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Donde no me llaman

Jo, qué noche

Fue una noche hace muchos años.
Estaba tomando unas copas con unas conocidas poco interesantes en un disco pub abarrotado. La conversación de las chicas era francamente aburrida a juzgar por lo poco que podía entender entre la música, y no les estaba prestando mucha atención, la verdad. Me dedicaba más bien a observar la fauna circundante, que era poco más o menos lo de siempre: tíos tratando ligar; tías empeñadas en ponérselo difícil.
Y, en medio de aquella manada, ET.
ET era uno de esos vendedores asiáticos que ofrecen a precio de oro capullos de rosa, mecheros, cordones fluorescentes, pins luminosos, o hermosas antenas destelleantes como las que él mismo solía llevar en la cabeza, y que le habían hecho merecedor de su apodo.
Mis acompañantes seguían hablando sin parar. Tontería tras tontería. Tópico tras tópico. Mientras, yo seguía en mi mundo. Hasta que una de las chicas tocó una de mis fibras sensibles y se quejó de lo difícil que resulta conocer a un tío interesante y todo eso. Yo, claro, no pude evitarlo, y solté mi rollo habitual acerca de lo injusto que me parece que las mujeres se quejen de que resulta difícil ligar, cuando somos los hombres quienes tenemos que dar siempre el primer paso.
Como siempre que sueltas este argumento delante de un grupo de mujeres, inevitablemente, una de ellas saltó para rebatirme.
“¡Pero qué dices! Eso era antes. Ahora las mujeres toman la iniciativa y entran igual que los tíos”.
Escuche aquello aburrido, con los ojos en blanco, hastiado por la conversación y por la noche en general. Contesté lo de siempre, que, no por repetitivo, deja de ser verdad: “Pues hija, yo debo de ser el tío más cazo del mundo, porque a mí eso no me pasa nunca.”
Entonces, una especie de eco deforme, dijo: “A mí tampoco me pacha”.
Todos miramos a nuestro alrededor para averiguar quién había dicho eso, y descubrimos que había sido el mismísimo ET. Se encontraba junto a nosotros vendiendo su mercancía, escuchó nuestra conversación, y no pudo evitar dar su opinión. Con un acento muy extraño, eso sí. “A mí tampoco me pacha”. Desde luego aquello no sonaba al típico acento asiático. De hecho no me sonaba a ningún acento conocido. Tal vez, después de todo, su apodo fuera más adecuado de lo que pensabamos.
Nos quedamos mirándole unos segundos, hasta que, con una sonrisa de pacman, se escabulló entre la multitud. Entonces todos nos reímos ante lo absurdo de la situación.
A partir de entonces la coletilla del “pachar”, en todos sus tiempos verbales, se convirtió en algo habitual entre nosotros, y siempre reíamos al recordarlo.
“¿Qué? ¿Te pachó?”, solíamos preguntar tras una noche de copas para saber si alguna bella mujer se nos había acercado con lascivas intenciones. “No. Anoche tampoco me pachó”, era, lógicamente, la respuesta habitual.

Aunque hace años que ya no salgo con aquellas personas, y por tanto dejé de utilizar aquella expresión, a menudo la recuerdo. La última vez fue el pasado 20 de abril, a la 1:30 de la madrugada.
La discoteca Pachá Madrid celebraba su 25 aniversario. Unos compañeros de trabajo habían conseguido invitaciones para asistir, y allí estábamos nueve de nosotros, intentando que nos pusieran algo de beber en una de las barras. Aquello estaba totalmente abarrotado de pijos, como supongo que es habitual en Pachá, y digo supongo porque era mi “primera vez” allí (enseguida explicaré porque también fue la última). Yo trataba de conservar mi posición mientras repetía mentalmente las copas que tenía que pedir para nosotros: “Un Johnnie Walker con limón, un Cacique con cola, un Cacique con naranja, una cerveza, una Beefeater con tónica, otra con naranja, y otra con limón”. Tenía la lección bien aprendida. Ahora sólo quedaba esperar a que me atendiese la camarera que se encargaba de aquella sección de la barra, y empezar a disfrutar de la fiesta.
Mientras esperaba, pensaba. Trataba de imaginar cómo iba a desarrollarse la noche. Aquel ambiente me resultaba muy ajeno, y por lo que me veía, el perfil del público asistente iba a dificultar las posibilidades de ligue. Decía Mecano Mucha niña mona, pero ninguna sola”, y aunque allí sí había muchas bellezas aparentemente solas, a juzgar por su actitud altiva sólo parecían dispuestas a tolerar la compañía de estrellas del rock, herederos multimillonarios, o jeques árabes. Vamos, que estaba jodido el tema. En cuanto a mis acompañantes femeninas, dos habían acudido con sus novios, y aunque es cierto que dos iban solas, aún me queda el seso suficiente como para no intentar ligar con mis compañeras de trabajo a los cuatro días de empezar. Claro que tal vez viera las cosas de forma distinta después de un par de copas.
Pero para tomarme un par de copas primero debían servirme la primera, y la camarera seguía sin hacerme ni puto caso. De hecho estaba atendiendo a una chica que juraría había llegado después de mí.
Seguí pensando en la noche que me esperaba. Me veía a mí mismo en la situación de tantas veces. Con mi cubata en la mano, esbozando media sonrisa que, primero, ocultase lo mucho que me aburría, y, segundo, hiciera creer a las mujeres “¡Eh! ¡Ese chico tiene un secreto!”, de forma que su deseo hacia mí alcanzase cotas incontrolables. Me imaginaba aparentando pasármelo de maravilla, contrayendo mis poros para lanzar feromonas lo más lejos posible, y aparentar seguridad en mi mismo mientras decidía si debía soltarme o no otro botón de la camisa. Y así toda la noche. Diversión a raudales. Suponía que pasaría unas horas perdiendo mi capacidad auditiva, sin atreverme a acercarme a ninguna de esas pijas, y, desde luego, sin que ninguna de ellas se me acercase. Otra noche de tantas.
Al menos intentaría sacar de aquello un artículo para el blog. Intentaría que fuera divertido. Ya sabéis, algo para reírse de uno mismo, y para que los demás pudieran también esbozar una sonrisa ante una situación que, supongo, a ninguno nos resultará desconocida.
Incluso sabía qué título iba a poner al artículo. Teniendo en cuenta que sin duda no me iba a comer una rosca allí, el título parecía evidente: “En Pachá tampoco pacha”. Me regodeaba ante mi ingenioso juego de palabras. Bueno ¿eh?. Es que te tienes que reír.
En todo eso pensaba, apoyado en mi trocito de barra. Y tanto pensar, me di cuenta de que me estaba dando tiempo a pensar demasiado. ¿Cuánto coño llevaba esperando allí? Volví a mirar a la camarera, y mis sospechas se vieron confirmadas: ahora no cabía duda de que esta atendiendo a gente que había llegado después de mí. Le hice una señal con la mano para recordarle que estaba allí. Ella me miró, pero su rostro no reveló ninguna expresión. A partir de ese momento comencé a observarla con más atención.
Era una camarera pésima. Se movía por la barra sin saber bien a dónde iba, rompía vasos, tiraba el hielo al suelo, se le caían las botellas.... “¿Cómo es que Pachá contrata a esta gente? Ni siquiera está demasiado buena” , pensé.
En ese momento un tío se acercó a la barra y la saludó “¡María!” (o Marta), dijo. Ella giró la cabeza y le sonrío desmesuradamente. Una sonrisa tan natural como la de un caballo al que le tiran salvajemente del bocado. Después, el huracán Marta (o María) siguió trabajando, por llamarlo de alguna manera. A mi ni puto caso, claro.
Algunos de mis acompañantes desistieron, y decidieron ir a pedir a otra barra. Pero yo me estaba mosqueando. Era algo así como una cuestión de principios conseguir que aquella tía me atendiese.
Ahora ya estaba sirviendo a gente que dudo que ni siquiera hubiera llegado a la fiesta cuando yo ya intentaba conseguir las copas. Algunos de los que ya saboreaban sus tragos aún estaban en sus casas tratando de decidir si Burberrys o Ralph Lauren cuando yo ya estaba tratando de pedir. Me parecía como si llevase esperando eones. Cuando había ocupado mi lugar en la barra aquellos pijos aún se llamaban “niños pera”, y los dodos todavía eran una especie numerosa.
Y ya me mosquee de verdad.
Así, como suena. Quienes me conocen saben que no suelo enfadarme, pero me enfadé (debo señalar en mi descargo que para entonces ya llevaba esperando en aquella barra más de media hora). Entonces le dije a Marta (o María) que si pensaba atenderme en algún momento, o iba a servir a todo el mundo antes que a nosotros.
Entonces ella, muy orgullosa, me soltó que no pensaba atenderme si empleaba ese tono. Aquello ya fue el colmo. Diez euros la copa más barata y aún creen que debes agradecerles que te atiendan. Yo soy camarero y exijo a los clientes que me traten con el mismo respeto que yo a ellos, así que puedo asegurar que no me pasé con ella, y que mi enfado era de lo más justificado.
Las chicas que iban conmigo me dijo que lo dejase correr, que no merecía la pena. Claro. Ellas apenas me conocen, y no saben que soy un tipo pacífico. Me vieron enfadado, y podían muy bien sospechar que estaba a punto de estallar en cólera y organizar un escándalo. Tal vez temiesen que saltase la barra y le partiera el cuello a Marta (o María), que acabase con los seguratas del local con sendas patadas voladoras, y redujese a escombros ese lugar que durante 25 años se había llamado Pachá Madrid. Así que me dijeron que lo dejase correr.
Una intentó pedir las copas en mi lugar, pero la amable camarera, acogiéndose a no se sabe bien qué código profesional, también se negó a atenderla, por mucho que pidió las copas educadamente.
Demencial, vamos.
No sé quién coño se creía que era, ni a qué lado de la barra se pensaba que estaba. Tal vez se creía una estrella de Hollywood por estar poniendo copas en local tan “in”.
Y entonces me abandonaron. Mis compañeros cogieron sus respectivas invitaciones y se fueron a pedir a otro sitio. Pero yo seguí allí.
Llamé al camarero que se encargaba de la otra mitad de aquella barra y le pedí, junto con mi copa, una hoja de reclamaciones. También le pregunté por el nombre de su compañera.
No lo sé”, me dijo, “es el primer día que trabaja aquí”. Evidente.
Pues pregúntaselo, por favor”, insistí.
Volvió y me dio su nombre, que como ya he dicho no recuerdo bien, y me explicó que las hojas de reclamaciones las tenían en el guardarropa. Tras coger mi copa abandoné aquella barra en la que había pasado gran parte de mi vida.
En el guardarropa A me dijeron que allí no, que debía ir al B, al otro extremo del pasillo, y allí que ellos tampoco tenían hojas de reclamaciones, que se las tenía que pedir a un maitre de los que había por el local.
Aquello era demencial. Desde que pedí la hoja al camarero, hasta que di con el dichoso maitre, pasaron unos 45 minutos. Tres cuartos de hora rodeado por las juventudes del PP, de la creme de la creme del pijerío de la noche madrileña. Y estaba tan cabreado por la situación, que sucedió algo: comencé a odiarles a todos.
Odiaba a todos aquellos payasos engominados que a pesar del terrible calor se resistían a despojarse de sus sueters de marca o de sus corbatas de seda. A aquellas tías con sus zapatos rosas de tacón asomando por entre unos bajos de pantalón rotos como si los hubieran mordido un perro. No podía soportar sus risas estúpidas, sus forzados movimientos de cabellera, sus exageradas sonrisas y saludos. Me ponía enfermo viéndoles entrar en grupo en los lavabos, pagando a precio de oro copas mal puestas, encantados de poder exhibir sus billetes de cien euros. Me revolvían las tripas las melenitas de ellos, y los horribles complementos de ellas, todos lobotomizados por una moda realmente poco favorecedora.
Les veía pasar, hablando con el móvil en medio de aquella música atronadora, comprendiendo que realmente tenía sentido: un ambiente en el que es imposible escucharse resulta ideal para alguien que no tiene nada que decir.
En medio de aquella avalancha de tópicos y prejuicios en la que me veía inmerso, encontré al maitre en cuestión, un tipo más que cincuentón, con traje y pajarita negros, que encajaría mejor en un bingo de barrio que en Pachá. Mientras le explicaba las causas de mi queja, asentía con la cabeza como el perro que mi padre llevaba en la bandeja trasera del SIMCA 1200 cuando yo era pequeño. Después desapareció, volviendo cinco minutos después con, por fin, la hoja de reclamaciones. La rellené intentando ser lo más claro posible, y temiendo que mi palabrería excediese el espacio disponible. Luego se la devolví al maitre.
Para mi sorpresa, me dijo entonces que esperaba que no volviese por allí.
Uno podría esperar una disculpa, un “Lo siento”, un “Perdónenos, es una camarera nueva”. Pues no. En lugar de eso el tío se puso chulo (en Pachá todos son muy chulos, al parecer), muy molesto por el hecho de que yo hubiese ejercido mi derecho a quejarme.
Ya no entendía nada. Es comprensible que una novata no tenga ni idea de cómo comportarse tras una barra, pero que un tipo que bien puede llevar 30 años dedicándose a su trabajo demuestre tan poca profesionalidad resulta realmente incomprensible. Aquel mastuerzo me explicó que si me hubiera quejado verbalmente, sin hoja de por medio, hubiera ido a reprender a la camarera, y todo solucionado. Pero aquello, al parecer, le había jodido.
Pues que les den por el culo a todos. No sé si sirve de algo poner este tipo de reclamaciones, pero al menos me quedé a gusto. Aunque dudo mucho de que les vaya a afectar en algo era lo menos que les debía por arruinarme la noche y hacerme perder el tiempo.
Cuando volví con mi grupo, la mayoría se habían marchado, y yo no tardé en hacerlo, no sin sentir ciertas ganas de vomitar recordando lo que había visto en aquel sitio.

Referencias

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Comentarios

  1. Qué noche la de aquel día, eh! Has sentido lo que yo suelo sentir casi todos los fines de semana, lo malo es que a mí me da desde el principio, nada más entrar, y luego, cuando bebo me pongo agresiva pasiva, porque paso de pegarles, pero los insultos y las sacudidas del tercer dedo van que vuelan. Lo malo es que no sólo eso ocurre en Pachá, puede ocurrir y ocurre en una cena con nuevos amigos viendo un partido del Real Madird.
    Parecía que se iban a exinguir pero, amigo, los pijos han resucitado, y lo han hecho con más fuerza que antes. Sin embargo resistiremos y seremos los raritos y los indeseables que no dejan entrar a ciertos lugares "privilegiados".
    La próxima vez que te inviten gratis a un sitio piénsatelo dos o trescientas veces antes de ir. Ja ja ja
    Te queda el consuelo de que vale, que es una experiencia más, y que tú, por suerte puedes escribir sobre ella.
    Un beso y ánimo, por lo menos no te dió por llegar a casa y ponerte a bordar animalitos en las pecheras de todas tus camisas.

    Comentario de Lerenda hace 3 años y 38 meses

  2. pero bueno !!
    esta claro que te tocaron las bolas bien tocadas,eh?
    ya sabes que yo estoy mas del lado de los pijos que del otro ,pero desde luego esto no es una cuestion de pijeria ,si no de mala educacion.
    ademas los pijos de madrid...son lo mas pijo del mundo mundial !
    parece mentira que a estas alturas aun te sorprendan...nos estaremos haciendo mayores ???jajaja.
    resiste y venceras !
    un besazo !

    Comentario de Blanca Elena hace 3 años y 38 meses


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