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Donde no me llaman

La señal 2

The Ring Two
EEUU 2005

Dirección: Hideo Nakata
Guión: Ehren Kruger
Producción: Laurie MacDonald
Fotografía: Gabriel Beristain
Música: Henning Lohner
Montaje: Michael N. Knue

Intérpretes
Naomi Watts (Rachel Keller)
Simon Baker (Max Rourke)
David Dorfman (Aidan Keller)
Elizabeth Perkins (Dr. Emma Temple)
Gary Cole (Martin Savide)
Sissy Spacek (Evelyn)
Ryan Merriman (Jake)
Duración 111 minutos

Dice el guionista William Goldman que las secuelas “son putas”, ya que su razón de ser es el dinero. Por triste que resulte esto es un hecho en la inmensa mayoría de los casos. Pero también es cierto que existen muchos tipos de putas: baratas y de lujo, feas y espectaculares, mezquinas y de buen corazón....
¿Qué tipo de puta es La señal 2?

Cuando Dreamworks abordó la producción de la primera entrega de esta película, basándose en el éxito japonés Ringu, fueron muchos los aficionados que pusieron el grito en el cielo ante la osadía de los americanos, como si Hideo Nakata fuera Picasso y se estuviesen profanando sus cuadros. Ahora, este pretendido auteur, sin complejos de ningún tipo, ha rodado la secuela estadounidense del remake de su propia película. Vamos, que no le hace ascos al demonio del cine americano. De hecho, parece haberle cogido el gusto, ya que también está embarcado en el remake de otro clásico del reciente cine fantástico oriental: The eye.

La señal 2 comienza como la anterior entrega, con unos adolescentes viendo el video maldito que pronto supondrá la muerte para alguno de ellos. No se nos explica, ni en ese momento ni después, de dónde ha salido esa cinta, aunque puede suponerse que ha sido originada por la copia que Rachel enseñó a grabar a su hijo al final de la primera película.
De todas formas pronto pierde importancia la trama de las cintas de vídeo, y la narración se centra en el intento del fantasma de Samara (la niña ahogada en el pozo) por poseer el cuerpo del pequeño Aidan. ¿Con qué motivo? Parece que el espectro quiere conseguir una madre, y para ello pretende ocupar el cuerpo del pequeño.
A partir de ese momento, la protagonista luchará por salvar a su hijo, entre otras cosas porque fue ella quien abrió el pozo que servía de tumba para Samara, dejando su espíritu en libertad. La película olvida así las reglas que creíamos conocer, y se lanza por una pendiente de “todo vale”, mientras Samara da muestras de todo tipo de poderes (tantos que lo cierto es que es absurdo que no le resulte más fácil conseguir sus propósitos), y siembra su camino de cadáveres. Esta secuela de La señal (The ring) (no olvidemos que existen varias a partir de la versión japonesa) evoluciona respecto a su primera parte, y ya no se trata de sobrevivir al visionado de la película maldita, sino de combatir al espectro que le dio origen.
La película presenta una factura impecable, y el gran trabajo (una vez más) de Naomi Watts, salva el apartado interpretativo, contrastando su emotivo papel con ese hijo tan extraño y siniestro (que en nuestro país cuenta con un desagradable rodaje). Lo que resulta más flojo es el aspecto terrorífico, que pierde enteros. Mientras que La señal (The ring) producía una intensa inquietud, y contaba con varios momentos aterradores, en este caso casi todo se reduce a sustos tramposos y algún golpe de efecto que otro.
La película cuenta con un problema que, a mi entender, afecta a toda esa ola de cine de terror asiático tan sobrevalorado por cierto sector de aficionados, y que ha llegado hasta nosotros a lo largo de estos últimos años. Me refiero a la utilización una y otra vez esos elementos recurrentes de los que ya estamos saturados: el agua, de todas las temperaturas, colores y dinámicas, y las mujeres peinadas al estilo “se me cae t’ol pelo p’alante”. Está claro que estas imágenes cuentan con una profunda raigambre en la mentalidad asiática, y producen inquietud por aquellos lares. Aquí también nos han proporcionado malos ratos, cuando han sido bien empleadas, pero el filón da muestras de estar ya totalmente agotada, por lo que se impone la necesidad de renovarse.
Desde el punto de vista narrativo, y a pesar de que Nakata dirige aquí de forma más americana que en sus anteriores trabajos en Japón, la historia también recuerda a las obras asiáticas en su forma de contar. La preocupación que tienen en Hollywood por proporcionar información a lo largo del metraje, y de presentar guiones inteligibles, es sustituida en aquellas latitudes por un estilo narrativo más libre, que, lo reconozco, me desconcierta y me disgusta.
El guión de Ehren Kruger, autor también de la primera parte, resulta en este caso mucho más endeble (tal vez porque en esta ocasión no se basa en un libro, como sucedía entonces con la obra de Kôji Suzuki). Si en aquella ocasión la progresión de la historia era continua, y minuto a minuto nos íbamos enterando de nuevos detalles que nos ayudaban a comprender el argumento, aquí nos encontramos abandonados en muchos momentos, ya que no sabemos bien ni la razón de lo que está sucediendo, ni hacia dónde nos dirigimos.
Al final, cuando Rachel intenta convencer a su hijo de que todo ha terminado, éste duda. Lógico. Nosotros también. No estamos muy convencidos de que la amenaza haya terminado, porque no estaba claro cuál era la forma de acabar con ella. Además, el éxito de taquilla que ha cosechado esta película (mayor aún que la primera entrega), creo que garantiza que madre e hijo van a volver a pasarlo muy mal.

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