A menudo el matrimonio es al sexo lo que que la ganadería a la alimentación
Iñaki Bahon - 10-05-2005 02:30:38 | Categoria: Narrativa
[Una paranoia machistoide escrita hace más de diez años]Adoro la caza.
Soy un hombre, y eso equivale, en casi todos los casos, a ser un cazador. Excepto cuando se tiene demasiado miedo como para aceptar lo que se es.
Comprar alimentos en el supermercado, cultivar la tierra, o cuidar del ganado, resultan actividades miserables, porque cualquiera puede llevarlas a cabo. En cambio, para afrontar la caza y disfrutar de sus placeres, hay que estar dispuesto a aceptar los riesgos que conlleva. Y no cualquiera puede hacerlo.
En las épocas prolongadas de escasez, cuando se hace muy difícil cobrar una pieza por causas externas o bien por la propia falta de habilidad, se necesita una enorme fortaleza para soportar el hambre y la soledad.
Nuestros detractores suelen acusarnos de sadismo, aseguran que disfrutamos causando daño a criaturas indefensas sin ninguna necesidad, nos califican de crueles e inhumanos. No parecen darse cuenta de la contradicción que esto conlleva porque, ¿acaso no es la crueldad patrimonio exclusivo de los seres humanos?
Respecto al daño que causamos en las piezas que cobramos, generalmente no pasa de ser superficial, pues nuestro objetivo no es destruirlas, sino tan sólo demostrar nuestra superioridad puntual sobre ellas. Nos conformamos con verlas tendidas a nuestros pies durante unos instantes y, si es posible, tocarlas, mientras sentimos correr la sangre como un torrente a causa de la casi insoportable excitación, no sabiendo si nos lamerán la mano, o nos arrancarán el brazo de un zarpazo.
Nos gusta cobrar las piezas, sí, pero raramente nos las comemos ni les causamos daños serios, al menos tan serios como los que algunos de nosotros hemos sufrido tratando de cazarlas. Yo mismo todavía me resiento de las heridas producidas por algunas fieras, mientras que dudo que ninguna de ellas se acuerde aún de mí.
Por otro lado, nuestra satisfacción es breve. Apenas hemos abatido un animal, nuestro placer queda interrumpido por la idea de que todavía queda gran cantidad de ellos esperando a que les demostremos si somos capaces de cazarlos. Tantos que, para nuestra desesperación, nunca podremos dar cazas a todos.
En ocasiones, durante las malas épocas en las cuales la caza escasea, la debilidad nos hace creer que estamos equivocados y que aciertan aquellos que nos tachan de infantiles, que nuestra opción no es la correcta, que la felicidad está en el otro camino.
Es por eso que muchos de nosotros sucumbimos a veces a la “civilización”, y nos dedicamos al cultivo de la tierra y al cuidado del rebaño, con la esperanza de que la garantía de la comida conlleve la felicidad.
Y así nos convertimos durante un tiempo en aquello que más odiamos. En uno de esos hombres que por seguridad sacrifican su naturaleza, que por el día comen insípida carne de corral sazonada con lágrimas mientras por la noche sueñan con devorar esa sabrosa carne roja que no se atreven a cazar.
Yo mismo he sucumbido durante meses, y he tratado de comprobar si me encontraba entre ese pequeño grupo de elegidos que realmente es feliz con lo previsible del ciclo de crecimiento de los pollos
Pero no he tenido suerte. Y lo cierto es que todavía no sé si de deba a que soy demasiado inteligente o demasiado idiota.
Unos y otros, al igual que un cocainómano que se burla de un borracho, rechazamos las ideas del contrario.
Lo intenté, pero fue inútil. Quizás la razón no esté en mi bando, pero es el mío, y no puedo hacer nada para evitarlo. La decisión ha sido tomada, y no por mí. Y el hecho es que, a causa de todo esto, y sí, ya sé que podría haberlo explicado más brevemente, mañana voy a dejar a mi mujer.
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