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Donde no me llaman

Bars and Starbucks

En la interminable lista de gags geniales en la historia de Los Simpson, existe uno (al menos), que tiene que ver con la cadena de cafeterías Starbuck. Bart acude a un centro comercial, y entra en una tienda junto a la que hay un Starbuck, y varios más anuncian su próxima apertura. Minutos después, al salir del comercio Simpson, vemos que todos los demás locales son ahora Starbucks. Cuando se emitió hace unos años este capítulo en nuestro país, pocos eran quienes conocían esta cadena de locales y sabían de su meteórica expansión en EEUU, y, por lo tanto, entendían en qué consistía la gracia del chiste.
Hoy las cosas han cambiado. Starbucks (en sociedad con el grupo Vips), está en nuestro país, y su presencia se nota sobre todo en Madrid, donde ya existen unos 20 establecimientos situados en algunas de las mejores calles de la ciudad, y continuamente te encuentras con nuevas aperturas. Por lo tanto, aquí y ahora, se comprende muy bien aquel gag de Los Simpson. Hoy vas a una tienda de chucherías a comprar un paquete de chicles, y cuando en la calle te das cuenta de que el dependiente se ha confundido de sabor y te giras para reclamar, descubres que el local ha cambiado. En lugar de la tienda de “todo a cien” hay un nuevo Starbuck. Y en lugar de un asiático de pocas (e ininteligibles) palabras te encuentras con un joven absolutamente speedico que te recibe con un júbilo desmedido: la actitud que los supervivientes de aquel avión uruguayo que se estrelló en los Andes manifestaron al ver llegar a los equipos de rescate puede calificarse de fría e indiferente en comparación con la forma en la que te reciben cuando entras en un Starbuck.
¡Hooola! ¡Buenos días! ¿Qué tal?”
Todo sonrisas, amabilidad, y signos de exclamación. Lo cierto es que lo empleados despliegan un entusiasmo realmente meritorio, aunque resulte un poco artificial, y, sin duda, debe de resultarles agotador.
Son tan simpáticos y entusiastas que te sabe mal no tomarte nada, y decides no ser descortés, y, ya que estás, tomarte un café. ¿Qué puede pasar?
Pobre ignorante.
Olvida todo lo que creías saber hasta ahora sobre tomarte un café. Hasta ahora te había valido con decidir entre solo, cortado o con leche, y, tal vez en verano, uno con hielo. Nada más. Pero eso no basta aquí. Esto es otro mundo. En Starbuck hay mil tipos de café: expresso, machiatto, latte, mocca, capuccino, caramel, frapuccino... Y, por si esto no fuera suficiente, todas estas modalidades pueden combinarse con distintos tamaños, tipos de leche, tipos de azucar, y, si me apuras, temperaturas.
Estresante, ¿no? Si pensabas que el café te ponía nervioso, espera a tomar un en Starbuck. Las personas nerviosas deberían pensárselo antes de acudir allí, aunque pidan descafeinado: puede que el café no les altere, pero el proceso de comprar uno puede sacarles de quicio. Y es que Starbucks ha desarrollado el tunning del café hasta límites casi desesperantes.
La relajante costumbre de tomarse un cafecito se convierte aquí en una especie de tercer grado, de interrogatorio kafkiano. De examen-oposición oral en la que un voluntarioso dependiente en pleno subidón anfetamínico despliega ante tí su panoplia de ignotas variedades cafetiles mientras a tu espalda se va impacientando una cola cada vez más larga (en Madrid hay colas para todo).
Finalmente pides algo. Lo que sea, no sabes bien qué. Cualquier cosa con tal de salir de allí y acabar con la presión de una vez. El dependiente te toma el pedido, te cobra, te da unas efusivas gracias, te desea que pases el mejor de los días, te pide que le pongas a los pies de tu señora, y te indica el otro extremo de la barra, donde otro de sus compañeros, igualmente entusiasta, te entregará tu pedido en un hermoso vaso de fino cartón. Y sales a la calle con tu vasito, aturdido, como si unos alienígenas te hubieran devuelto a la tierra tras haberte abducido y realizado contigo todo tipo de experimentos.
Pero las sorpresas aún no han terminado. Tomas un sorbito de tu café, y resulta que, después de tanto lío, ese café tampoco es demasiado bueno (menos mal que, para compensar, es bastante caro). Aquellos a quienes les guste el café “con carácter” descubrirán que lo que han comprado se asemeja más a un biberón que a ese atractivo brebaje que anunciaba aquel tipo bajo el slogan de “Mi café”.
Tal vez resulte un buen café para los estadounidenses, pero me parece que, teniendo en cuenta los baremos españoles, deja bastante que desear. Y tal vez es esta razón (al menos eso supongo yo), la necesidad de adaptarse a los gustos locales, la que ha llevado a la compañía a desarrollar el concepto “Extra shot”, que, pese a las apariencias, no pertenece a la jerga del cine X. Este producto se anuncia con un slogan que dice, más o menos: “¿Cómo puede mejorarse un café perfecto?”, y aunque la lógica nos dice que algo perfecto, por definición, no puede mejorarse, no estamos en el terreno de la lógica, sino en el del marketing. Se trata, ni más ni menos, de una carga extra de café para potenciar su sabor. Algo así como el café doble, o el café largo de toda la vida, sólo que con nombre en inglés, que mola más.

Pero no sólo de cafés vive Starbucks, por supuesto. Además de otras bebidas frías y calientes, también ofrecen cosas para comer, sobre todo dulces, los cuales merecen una sección aparte. He probado una tarta de queso muy rica, cuya inusitada densidad augura pesadas digestiones, pero mis favoritos son los muffins, palabra que, infiero, debe de significar “mármol”.
No me resisto, para ilustrar esta cuestión, a echar aquí mano de una referencia cinematográfica bastante gratuita, pero que me apetecer incluir. En Brubaker, Robert Redford encarnaba a un alcaide de prisiones que antes de comenzar a ejecutar su cargo se infiltraba anónimamente en la cárcel para conocer de primera mano su funcionamiento. Nada más ingresar se ve obligado a someterse al preceptivo corte de pelo. En la peluquería se encuentra con otros reclusos que indican a los barberos cómo quieren que les rapen: “No me cortes mucho por aquí”, “Déjame las patillas”, etc (estoy citando de memoria). Brubaker, que sabe que aquello es una prisión y no un salón de belleza, y que van a esquilarles más que a afeitarles, actúa de forma más pragmática y realista: le entrega un billete al peluquero y le dice “Deja las orejas”.
¿Qué tiene que ver esto con los muffins de Starbucks? Pues que cuando me ofrecen uno para acompañar mi café, y me recitan todas las variedades disponibles, no puedo evitar pensar “No me importa el sabor con tal de conservar mis dientes”. Y es que esas magdalenas gigantes son algo durillas, la verdad.

Lógicamente, tras unas cuantas visitas a un Starbucks, uno ya se acostumbra a sus particularidades, y la experiencia resulta más agradable. Estuve allí por última vez hace un par de días, y ya voy con la lección bien aprendida (poseo nivel medio de usuario Starbucks): un café latte mediano, con extra shot, y muy caliente; y, para comer, un muffin de chocolate.
Total, casi cinco euros.
No puede decirse que sea barato, desde luego. Y esa es parte del motivo que me llevó a escribir este trascendental e inquietante artículo. ¿Qué es lo que hace que un sitio que vende tan caros productos tan mediocres goce de tanto favor por parte del público? Y, más concretamente ¿Por qué coño sigo yendo yo?
Le he dado muchas vueltas a la cuestión, y por fin he llegado a una conclusión que sirve para mi, y creo que servirá para muchos clientes. La conclusión es que, pese a la evidencia, lo que realmente vende la empresa no es café. Lo que allí se comercializa es un producto mucho más sutil, abstracto, y que, a juzgar por las cifras, estamos dispuestos a comprar en grandes cantidades. El auténtico negocio de Starbucks consiste en vender “American way of life”. O al menos el modo de vida americano que también nos venden tantas películas y series de televisión estadounidenses.
Es eso lo que queremos comprar. Admitámoslo: nos da igual cómo sepa el café. Lo que realmente ansiamos es que nos lo den en esos vasos de cartón que tantas veces hemos visto en la pantalla. Queremos llegar a nuestra oficina llevando una bandeja con media docena de ciclópeos capuccinos para invitar a nuestros compañeros, no porque les apreciemos, no. Lo hacemos con la intención de parecernos a Ally McBeal, a alguno de sus compañeros de bufete.
O paseamos por la calle sorbiendo un café a través de un absurdo agujerito en la tapa del vaso, algo que hace no mucho nos hubiera resultado ridículo. ¿Por qué? Porque así estamos más cerca de ser como una o uno de los personajes de Sexo en Nueva York, siempre tan modernos, siempre tan in, siempre tan cool.
Sinceramente creo que en esto consiste todo: en intentar conseguir y proyectar una imagen absolutamente artificial y frívola. Tan sólo un síntoma más de la vaciedad de esta sociedad absolutamente supeditada a la estética en la cual vivimos. Un paso más es esa carrera absurda que consiste en tratar de convertirnos en un tipo de persona a fuerza de imitar la imagen que esa persona tiene.
Pedimos un macchiatto con un muffin de arándonos, nos sentamos en una mesa, abrimos nuestro portátil Macintosh, nos conectamos a internet gracias a la tecnología Wifi, nos enchufarmos los aurículares para escuchar música en mp3, colocamos sobre la mesa nuestro móvil 3G por si algún amigo nos manda un mensaje multimedia, y nos ponemos a trabajar en el diseño de nuestra página web. Tras desplegar toda esta parafernalia ya estamos cerca de sentirnos como queremos. Uno ojo en la pantalla, y otro en la puerta. Queremos que entre mucha gente y nos vea allí, de esa guisa, porque esa es la razón última de todo: que los demás reciban la imagen que queremos proyectar.
Estamos allí, tecleando en el ordenador, y todo es maravilloso. La vida es estupenda. Te sientes tan bien, tan Carrie Bradshaw, tan McBeal, tan “New York, New York”.
Tan “Oh, lord can you see”.

Referencias

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Comentarios

  1. Yo si sé por que te gusta tanto ir, pillin, es por la estupenda vista que ofrece el mirador, esos cómodos sofas, donde te puedes sentar a leer como si del sofá de tu casa se tratara, y por que como no, también te sirve como tema para escribir, aunque a una paleta de pueblo como yo, eso de que le pidan el nombre sin conocerte de nada le pueda parecer que el camarero está intentando ligar contigo, y entonces es cuando te das cuenta del espantoso ridiculo que has hecho, a veces es mejor no ir a Madrid

    Comentario de Alma hace 3 años y 38 meses


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