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Donde no me llaman

¿Hay que rezar por el Papa?

Existen aspectos de la religión católica que me merecen respeto.
Por esta razón, tras la reciente muerte de Juan Pablo II, uno tiene que morderse su atea y sarcástica lengua para no decir nada que pueda ofender a nadie. A pesar de mis opiniones al respecto de la religión, el Papa era el líder espiritual, moral y religioso de más de mil millones de personas. Y eso es algo que hay que respetar.
Pero hay algo de lo que se ha dicho estos días en televisión, que me ha dado mucho que pensar.
Durante los días previos al fallecimiento del Pontífice, los medios, a falta de auténticas noticias, han tenido que llenar páginas y horas de emisión repitiendo una y otra vez las mismas informaciones ya sabidas: las dolencias que Wojtyla sufrió a lo largo de su vida; la tremenda serenidad con la que estaba afrontando sus últimos días (esto lo repetían tanto que sonaba falso); las peticiones de distintos altos cargos de la Iglesia para que los creyentes rezasen por Su Santidad...
Todo repetido hasta la saciedad. Nada destacable ni sorprendente.
¿O sí?
¿Rezar por el Papa? A primera vista parece lógico, claro. Hasta que uno piensa en ello.
¿Por qué hay que rezar por el Papa? ¿De qué se supone que iba a servir?
A ver, apagad las antorchas y dejad que me explique.
Por mucho que se rezase por él no creo que nadie esperase que Dios fuera a salvarle la vida. Sabemos de sobra que en la agenda del todopoderoso no figura en los primeros puestos lo de salvar vidas, ni siquiera las de los miles de niños inocentes que mueren todos los días. No. Supongo que las plegarias, que siguen solicitándose tras su muerte, tienen la intención de salvar su alma.
Una vez más, parece lógico.
Pero... ¿Qué pasa si se me olvida, o me pongo chulo, o lo que sea, y no rezo? ¿Perjudicaría eso al alma de Wojtyla? ¿Si no se alcanza un determinado quórum de rezos podría Juan Pablo II ir al infierno?
De verdad que no digo esto por provocar. Simplemente es que no lo entiendo.
Se supone que se reza a Dios, y es él (o ella) quien mejor conoce los méritos y virtudes del que hasta ayer era su máximo representante en la tierra. Y en base a estos méritos y virtudes decidirá qué hacer con su alma, sin dejarse influir, o eso suponemos, por los rezos humanos.
Pero obispos y cardenales siguen pidiendo a la gente que rece.
Y claro, uno sólo puede plantearse dos disyuntivas. O bien Dios es un ser influenciable que con los rezos suficientes se decidiría a salvar un alma que no lo mereciese. O, por el contrario, es tan injusto, vanidoso y egocéntrico que condenaría a alguien puro como revancha por no contar con suficientes súbditos postrados a sus pies.
La verdad es que, teniendo en cuenta que estamos hablando de un ser todopoderoso, cualquiera de las dos alternativas resulta bastante acojonante.
Resulta tranquilizador saber que no existe.

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