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Donde no me llaman

Spider-man 2

(Publicado previamente en www.cyberdark.net)
[http://www.cyberdark.net/portada.php?edi=6&cod=387 - 2004]

Spider-Man 2
EEUU 2004

Dirección: Sam Raimi
Guión: Alvin Sargent
Producción: Avi Arad y Laura Ziskin
Fotografía: Bill Pope
Música: Danny Elfman
Montaje: Bob Murawski

Intérpretes
Tobey Maguire (Peter Parker/Spider-Man)
Kirsten Dunst (Mary Jane Watson)
James Franco (Harry Osborn)
Alfred Molina (Dr. Otto Octavius/Dr. Octopus)
Rosemary Harris (May Parker)
J. K. Simmons (J. Jonah Jameson)
Donna Murphy (Rosalie Octavius)

Duración 127 minutos

Más información: http://www.imdb.com/title/tt0316654/fullcredits

Qué maravilla de película.
A nuestro héroe le pasa de todo. No sólo tiene que pelearse con los malos de turno, sino que se enfrenta además a una grave crisis de identidad, y, por si esto no fuera suficiente, también pierde sus poderes temporalmente. Para que todo sea más emocionante, el protagonista por fin abre su corazón y confiesa sus sentimientos a la mujer que ama, quien también descubre su personalidad secreta.
La primera entrega me encantó, y la segunda me volvió loco directamente. Durante varias semanas estuve yendo a verla todos los sábados, y recuerdo que uno de ellos regresé a casa prácticamente llorando porque no quedaban entradas. Claro que yo era muy joven por aquel entonces. Estoy hablando de cuando tenía unos 13 años. Estoy hablando de 1980. Estoy hablando de Superman 2.
Fue tal el impacto que me produjeron las aventuras cinematográficas del hombre de acero (aún se me ponen los pelos de punta cuando escucho el tema principal de John Williams), personaje que nunca me había interesaban demasiado, que no podía dejar de salivar ante la perspectiva de que se rodase una adaptación de un super-héroe cuyos comics realmente me gustaban: Spiderman. El estreno en cine a finales de los 70 de algunos capítulos de la lamentable serie de televisión sobre el trepamuros solo acrecentaron mis deseos de que Spidey fuera llevado a la gran pantalla como Dios manda. Aunque no imaginaba que iba a tener que esperar veintidos años.

Volviendo a los orígenes
En 2002 llegó a nuestras pantallas, por fin, Spider-Man, un brutal éxito comercial que, como no podía ser de otra forma, desencadenó su consiguiente secuela de original título: Spider-Man 2. La película cuenta con la “ventaja”, como todas las continuaciones, de no tener que perder el tiempo en presentando a los personajes. Esto significa, tratándose de superhéroes, que nos ahorramos esos minutos en los que se explica el origen de los poderes del individuo en cuestión, minutos que suelen resultar tediosos. ¿Por qué? En primer lugar porque el espectador normalmente ya conoce la historia por los comics, pero, sobre todo, porque la estructura narrativa empleada en esta oleada de adaptaciones que se está produciendo últimamente es repetitiva, típica y carente de originalidad (como buen ejemplo de esto recomiendo revisar la primera parte de la propia Spider-Man).
Desde el principio, esta segunda entrega nos mete de lleno dentro del mundo de Peter Parker, a quien sus poderes no le han facilitado la vida precisamente, un momento de su biografía que fue desarrollado en los comics en una de las mejores épocas del personaje.
A casi todos los superhéroes de éxito que llevan décadas publicándose les pasa lo mismo: sus personalidades han cambiado mucho a través de los años, por lo que a la hora de adaptarlos al cine debe tomarse la decisión de elegir a qué época ceñirse. En el caso de Spiderman, aunque soy un seguidor del personaje, después de John Byrne, Ultimates y otros inventos modernos, personalmente no tengo muy claro cuál es su actual origen oficial. Yo soy más clásico, y disfruto con las reediciones que se están comercializando actualmente, de modo que me alegra comprobar que las dos películas se ajustan más al universo Spidey que dibujaron Steve Ditko y John Romita, con Stan Lee al frente de los guiones. En esa etapa las habituales peleas con los supervillanos eran tan sólo parte del espectáculo, ya que si por algo triunfó Spiderman fue por el retrato del adolescente atribulado por los problemas e inseguridades propios de su edad, acentuados por unos superpoderes que le complican la vida más aún, con quien los lectores se podían identificar fácilmente. Y de este terreno tan fértil se nutren las, hasta ahora, dos entregas de Spider-Man.
En esta secuela nos situamos dos años después de que Peter Parker obtuviera sus poderes, metidos de lleno en ese lío que (casi) siempre ha sido la vida del joven.

Crisis de identidad
Peter Parker siempre ha sido un personaje trágico. A diferencia de lo que ocurre con otros superhéroes, nunca ha considerado sus poderes como un don. Casi siempre ha asumido la responsabilidad que conllevan (no voy a citar de nuevo aquí la famosa frase), pero por lo que respecta a su felicidad personal, el adquirir las características de una araña siempre le ha supuesto un problema.
En Spider-Man 2, Parker (perfectamente encarnado de nuevo por Tobey Maguire) se encuentra agobiado por la falta de dinero, los estudios a los que sus correrías como trepamuros no le permiten dedicarle el tiempo necesario, y, sobre todo, se debate ante una duda existencial. ¿Cuál de sus dos personalidades debe dominar a la otra? ¿Puede disfrutar de una vida normal, relegando su papel de héroe a un segundo plano, o Spiderman debe imponerse, impidiéndole, por ejemplo, declarar su amor a su vecina Mary Jane? Es una crisis de identidad en toda regla. Más bien una doble crisis: no sólo trata de averiguar quién es en realidad (Spiderman o Peter Parker), sino que, además, para proteger a sus seres queridos, trata de mantener oculta su faceta de lanzarredes (aunque luego se quite la máscara en público con cierta facilidad). Una crisis interna, y otra externa, de cara a los demás.
Aquí nos encontramos ante uno de los problemas del guión de la película. Resulta comprensible que el debate interno exista en la mente de Parker, pero no tiene sentido que a causa de su identidad secreta decida renunciar al amor de Mary Jane. Él está convencido que emparejarse con su amada, y revelarle quién es en realidad, resultaría peligroso porque sus enemigos tratarían de hacer daño a la joven. En primer lugar no deja de resultar paradójico que la chica ya haya estado amenazada en las dos entregas, sin conocer aún la personalidad secreta de Peter, pero, dejando esto aparte, el razonamiento de Parker es absolutamente erróneo: no supone ningún riesgo para la seguridad de la Srta. Watson que ella sepa que en realidad su vecino es Spiderman, siempre que sus enemigos sigan ignorándolo. Un argumento falaz heredado de los comics, donde pervivió durante años sin que nadie pareciese darse cuenta del error.
Pero también los villanos tienen problemas de identidad.
El Dr. Otto Octavius es un buen hombre hasta ser “poseído” por la inteligencia artificial de sus brazos mecánicos, y se establecerá una dramática lucha entre esas dos personalidades que habitan en su cuerpo hasta el dramático desenlace final, con victoria del Bien incluida.
A diferencia de lo que sucedía en los comics, aquí Octopus no es malo en realidad. Mientras en las viñetas se trastornaba completamente, y era él quien controlaba sus extremidades mecánicas, aquí sucede a la inversa, y el hombre honrado sigue luchando por salir al exterior, por imponerse a su propio invento (al tiempo que, por incomprensible que parezca, resiste los puñetazos directos de Spidey). Si por un lado choca que la inteligencia artificial de los tentáculos sea tan avanzada cuando sólo se trataba de simples herramientas, al asistir al heroico final del científico podemos comprobar que sigue vigente esa irritante costumbre que estableció el Batman de Tim Burton: la de eliminar en dos horas de película a personajes que han dado juego durante años en los comics. Si en la película del murciélago se acababa alegremente con su archienemigo, el Joker (a quien seguiría El pingüino, Dos Caras, el acertijo, Poison Ivy...), las dos entregas de Spidey han despachado ya a personajes tan emblemáticos como el Duende Verde y el Dr. Octopus.
Esto me parece un derroche de personajes, por mucho la nómina de supervillanos a los que se ha enfrentado Spiderman sea tan extensa que resulte poco probable que la franquicia cinematográfica se extienda tanto como para poder agotarla; un filón de personajes que ojalá posteriores secuelas aprovechen al máximo. Como deseable resultaría que venideras adaptaciones Marvel sacaran partido de otra característica fundamental del universo creado por la editorial.

¿Para cuándo un Universo Marvel en el cine?
A lo largo de su historia la editorial Marvel ha creado numerosos e interesantes personajes. Pero ésta es sólo una parte del secreto del éxito de sus comics. Otro aspecto fundamental fue situarlos en una ubicación geográfica real: mientras que la DC empadronaba en las ficticias Metrópolis y Gotham City a Superman y a Batman, los superhéroes marvelitas habitaban, casi todos ellos, en el estado de Nueva York. Y vivían allí todos a la vez. Es decir, en los tebeos coexisten, entre otros, Hulk, los X-Men, Daredevil, y Spiderman (por citar algunos de los personajes que han sido llevados a la gran pantalla últimamente), y resulta habitual que varios de ellos coincidan en números especiales, o que alguno visite la colección de un colega. Esto confiere una gran profundidad a este Universo Marvel, dotándolo de infinitas posibilidades, a la vez que retrata un mundo realista en el que los superseres son relativamente frecuentes.
Por el contrario el cine no ha aprovechado de momento esta dimensión. Los personajes pululan aislados en sus respectivas adaptaciones, como si cada uno de ellos fuera el único individuo con talentos especiales del mundo (salvo que hablemos de grupos, como pasa con los X-Men, claro), lo que le hace aún más extraordinario. Por esta razón hay algo que me chirría en las películas de Spiderman: si Peter Parker es el único ser humano que adquiere capacidades extraordinarias ¿no es mucha casualidad que todos los demás superseres ( El Duende Verde y Octopus por el momento, y El Lagarto en un futuro próximo) surjan de su entorno directo? Resulta un poco paleto por parte de los guionistas pretender que toda esta génesis de supercriaturas se produzca alrededor de Peter Parker (y en un corto periodo de tiempo), como si fuera él el catalizador de dicho proceso.
En los tebeos Spidey se ha enfrentado a muchos enemigos de diversos orígenes, y sería interesante que los escritores de las sucesivas películas ampliasen sus miras en esta dirección. Se avanzaría en el camino de conseguir que ambos universos, el de las viñetas y el de los fotogramas, estuvieran más relacionados y fueran distintas ventanas a la que asomarse a la misma realidad, alcanzando el anhelo máximo del aficionado: la completa fidelidad a la fuente de la adaptación.

La maldita fidelidad
Como he comentado muchas veces, en general no creo que sea obligatorio ceñirse al material que se adapta. Pero, en casos como éste, en el que se trata de un personaje con millones de seguidores con los cuales se cuenta a la hora de predecir un gran éxito comercial, hay que ser fieles, al menos, al espíritu del original. Sinceramente no creo que nos podamos quejar de estas adaptaciones en este sentido.
Es cierto que se han tomado algunas licencias de mayor o menor importancia, pero no creo que puedan considerarse errores. De hecho, en algunos casos, creo que suponen todo un acierto, como la decisión de que Spiderman genere de forma natural sus telarañas, siendo esta opción más lógica que la que se vio en los comics; no tiene ningún sentido que pase apuros económicos alguien capaz de inventar en una tarde un fluido arácnido y sus correspondientes lanzarredes (aunque siguiendo esta línea de realismo hubiera sido de agradecer que también nos explicasen cómo es posible que Peter pueda confeccionarse ese estupendo traje). Por otra parte hay que reseñar que el recurso de las redes como fluido orgánico no es en absoluto original, ya que se utilizó en la serie limitada Spiderman 2099.
Por otra parte, si acertada es la elección de Tobey Maguire, no lo es tanto, desde mi punto de vista, la de Kirsten Dunst. No porque no se parezca a la Mary Jane de papel, siendo más bien es una especie de mezcla entre aquella sexy y agresiva pelirroja y la dulce Gwen Stacy (su primer gran amor en los comics, donde moría trágicamente, por lo que resulta comprensible que los guionistas de la adaptación prescindieran del personaje). El problema es que me resulta increíble como modelo de cosmética, y me parece una actriz inexpresiva que no establece ninguna química con Tobey Maguire.
El retrato de tía May es fiel al original, aunque aparente aquí menos fragilidad que en los comics. Fragilidad, tanto aquí como allí, desmentida por su capacidad para aguantar todo tipo de situaciones peligrosas que ponen a prueba su, supuestamente, enfermo corazón. Mientras que en las colecciones de tebeos superaba cientos de infartos y enfermedades, en la película es capaz de aguantar la secuencia del secuestro a cargo de Octopus y posterior salvamento por parte de Spidey sin despeinarse, algo que hubiera provocado un ataque al corazón a un plusmarquista de decathlon.
Existen, además, numerosos detalles a los que puede sacarse punta, como si este Harry Osborn tiene algo que ver con el de los comics; el hecho de que Flash Thompson desaparezca en esta entrega; lo ridículo que resulta ver el Bugle convertido en un circo con J. J. Jameson haciendo el payaso sin que el Joe Robertson cinematográfico tenga la fuerza de carácter suficiente como para contrarrestar los arrebatos de su jefe (como sí hacía en los tebeos); o lo extraño que resulta ver que ahora Spiderman no sea considerado una amenaza por los ciudadanos (cosa que, por otra parte, nunca tuvo mucha lógica en los tebeos). Detalles menores que, si bien resultan jugosos para los aficionados más recalcitrantes y pueden deparar miles de horas de debate, no afectan a la calidad de la película.
Nada de lo mencionado me parece un error o una traición al personaje, al que considero que se le ha guardado la fidelidad adecuada.

Balance
Cuando se estrenó Titanic fueron muchas las personas que cruzaron los dedos para que la (hasta entonces) película más cara de la historia resultara un completo fracaso. La megalomanía de James Cameron, su director, le había granjeado muchas antipatías, y algunos críticos se frotaban las manos ante la posibilidad de poder titular sus crónicas “El Titanic vuelve a hundirse”. Cuando quedó claro que la película no iba a ser un rotundo éxito (de hecho se convertiría en la más taquillera de la historia), como aficionado de los comics de Spiderman me sentí muy feliz. Era sabido que Cameron tenía mucho interés en encargarse de la adaptación cinematográfica de las aventuras del lanzarredes, y yo estaba seguro de que su versión sería magnífica. En aquel momento el proyecto ya estaba en marcha, circulaban varios borradores del guión, y Cameron estaba tomando parte activa en la preproducción; pero problemas de presupuesto, de guión, y, sobre todo, cierto lío con los derechos legales del personaje, lo estaban atrasando todo más de la cuenta. Yo estaba convencido de que el enorme éxito de Titanic otorgaría al director tal poder dentro de la industria (aún más del que ya tenía tras las dos entregas de Terminator, Aliens: El regreso o Mentiras arriesgadas) que todos esos problemas podrían solventarse. Pero no fue así. El proyecto siguió atrasándose y, finalmente, James Cameron abandonó la empresa.
Estaba ya claro, por desgracia, que si Spiderman saltaba a la pantalla no lo haría de la mano del director de algunas de las mejores películas de acción-ficción de los últimos años.

Y entonces llegamos a Sam Raimi, un director a quien una parte de la crítica y el público se empecinan en calificar de “artista de culto”, cuando su filmografía revela una realidad muy distinta. Desde la sobrevalorada Posesión infernal (y sus progresivamente más mediocres secuelas), y la casi olvidada (aunque moderadamente divertida) Crimewave, Raimi no ha vuelto a dirigir nada que demuestre ese supuesto personal talento creativo. Hace mucho tiempo que se trata de un director que trabaja de encargo, de otro asalariado dentro de la industria. Esto no tiene nada de malo, pues son legión los realizadores que han trabajado de esta forma a lo largo de la historia del cine (sobre todo durante la época de los grandes estudios) firmando obras interesantes. Títulos como Rápida y mortal, Un plan sencillo o Premonición evidencian que es un director eficaz, aunque también es cierto que otros como Por el amor y el juego nos hacen dudar de esta aseveración. Por todas estas razones no compartí el entusiasmo de otros espectadores cuando se anunció que sería Sam Raimi el encargado de dirigir las aventuras cinematográficas del trepamuros, por mucho que ya hubiera hecho sus pinitos en el terreno de los superhéroes al dirigir Darkman.
A la luz de los resultados, mis temores eran fundados.
Como ya he comentado antes, Spiderman siempre ha sido un personaje con un trasfondo trágico. Aunque cuando se pone la máscara para combatir el crimen se convierte en un payaso lenguaraz los problemas siempre le han perseguido, haciendo su vida muy difícil. Por supuesto que los responsables de las películas no tienen porque seguir esta línea, pero, fidelidades aparte, lo cierto es que las dos entregas son realmente superficiales y carecen de profundidad dramática, épica o de cualquier otro tipo.
Raimi ha dirigido las dos entregas de una forma absolutamente aséptica y convencional, sin ninguna inventiva visual ni narrativa, sin ninguna personalidad (salvo en la absurda, por fuera de lugar, escena del quirófano de esta segunda parte), consiguiendo, es un hecho, romper taquillas, pero sin que la emoción aparezca en ningún momento. La culpa de esto no es únicamente suya, por supuesto, ya que los guiones, aunque correctos (faltaría más), carecen de cualquier sorpresa o de momentos cumbres que puedan perdurar en la memoria. Es cierto que existen momentos espectaculares, como la pelea con Doc. Ock en el metro, brillantemente realizada gracias a unos efectos especiales que, como en el resto de la película, funcionan satisfactoriamente (tanto el diseño de Octopus como el de Spiderman son estupendos, y ambos quedan bastante bien integrados en el paisaje de Nueva York cuando se mueven por la ciudad), pero poco más.
Falta magia. Falta emoción. Falta sorpresa.
No la voy a comparar con Superman 2, a pesar de que existan paralelismos argumentales, porque sé que ninguna película me va a producir el mismo efecto que aquella, ya que jamás volveré a tener 13 años. Pero echo de menos ese algo indefinible, que surge más de un guión o una dirección inspirados que de un conjunto de pixels, cuya ausencia hace que la historia y los personajes no acaben de llegarme.
Me sobran los chistes (como el ridículo momento en el que Parker trata de comprobar sí ha recuperado los poderes saltando por las azoteas mientras berrea “¡Voy a romper!”), que continuamente me recuerda que estamos ante un producto teledirigido a hacia las mentes adolescentes menos exigentes, y lamento que no hayan sido capaces de retratar a ese adolescente atormentado que durante muchos años fue tan real para millones de nosotros.
La película es entretenida y se deja ver, no abusa de los efectos especiales, lo cual resulta de agradecer, y ya hemos hablado del gran trabajo de los actores, como Tobey Maguire o Alfred Molina, excelentes profesionales dentro de una producción muy competente. Por todo esto, decir que estamos ante una mala película sería mentir. Pero considero que sería más falso aún asegurar que se trata de un gran filme. Y si algún superhéroe se merecía una gran adaptación ese es, sin duda, nuestro amistoso vecino Spider-Man.

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