
Incluso un experto en negar la realidad como era él comprendía a veces que ya había pasado la época de diseñar rutas, de preparar maletas, de decidir destinos. En aquel punto de su vida ya debería haber llegado a algún sitio.
Sabiendo que jamás escribiría nada con aquello, volvió a guardar su libreta. Iba a reanudar su ascensión por las escaleras cuando reparó en una mujer que se encontraba sentada en el andén opuesto.
Aparentaba unos 60 años, aunque seguramente tendría menos. Sin duda el sufrimiento que reflejaba su rostro la había envejecido más de la cuenta. Con sus manos aferraba sobre su regazo un bolso barato, como si allí dentro llevara todo lo que consideraba importante en su vida. La mirada baja, como si le asustase mirar, o que la mirasen. Los pies, de los que sólo la punta llegaba a tocar el suelo, recogidos hacia atrás bajo el banco, como si temiera molestar.
De igual forma que le había sucedido con la rubia del metro, Carlos comenzó a imaginar lo que podría ser la vida de aquella pobre mujer. Aquello debería afectarle, hacerle sentir identificado emocionalmente con el sufrimiento que intuía en ella. Pero era incapaz de sentir nada. Jamás conseguía que nada le hiciera conmoverse, y menos que nada las desgracias ajenas. Y aquello era fatal para un escritor.
Un metro pasó a toda velocidad sin detenerse en la estación. Carlos observó los vagones lanzarse a toda velocidad hacia el túnel, como un enorme endoscopio viajando por las vísceras de una inimaginable criatura.
Pensó que no le importaría que aquel túnel se llenara de sangre, y así acabar con todo de una vez.
Era tarde, y tenía trabajo por hacer.
Los falsos profetas con los que Carlos solía tratar se dividían básicamente en dos grupos: los millonarios aburridos, y los muertos de hambre. Había realizado entrevistas en mansiones enormes y en lujosos salones, pero también en apartamentos deprimentes subalquilados a las ratas, en sórdidas habitaciones de hotel, en callejones húmedos, e incluso en automóviles abandonados. Por no hablar de un par de cementerios. Todo muy edificante. Pero ahora estaba a punto de batir su propio record.
Un tipo había telefoneado dos semanas antes a la redacción de Entropía. Trabajaba como celador en un centro psiquiátrico de la capital, y, según explicó, allí tenían ingresado a un paciente que hablaba continuamente de cosas horribles. El enfermo, al que llamaban, simplemente, Tomás, no tenía familia, y nadie había ido nunca a visitarle ni había preguntado por él. Dos años atrás había sido recogido medio muerto en un callejón. Cuando se recuperó de las lesiones físicas, y se revelaron las mentales, le ingresaron en el psiquiátrico. Desde entonces no había dejado de contar sus historias.
El celador sabía que la revista en la que trabajaba Carlos publicaba todo tipo de cuentos extravagantes carentes de fundamento, y pensó que tal vez podría sacar un poco de dinero “vendiéndoles” las que contaba aquel loco. El director de Entropía creyó que aquella sería una buena manera de llenar unas páginas sin gastar demasiado dinero, por lo que mandó a Carlos a hacer el trabajo.
Carlos había visto muchos manicomios en películas, pero aquella era la primera vez que entraba en uno de verdad, y enseguida descubrió que no tenían nada que ver con los que aparecían en el cine. Era mucho peor. A través de pasillos con la pintura desconchada, extraños olores, y gritos inhumanos, el celador le condujo a la habitación de Tomás.
En el centro de la pequeña celda, sentado en un taburete, se encontraba el tipo en cuestión. Era un hombre de apariencia completamente normal, del que nadie hubiera podido sospechar en caso de haberle visto por la calle. Llevaba el típico pijama de hospital, de un blanco resplandeciente, y la intensa luz solar que entraba por la pequeña ventana de la habitación le daba de pleno, rodeándole de una especie de aura angelical. Aquella iluminación le recordó a Carlos a las películas de Oliver Stone, y no pudo evitar pensar en que el celador había dispuesto aquella escenografía a lo El silencio de los corderos para impresionarle.
-Puede sentarse aquí -dijo el enfermero señalando un taburete vacío frente a Tomás. Carlos siguió su consejo-. No trate de hablar con él, no le hará caso; cuando quiera él hablará. Yo esperaré en el pasillo por si sucediera algo. Hasta el momento no ha dado problemas, pero nunca se sabe...
-¿Me va a mostrar una fotografía de una enfermera con la lengua arrancada a mordiscos a modo de advertencia?
-¿Cómo dice? -preguntó el celador sin entender la ironía de Carlos.
-Nada, déjelo. No se preocupe, le llamaré si tengo algún problema.
El tipo salió de la habitación. Carlos observó detenidamente a Tomás, y siguió sin ver en su rostro nada que pudiera delatar su estado mental. Le miraba fijamente, como si estuviese a punto de comenzar a hablar, y tan sólo esperase a que el periodista le prestara la atención necesaria.
Carlos decidió tomarse las cosas con calma. Sacó una pequeña grabadora de un bolsillo, la encendió, y la colocó sobre su pierna derecha. Miró a su alrededor, estudiando una habitación que no tenía mucho que estudiar: una cama, una mesa y un inodoro. Y las paredes. Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la luz pudo verlas más claramente: estaban llenas de operaciones aritméticas, anotadas con diversos colores, (Carlos observó una caja de pinturas de cera en la mesa, así como las manos manchadas de Tomás). Las cuatro paredes estaban cubiertas de números hasta donde se podía llegar subido en una silla. Había miles de ellas: sumas, restas, divisiones, raíces cuadradas... el tal Tomás era un tipo trabajador. Pero no tenía ni idea de matemáticas: todas aquellas operaciones, fueran del tipo que fueran, daban el mismo y erróneo resultado: cero. 2+2, 3x8, 8/4... En aquella habitación todo era igual a cero.
Carlos trataba de encontrarle un sentido a aquello cuando la voz de Tomás le sobresaltó.
-¿Sabe cuál es uno de los grandes dramas del ser humano? El hecho de que es incapaz de asumir que va a morir -su voz era tranquila y penetrante-. Sólo cuando muere alguien cercano comenzamos a darnos cuenta de que algún día nos pasará a nosotros. En ese momento nos sentimos vulnerables y asustados. Pero esa sensación pasa pronto, y enseguida volvemos a ignorar la realidad. Es una lástima, porque si comprendiésemos de verdad que vamos a morir, valoraríamos cada segundo. Claro, que todo eso carece ahora de importancia.
Tomás no se movía mientras hablaba. Continuaba mirando a los ojos a Carlos, con sus pintadas manos reposando sobre las piernas, y manchando las perneras de su pijama.
-Todos nos creemos el centro del mundo -continuó-. Estamos convencidos de que todas las personas que nos rodean no son más que extras de una película en la que nosotros somos los protagonistas. Pero el papel de los demás no termina cuando desaparece de nuestra vista, no se le mete en un armario a la espera de que volvamos a necesitarlos. Sus vidas siguen, y son tan importantes para ellos como para nosotros la nuestra.
»Luego alguien muere. Y entonces nos sentimos cerca de ellos. Creemos compadecerles, pero en realidad nos estamos compadeciendo de nosotros mismos porque sabemos que, tarde o temprano, les seguiremos.
Por desgracia no tendremos que esperar mucho.
Dejo de hablar durante unos instantes. Carlos comprobó cómo la grabadora se detenía: tenía un sistema de reconocimiento de voz: ésta la activaba, y se desconectaba automáticamente si nadie hablaba durante 5 segundos. Pronto comenzó a funcionar de nuevo.
-En estos momentos, mientras vivimos nuestras vidas, las únicas válidas para nosotros, están comenzando a suceder cosas terribles a otras personas, en otros lugares. Mientras vivimos nuestra vida, en un pequeño pueblo de La India, un brujo, tan real como nosotros, lee el futuro en las vísceras de un animal. Dentro de unos instantes, horrorizado por lo que va a ver, se sacará los ojos.
Bañado por el intenso sol que entraba por la ventana, Carlos comenzó a sentir frío.
-En Venezuela, los trabajadores de una perforación petrolífera se sienten eufóricos: parece que han encontrado una bolsa de crudo. La estructura de la torre comienza a temblar, una especie de rugido bestial parece surgir del interior del pozo, y un líquido viscoso comienza a brotar. Sólo que no se trata de petróleo, sino de sangre.
»En un hospital de París un ginecólogo y su enfermera tratan de sujetar a una paciente enloquecida. La mujer ha acudido a realizarse una ecografía rutinaria, y ha sufrido un ataque de nervios al ver en el monitor el aspecto que tiene su hijo.
»En otro hospital, esta vez en Argentina, acaba de tener lugar parto de gemelos. Chico y chica. Él se encuentra perfectamente, pero la niña ha nacido muerta, con evidentes signos de haber sido violada y estrangulada. El médico que ha atendido el alumbramiento observa horrorizado los negros ojos del niño recién nacido.
»Pero estos son tan sólo fenómenos locales que afectan a pocas personas. Las cosas irán empeorando en días sucesivos.
»Mañana, los Estados Unidos utilizarán un proyectil nuclear de baja potencia para intentar acabar con un gigantesco ser que sus satélites espías han descubierto en Alaska. Al comenzar su rutinaria jornada, un astrónomo comprobará perplejo que no consigue ver ninguna estrella. Días después se descubrirá, en todos los cementerios del mundo, que los ataúdes están vacíos y perforados, y que de ellos parten túneles hacia el interior de la tierra: como si los muertos estuvieran agrupándose ahí abajo con algún escalofriante objetivo. Los tripulantes de un submarino nuclear soviético se verán desconcertados ante las extrañas y gigantescas siluetas que, según el sonar, les estarán rodeando. Un astronauta en órbita, al mirar hacia la tierra, descubrirá que el aspecto de la superficie ha cambiado; antes de que pueda comunicar con la tierra, le detendrá el sonido de la puerta de su nave al abrirse desde fuera...
»Ahora parece una locura. Parece una locura imaginar criaturas diabólicas, muertos vivientes, guerras nucleares inminentes y epidemias devastadoras. ¿Pero qué importa si lo parece o no? En la vida no hay señales de tráfico que avisen de lo que va a suceder antes de que suceda: ya ha empezado, y no hay forma de detenerlo.
En ese momento Carlos hubiera preferido encontrarse delante de Hannibal Lecter.
-¿Cree que puede predecirse el futuro? -por una vez Tomás pareció dirigirse realmente a Carlos-. Espere, no conteste. No he formulado bien la pregunta. Usted es un profesional que trabaja en una revista especializada en temas paranormales. Ha tratado con todo tipo de lunáticos y farsantes que han realizado miles de predicciones que luego no se han cumplido. No se trata de creer o no creer. Usted SABE. Sabe que el futuro no puede predecirse, ¿verdad?. Es un escéptico que sólo cree en lo que puede ver. Sabe que todas las cosas de las que trata su revista son basura. Por cierto ¿no cree que se ha equivocado de trabajo? Déjelo. No importa.
»Se equivoca ¿sabe? El futuro puede predecirse. Todos lo hacemos continuamente. “Este fin de semana iré al cine”, “El año próximo voy a casarme”, “Mañana saldré tarde del trabajo”... Sería imposible vivir si no contáramos con algunas certezas, con que, en cierta forma, podemos predecir el futuro. Todos lo hacemos. Incluido usted, que ya sabía esta mañana que iba a venir a verme.
»Incluso una materia tan poco sospechosa de congeniar con lo paranormal como las matemáticas, en realidad, se basa en la adivinación. Las matemáticas dicen “Dos más dos igual a cuatro”. Pero no sólo aseguran que el resultado es cuatro, si no que siempre lo será. La misma tabla de multiplicar es toda una profecía.
»Pero algunas personas pueden ver más allá de lo evidente. Algunas personas, sin saber porqué, son capaces de predecir lo que nadie más puede, cosas que ocurren a pesar de esas reglas que tan seguros nos hacen sentir. Esas personas, como yo, pueden ver lo que pasa en lugares lejanos y extraños, y saben que están empezando a suceder cosas horribles.
»Algunos sabemos que algún día, dentro de no mucho tiempo, dos más dos serán igual a cero.
Carlos esperó a que Tomás añadiera algo más. Pero no lo hizo. La grabadora se detuvo de nuevo. Cuando el periodista estaba a punto de formular una pregunta, el celador entró en la celda.
-Lo siento, pero tiene que marcharse ya si no quiero que se me caiga el pelo -explicó.
-De acuerdo.
Carlos se levantó. Sopesó la posibilidad de despedirse del paciente, pero desechó la idea. No creía que aquel tipo escuchara nada de lo que pudiera decirle. Siguió al celador hasta la puerta, y cuando estaban a punto de abandonar la celda, la voz de Tomás les detuvo.
-No eran películas porno. Ni espárragos.
Carlos se quedó petrificado. Se giró y clavó sus ojos en el enfermo, que seguía sentado sin mover un miembro. Aquel tipo no podía hablar de lo que él creía que estaba hablando. No había forma de que supiera nada de todo aquello. Era imposible.
-Esa chica rubia del metro es sólo una pieza más de todo lo que está a punto de suceder -continuó Tomás-. En realidad en la caja llevaba una colmena de Saphyrs. Las Saphyrs son una especie de avispas carnívoras gigantes, originales de Asia. Allí las llaman "las pirañas del bosque". Atacan a los rebaños de ovejas, de vacas, e incluso a la gente. Son capaces de matar a una persona en pocos segundos. Imagínese lo que podría hacer un enjambre de Saphyrs en una estación de metro abarrotada de gente. Una estación de metro como la que estaba buscando la chica rubia.
-Vamos, tiene que irse -insistió el celador.
Antes de que Carlos se marchara (o más bien fuera arrastrado fuera de allí por el funcionario), Tomás añadió algo más:
-¿Sabe una cosa? Me alegro de estar loco. Me alegro mucho.
El día era radiante antes de que Carlos entrase en el sanatorio, pero cuando salió de allí el panorama era completamente distinto. Aunque seguía haciendo mucho calor, el cielo parecía una amenazadora cúpula de plomo, una oscura bóveda que retumbaba de forma ensordecedora, como si alguna inimaginable criatura la estuviera golpeando con gigantesco mazo.
Aquel paisaje no contribuyó precisamente a tranquilizar a Carlos. Sí, se encontraba muy inquieto, como si... Vamos a ver, no es que creyera una palabra de lo que aquel loco le había contado, por supuesto. No era eso. Pero lo cierto es que aquella entrevista le había afectado como ninguna de las que había hecho antes. Y no por las cosas que había escuchado, no (las revelaciones habían sido terribles y originales, pero en su larga carrera le habían contado historias mucho peores), lo que le había impresionado de verdad era la actitud de aquel hombre.
No parecía que estuviera loco en absoluto, pero eso era bastante común entre los locos, claro; lo extraño era que no había en él ningún interés por convencer. Todos los profetas chalados que Carlos había conocido en su vida se morían por llamar la atención con sus fantasías, por conseguir que se fijaran en ellos, y por lograr que los demás creyeran unas historias que seguramente ellos mismos no creían.
Pero aquel hombre era distinto. No le había contado todo aquello a Carlos para convencerle de nada, ni para conseguir que lo publicara en su revista. Parecía estar por encima de esas cosas. Se lo había contado con la misma actitud con la que se habla de nuestra vida privada un completo desconocido en un avión, sin apasionamiento, con la seguridad de que no volveremos a verlo, con el convencimiento de que aquello no servirá para solucionar nuestros problemas. Estos seguirán siendo nuestros problemas, los crea o no nuestro compañero. Simple conversación.
Cuando llegó a la boca del metro el ánimo de Carlos era bastante peor que lúgubre. Y el cielo también había empeorado. Además, el sofocante bochorno le había producido un dolor de cabeza casi insoportable. Para completar el panorama, una sensación de humedad en el labio superior le anuncio que había comenzado a sangrar por la nariz. Se tapó con su pañuelo.
Era temprano, y era primavera, pero ya era prácticamente de noche. Aquello era muy extraño, no podían ser más de las siete de la tarde. Giró la muñeca para comprobar la hora, pero antes de que sus ojos pudieran enfocar los números digitales, una gran gota de sangre procedente de su nariz se estrelló sobre la pantalla de cuarzo, ocultándole la información.
En aquel momento se sintió ridículo. No, ridículo no era la palabra. Lo ridículo, aunque patético, suele tener su lado divertido. Pero allí no había nada divertido. Ni de lejos. Estaba parado en la entrada del metro, con la mano derecha apretaba un pañuelo empapado de sangre contra su nariz, mientras que tenía el brazo izquierdo flexionado, como si le hubieran fotografiado mirando la hora.
Pero todo empeoró de repente. Algo salió volando del metro y pasó a pocos centímetros de su cara a toda velocidad, algo que le pareció un zumbido azul metálico.
Paralizado, incapaz de mover un sólo músculo (excepto su descontrolado corazón) con el cielo comenzando a reventar sobre su cabeza, y escuchando la creciente mezcla de horribles gritos y zumbidos que procedía de lo más profundo de la estación de metro, Carlos dio por seguro que, en caso de que la sangre no hubiera tapado la pantalla de su reloj, lo único que hubiera podido ver en él hubieran sido ceros.
De pronto, el morir de viejo en su cama, convencido de que había malgastado su vida, no le pareció una alternativa tan horrible como unas pocas horas antes.
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Hay muchas maneras de estar muerto, no necesariamente hay que morirse fisicamente.
Cada minuto cuenta, arrepientete de lo que no hiciste, pero no de lo que hagas.
A veces sentarse en un anden a ver como pasa la vida de la gente, es dejar que tu vida se vaya con ellos.
Todos parecemos creernos que somos eternos, pero basta un segundo para desaparecer, y la vida seguirá como si nada.
Aqui es donde la teoria de la relatividad cobra más fuerza, te pasas la vida planeando el futuro, esperando que las cosas ocurran tal y como las sueñas pero la muerte siempre acecha, alegrate si cada dia que pasas has podido vivir un poquito de tu propia "Gloria".
Cuando todo está parado en tu interior, no esperes que nada de fuera lo mueva, si no todo te sabrá a nada.
No hay fuerza más apocaliptica que el propio hombre, para con los demás y consigo mismo.
Me ha gustado mucho la historia.Comentario de Alma hace 3 años y 38 meses
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