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Donde no me llaman

El Señor de los anillos: Las dos torres

(Publidado previamente en www.cyberdark.net)
[http://www.cyberdark.net/portada.php?edi=6&cod=111 - 2003]

La noticia de que James Cameron se disponía a llevar al cine a Spider-Man me pareció estupenda, porque el lanzarredes ha sido mi superhéroe favorito durante más de 20 años. Fue uno de los primeros supertipos que conocí, y las características del personaje unidas a la temprana edad que yo tenía por entonces hicieron que me identificara con él en gran medida. Peter Parker era para mí más real que la mayoría de las personas que conocía, y sabía más de él que de muchos de mis amigos. Como digo, la expectativa de ver a mi héroe favorito (mi amigo durante tanto tiempo) dignamente llevado al cine me resultaba emocionante. Además, la presencia de James Cameron al frente del proyecto garantizaba que iba a ser una gran película. Por desgracia Cameron abandonó el proyecto. Y yo aún sigo esperando esa gran película del trepamuros.
Sin embargo, cuando me enteré de que Peter Jackson preparaba la adaptación de El Señor de los Anillos, la noticia me dejó bastante indiferente. No me interesaban el director ni la novela. Por supuesto que conocía la obra de oídas (quién no), e incluso había visto la versión animada (e incompleta) que Ralph Bakshi realizó en 1979. Pero era poco más lo que sabía de la obra; no conocía prácticamente a ninguno de sus personajes, y apenas hubiera sido capaz de explicar “de qué iba” la historia.
Pero no es que tuviera nada personal contra la trilogía de Tolkien. Es el género en su conjunto el que no me interesa lo más mínimo. La Fantasía (o Fantasía Épica, o Heroica, que no tengo muy claro cómo se llama), con sus magos, caballeros, princesas, duendes y elfos, carece de atractivo para mí. Para mí sólo son interminables sagas (dilatadas por motivos descaradamente comerciales) usurpando espacio en las estanterías dedicadas a la ciencia-ficción de algunas librerías.
Que nadie crea que intento menospreciar el género, tan sólo quiero definir mi predisposición ante él. La Fantasía me parece totalmente respetable, como cualquier otro género, sólo que apenas conozco nada de ese tipo de obras porque nunca me han atraído.

Pero gustos literarios aparte, por supuesto que tenía el propósito de ver las películas de Jackson. Me apasiona el cine y estaba convencido de que aquello iba a ser algo espectacular. Sólo que mi predisposición era algo distinta a la de los fanáticos de las novelas de Tolkien. Ellos acudieron al cine emocionados y temerosos: emocionados por ver sus héroes encarnados; y temerosos de que la adaptación no les hiciera justicia. Asistieron al estreno preparados a defender con uñas y dientes lo que (al igual que Spider-Man para mí) ellos consideraban parte de su vida.
Yo sólo esperaba ver una buena película.

La difícil tarea de adaptar
Este comentario trata de las adaptaciones cinematográficas de El Señor de los Anillos, no de los libros. Pero antes de exponer mi valoración sobre Las dos Torres no puedo pasar por alto un fenómeno importante: la parcialidad con la que los aficionados a la los libros de la saga están juzgando las películas. Para bien o para mal la mayoría juzgan las películas en relación con los libros, dejando a un lado los valores propios de los filmes. Por supuesto era previsible que esto sucediera al tratarse de unos libros tremendamente populares, pero resulta un poco enfermizo que la discusión sobre dicha fidelidad se convierta en el principal tema de discusión al comentar las películas. Todo esto nos lleva a reflexionar acerca del interesante tema de las adaptaciones, sobre el cual no me resisto a exponer algunos comentarios.
Las cuestiones principales son:
·¿ Una adaptación tiene que ser necesariamente fiel al original en que se basa?
·¿Qué es una buena adaptación cinematográfica? ¿La que obtiene una buena película a partir del material original, o la que es absolutamente fiel a dicho material?

Supongo que lo ideal es aunar fidelidad y calidad cinematográfica, pero esto no siempre es posible, y tal vez no resulte imprescindible.

El consejo de Alfred Hitchcock para realizar una adaptación de una obra literaria consistía en leer el material, quedarse con lo que te interesa, y olvidar el resto, es decir: ser todo lo infiel que se quiera respecto a la obra original. Esto tal vez suene un poco radical, pero creo que incide en el meollo de la cuestión: que una cosa es la obra escrita y otra distinta la película a la que da origen, por lo que el cineasta tiene derecho a actuar con tanta libertad al rodar la película como tuvo el escritor a la hora de crear su obra.

Por otro lado, la fidelidad no siempre es posible. Literatura y cine tienen lenguajes distintos, y lo que funciona en una novela no siempre funciona en una película. Por ejemplo, a instancias de mi novia (que a su excelente gusto en hombres une un buen criterio literario) estoy leyendo a John Irving. Por lo que conozco, sólo se puede adaptar a este autor mutilando sus obras, dada su complejidad, y abundancia de personajes e historias.
Otro ejemplo más conocido: El nombre de la rosa. La célebre y densa novela de Umberto Eco dio lugar a una interesante película que, a pesar de respetar la ambientación del libro, se centraba en la historia detectivesca que Eco tan sólo había utilizado como excusa para poder describir la cultura y forma de vida de un monasterio medieval. No había forma de que Jean Jacques Annaud, el director, hubiera podido trasladar a la pantalla los largos pasajes en los que Umberto Eco describía personajes, arquitecturas o demás elementos de la época. La película, de forma muy inteligente, se centra en la narración, consiguiendo, a mi entender, casi la mejor adaptación posible (a pesar de su infidelidad).

Ahora, tras extenderme para intentar explicar por qué creo que no existe la obligación de ser fiel, señalaré lo que puede parecer una excepción: los casos en los que se utiliza la obra original para vender la película. Buz Lurham era libre de introducir todas las innovaciones que quisiera en su Romeo+Julieta; no creo que el hecho de estar basada en la obra de Shakespeare arrastrase a las masas al cine. Pero cuando Coppola decidió titular su película Drácula, de Bram Stoker, implícitamente prometía una fidelidad absoluta a la novela original (promesa que incumplió al transformar una obra de terror en una historia de amor).
Cuando se adaptan obras absolutamente populares y se utiliza esa popularidad para vender la película puede parecer que existe una mayor obligación de ceñirse a las fuentes. ¿Por qué? Porque los productores cuentan con que los aficionados a la novela o el comic fuente van a pagar por ver la adaptación, y es evidente que éstos quieren que el filme se ciña a lo que conocen y aman.
La producción de la trilogía de los anillos ha supuesto 300 millones de dólares, y año y medio de rodaje; un proyecto de enorme envergadura. Es evidente que los productores no se lo confiaron a Peter Jackson porque hubiera dirigido Tu madre se ha comido a mi perro, o Agárrenme a esos fantasmas. El cineasta seguramente les presentaría un proyecto sólido y viable, pero la clave para embarcarse en tan colosal empresa eran los muchos millones de aficionados a la trilogía de Tolkien ansiosos por ver una adaptación a la altura de sus expectativas. Se daba por hecho que esos aficionados iban a pasar por taquilla, y creo que se merecen que se les dé lo que esperan.
Pero este argumento, que parece sólido, en realidad no tiene un valor absoluto. Aunque la película es, de alguna manera, de los aficionados al libro, no es únicamente de ellos. Los demás espectadores, los que no han leído el material original, también pagan su entrada (sería interesante conocer qué porcentaje de espectadores conocen el original), y tienen derecho a que se les ofrezca la mejor película posible, aunque sea a costa de introducir cambios que puedan no gustar a los puristas.

Por otra parte, me resulta curioso que esta demanda de fidelidad sea selectiva. Es decir, que sólo afecte a aquellas películas que se basan en libros que hemos leído y que, además, nos han gustado. Incluso el fanático más fanático que ahora mismo está clavando alfileres en los ojos de una reproducción de Peter Jackson por las licencias que se ha tomado, y que exige fidelidad a toda costa, reconocerá que su exigencia no se refiere al cine en general. ¿Alguna vez ha visto una película basada en una obra que no ha leído y ha pospuesto decidir si le ha gustado o no hasta leer el libro? Lo dudo. La mayoría de las veces juzgamos la película en sí, porque no conocemos la fuente original. Sólo establecemos comparaciones cuando conocemos dicha fuente, lo cual nos hacer asistir al cine con prejuicios que “distorsionan” nuestra valoración, ya que juzgamos la película basándonos en lo que esperábamos ver, y no en lo que en realidad es.
Un ejemplo conocido puede ser Los ladrones de cuerpos (obra a la que Cyberdark dedicó recientemente un monográfico especial). Su primera adaptación, La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1955) está unánimemente considerada como una obra maestra. Curiosamente, el desenlace de la película es totalmente distinto al de la novela. Más infiel aún es la adaptación de la novela que rodó Philip Kauffman en 1977, La invasión de los ultracuerpos, la cual también ganó el favor de crítica y público. Los pocos comentarios que conozco en contra de ambas películas jamás utilizan como argumento las licencias que se tomaron los responsables de los filmes. ¿Por qué? En la mayoría de los casos porque la novela no era conocida, y casi nadie la había leído antes de ver las películas. Ni falta que hacía para poder disfrutar de ellas. Estoy seguro que son muchos los lectores de Cyberdark que aman cualquiera de estas dos adaptaciones, pese a sus licencias, pero que son incapaces de aceptar que las películas de El Señor de los Anillos puedan disfrutar del mismo derecho a ser infieles.

En todo este fenómeno tiene una gran importancia el factor subjetivo y emocional. La literatura, a diferencia del cine, permite que el usuario cree sus propias imágenes a partir de lo que lee; por detallistas que resulten las descripciones de un libro, el lector tiene cierto margen para adaptar lo que lee a sus propios gustos. Por ello cada uno puede tener una imagen distinta del universo que describe una novela. Los cineastas que adaptan ese libro (quienes en su momento seguramente fueron unos lectores más) también cuentan con su propia imagen que, aunque no coincida con la del resto, no por ello es menos válida.
Por otro lado supongo que gran parte de los lectores de la obra de Tolkien la leyeron en su juventud, época en la que todo deja una huella más profunda, y las sensaciones son más fuertes y apasionadas. Estoy seguro de que son precisamente esos lectores los más críticos con las películas de la trilogía, ya que esperan que ver las películas les proporcionen las mismas emociones que obtuvieron leyendo los libros, lo cual es imposible. En muchos casos, ni los libros de Tolkien les puede proporcionar ya las mismas emociones. Tomemos a una persona que leyó el libro por primera vez años atrás, y que lo adora desde entonces. Imaginemos que coge un martillo y tiene la habilidad de golpearse en la cabeza en el lugar adecuado y con la fuerza precisa para producirse una amnesia selectiva y olvidarse únicamente de que ha leído El Señor de los Anillos. Seguramente no sentiría lo mismo leyéndolo ahora que cuando lo hizo por primera vez, porque ya no es la misma persona de entonces. ¿Cómo exigir que la película transmita lo que ni el libro consigue transmitir ya?

No soy quien para evaluar la importancia de las licencias que las películas de Jackson se están tomando respecto a los libros, porque no los he leído. Pero, a juzgar por los comentarios que aparecen en los foros de internet, diría que, dada la magnitud de la historia, no son demasiado importantes. Creo que la esencia de la historia y de la mayoría de los personajes se está respetando, y que la ambientación resulta impecable. Sinceramente creo que algunas críticas son muy poco razonables. Tengo la impresión de que Jackson ama realmente los libros, y, en la medida de los posible, está siendo muy fiel a las novelas. Por eso me sorprende la vehemencia con la que los aficionados están criticando algunas licencias que, al parecer, el director se ha tomado. Sinceramente, creo que se está siendo demasiado duro con él.
En general todos tenemos poco sentido del humor cuando alguien se mete en un terreno que consideramos nuestro, pero deberíamos no tomarnos las cosas tan a pecho. Es muy bonito pertenecer a algo, formar parte de un grupo (en este caso un pequeño grupo de decenas de millones de personas) que se sabe de memoria el mapa de la Tierra Media, usar saludos secretos, o incluso hablar élfico en la intimidad. Pero no creo que haya que demonizar a Peter Jackson por realizar algunos cambios, y menos aún sin conocer los motivos.

Todo esto me recuerda un experimento se llevó a cabo una vez (no esto seguro de cuándo ni quién, así que agradecería que algún lector más informado que yo me lo aclarase). Alguien exhibió un cuadro en el que aparecía una pipa de fumar con el siguiente texto: “Esto no es una pipa”. La gente se quedaba perpleja. Por mucho que miraban el cuadro aquello les seguía pareciendo una pipa. Finalmente el autor del acertijo dio la solución, tan obvia que a nadie se le había ocurrido: efectivamente aquello no era una pipa, sino el dibujo de una pipa. Existe una gran diferencia.
De igual modo, al valorar las películas de El Señor de los Anillos no deberíamos olvidar que estamos hablando de las adaptaciones cinematográficas de una novela, y no de la novela en sí. Nadie ha profanado la obra de Tolkien. Los libros siguen siendo los mismos de siempre.

La película
El Señor de los Anillos: Las dos Torres no tiene contemplaciones con aquellos espectadores que no hayan visto la primera parte (si es que existe alguno); no hay resumen del capítulo anterior ni nada por el estilo: la historia sigue directamente desde donde se quedó un año atrás, con nuestros héroes separados por las circunstancias, más vulnerables tras la disgregación de la Comunidad del Anillo. Recuerdo que George Lucas también utilizó en el segundo capítulo de su propia trilogía magna, El Imperio contraataca, el recurso de separar al grupo de amigos como elemento desestabilizador, y pienso que estaría bien que alguien se tomara la molestia de escribir un artículo señalando las coincidencias (muchas) que existen entre ambas sagas.
La película comienza volviendo a una de las mejores escenas de la entrega anterior, La comunidad del Anillo: la de las minas de Moria. Vemos de nuevo como Balrog cae al abismo arrastrando consigo a Gandalf, pero en esta ocasión la escena va más allá, y podemos contemplar la terrible lucha en la que se enzarzan el mago y el demonio mientras se precipitan a ese mar interior que se encuentra en las entrañas de la Tierra Media. Se trata de una escena soberbia y espectacular, un inmejorable arranque para la película. Peter Jackson parece conocer aquel consejo de Hitchcock que recomendaba comenzar las películas con un terremoto y seguir hacia arriba, pero, desgraciadamente, tan sólo sigue la primera parte de esa indicación del mago del suspense. Inmediatamente después vemos cómo Frodo despierta sobresaltado, como si estuviera reviviendo la muerte de su maestro. Al igual que el pequeño hobbit el espectador no tarda en despertar de ese sueño que consistía en imaginar que todo el dilatado metraje de Las dos Torres iba a ser tan trepidante como sus primeros minutos. Un sueño del que uno, paradójicamente, despierta durmiéndose, porque durante las siguientes escenas la película resulta bastante pesada.

Como decíamos, la acción se divide en tres frentes distintos:
-Frodo y Sam se dirigen a Mordor para destruir el anillo, y en su camino se encuentran con Gollum, uno de los personajes más esperados por los aficionados a la trilogía de Tolkien. Creo que hasta los más exigentes quedaran contentos con los asombrosos resultados obtenidos, no sólo porque la realización técnica de la criatura resulte impresionante, sino porque el monstruo ofrece la mejor interpretación de la película;
-Pippin y Merry continúan en poder de los orcos de Saruman;
-Aragorn, Legolas y Gimli continúan persiguiendo a ese mismo grupo de orcos para rescatar a sus dos amigos hobbits.

Podría parecer que el mostrar tres acciones distintas aseguraría un ritmo trepidante, pero no es así. Es cierto que los personajes van de un sitio a otro sin parar: Frodo y Sam recorren kilómetros hasta llegar a Mordor y, una vez allí, deciden seguir a Gollum hasta una supuesta entrada secreta, la cual no acaba de aparecer (habrá que esperar un año); también Aragorn y sus dos colegas corren lo suyo para dar con los orcos que han secuestrado a Pippin y Merry, aunque no lo suficiente, porque llegan tarde. Aunque los personajes se mueven mucho, movimiento físico no es sinónimo de entretenimiento, y lo cierto es que toda esta parte de la película carece de garra. Todo parece algo así como el vídeo de una boda, como una de esas películas que se ruedan para inmortalizar un enlace, y que los protagonistas te enchufan en cuanto te descuidas. En el mejor de los casos esos vídeos son insoportables, pero entusiasman a las familias de los novios. Las películas de El Señor de los Anillos funcionan un poco igual, aunque en este caso las familias de los novios (los aficionados a los libros) son millones de personas entusiasmadas con la idea de ver a sus héroes hechos carne, aunque se limiten a moverse de un lado a otro y a soltar diálogos no demasiado interesantes.

Volvamos de nuevo a la escena inicial de la pelea entre Gandalf y Balrog. Desde el punto de vista de la estructura del guión esa escena no pinta nada en absoluto en ese momento. ¿por qué aparece ahí? Narrativamente lo lógico hubiera sido colocarla en el momento en el que reaparece Gandalf, mientras explica cómo se salvó (de hecho, ahí vemos otros momentos de esa lucha). A posteriori uno se da cuenta de la razón de que la escenita de marras aparezca al principio: se trata, simplemente, de comenzar la película de forma arrolladora para animar el espectador, ya que lo cierto es que la primera parte de la película es totalmente olvidable.

El guión de Las dos Torres, como ya hemos dicho, nos cuenta tres historias distintas. La correspondiente al supuesto protagonista, Frodo, resulta plana. La única baza fuerte de este apartado es la presencia de Gollum, personaje que, pese a su brillantez, no es suficiente como para mantener el interés. Los dos hobbits caminan durante incontables kilómetros para llegar a algún sitio pero, a partir de cierto punto, ya no tenemos claro cuál es (como en las películas de James Bond, en las que la mayoría de las veces nos perdemos en algún momento, y ya no sabemos qué demonios es lo que tiene que hacer 007; uno se limita a disfrutar del espectáculo). Tampoco me parece eficaz la forma en que está narrada esa terrible lucha interna que Frodo entabla consigo mismo para evitar dejarse vencer por el anillo, y la aparición del Faramir, un personaje sin demasiada garra, no resulta especialmente memorable.

Las aventuras de Pippin y Merry, por su parte, son más sosa aún. Tras ser rescatados de los orcos que a punto están de comérselos, se encuentran con Barbol, dando lugar a algunas de las secuencias más pesadas de la película. Los Ents están brillantemente realizados, pero, una vez más, el aparato técnico no es suficiente, y la intervención de los árboles vivientes resulta cargante. Parece como si los dos amigos pasaran días subidos encima de Barbol hasta llegar a ese entcuentro que decidirá si las criaturas participarán o no en la guerra por la Tierra Media. Sólo al final, cuando arrasan Isengard en una espectacular escena, se siente uno parcialmente recompensado por lo que ha tenido que soportar hasta ese momento.

Sin duda es la parte de la película protagonizada por Aragorn, Legolas y Gimli la más interesante y divertida, pese a contar también con numerosos puntos muertos. Los tres amigos comienzan corriendo sin parar durante días para intentar rescatar a Pippin y Merry. En esta sección comprobamos dos cosas: que el equipo de la película aún tenía pagadas algunas horas de helicóptero para rodar imágenes aéreas; y que Gimli, un personaje hosco y malhumorado en la entrega anterior, de repente se ha convertido en el C3PO de la película. Para decepción del espectador, los tres amigos no llegan a pelear con los orcos: Éomer y sus hombres se les adelantan.
Mientras buscan a los dos hobbits, Aragorn y compañía se llevan una gran sorpresa: Gandalf está vivo. Lástima que los espectadores no compartan su asombro. Entre los que ya habían leído los libros, y los que habían visto el trailer de la película, casi todos sabían que el mago seguía vivo. Y hay otro grupo que también lo sabía, grupo entre el cual me encuentro: me refiero a las víctimas de los seguidores del anillo. Cuando fui a ver la primera entrega tenía sentados a mi lado a un grupo de espectadores que, evidentemente, adoraban los libros. Cuando Gandalf cae al abismo arrastrado por Balrog, uno de estos muchachos le dijo a un amigo “Pero no ha muerto, ¿verdad?”. No entendí el motivo de ese comentario: estaba seguro de que ambos sabían que Gandalf volvería, y que ambos sabían que el otro lo sabía. ¿Por qué fastidiar entonces la sorpresa a todos aquellos que no sabíamos nada de aquello? No tuve más remedio que darle las gracias. De igual manera, al terminar de ver Las dos torres, una simpática pareja que se encontraba detrás de mí tuvo la amabilidad de explicarme quién era esa “Ella” a la que se refería Gollum.
Pero sigamos con la película. Llegamos a Rohan, con exorcismo real incluido, y todo sigue siendo soso, mediocre, con poca garra: uno espera que suceda algo que colme sus expectativas, pero no llega a suceder. Incluso cuando parece que la cosa empieza a animarse, con el éxodo de las gentes del rey Théoden y esa escena del enfrentamiento con los jinetes orcos, aún tenemos que soportar escenas gratuitas y superfluas. El largo inserto de Arwen y su padre, la aparición del personaje de Cate Blanchet, la aparente muerte y posterior retorno de Aragorn (muerte que, por otra parte, ningún espectador se ha creído), o esos caprichosos cambios de idioma que, en la mayoría de los casos, carecen de justificación, dan lugar a escenas totalmente superfluas.
Afortunadamente, nos queda el abismo de Helm.
Me quito el sombrero ante esa estupenda secuencia; no recuerdo haber visto una batalla tan impresionante ni elaborada. La preparación y el desarrollo de la escena transmiten perfectamente la tremenda situación de los defensores de la fortaleza, enfrentados a un sobrecogedor enemigo que saben que no podrán vencer. Por otra parte, el desarrollo de la batalla, resulta muy interesante desde el punto de vista estratégico, y es aquí donde Aragorn, Legolas y Gimli dan la medida de su heroísmo y valía como guerreros. Son muchos los momentos emocionantes que se producen en esta secuencia, como la llegada del ejército elfo (ante el alivio de todos los defensores de la fortaleza de Helm), la apertura de la brecha en la muralla, la retirada al fortín, o la llegada de Gandalf con los hombres de Éomer (realmente soberbia la imagen de los dos ejércitos chocando). Es en esta batalla en la que, a mi entender, todo el espectáculo y colosalismo que se podía esperar de esta adaptación toma cuerpo por fin. Cine memorable al cien por cien.
Pero, curiosamente, la tremenda fuerza de esta secuencia es un arma de doble filo. Los responsables de Las dos Torres, siendo conscientes de la brillantez de esta parte del filme, parecen haber basado la eficacia de toda una película de 3 horas en estos escasos 40 minutos (¿qué recordaríamos de la película si no existiera la batalla del abismo de Helm?). De hecho, gran parte de la promoción de la película se basó en la grandiosidad de una escena que se sitúa al final (¿estaba también al final del segundo libro?), para que el espectador salga del cine con un buen sabor de boca, pese a las flojas dos horas anteriores, como si una secuencia, por soberbia que resulte, pudiera ocultar todas las carencias de una obra que, en conjunto, no acaba de funcionar.
La misma irregularidad de guión que ya se daba en La comunidad del Anillo vuelve a repetirse, aún más claramente, en esta segunda parte. Desde mi punto de vista, y a pesar del colosal éxito comercial que están obteniendo las películas de la saga, por el momento están resultando decepcionantes. No dudo del enorme esfuerzo de producción que ha supuesto realizarlas, ni de la capacidad que ha demostrado Peter Jackson para coordinar toda la empresa, ni se puede negar que el diseño y el acabado de la producción son realmente magistrales, pero, desde el punto de vista cinematográfico, los resultados excesivamente irregulares. En realidad creo que la parte más brillante del trabajo del director neozelandés fue la de convencer a los productores de que encargasen el proyecto a alguien con semejante filmografía a sus espaldas.

Tras haber visto las dos primeras entregas de la saga estoy convencido de que la trilogía de Tolkien sin duda proporciona material para una buena película, pero tal vez no para tres. Tanto Las dos Torres como La Compañía del Anillo me parecen películas totalmente irregulares que ofrecen algunas secuencias magníficas, y otras, bastante más, muy flojas. Tras casi 6 horas de visionado (extras de DVD aparte), uno se pregunta si esto era todo, si esta es la historia de la que llevaba oyendo hablar durante toda la vida. Porque, a pesar de lo dilatado del metraje, no se nos ha contado gran cosa. Y lo que es peor: lo que se nos ha contado se nos ha contado de forma bastante aburrida, lo cual, en el cine, me parece imperdonable.
Curiosamente creo que uno de los motivos de que la trilogía cinematográfica esté resultando fallida son los esfuerzos que Jackson ha hecho para mantenerse fiel a los libros. A juzgar por lo visto en las películas, las novelas que componen la trilogía de Tolkien tienen un carácter más descriptivo que narrativo. Estoy seguro de que resulta fascinante la imaginación y meticulosidad con la que el autor describe personajes, escenarios, razas e idiomas. Estoy seguro que es precisamente eso lo que ha enganchado a millones de lectores: el sentirse inmersos dentro de un mundo fantástico, distinto al real, pero absolutamente realista gracias a esas meticulosas descripciones. Pero desde el punto de vista narrativo, la historia no es tan interesante; y el cine es más narración que descripción. Si los responsables de las películas hubieran tenido el “valor” de meter la tijera en las novelas de Tolkien eliminando personajes, escenas y subtramas, estoy convencido de que podría haber conseguido una película (sólo una, aunque durase cuatro horas), realmente memorable. Pero por motivos comerciales (para alargar el negocio), o por un sincero amor a las novelas de El Señor de los Anillos, las películas acumulan material que, siento decirlo, en muchos casos carecen de función narrativa.
Hace un par de años un norteamericano cogió una copia La amenaza fantasma y realizó un montaje propio, eliminando material superfluo (que también abundaba en la película de Lucas). La versión que elaboró, más corta que la original, era, al parecer, bastante mejor. Los DVDs incluyen con frecuencia escenas eliminadas. Yo espero que algún día incluyan también escenas eliminables, de modo que el usuario pueda cortar donde quiera y elaborar su propio montaje: frente al montaje del director propongo el montaje del espectador. Creo que eso permitiría conseguir versiones de la trilogía de los anillos mucho más ajustadas que las que se están estrenando.
En definitiva, pese a sus muchos aciertos, considero que las actuales adaptaciones cinematográficas de El Señor de los Anillos resultan muy descompensadas y excesivas. Excesivas en cuanto a metraje y elementos, precisamente, insisto, por no querer mutilar una obra que cuenta con millones de seguidores. Seguidores que pienso deberían agradecer esto, aunque muchos de los demás espectadores lo lamentemos.
Y creo que los fanáticos de la trilogía de Tolkien deberían estar agradecidos a Peter Jackson porque creo que está ofreciendo la adaptación más fiel posible. Aunque, por desgracia, eso no significa que nos esté ofreciendo las mejores películas posibles.

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