El desencanto del blogger
-¿"Donuts mini"? -exclamó Nacho para sí mismo a la vez que metía la mano debajo de su camiseta XXXL para rascarse la barriga.
Miró a su alrededor, como si buscara en el supermercado alguien con quien poder compartir su estupor.
-¿"Donuts mini"? -se repitió, indignado-. ¿Pero a quién coño se le puede ocurrir comercializar algo así? ¿Acaso no son ya demasiado pequeños los donuts normales?
Sacudió la cabeza como muestra de desaprobación hacia esos expertos en marketing capaces de inventar aberraciones como aquella, y después se apresuró a continuar con sus compras, ansioso por salir de allí para poder comentar el suceso con sus amigos. El descubrimiento de aquel nuevo producto les proporcionaría horas de críticas conversaciones, como sucedió con motivo del lanzamiento de la cerveza sin alcohol.
-¿Qué sentido tiene privar a una bebida que ha de ser ingerida a muy baja temperatura para poder soportar su desagradable sabor de su único efecto positivo, la capacidad de emborrachar? -se hartó de repetir en aquellas semanas, para añadir después:
-Desde luego, no hemos dejado de cagarla desde que nos bajamos del árbol.
Uno puede compartir o no los gustos de Nacho, o estar o no de acuerdo con su negativa opinión acerca del criterio de la raza humana, pero, lo que no puede negarse, es que en nuestra historia los grandes aciertos han coexistido con enormes errores. Así, a bote pronto, se me ocurren varias meteduras de pata notables, como la bomba atómica, la monogamia, la prensa del corazón, el fascismo, el reaggaeton, la inquisición, o aquel ramake de Psicosis.
Pero mi lista de las ideas a-priori-geniales que después demostraron ser una auténtica idiotez fuente de todo tipo de quebraderos de cabeza está liderada por dos brillantes ocurrencias. La primera de estas decepcionantes ideas es -como no podía ser de otra forma-, exclusiva de los hombres: se trata de la sempiterna intención de practicarse uno mismo una felación. Bien, desde este mismo momento debemos desterrar la leyenda y aclarar de una vez por todas que, salvo en casos de elefantiasis o de inusitada flexibilidad, resulta imposible chupársela uno mismo. Niños, dejad ya de intentarlo. Desistid, ya que las tentativas encaminadas en esta dirección conllevan inevitablemente serias lesiones vertebrales o medulares. Para combatir esta práctica podríamos reutilizar el slogan de la DGT, y ampliarlo, de forma que rezase tal que así. "Ya que no podemos conducir por ti, al menos deja que sea otra persona quien te la chupe."
En el segundo puesto de la lista de malas ideas -aunque es cierto que a gran distancia del primero-, se encuentra la ocurrencia de crear nuestro propio blog. Entusiasmados ante la posibilidad de compartir nuestras opiniones o conocimientos sobre los temas más diversos aprovechamos las facilidades que nos ofrecen las herramientas on-line para crear un blog (algo que definí en su momento como una mezcla de vanidad y tiempo libre), y así enriquecer las mentes de nuestros congéneres. Pero claro, olvidamos un pequeño detalle: a nadie le interesa lo que tenemos que decir, y, por lo tanto, nadie va a leernos.
Según un reciente estudio -tan reciente como que acabo de inventármelo-, la media de lectores de un blog es de diez. ¿Triste? Pues no se vayan todavía, que aún hay más. Y es que, si la cifra ya es desalentadora en sí misma, cuando la desglosamos no podemos por menos que dejarnos llevar por la más negra desesperación. Para empezar, ocho de los diez lectores ni siquiera son humanos, sino que se trata de robots de búsqueda gubernamentales, tipo Echelon o Sitel (que tratan de averiguar si el autor es un terrorista en potencia), o bien programas diseñados por buscadores como Google, o por tiendas on-line, los cuales cachean los blogs con fines comerciales, intentando averiguar si allí hay algo que vender, o pueden conducirles a alguien que quiera comprar.
En cuanto al noveno lector, sí es humano. O casi. Se trata de un amigo del autor, a quien éste envía puntualmente un enlace de su blog cada vez que lo actualiza para que lea el nuevo post y le dé su opinión. Dicho amigo entra por compromiso en la página, echa un vistazo con desgana, lee el nuevo artículo utilizando técnicas de lectura rápida que aprendió de una caja de Chocokryspis de Kellog´s, y, lógicamente, no se entera de nada. Aunque Harry el sucio le apuntase a la cabeza con su Mágnum 44, y amenazará con disparar si no le explica de qué iba el artículo, sería incapaz de resumirlo. Lo lee por compromiso, no le interesa nada de lo que escribe su amigo, y al segundo ya lo ha olvidado por completo.
Pero el más penoso de todos es el décimo lector del blog: el propio autor. Entra una y otra vez en su propia web con la esperanza de que alguien haya enviado algún nuevo comentario, y relee con deleite sus propios textos, admirándose de su ingenio, incapaz de comprender que las visitas no se cuenten por miles, o que ningún editor haya acudido aún a postrarse de rodillas ante él, exhibiendo un cheque en blanco con el que tratar de convencerle de que publique con él.
Como resultado de este escenario, el autor, inevitablemente, es víctima de la desilusión, y el blog acaba languideciendo, como aquel kimono de judo o aquel caballete de pintura que sus padres le compraron con tanta ilusión cuando era niño, y que acabó arrinconado en un trastero.
Millones de blogs se crean cada día, y un número similar es abandonado, como esos matrimonios que se aparcan cuando se descubre que no cumplen las expectativas.
Y la decepción es aún mayor cuando publicas en tu blog obras de ficción, porque tu círculo de lectores es tan endogámico (casi únicamente compuesto por tus conocidos), que, cuando escribes un relato, nadie lo evalúa cómo lo que es. Discuten las ideas que puedan aparecer en el texto, comentan las anécdotas, suponen que todo lo que escribes es biográfico, se posicionan en contra o a favor de los personajes... pero casi nadie comenta su interés como obra de ficción, cuando eso es lo que tú buscas.
El autor quiere saber la opinión que los demás tienen del relato como relato, si les gusta el estilo, si les parece original, si resulta divertido cuando pretende serlo, si emociona cuando lo intenta, si el lenguaje resulta fácil, estético, adecuado... pero no lo consigue.
Esto es lo que me sucede continuamente en mi blog. Escribo un cuento, y mis (pocos) lectores suelen suponer que los personajes que aparecen expresan mis propios puntos de vista, narran mis propias vivencias, o, directamente, que son yo mismo.
Me ha pasado recientemente con "El hombre que amaba el cine" (ver comentarios), pero no es la primera vez. Recuerdo que escribí hace tiempo un relato corto titulado "Así", del que quedé bastante satisfecho porque resultaba concreto y específico (supongo que tampoco yo entiendo que los editores no peregrinen hasta mi puerta), y, en lugar de críticas literarias, lo que conseguí es que las lectoras me repitiesen algo que me ha perseguido durante años: "Claro, como tú no crees en el amor...".
Irritante.
Estoy convencido de que si John Irving tuviera un blog, y hubiera publicado en él esa estupenda novela que es El mundo según Garp", lo primero que sus lectores hubieran comentado, tras recorrer sus más de 500 páginas, sería algo así como: "Tronco, ¿de verdad conoces a un pavo al que le cortaron la polla de un mordisco?".
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