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Donde no me llaman

Van Helsing

(Publicado previamente en www.cyberdark.net)
[http://www.cyberdark.net/portada.php?edi=6&cod=340 - 2004]

Van Helsing
EEUU-2004

Dirección: Stephen Sommers
Guión: Stephen Sommers
Producción: Bob Ducsay
Fotografía: Allen Daviau
Música: Alan Silvestri
Montaje: Bob Ducsay y Kelly Matsumoto

Intérpretes
Hugh Jackman (Van Helsing)
Kate Beckinsale (Anna Valerious)
Richard Roxburgh (Count Vladislaus Dracula)
David Wenham (Carl)
Shuler Hensley (El monstruo de Frankenstein)
Elena Anaya (Aleera)
Will Kemp (Velkan)

Duración 132 minutos
Más información: http://www.imdb.com/title/tt0338526

Dice un proverbio que la primera vez que alguien te engaña la culpa es de esa persona, pero que la segunda vez la culpa es tuya. Stephen Sommers ya “engañó” a los amantes del cine fantástico hace años cuando rodó La momia y pensamos que se trataba de un re-make del clásico del género, es decir, una película de terror; en lugar de eso nos encontramos con una obra más en la línea de las aventuras de Indiana Jones, sólo que bastante menos interesante. Por ese motivo no podemos llevarnos las manos a la cabeza cuando, al contemplar este Van Helsing, comprobamos que comparte la misma exquisita fidelidad al espíritu de los grandes monstruos de la historia de la que hacía gala la película protagonizada por Brendan Fraser. Hay lugar para la decepción, claro, pero no para la sorpresa. ¿Qué nos podíamos esperar?
Claro que, no por esperado, el resultado se va a librar de las pertinentes críticas.
Van Helsing es una película trepidante y entretenida, un producto ejemplar de la época cinematográfica que vivimos, regida por las normas marcadas por la industria de Hollywood que se basan, en gran parte de los casos, en digerir cualquier elemento cultural o social, sea cual sea su origen, hasta convertirlo en una pasta homogénea fácilmente digerible por el espectador medio actual. Dentro de este medio, con sus deslumbrantes efectos especiales, su ritmo acelerado, sus atractivos protagonistas, y su acabado absolutamente comercial, es, en cierta forma, una película perfecta, una obra que hará las delicias de todo el público. ¿De todo? Bueno, de todos no: aún queda un puñado de irreductibles espectadores que siguen dando importancia al guión.
Los guiones no son sólo “lo que se cuenta”, si no que tiene que ver con la construcción de los personajes, la selección de la información que se muestra, la preparación de las escenas, la cimentación de una estructura dramática coherente y emocionante, la elección de los diálogos... En su mayor parte el guión de Sommers se pasa todo esto por el arco del triunfo.
El director, interesado en unir en una misma película a todos estos monstruos, aseguraba en una entrevista que no quería que la conjunción de estos personajes fuera arbitraria, sino que pretendía construir una trama que justificase esta convergencia de forma sólida. Huelga decir que no ha tenido mucho éxito, porque lo cierto es que la trama resulta bastante pueril.
La aparición del monstruo de Frankenstein se justifica por el hecho de que Drácula lo necesita para dar vida a sus retoños, lo cual no se sostiene por ningún sitio: no sólo no se entiende que sus novias se conserven tan lozanas tras dar a luz a miles de retoños, sino porque tampoco tiene ninguna explicación que, una vez nacidos, estas criaturas no puedan desarrollarse si no es gracias a un aporte extra de energía eléctrica (menuda chapuza que resulta ser el ciclo biológico vampírico). En cuanto a lo del hombre lobo ya no tiene nombre: su mordedura es lo único que puede acabar con Drácula (adiós a todo lo que sabíamos sobre crucifijos, estacas y demás), de ahí que resulte totalmente lógico que el conde se asocie con un licántropo, en lugar de hacer que lo maten inmediatamente.
Pero claro, tampoco tiene sentido ponerse quisquilloso ante una película en la que la coherencia brilla por su ausencia. Temas como la increíble resistencia de los protagonistas, supuestamente humanos, ante golpes y caídas mortales de necesidad; el hecho de que los vampiros se vean afectados por la luz del sol en algunos momentos para minutos después aparecer a pleno día; el que no se sepa de dónde sale el montón de chupa-sangres que aparece en la escena del baile de máscaras; que una simple nube pueda revertir la transformación del hombre lobo (y de paso recomponer su camisa), demuestran claramente el mimo con el que ha sido elaborado el guión.
Por su parte, la dirección tampoco resulta demasiado brillante. Como ejemplo tenemos ese incompetente clímax en el que una infografía fuera de control usurpa el protagonismo, y de forma incomprensible se les cede el último enfrentamiento a dos criaturas virtuales, relegando a los actores de carne y hueso en estos momentos, y retratando ese momento final, en el que Lobezno-Helsing muerde a Drácula, de forma bastante torpe y anticlimática.
Mención obligada merece también el escaso reparo que la película muestra a la hora de “homenajear” elementos bien conocidos de otras películas, como es la citada escena del baile, casi calcada de la obra de Roman Polanski, El baile de los vampiros o algunas de las armas que Blade ha utilizado en sus dos entregas.

Un buen cocinero es capaz de preparar un plato excelente utilizando unos pocos ingredientes, mientras que uno de segunda categoría utilizará todos los condimentos del mundo para conseguir una comida simplemente pasable. Esto mismo se puede aplicar a la Van Helsing. Stephen Sommers necesita al hombre lobo, al monstruo de Frankenstein, al Conde Drácula (junto a sus novias y un millón de bebés vampiros), unos increíbles escenarios, todos los efectos especiales del mundo y el producto interior bruto de África para hacer una película entretenida sin más: todo un triste despilfarro de elementos con los que un equipo de cineastas con talento podrían hacer varias obras interesantes.
A la cabeza de este doloroso derroche, está, por supuesto, el tema de los personajes. Cualquier aficionado al fantástico con un mínimo de sensibilidad se morderá los nudillos al asistir a la banal recreación que se hace de esos monstruos clásicos, empezando por el mítico conde Drácula, quien, a mi entender, resulta suficientemente importante como para no tener que compartir el protagonismo en el bando de los malos. Claro que, es tan lamentable la recreación que Richard Roxburgh hace del aristócrata vampiro (¿quién es culpable, el actor o el director?), que no me extraña que necesite apoyarse en otros personajes míticos, como ese monstruo de Frankenstein de horrible diseño (aunque esté de parte de “los buenos” la mayor parte del metraje), el hombre lobo, o, brevemente, Mr. Hyde. Parece como si Sommers estuviera dispuesto a pasar revista a la nómina completa de Grandes Monstruos del Cine, aunque si lo hace con esta misma filosofía, mejor que se dedique a otras cosas, y se repase Deep Rising, la película que dirigió antes de las momias, y que resulta mucho mejor a éstas. Claro que, también puede opositar a que le dejen dirigir la continuación de La Liga de los caballeros extraordinarios, o bien sugerir que, viendo las múltiples coincidencias, simplemente se fusionen ambas previsibles sagas.
Si es un crimen sacar tan poco provecho a estos monstruos, igualmente censurable resulta, por fin, lo que hace con el protagonista, el propio Van Helsing, cuyo legendario nombre se utiliza aquí como reclamo. Poco tiene éste que ver con el personaje de la célebre novela de Bram Stoker. Y digo que tiene poco que ver con aquél, no porque se aleje de su espíritu, sino porque se trata, efectivamente, de otra persona. La película utiliza el nombre del memorable profesor que acosó a Drácula, pero su protagonista no es aquel Abraham Van Helsing, si no un tal Gabriel, de supuesto parentesco que no acaba de aclararse. ¿Cuál es la razón de que se haya utilizado otro personaje en lugar del original? Quién sabe; tal vez en la inevitable secuela se nos explique, así como su supuesta longevidad, ya que, según el Drácula de la película, fue este Van Helsing quien le “mató” siglos atrás (no entiendo nada). Este personaje carece del atractivo de, por poner un ejemplo (el mejor ejemplo, en realidad) aquel maravilloso Van Helsing que Peter Cushing interpretó para la Hammer. Se trata de un asesino a sueldo del Vaticano, de personalidad indefinida; unas veces parece arrastrar un pasado torturado, y otras suelta los chistecillos habituales hoy en las películas de acción; en una escena se comporta como un hombre atormentado “con pasado”, y en otras como el típico galán de opereta. Un personaje desaprovechado, banalizado aún más por la presencia de ese irritante fraile de doble función: la del personaje graciosillo, y la del genio fabricante de (anacrónicas) armas, en un evidente ¿homenaje? al mucho más entrañable “Q” de la serie de James Bond.
Poco hay que decir, por último, del personaje de la guapa Kate Beckinsale, salvo que nos remite irremediablemente al que interpretó en esa otra gran obra que es Underworld (¿qué fusionen también esta saga?), en la que su papel resultaba tan creíble como en ésta. Lo único que me sorprende enormemente es que haya aceptado morir al final de la película, perdiendo así la posibilidad de participar en la inevitable secuela.
En resumen, y una vez más, estamos ante una película formalmente impecable que resultará un éxito de taquilla pero que no dejará ninguna huella, en la mejor tradición del fast food cinematográfico que sufrimos continuamente. Es cierto que la película se deja ver, pero poco más positivo se puede decir, pobre resultado cuando hablamos de una obra de semejantes proporciones humanas y económicas. En sendas entrevistas, como para tratar de justificar su participación en el proyecto, tanto Hugh Jackman, como Kate Beckinsale, o la propia Elena Anaya, hablaban de lo difícil que es encontrar un guión tan bien escrito para una película de ese tipo... Lo incomprensible es que luego, al extenderse, tan sólo hablan de las horas que pasaron colgados de los cables durante el rodaje. Al menos ellos ya cumplieron así su penitencia. Tal vez habría que colgar ahora a alguien más.

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