Huír de Disneylandia
Iñaki Bahon - 05-04-2005 00:38:38 | Categoria: Narrativa
Sábado noche.Como todos los fines de semana, voy de estreno. La cazadora de cuero negro, la camiseta ajustada sobre un cuerpo moldeado en el gimnasio y bronceado en el solarium, los pantalones, el cinturón, las botas, el reloj, los calcetines, el pendiente, la gomina, el perfume... Todo de primeras marcas: llevo puesto casi tres mil euros.
De pequeño me fascinó encontrar en casa de mi tía unos adornos que nunca había visto antes: frutas auténticas bañadas en oro, trascendiendo a su calidad de siempre fruto, elevándose a la categoría de joya simplemente por estar cubiertas de una capa de material que, siendo totalmente ajeno a su naturaleza, se suponía les iba a proteger de su lógica maduración posterior deterioro.
Fue una de esas cosas que te asombran en la infancia.
La infancia. Una etapa por la que jamás he sentido nostalgia. Y aquí, medio borracho a las tres de la madrugada, una revelación me propina un terrible golpe bajo: si no añoro la infancia, ¿No será porque no se puede añorar aquello que aún se conserva? ¿No será por que a mis treinta años sigo siendo un mocoso?
El problema de aquellas frutas era que la superficie sólo intentaba ocultar lo que había debajo: materia orgánica que con los años degeneraba, fermentaba, se pudría. Inevitablemente, en la endeble capa de oro se producían grietas, grietas por las que rezumaba lo que había dentro. Y aquello apestaba.
Sigo pensando en la infancia. Pienso si en la raíz de muchos males no residirá en el hecho de que se abandona a destiempo esa etapa. Unos nos obstinamos en prolongar antinatura nuestra estancia en ella, madurando en nosotros, más allá de lo aconsejable, la crueldad y el egoísmo propio de los niños. Otros, por el contrario, son arrancados prematura y dramáticamente de su etapa infantil, arrojados al mundo real, sin tener tiempo de que se afiance en ellos la esperanza y la ilusión por la vida. Son esos millones de personas que, desde todos los países (no nos engañemos, también desde el nuestro) nos miran con los ojos secos (hasta las lágrimas tienen un límite), esperando un gesto de ayuda.
Una espera tan vana como la del padre que desea escuchar un “te quiero” de labios de su hijo.
Miro dentro de mi cazadora y veo negrura. Y algo parece arrastrarse en ella.
No sé de qué se trata, pero juraría que una ráfaga de aire gélido ha susurrado algo. Una palabra suficientemente clara como para entenderla si quisiera.
Estoy temblando. Me abrocho la cazadora, esa misma que contribuye a que mi exterior valga mucho más que mi interior. Me subo la cremallera hasta el cuello, sin darme cuenta de lo inútil de mi acción. ¿Cómo protegerse de un frío que viene de dentro?
De dentro y de antiguo.
Me veo a mí mismo en una Navidad de hace más de veinte años: un niño baboso ante el escaparate de una juguetería, que extendía los brazos todo lo posible, tratando de abrazarlo e impedir que los demás críos se acercasen siquiera al cristal.
“Me lo pido todo”, decía.
Era la quintaesencia del egoísmo hecho enano. Y la gente que pasaba por allí, pensaba, “¡Qué rico!”.
Todo. Me lo pedía todo para Reyes: trescientos coches teledirigidos, dos mil trajes de futbolista, todos los geyperman del mundo... El catálogo completo de la juguetería de El Corte Inglés por triplicado. Y un kilo de carbón, para darle en los dientes a mi primo el de Burgos.
Llegaba el 6 de enero, el día después de la noche más larga del año. Me levantaba a las siete y corría hasta el salón aullando. Allí descubría que, para mi desgracia, mis deseos se habían hecho realidad: me lo habían traído todo.
Todo, pues mis padres no estaban dispuestos a que me faltara de nada. Mis padres, que habían pasado su niñez comiendo lo que yo tiro a la basura, no querían lo mismo para su niño, y me lo daban todo sin merecerme nada. Gastaba el suelo, la paga extra, rompían la hucha, vendían sus riñones, y papá no había venido a cenar en Nochebuena por que estaba en el cementerio, desenterrando al abuelo para arrancarle las muelas de oro. Y todo para ver al idiota de su hijo feliz, envuelto hasta el cuello en papel de regalo.
Y así crece tu cuerpo, acostumbrado a que te paguen por adelantado, a que te aprueben sin haberte examinado, a que te den las gracias por nada.
El peor recuerdo de nuestra vida es el de aquella vez que nuestro Scalextric GP90 se estropeo cuando estabas presumiendo delante de tus amigos. El segundo, a bastante distancia, la muerte de nuestra madre.
Pero ahora ya no hay Reyes Magos y, acostumbrado a vivir en Disneylandia, pido el divorcio cuando mi mujer se pone un vestido que no me gusta. Y cuando no me llega el dinero para comprarme un descapotable último modelo, me suicido.
Cuando consigues muy fácilmente todo lo que quieres, en lugar de ser feliz, te conviertes en un desgraciado al que nada le hace ilusión.
Ahora ya soy mayor (aunque todavía babeo), y me doy cuenta de que el escaparate que tengo ante mí es inmenso, y que jamás voy a poder poseerlo todo.
Y como soy muy listo, tanto como para ver la paja en el ojo ajeno teniendo el mío atravesado por una viga, me doy cuenta del error que cometieron mis padres aquel día que me regalaron la bicicleta en lugar de explicarme que aquello que yo creía mi mundo no era más que un decorado de cartón piedra que habían construido para mí, y cuyos cimientos pronto cederían ante la presión de lo que había al otro lado. Que algún día todo se me iba a caer encima.
Sí, soy lo suficientemente inteligente como para comprender que con la mejor intención se puede causar el mayor de los daños. Pero, ¿seré capaz de para reparar ese daño? ¿Estaré a tiempo de hacerlo? No lo sé, espero por mi propio bien que así sea.
Pero lo que sí sé, sin ninguna duda, es que más vale llorar una mañana de Reyes en la infancia que hacerlo durante el resto de tu vida.
Comentarios (0) - Referencias (0)
.jpg)
