Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Donde no me llaman

El día de mañana

(Publidado previamente en www.cyberdark.net)
[http://www.cyberdark.net/portada.php?edi=6&cod=359 - 2004]

The day after tomorrow
EEUU 2004

Dirección: Roland Emmerich
Guión: Roland Emmerich y Jeffrey Nachmanoff
Producción: Roland Emmerich y Mark Gordon
Fotografía: Ueli Steiger
Música: Harald Kloser
Montaje: David Brenner

Intérpretes
Dennis Quaid (Jack Hall )
Jake Gyllenhaal (Sam Hall )
Emmy Rossum (Laura Chapman)
Dash Mihok (Jason Evans)
Jay O. Sanders (Frank Harris)
Sela Ward (Dr. Lucy Hall)

Duración 124 minutos

Más información: http://www.imdb.com/title/tt0319262/fullcredits

Roland Emmerich
Estudiando la filmografía de este director alemán se puede aprender mucho sobre cine, principalmente acerca de lo que no debe hacerse. No es necesario remontarse hasta su etapa alemana; su carrera en Estados Unidos es lo bastante espeluznante como para ilustrar perfectamente lo que quiero decir: hay suficientes lugares comunes, tópicos, salidas de tono, personajes de cartón piedra, diálogos ridículos, incoherencias narrativas, escenas sonrojantes, chistes sin gracia, y, en general, ausencia total de talento en Independence Day y Godzilla como para llenar varios libros. Si a estas dos perlas añadimos Soldado universal, Stargate y El patriota podemos hacernos una idea bastante precisa de la talla del cineasta que nos ocupa.
Con este historial a sus espaldas poco bueno se podía esperar de la nueva y anunciadísima El día de mañana.

Cara a cara con el director
Tomándome muy en serio mi tarea como comentarista de Cyberdark, y también movido por la curiosidad, acudí hace un par de meses a la FNAC de Madrid a la presentación de la película, a cargo del propio Emmerich, su coguionista Jeffrey Nachmanoff, y el productor Mark Gordon.
Visto en persona el director parece un tipo agradable, simpático, y con sentido del humor (comentó que la escena en la que el presidente de EEUU perdona la deuda externa de algunos países le parece el elemento que más tiene de ciencia-ficción de toda la película). Pero pronto empiezan a chirriarme algunas de las cosas que allí se dicen, y que me recuerdan a otras que he leído en entrevistas promocionales de la película.
Primero el tema del mensaje ecologista. Me resulta absurdo que se pretenda utilizar como valor positivo de la película el hecho de que se trate la cuestión del cambio climático, como si estuviéramos ante una profunda reflexión sobre el tema en lugar de tratarse de una película que sólo utiliza ese elemento como excusa argumental para desplegar una apabullante batería de efectos especiales. Las películas son forma y, por mucho que se quiera esgrimir, el mensaje es sólo una excusa. Durante la rueda de prensa no pude dejar de recordar las palabras de un famoso productor de la época dorada de Hollywood que dijo “Cuando quiero transmitir un mensaje, pongo un telegrama”. No puede expresarse mejor lo que quiero decir.
El día de mañana desencadenase un debate mundial acerca del cambio climático que llevase a adoptar medidas que conllevasen la salvación de nuestro planeta, sin duda se convertiría en un título clave para la historia de la humanidad, pero eso no la haría mejor película.
Y un segundo fenómeno que me cabrea: la importancia, cada vez más notoria, del “cómo se hizo”. A la hora de promocionar gran parte de las películas actuales ya sólo se habla de cuánto costaron y de lo trabajosos que resultaron los efectos especiales. Lo que siempre ha sido un medio para contar determinada historia ahora se ha convertido en un valor en si mismo, en un elemento publicitario, en un reclamo comercial. Parece no importar lo más mínimo elementos como el guión, la música, la fotografía, las interpretaciones..., sólo interesa saber qué software se empleó para simular las tormentas, o cuántos millones de litros de agua se emplearon para inundar Nueva York.

Así estaban las cosas en la rueda de prensa de la FNAC cuando a uno de los presentes se le ocurrió preguntar a Roland Emmerich acerca de sus películas favoritas. El director dijo que le gustaban muchas filmes, y citó, como único ejemplo Gladiator. “El hecho de que sea la mediocre película de Ridley Scott el primer título que le viene a la cabeza explica muchas cosas”, pensé, y al terminar el acto me marché de allí sin acabar de comprender que a un director tan incompetente se le confíen más de cien millones de dólares para hacer una película.
Pero de pronto me asaltaron unas terribles dudas: ¿Le importarán a Roland Emmerich lo más mínimo las críticas que habitualmente bombardean sus películas? Supuse que no, porque para él los críticos europeos, con sus conceptos de cine de autor y séptimo arte, serán simplemente unos excéntricos que no tienen ni idea de qué va el juego. Son unos ingenuos que, desde su condición de espectadores, pueden permitirse el lujo de creer que el cine es un arte, y juzgarle a él según ese baremo. La cuestión es que a él eso le trae sin cuidado, por que ese no es su juego. Él es un director comercial, y eso es lo que importa.
Roland Emmerich no intenta hacer obras de arte, Roland Emmerich es un director al que se le da cierta cantidad de dinero para que lo multiplique, y si lo consigue, ¿Quién coño es un estirado francés de nombre impronunciable para criticarle? ¿Y sabéis qué? Pese a que Emmerich es, para mi gusto, un director malísimo, creo que tal vez tenga razón. Hollywood no aspira a perdurar en los libros de historia del arte, sino a ganar dinero, y para eso se paga a la mayoría de los directores. Por lo tanto, pensé yo, tal vez estemos siendo injustos, tal vez estemos cometiendo un grave error al orientar nuestras críticas, porque les estamos juzgando según lo que nosotros creemos que debe ser una película, lo cual, a todas luces, no tiene nada que ver con lo que la industria persigue a la hora de rodarla. Además, el hecho de que el director germánico no haya rodado ni una sola secuela de sus películas, a pesar de tratarse, en muchos casos, de grandes taquillazos, demuestra que no sólo está interesado en los beneficios económicos.
Así que, aunque estaba convencido de que El día de mañana iba a ser un nuevo tubo, y de que iba a ser muy fácil ponerla a caldo... ¿no sería ese enfoque un error por mi parte? ¿No debería todo basarse en los resultados económicos obtenidos? ¿Puedo tirar por tierra el trabajo de un director porque no me gusta, cuando ha cumplido el objetivo que sus jefes le han fijado? ¿Qué importa que un portero de fútbol sea feo si evita goles?
Con estas terribles dudas acerca del rumbo que debería tomar mi próximo comentario, fui a ver El día de mañana una semana después de su estreno.

El día D... mañana
Ese día me hice una de mis habituales sesiones dobles de cine.
Dejé El día de mañana como segunda película, y para comenzar la jornada elegí El castigador, lo cual, a posteriorí, se reveló como la elección perfecta. Esta nueva adaptación de un personaje de la Marvel resulta tan inenarrablemente mala que me colocó en situación de disfrutar de cualquier cosa que viera después, por horrible que fuese. Tras contemplar semejante bodrio sin duda me parecería aceptable cualquier película que no me indujera al coma, o que simplemente no me hiciera desear arrancarme los ojos y salir aullando de la sala. Y con tan inmejorable estado de ánimo entré a ver otra de catástrofes.

La película en sí
El día de mañana es fiel al espíritu del género de catástrofes: varios personajes con sus respectivas peripecias dentro de un marco hecatómbico cuyo mayor (y normalmente único) aliciente resulta contemplar los efectos especiales. Este es un género para mí poco interesante que nunca me ha atraído demasiado (salvo excepciones como La aventura del Poseidón o Armageddon) ya que en general los personajes y guiones (lo quiera o no la Industrial Light and Magic, estos elementos aún son básicos en las películas) resultan en exceso esquemáticos. Estos títulos funcionan como esas bolsas sorpresas que vendían hace años en las tiendas de chucherías, y que contenían un montón de juguetes de plástico que, individualmente, eran una porquería, pero que todos juntos, por el efecto acumulativo, pretendían resultar atractivos. Eso es el cine de catástrofes. Y eso es también, en cierta medida, esa otra catástrofe que es la filmografía de Roland Emmerich: juntemos a un montón de personajes con mucho ruido de fondo para que no se note que no hay sustancia.
Emmerich, que suele co-escribir sus películas, parece encontrarse a gusto con obras corales, con multitud de personajes, lo cual parece servirle de coartada para no profundizar en ninguno de ellos y limitarse a dibujarlos con un par de trazos gruesos, como si tratara de ocultar así ciertas carencias como escritor y director. Estas personas se ven se ven envueltas en situaciones extraordinarias, tales como guerras, crisis interplanetarias, enfrentamientos con animales gigantescos, repentinos cambios climáticos... y estos conflictos hacen aflorar la parte humana de estos individuos, regalándose al espectador multitud de escenas emotivas en las que nace el amor y la amistad rezuma por todos los poros; todo ello aderezado con esa bonita sensiblería de todo-a-cien y con la rancia defensa de iconos tradicionales tales como la familia o la bandera de los Estados Unidos, un patriotismo que a nosotros nos resulta ridículo, máxime si tenemos en cuenta que es un director alemán quien lo despliega.
Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, a pesar de todos mis prejuicios y temores, El día de mañana me resultó, cuando menos, una película entretenida, lo cual ya era mucho más de lo que esperaba. Es cierto que su arranque resulta algo pesado por lo predecible, pero a partir del segundo acto se deja ver con agrado y, sin ser ninguna maravilla, si que resulta correcta, convirtiéndose, desde mi punto de vista, en la mejor película americana de Roland Emmerich, lo que (lo digo yo antes de que otro haga el chiste), no es decir demasiado.
Es cierto que los personajes son esquemáticos, que hay muchas escenas sensibleras del tipo telefilme barato, y también que en muchos momentos parece una recopilación de escenas de películas como Twister, La tormenta perfecta o Deep Rising (cuyos efectos especiales han superado con creces), hasta el punto de que a veces aquello se asemeja a un catálogo de catástrofes naturales y, por extensión, de las técnicas que han permitido recrearlas.
Tal vez no se entienda que, pese a estos defectos, defienda la película, pero es que en ningún momento pretendo decir que sea una gran obra, sólo que resultará divertida y espectacular para la mayoría del público, lo cual ya es mucho más de lo que yo esperaba antes de entrar a la sala.
Y por si esto no resultase mérito suficiente, no olvidemos que devuelve al estrellato a uno de los iconos sexuales de los 80. ¿O acaso la atractiva bibliotecaria de Nueva York no es aquella estirada examinadora que aplaudía tremendamente excitada ante las acrobacias que la doble de Jennifer Beals desplegaba al final de Flashdance? Bueno, tal vez me equivoque y no sea ella. Espero que alguien me lo pueda confirmar.

Una amenaza demasiado grande
Ahora, poniéndonos algo más serios, voy a señalar algo que resulta, a mi entender, un grave problema en la estructura del guión de El día de mañana: el hecho de que la amenaza a la que se enfrenta el bueno de Dennis Quaid (como casi siempre muy convincente en su papel), y el resto de la humanidad, sea demasiado grande, que se trate de un enemigo al que no se le puede vencer.
Hay momentos en lo que esto conlleva que no se tenga claro qué es lo que se pretende conseguir. ¿Hacia dónde se dirige la película? ¿Se puede revertir el cambio climático, hay algo que los personajes puedan hacer, o deben resignarse a co-protagonizar La edad de hielo II? Normalmente el cine presenta un conflicto que debe resolverse (para bien o para mal), pero en este caso esta claro que no se trata del problema climatológico, porque en ese terreno no hay nada que hacer.
Si me permitís rizar el rizo, Roland Emmerich tuvo un problema similar con Godzilla. En aquella ocasión el monstruo que daba título a la película resultaba demasiado grande para manejarlo (no sólo narrativamente, si no también físicamente) dentro de la pantalla. Por ello se adoptó una solución parecida a la que los guionistas Michael Crichton y David Koepp habían utilizado en el Parque Jurásico de Steven Spielberg (director al que Emmerich siempre parece haber pretendido emular sin conseguirlo ni de lejos): quitar protagonismo al Tyranosaurius Rex a favor de los velocirraptores, más manejables e interesantes cinematográficamente (es cierto que estos simpáticos bichos ya estaban en la novela de Crichton, pero allí tenían menor peso). Por su parte Roland Emmerich se sacó de la manga a esa numerosa camada de lagartos mutantes, que, al ser mucho más pequeños, daban mucho más juego en la película que su padre-madre, al que en muchos momentos relegaban a un papel secundario.
En El día de mañana la trama secundaria (que se convierte en principal si creemos que la lucha contra el cambio climático no es una línea narrativa válida) podría haber sido la evacuación de todos esos estados que se encuentran amenazados por la tormenta, pero la película obvia incomprensiblemente todo este aspecto, para centrarse en la búsqueda del hijo de Quaid por parte de su padre. Lo que ocurre es que esta búsqueda, primero, comienza bastante tarde, cuando el espectador ya lleva un rato algo perdido; y segundo, no se entiende muy bien, ya que no se explica qué puede hacer papá para mejorar la situación del niño cuando lo encuentre, salvo que se conformen con congelarse abrazados.
Y mientras el guión se tambalea, y la historia da estos vaivenes, los huecos pretenden rellenarse con algún tipo de cemento que de coherencia a la débil estructura de la película.
Y aquí entran de lleno los efectos especiales.

FX
Los efectos especiales de El día de mañana son prácticamente perfectos, espectaculares y efectivos. Desgraciadamente no puedo decir que sean impresionantes, porque me temo que ya nadie se impresiona por estas cosas. El principal problema no es que todo lo que hemos visto en los últimos años ya nos haya curado de espantos, sino que nuestra capacidad para imaginar las novedades que están por venir ha crecido de forma exponencial, por lo que será difícil que algo vuelva a dejarnos con la boca abierta durante mucho tiempo.
Pero además de este concepto genérico acerca del aumento de la tolerancia del espectador respecto a los efectos visuales, en el caso concreto de El día de mañana se evidencia el daño que las campañas de publicidad causan al espectáculo cinematográfico. Sería estupendo poder decir que “nunca se había visto algo parecido” a lo que aparece en la película, pero sería mentir: se ha visto algo parecido en todas esas películas antes citadas a las que ésta parece querer corregir. Y, peor aún, se ha visto algo exactamente igual ¿dónde? En todos los anuncios y reportajes sobre la película que nos han metido por los ojos antes de verla.
Es evidente que todo este material promocional lleva a la gente al cine, y que se va a seguir utilizando, pero es una faena para todos aquellos que creemos que la ignorancia es el estado ideal para ver una película. Nada mejor que el telón se abra y la película nos sorprenda desde el primer fotograma, sin que ninguna información previa nos permita elaborar prejuicios.
Una utopía, lo sé. No aspiro a tanto.
De momento habrá que conformarse con que las películas sean al menos entretenidas, como El día de mañana, aunque ojalá nos ofrezcan mucho más.

Referencias

Dirección para referencias

Comentarios


Recordar datos


Donde no me llaman © Todos los derechos reservados al autor
Sindica este sitio usando: RSS 1.0, RSS 2.0, Atom.
Esta bitácora se mantiene con Bitacoræ.